Me encontraba en el bar, mi vista perdida en la copa de vino que estaba en mi mano, mis pensamientos asimilando todo lo que sucedió el día anterior. De repente, sentí una mano tocar mi hombro, pegué un brinco, mis sentidos en alerta. —Señorita, tranquila —dijo Matías con suavidad. Giré el rostro para verlo, su expresión era de preocupación. —Venía a decirle que su padre quiere hablar con usted en la oficina. —Gracias, Matías —susurré, tratando de que mi voz no sonara entrecortada por el nudo en la garganta. —Alaia, ¿estás bien? —dijo con preocupación, escaneando mi rostro una y otra vez—. Esta vez no me regañaste por decirte “señorita”. Le di una breve sonrisa y traté de hablar lo más serena que pude. —Sí, estoy bien, Matías, y tienes razón, no te regañé. Tú solito te corregiste. Él

