—Lo siento... —dijo descolocado— Antes cuando estabas triste o tenías algún problema, mis abrazos te hacían sentir mejor, así que... —Otra vez con eso... —lo interrumpí— ¡Éramos unos críos! ¡Esos días no van a volver, Alejo! —Decí lo que quieras, pero a mí verte triste me sigue molestando lo mismo o más que hace diez años. Otra vez había vuelto a contestarle mal ante un nuevo intento de él de acercarse un poco más a mí, pero no podía evitarlo, ya que en el fondo no terminaba de acostumbrarme al nuevo Alejo, pero no por él, sino porque no se parecía en nada al chico que había sido mi mejor amigo. El Alejo que yo conocía no tenía pendientes, ni los brazos llenos de tatuajes, ni tampoco esas pintas de macarra y tipo duro, parecía una persona completamente diferente. A pesar de que decidí a

