La estación de policía en la que Martín se encuentra dentro, sentado frente a un hombre que se esconde tras una mesa, vestido de azul y con otros rodeándole, es el lugar más frío en el que jamás ha estado, y es una noche bastante lamentable en Buenos Aires porque el cielo luce a punto de llorar. Martín lo ha estado pareciendo dese hace un tiempo, pero se aguanta todo con una sonrisa y su chaqueta de cuero negra. Uno de los que trabajaban allí se sirvió un café y el rubio hubiese deseado uno, pero aún tenía la vista pegada en la mesa, en la foto que le acababan de mostrar.
Se encoge de hombros al oír la voz, en la vieja radio sigue sonando el casete y es como si le transportara a otra realidad, a una muy distinta. En la que quiere estar.
— A ver, joven. Recapitulemos. Lo conoces —el sujeto que tiene el apellido García en la chaqueta le habla y Martín asiente levemente—. Descríbelo físicamente.
Entonces el argentino sonríe recordándolo. Cierra los ojos y aprieta con sus manos la tela de sus jeans, ajustándose la camisa.
— No es tan alto, muy delgado, ojos oscuros, pelo castaño, corto. Tez blanca.
— ¿Tiene alguna característica especial?
— Tiene un lenguaje de joda.
Javier García hace un movimiento de cabeza. Toma un poco del café de su compañero, se arremanga la camisa, toma la foto y vuelve a mirarla. Es exactamente como el chico lo dijo y de cierta manera, Javier siente lástima por lo que pudo haber ocurrido. Ahí en la imagen está casi sonriendo y tiene una lata de cerveza en la mano izquierda.
— Edad.
— Él tiene 18 años.
— Estado civil.
— Supongo que soltero.
— ¿Tenía hijos?
Martín niega con la cabeza.
Saca ahora un cigarro, lo enciende, aspira y acaba echando el humo en dirección a la ventana. Este caso les tiene en particulares aprietos, pues el jovencito desaparecido era parte de una familia bien vista del lugar y les han pagado por interno millones para encontrarlo con vida. Hasta el momento, habían interrogado a muchas personas, todas con alguna especial relación con el muchacho. Su hermano mayor, Antonio, quien aseguró haber estado en una fiesta la noche en la que el joven nunca más volvió a su casa. Su amigo Arthur, otros chicos, un mexicano, un brasilero, un estadounidense. La policía baraja la posibilidad de que este –si es un crimen- sea uno de tipo pasional. Como pudieron observar cuando visitaron el bar en el que el hermano del niño se encontraba, descubrieron que era algo alternativo, y en su mayoría, lo frecuentaban personas de carácter homosexual.
— ¿Era gay? —pregunta francamente. Martín le sonríe con un poco de cinismo, pero siempre muy seguro de sí mismo. ¿Qué se ha imaginado ese policía al fumar un cigarrillo y cuestionarle aquello con tal descaro? Ah, olvidaba que era la ley.
— No —murmura, corriendo la mirada.
— Decinos la verdad, pibe. Estás inculpándote cada vez más con cada mentira que decis.
— Estoy asegurándole que no era gay.
No, Manuel no lo era. Lo suyo era completamente distinto a lo que cualquiera pudiera imaginar.
Javier se tensa hacia atrás en la silla. Este ha sido el testigo más difícil de la noche. No habla demasiado con respecto al chico, y lo que dice, lo comenta en metáforas. Están por pensar que padece algún problema mental o una cosa así y eso es algo que lo hace más sospechoso que el resto de los sujetos.
— ¿Qué relación tenías con él?
— Usted no lo entendería.
— Coopera con la investigación, Martín. Decime qué maldita relación tenías con el muchacho.
— Éramos amigos.
— Su hermano me dijo que vivían juntos.
— Compartíamos el piso, íbamos a la misma universidad, che. Mejores amigos.
— Qué más.
— Nada. Sólo eso.
— ¿Era tu pareja?
— Ya le dije que él no era gay.
— ¿Y vos, Martín? ¿Vos si lo sos?
— Sí, yo lo soy.
Los tres policías en la habitación se miran la cara los unos a los otros, casi pensando lo mismo. Huele a un crimen por amor, demasiado. Se forman la historia en las cabezas. El chico extranjero que no era homosexual, conviviendo con su mejor amigo que sí lo es, y secretamente, él muchacho está enamorado, pero es algo imposible, entonces, para descargar su frustración, decide asesinarle y hacerle desaparecer. La policía tiene poca esperanza de encontrar al moreno con vida. Asienten ligeros, y García presiona el cigarrillo ya pequeño contra un cenicero transparente, haciéndolo trizas. Toma entre sus manos una carpeta roja, con los archivos del chico perdido. Hojea un poco y lee en voz alta, Martín se tensa en su posición.
— ¿Lo oíste? —pregunta, dejando de vuelta el objeto en la mesa.
— Sí.
— No tenía novia.
— No.
— ¿Estás seguro que a él le gustaban las mujeres?
— Él no era el tipo de hombre como usted o como ellos —habla refiriéndose a los otros dos policías— a él no le importaba el exterior. Se enamoraba del interior de cualquier persona que fuese maravillosa, pero nunca tuvo novia, ni novio, si desea saber. Él no estaba demasiado interesado en una relación.
— Desde la preparatoria.
— Desde la preparatoria —conviene, llevándose las manos a los bolsillos de su chaqueta. Lo único que quiere es salir corriendo de allí y acabar con lo que debe pronto— Habían miles de chicas tras él y unos cuantos gays declarados, pero nunca les devolvió las cartas que le mandaban, ni las miradas de amor que le transmitían. Siempre fue muy consciente de que desataba ese tipo de pasiones, pero él sólo quería dedicarse a sus estudios y luego a su trabajo, decía que el amor llegaría después.
— ¿Qué quería estudiar?
— Literatura.
— Ah, el pibe era poeta. Le gustaba la poesía, dice en el informe.
Martín sonríe ampliamente al pensarlo, una mueca que hace que a los policías se les ericen los vellos de los brazos. Aquello fue un gran tema de discusión en noches fogosas que gastaron juntos, puede recordar y volver a sentir la piel del moreno caliente contra la suya, o sus piernas abiertas y abrazadas a su cintura, esa boca que demolía cuando así lo deseaba, y definitivamente su pose favorita, cuando el de ojos café se sentaba sobre él y comenzaban a moverse, agarrándose de sus manos, a vociferar acerca del tema que los convocaba.
— Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.
Los hombres se miran.
— ¿Y vos?
— No, a mi no me gusta tanto, pero él era excelente para eso.
Cada vez dudan más de las palabras que salen de la boca fina de Martín. No lo creen absolutamente nada, y no le dejarán salir de ahí en toda la noche, pedirán algo que hacer con él al fiscal encargado del caso, o al juez, o a quien sea que tenga el maldito poder. Les asusta de cierta manera la mueca perversa en su rostro, pero deben volver a lo suyo. Javier hace un gesto con la cabeza al hombre a su derecha, y él asiente, moviéndose hacia el otro extremo de la habitación y llevándose consigo al argentino, que no entiende demasiado lo que quieren hacer con él. Lo ponen en una silla y le agregan cables en la cabeza, las manos y los brazos; frente, hay un objeto extraño, y el otro policía se sienta ahí con algo que parece un lápiz en la mano. Todos lo miran fijamente.
— Este es un detector de mentiras, Martín. Sos muy bonito, pero no te estamos creyendo ni mierda de lo que nos dices, así que veremos si has sido honesto, porque o si no, te espera un gran periodo en la cárcel.
— Yo no he hecho nada –repite.
García se coloca frente a él, con un cuaderno. Todo está listo, la máquina funciona y están observando al acusado, muy tranquilo y mordiéndose el labio; esto es como un juego de niños, dicen que él que nada ha hecho no tiene de qué temer, pero Martín pudo casi haber cambiado ese refrán. Sonríe, le sonríe siempre. Es perturbador.
— Bien, contestáme esta serie de preguntas Martín. Limítate a hacerlo con un sí o con un no. Luego te desconectaremos y quiero que me cuentes cuándo y cómo fue que...
— De acuerdo.
Javier frunce el ceño.
— ¿Es tu nombre Martín Hernández?
— Sí.
— ¿Tienes 20 años?
— Sí.
— ¿Estudias Ingeniería Civil?
— Sí.
— ¿Te gustan las matemáticas?
— Sí.
— ¿Te gustan el mate?
— Sí.
— ¿Te gusta el fútbol?
— Sí.
— ¿Mataste a Manuel González?
Martín sonrió.
— No.
Minutos después, la máquina entregaba los resultados. El policía más joven se acercó a Javier con las hojas, lucía preocupado. García se colocó las gafas, sosteniéndolos. Leyó por un tiempo y luego los dejó en la mesa, mirando fijamente a Martín. No podía creerlo.
— Es un monstruo —aseguró el policía, mirando a su superior. Javier se mantenía callado— No reacciona ante nada.
Martín le ve también, sonriendo. Se acerca y se sienta frente a él, apoyando los codos. Luce terriblemente inocente y eso es lo que le asusta.
— Dijo que iba a preguntarme algo más.
— A pesar de esto, nadie me saca de la cabeza que vos fuiste el hijo de puta que le hizo quién sabe qué cosa a ese muchacho.
Hernández ríe un poco.
— Yo no podría herirlo, le amaba.
— Pero él no a vos, ¿verdad? Porque no era gay.
— Usted está malinterpretando nuestro amor.
— No necesitas ser más específico, Martín. ¿Qué le hiciste? ¿Te le declaraste? Él te dijo que no... ¿Lo asfixiaste? Es una forma homosexual muy común de matar. Luego ocultaste su cadáver. ¿Dónde está el pibe, Hernández?
— Usted ha dicho todo eso, no yo.
Un apretón de manos, los policías toman asiento y oyen lo que Javier tiene que decir. No queda nadie más a quien interrogar y Martín es una especia de puzle sin resolver. Se acaricia la cara, toma café y carraspea, buscando un lápiz y un papel que entrega al hombre a su izquierda.
— Esto es lo último, compañero. Si nos dices esto, te dejaremos ir.
— Entonces hable.
Javier pega un respiro, llenando todos sus pulmones. Le duele hacerlo y no sabe por qué, puede que sea porque la mirada de Martín no se despega de él ni por un segundo, y aquello le molesta, en demasía. Es como si se lo comiera con los ojos verdes y él se ahogara o como si le estuviese maldiciendo. Sacude la cabeza, evadiendo esos pensamientos tontos.
— ¿Cuándo fue la última vez que viste a Manuel González?
Entonces Martín se echa para atrás en la silla y piensa, recordando en serio lo que ocurrió, porque ahora dirá la verdad. Si bien mintió en todo el interrogatorio, ahora está un poco más tranquilo y puede permitirse cometer errores, porque, ¿no es eso lo que todo psicópata busca en realidad? ¿Qué lo atrapen? ¿Qué le demuestren lo imperfecto de su propio mundo subnormal?
Suspira recordándolo. No fue hace mucho.
— La última vez que vi a Manuel, fue hace seis días. Nos miramos el uno al otro atravesando la biblioteca de la universidad, él siempre iba —primera contradicción— ahí en busca de tranquilidad. Solíamos vernos en almuerzo. Decidí ignorarlo porque no podía pensar en las palabras adecuadas para saludarlo.
— ¿Por qué?
— Habíamos tenido una discusión dos días antes.
— ¿Por qué motivo?
— Privado.
— Decilo.
— Había un chico molestándolo. Un inglés que siempre apesta a ron.
— Me dijiste que no era gay.
— Lo hice, pero también le dije que habían muchos hombres tras él.
— Entonces te pusiste celoso. Vos lo amabas.
— A Manu le caía bien Arthur. Le hacía reír, y siempre estaba regalándole té.
— Seguí contando.
— Bien. Entonces me volteé y me fui. No quería tener que verle. Me sentía muy molesto porque me mantuvo despierto toda la noche con sus llamadas sobre el perdón y rogándome disculpas, che. ¿Vos lo hubieses aguantado?
— Él no tenía por qué. Vos y Manuel no eran pareja.
Martín se encoge de hombros.
— Manu es especial —segunda contradicción.-
— Continúa.
— A él le gustaba escribir.
— Tenemos puesto su casete en la radio. Se grabó recitando.
— Quería ser alguien famoso —sonríe melancólico, mirando el techo— Todavía recuerdo los poemas, su amor por la escritura, lo que el futuro podría traerle.
— ¿Qué hiciste después de lo de la biblioteca?
— Esperé hasta la noche para hablar con él, como compartíamos piso, íbamos a tener que hacerlo tarde o temprano. Cuando llegó a casa, se lanzó a abrazarme, mientras lloraba, no sé por qué —tercera contradicción— Nunca tuve la oportunidad de decirle cómo realmente me sentía, no estaba enojado con él, solamente un poco abrumado.
— ¿Qué le hiciste, Martín? —Pregunta muy severo Javier, ya hastiado— ¿Dónde lo tenés?
— Pero si él me está escuchando, me gustaría que supiera que es amado, que es extrañado. Si él me está escuchando... me gustaría que supiera que recuerdo absolutamente todo.
A Martín lo dejan ir, porque no tiene pruebas concretas en su contra. Él vuelve a su departamento, al piso que solía compartir con Manuel, entra muy tranquilo, sin remordimientos de ningún tipo. Va a la cocina, se toma una soda, se prepara un sándwich y luego camina con ellos a la habitación, aquella que fue testigo de tantas noches apasionadas en las que hizo a Manuel suyo una y otra vez, por deseo, por soledad, por cariño, por lástima, por amor, sentimientos muy similares para Martín.
El olor que emerge ya en el living, y que puede sentirse incluso cuando se entra al hogar, es uno a putrefacción aguda, similar al que los cadáveres de los animales atropellados en las calles expelen al caminar por ellas, sin embargo, Hernández parece ser el único que no es consciente de ello, y se adentra tan normal como siempre, porque para él, todo sigue exactamente igual.
Se quita los zapatos por sí mismo, hace seis días fue Manuel quien lo desvistió, y se desabotona la chaqueta y la camisa, dejándolas esparcidas por alguna parte del suelo. Se recuesta en la cama y tiene su sándwich en el vientre, piensa en prender la televisión, pero no lo hace, porque tiene una mejor idea.
Acerca su mano con mucha sutileza, casi con miedo de que alguien lo descubra, y toma entre sus dedos los dedos que huelen mal y que cada vez parecen hinchados o más delgados, no está seguro. Traga saliva y aventura su rostro hacia el del muerto que tiene al lado, mirándole los labios, mirándole la nariz y el cuerpo entero, la sonrisa juvenil de Manuel, sus ganas de vivir y su optimismo le retuercen la carne ahora con más avidez.
Le besa tranquilamente la nariz, luego el espacio entre ella y la boca y finalmente los labios, profundizando, pero no es respondido. Ya nunca más lo será. Acaricia el cuello del moreno, marcado firmemente y con indicios de asfixia y ríe al recordar que ese policía se lo dijo. Tuvo mucha razón. Deja su comida a un lado, -cae al igual que sus prendas- y vuelve a apretar firmemente la mano de aquel cadáver mal oliente, evitando que lágrimas fluyan de sus ojos. Los párpados de Manuel ya no se abren y eso es lo que Martín más extraña, el simple hecho de poder observar el color que tanto bien le había hecho.
Se lleva la mano a la boca, besándola mientras ya no puede reprimir su llanto. La mantiene así, cogida a sus labios, a su rostro, quiere sentirlo más cerca, saber que no está solo, que a pesar de que el cuerpo de Manuel nunca más lo acompañará, su espíritu se queda con él y no se va al cielo de ese Dios en el que Manu no creía.
— Sin embargo... vos no estás aquí conmigo esta noche —murmura, lentamente, doloroso, separándose del cuerpo con claros síntomas de descomposición— pero quiero que sepas... que me acuerdo de todo lo de nosotros.
Un último beso en la mano, luego en la nariz y con ello se aleja. Mira una vez más al cadáver, limpiándose con el dorso de sus extremidades las lágrimas, que no le dejan observar como quisiera. Cuando está seco, parece que todo vuelve a ser como antes.
Manuel le está esperando provocador en la cama y él puede ir y hacerlo suyo cuantas veces quiera, porque no se ha ido. Por supuesto, esto está sólo en la mente de Martín. Y atraído por ello se vuelve a acercar, posicionándose sobre el cuerpo y tocando y acariciando todo bajo él. Así fue como vio por última vez a Manuel, retorciéndose por aire y por querer ser libre, y así es cómo lo verá otra vez, pero la historia continúa, y Martín observará ahora su final.
A Manuel siempre le gustó la oscuridad, siempre, él siempre odió la luz y las cosas brillantes a pesar que su sola sonrisa ya lucía como una de ellas; Martín se repite eso con calma.
A Manuel siempre le agradaron los animales, le decía con esos ojos que todo el tiempo eran melancólicos que deseaba tener muchos perros o gatos, también canarios. Martín sonreía y decía que su casa parecería un zoológico cuando estuviesen casados.
A Manuel nunca le atemorizó ir a la cama con él, a pesar de que eran sólo adolescentes la primera vez que lo intentaron. Martín tenía tanto miedo de herirlo, que sus solas piernas temblaban al estar entre las del jovencito, pero los orbes oscuros siempre le tranquilizaron con un por favor, ámame.
Manuel nunca pidió algo de vuelta, ni exigió recompensas al mundo por vivir en condiciones paupérrimas. Nunca se quejó en la escuela porque su padre era un borracho al que le importaba una mierda qué ocurriera con él, nunca clamó por aquella madre drogadicta que le abandonó en el hospital al nacer. Martín jamás le vio derramar una lágrima.
Posiblemente porque ya se le habían agotado.
Él siempre correspondía cada acción con un te amo. Sabiendo de los demonios que atormentaban a su frágil novio, los afrontó todos con una sonrisa y manos firmes en sus hombros, capaces de levantarlo y apoyarle en cualquier situación.
Porque yo soy tu héroe, y los héroes siempre salvan a las personas. Yo te salvo porque te amo.
Manuel tenía una cadena alrededor de su pálido cuello. La única cosa de valor que poseía. Se la había regalado su abuela materna antes de morir, cuando no era más que un niño, y Martín siempre pensó que era hermosa, que le gustaría que fuese de él alguna vez.
Pero no de esta forma.
Le duele la cabeza al recordar el momento. Todo tan rápido. Diecisiete años y su mano apretada débilmente por un chico que estaba tumbado en una cama blanca de hospital de la clase baja, esos ojos que le ruegan que lo salve, ese cuerpo que necesita un abrazo. No habían pasado más de dos semanas desde que Manuel le había susurrado tuberculosis.
A nadie le importó demasiado que el moreno con aspecto demacrado estuviese consumiéndose poco a poco, porque ninguna persona puso un peso para aliviar su enfermedad. La tuberculosis es curable, pero no sin lo necesario. Martín quería ayudar, pero su familia era de escasos recursos también y ahora sólo esperaban la hora y el día.
Entonces las lágrimas le cayeron y la sonrisa de Manuel –que brilla, brilla aunque él lo odie- le dice que deje de hacerlo, que va a estar bien. Niega con la cabeza, ruega a Dios, ese Dios que no le escucha, Aquel que nunca cumplió sus deseos.
Deleznable, se pasa los dedos por el cuello tan delgado y Martín le mira hacer eso. Se quita la cadena y vuelve a tener sus manos tibias entre las frías suyas y es como un vínculo que los mantendrá juntos a pesar de todo; se lo regala pidiendo que lo cuide, porque ya sabe la historia y Manuel sabe también que le encantaba.
Martín niega con la cabeza, niega mientras llora.
Ahí se van sus sueños de convertirse en una pareja, con un trabajo estable, una casa en un barrio bonito, y muchas mascotas como Manuel quería. Casarse y adoptar, vivir felices. Martín quiere darle todo eso y más a su muchacho, porque se lo merece.
Y piensa que no es justo que un niño que debió afrontar y soportar todas las tormentas que le significaron vivir, deba dejar el mundo de esta forma. Muriendo en un hospital público porque no tiene dinero para atenderse mejor, ah, y nadie se acuerda de él.
Le aprieta más la mano y ve por última vez el atisbo de sonrisa, los ojos carentes de brillos, su cabello sudoroso y liso que cae en la almohada. Y comienza a desesperarse, a gritar, porque el pulso se va y la vida de la persona que más ama se le está escapando y no puede hacer nada por él, y se entumece y los doctores llegan y le separan.
Y no hacen más que mirar la hora en el reloj de la pared y anotarlo en una libreta roja. Le comunican que el fallecimiento fue a las 23:48 y que el cuerpo se le será entregado en unos días.
Martín quiere acercarse, no quiere dejarle ir. Quiere seguir sosteniendo esa mano entre la suya y prometerle como todas las noches que las cosas saldrán bien y que serán felices.
Felicidad, una palabra que Manuel nunca asimiló por completo.
Pero se fue, se fue y ya no volverá. La fe de Martín se va con él también, dejando su cuerpo vacío. Se pregunta ahora, de pie en aquel lugar oscuro –porque a Manuel le gustaba la oscuridad- con los ojos cerrados, si todo valió la pena. Él solía decirle por favor, ámame, cada noche que se hacían uno y todavía puede oírlo y es lo que le da el valor, la fuerza para cumplir ese deseo.
Puede contestarle, te amo, pero es sólo al viento. Abre los ojos y mira la inmensidad falta de estrellas que lucen como Manuel cuando abría sus brazos para rodear su torso o descansar de un día normal para él. Busca una estrella, con precipitación la necesita, para sentir que su chico le está viendo de nuevo.
Lo único que necesito...
Entonces abre los ojos, estira los brazos para recibir a Manuel y sonríe, sonríe de pie en el onceavo piso de ese edificio. Sus padres no saben, pero shh... siempre pueden recordarlo mirando a las estrellas. Él será una con Manuel.
Si todo lo nuestro no pudo ser suficiente, entonces salto contigo.
Le parece que Manuel está esperándolo abajo con los ojos llenos de lágrimas. En su mano aprieta firmemente la cadenita demacrada.
Están todos felices, hay niños que andan corriendo por todos lados, juegan en el arco sur, ese que es mítico para Chile, Chile los mira con una sonrisa, porque, feliz, feliz está, Sampaoli se está riendo pero Manuel sabe que tiene los ojos llenos de lágrimas. Él le da un abrazo gigante a Bravo, ¡Claudito, qué tapada te mandaste! Le mumura sobre el oído, Claudio lo hace girar cuando le devuelve los brazos en la cintura, después corre hacia Vargas y juguetea con el goleador del campeonato, Alexis no se hace esperar, ¡Mira qué tan frustrado estabas y nos diste el gol del triunfo! ! ¡Tú no estás sobrevalorado, Alexis, tú eres un grande de verdad! Alexis se echa a reír, es un niño entre medio de todos sus amigos y Gary, ¡Medel, Medel, Medel! ¿No eres tú el mejor defensa? Gary, ¡sangre caliente, sangre chilena! Ese patadón que le diste a Messi, ¡te la tenías guardadita, Pitbull! Pero puras risas, puras risas porque ganaron la copa, Manuel se tapa la nariz con las manos, ve a Diaz mirándolo y se largan a reír los dos, después corre como un infante la cancha, le manda besos a su presidenta ahí en la tribuna. ¡Su presidenta! ¡Llena de buenas intenciones, creyentes en un país mejor! Pero la política es sucia, ¿qué le va a hacer uno? ¡Para qué pensar en eso! Chile, ganaste la copa, se dice a sí mismo, ¡te promete futuro esplendor!
De repente lo ve a él, que se saca su medalla. Se le escapa entre los labios la palabra con r, ¡es que eso es de gente última! Martín lo está mirando también y Manuel le sonríe, levanta la barbilla orgullosa, desafiando lo sigue observando. No me importan todos los triunfos que tengas tú, esta copa la gané yo. Pero, ¿cómo va a ser así? ¡Bien jugado, Martín! Argentina regresa por el túnel, Manuel se ríe, ¿qué importa al final? Todo gira alrededor, las luces, los fuegos artificiales, los gritos de la gente, el himno, ¡Dulce patria...!
Mira, Chile, que naciste para algo más que sufrir.
Argentina le da un beso suave y casto en la frente, acaricia su cabello sudoroso y desordenado, sucio; bajo sus palmas se siente tan delicado como cualquier tela. Los labios de Manuel tiemblan al contacto y al instante se siente como fuera de su propia voluntad y sólo cierra los ojos, en un intento de estar más repleto de oscuridad, más de la que ya está sumido hasta el fondo. Porque Chile es incapaz de reconocer dónde está, o por qué ha llegado hasta ahí, sólo tiene la voz de Martín en sus oídos.
— Te amo.
Manuel no puede verlo.
— Yo sé...
O
O
En un día como cualquiera, a Chile se le permite dar una vuelta fuera del recinto oscuro donde convive con Argentina desde que la guerra comenzó y fue atacado por su vecino, vaya uno a saber por qué.
La desesperación le gana y de un momento a otro, desaparece del sector que Martín puede observar sin necesidad de uno de los aviones de su fuerza aérea.
Ese día, Manuel intenta escapar dos veces.
O
O
Chile odia jodidamente los sonidos que se le escapan de la boca cuando Martín lo folla. Es horrible y humillante.
Su ah ah ah suena constante y repetitivo, ansioso y delirante, como una súplica.
Argentina no hace más que sonreír contra la mejilla de su vecino; pasando sus labios, su nariz, sus manos, todo su cuerpo por el cuerpo menudo del chileno, amando tanto la sensación de que Manuel le pertenezca a él y a nadie más.
— Te amo, Manuel, te amo tanto. Tanto, tanto, tanto...
No recibe respuesta.
Entonces frunce el ceño.
O
O
Lovino y Antonio están discutiendo, pero esta vez no entre ellos e Italia del Sur no parece enfadado con España, él está enfadado con Argentina.
— ¿Dónde cojones está, Martín? –escupe Antonio, sus palabras llenas de veneno.
— Podemos quererte, Martín, tú puedes ser nuestro hijo. Pero te lo repito, Argentina, sé prudente con nosotros. No olvides nunca que Italia y España están apoyando con tropas a la soberanía de Chile. —La voz de Lovino suena extrañamente calmada, pero no sin la pisca de amenaza que ambos europeos desean hacer notar.
— ¿Es enserio, chicos? ¿Ustedes creen que yo sería capaz de hacer algo como eso? —Martín se ríe, con su habitual buen humor y esa sonrisa bonita.
En la habitación subterránea, Chile grita y golpea la puerta, desesperadamente.
— ¡Él lo haría! ¡Él lo haría!
Como castigo por su rebeldía, Martín lo encadena a la pata de la cama por primera vez. Manuel luchó contra las esposas, forcejeó, maldijo, insultó y tiró hasta que las cadenas traspasaron la piel de las muñecas y su carne se vio así, como viva. Se encontró impactado con la vista horrorosa y con la sangre cayendo hasta el suelo.
Después de que Antonio y Lovino se van, Argentina entra en la habitación y cierra la puerta tras de él. La madera del piso resuena con el peso de Martín y Manuel no puede evitarlo, porque se congela del miedo, acurrucándose hasta la muralla y mostrándole las muñecas, ¿acaso crees, Chile, que él se sensibilizará?
Chile mira a los ojos verdes como hielo y sabe que lo peor está por venir.
O
O
— ¿Por qué?
Hablar es un esfuerzo doloroso para Manuel.
— Sólo quiero... saber por qué.
También lo es estar sentado
También lo es permanecer consiente.
También lo es seguir vivo.
— ¿Por qué? Porque te amo, Manuel.
Y a Chile le duele aun más, porque sabe que Martín no está mintiendo.
O
O
Argentina mira al otro país en el suelo.
Manuel está con los ojos cerrados y la boca abierta, por donde cae un hilo grueso de sangre. Su cabello está enmarañado y sucio. Sus ojos, rojos e hinchados, probablemente de tanto llorar. Lleva una camisa paradójicamente blanca y unos pantalones de algodón rotos; tiembla por el frío de Julio, por lo helado del piso y la humedad. En sus brazos y en todo su cuerpo, las contusiones, las cicatrices y las heridas que parecen recientes se superponen.
Martín suspira audiblemente.
Es como mirar su propio reflejo en un espejo roto.