CÉSAR Había perdido el apetito en la mesa de la cena. Compartíamos un taxi de regreso a casa, pero no había señal de vida dentro del auto. Soraya no me había dicho ni una palabra desde que pedimos la cuenta. Y yo tampoco podía pensar en nada que decirle. ¿Por qué no podemos engañarnos mutuamente? La pregunta daba vueltas en mi mente, cobrando fuerza con cada giro. También había algo ardiendo en el fondo de mi cerebro cada vez que la miraba. Necesitaba decir algo. Lo sabía, pero en cambio solo empujé todo hacia abajo. No quería ser el primero en poner las cartas sobre la mesa, solo para que Soraya me dijera que ni siquiera estaba interesada en jugar. No ayudaba que no hubiera mencionado sentir nada por mí, en absoluto. Incluso cuando parecía que estaba a punto de llorar durante la ce

