LUCIANO Ella había manejado a los paparazzi con gracia y un encanto sincero. Me sentía orgulloso de ella y quería besarla. Si no hubiera estado mandando mensajes, probablemente lo habría hecho. El intercomunicador sonó y presioné el botón. —¿Sí, Richard? —Hay varios autos de paparazzi y una van siguiéndonos, señor Alarcón. Solté el botón un momento. La advertencia de Richard había captado la atención de Fedra y ella guardó el teléfono. Volví a presionar el botón. —Llévanos a mi casa en lugar de a la de la señorita Pereyra. —Sí, señor —respondió Richard. Al mismo tiempo, Fedra dijo: —¿Qué? No. No me voy a mudar contigo esta noche. Suspiré, entendiendo su reticencia. —Lo sé, no es lo ideal, pero es lo mejor que podemos hacer. Si te llevamos a tu casa, sabrán dónde vives y será un

