Es sábado por la mañana. Matías y yo estamos de vuelta en la suite del hotel. Hoy tengo una videollamada con mi padre, Isidro. Es momento de informarle sobre el progreso de mi plan, un plan que él no entiende completamente, pero que debe aprobar. Matías ha dispuesto todo: el fondo es neutro, la cámara está fija. Yo estoy vestida con una blusa de seda, el rostro tranquilo, listo para rendir cuentas. La llamada se conecta. Mi padre aparece en la pantalla. Su rostro es una máscara de seriedad. — Alaia, tienes un minuto. Quiero saber por qué esta misión de reconocimiento se ha extendido por cinco días y por qué Matías me envió un informe críptico sobre 'encuentros casuales' —dice Isidro, sin preámbulos. — Padre, no es un encuentro de reconocimiento. Es la fase inicial de la trampa. Mi plan

