Todos los días estaba en la biblioteca, familiarizándome con cada una de las personas, incluso si no interactuaba más allá de saludar. "Solamente me dio curiosidad", comentó encogiéndose de hombros mientras abría su libro con una sonrisa.
En ese instante, me quedé perpleja. Era el hombre más guapo que había visto en mi vida. Tragué saliva y sentí que mi corazón latía con una intensidad descomunal en mi pecho, como si estuviera tratando de decirme algo que no comprendía del todo. Bajé la mirada, intentando concentrarme en la lectura, pero la presencia de ese hombre tan hermoso impedía que mi mente siguiera enfocada en las palabras.
Decidí que lo mejor sería irme, además, mi mejor amiga, Camila, seguramente estaría esperándome. Habíamos quedado en encontrarnos por la tarde. Empecé a guardar mis libros cuando sentí que una mano me detenía. "Lo lamento, no quise molestarte", murmuró aquel ángel que se encontraba cerca de mí. Su cabello rubio caía un poco sobre su nariz y tenía pecas. Sus ojos azules me miraron alegres y tenía dos hoyuelos en las mejillas. Era tan perfecto que me dejó perpleja.
Yo, con mis lentes, un rodete en la cabeza y sin haberme lavado la cara, me sentía como la mujer más fea del mundo, pero él no parecía inmutarse. "No es solo que me tenga que ir con una amiga", murmuré un poco apenada.
"Da igual, mañana te volveré a ver. En realidad, no vengo mucho por aquí, me he mudado hace poco y tengo que trabajar en la empresa de mi padre. Aunque me gusta leer y encontré esta biblioteca", dijo.
"Oh, claro", respondí. "Yo vengo siempre, en realidad, es parte de mi trabajo porque soy escritora y vengo a investigar".
"Está bien. Entonces, mañana si quieres, podemos sentarnos juntos", propuso, lo cual me dejó sorprendida. Otro chico podría haber dicho algo como "¿Por qué no buscas en Google? Es aburrido venir a la biblioteca todos los días". Pero él, en cambio, me invitó a acompañarle. Quería saltar de alegría, pero me mantuve quieta y estática, observándolo mientras se ponía de pie y se iba.
"Vine a buscar este libro y me iré también", comentó. Y le dije: "Pero puedes quedarte, en realidad, el que se va soy yo", bromeé.
"Lo sé, pero creo que sin ti me aburriré", murmuró encogiéndose de hombros. No pude evitar reír. En cuanto salí por esa puerta ese día, las conversaciones en mi cabeza no cesaron. Estaba ansiosa por volver a verlo y esperaba que algo más surgiera de ese encuentro.
Miré mi reflejo en el espejo sin ver realmente mi imagen. Habíamos mandado construir la casa según nuestros gustos en un tiempo récord mientras nos conocíamos y nos preparábamos para casarnos. Habíamos elegido cada detalle, desde los colores hasta el diseño de las habitaciones. Lo habíamos hecho juntos, bromeando que éramos buenos arquitectos. Ahora descubría que él había planeado mi muerte. No podía creerlo, y comencé a sollozar sin poder evitarlo. Para que no me descubriera, fui corriendo al baño.
Por suerte, tenía una reunión con los inversionistas y se iría por un tiempo. Aprovecharía eso para marcharme también. "Amor, ya me tengo que ir. ¿Necesitas que te traiga algo a la vuelta?", preguntó.
"Debe estar todo cerrado a esta hora", comenté, tratando de ser lo más obvia posible para alejarlo. Me sequé las lágrimas mientras me miraba en el espejo.
"¿Te puedo dar un beso de despedida?", preguntó.
Gruñí y luego dije: "Acabo de vomitar, amor. Vete y luego me lo das".
"Pero no me importa, amor. Lo sabes", comentó, y yo negué.