SORAYA —Te ves bien con esos lentes de sol. Deberías comprarlos. Le hice un pulgar arriba a César mientras paseábamos por un mercado al aire libre cerca de la playa en Malibú. Se me había ocurrido la idea después del desayuno, pensando que una buena caminata podría ayudarnos con la resaca que ambos traíamos de anoche. Anoche. Uf. Por suerte, lo único que César y yo hicimos anoche fue dormir. El problema era que yo había querido hacer mucho más. Fue doloroso tenerlo tan cerca en la cama y no poder tocarlo ni dejar que él me tocara. Lo peor era que podía notar que él también me deseaba, por la forma en que su erección rígida se había presionado contra mi muslo prácticamente toda la noche. —¿Estás segura? Me preocupa que me hagan ver demasiado como una persona de playa —bromeó César—.

