SORAYA —Hola —empecé en un susurro. —Hola —respondió César. Se quedó de pie frente a mí. Estábamos en un pequeño cuarto de almacenamiento, con el aroma del café rodeándonos por todos lados. La familia de César seguía esperándonos afuera, en el área principal de la cafetería, lo sabía porque podía oírlos charlar, el sonido de sus voces llenando el espacio entre nosotros. —¿Qué es todo esto, César? —insistí—. Me invitaste a tu fiesta de cumpleaños, ¿pero la haces en la cafetería? No hay forma de que eso fuera lo que tenías en mente. —Tal vez solo tenía muchas ganas de tomar una buena taza de café. —Si querías un buen café, podrías haber mandado a traerlo de cualquier parte del mundo. No tenías que venir aquí —negué con la cabeza—. Pero querías que los dos estuviéramos aquí. ¿Por qué?

