—Señorita, baje esa arma —dijo uno de los dos hombres, él pelinegro, levantando un poco las manos mientras avanzaban hacia mí, con una calma que me helaba la sangre. —¡No! ¡No se muevan o juro que disparo! —grité, la histeria trepando por mi garganta. El moreno, dio un paso hacia mí. Le apunté al pie. Sin pensarlo dos veces, el estallido seco de la pistola resonó en el estacionamiento. El tipo soltó un gruñido ahogado, cayendo de rodillas, la sangre oscura manchando el asfalto. —¡Les dije que no se acercaran! —Mi voz era una mezcla de furia y terror. Lo miré con ojos salvajes mientras el otro hombre, ileso, levantaba las manos, una mueca de sorpresa cruzando su rostro. —¡Respondan! ¡¿Por qué diablos me están siguiendo?! ¡Respondan o los mato! —Señorita, solo estamos aquí para protegerl

