* *
— No me aguanto —se sinceró Ián, cuando estaban abrazados en el sofá y solos en la casa— ¿Cuándo te viene?
Gaspar hace una mueca.
— Como en dos semanas.
— No creo que pueda esperar tanto.
— Yo sí. Me carga eso. Se siente sucio, pegajoso, dolorido.
— Pero ahora yo estoy aquí. Ahora se va a sentir bien.
Pero Gaspar no le cree. Ián se da cuenta, apaga la televisión con el control. Mira hacia abajo, hacia su hermano escondido en su pecho y frunce el ceño.
— ¿No querés?
— Obvio que quiero si es contigo —Gaspar apretó los labios— Pero igual me da miedo. He tenido celos antes, pero en ninguno... tú cachai. Soy virgen, onda, virgen virgen. Estoy nervioso no más.
Ián es un alfa y no entiende esas cosas. A veces para los alfas no hay una primera vez exacta, no hay nada especial sobre el sexo, pero un omega es diferente. Un omega es una criatura inmaculada para cuidar y para admirar y su celo la hace débil, vulnerable, sucia incluso. Ián está seguro de conocer todas las dudas que se meten en la cabeza de él y que no vocaliza por vergüenza. Así que lo abraza un poco más, le da un beso en el pelo y recuerda cómo empezó todo.
— Estábamos en el patio ese día, hacía frio, era otoño. Éramos chicos, yo tenía doce, vos tenías siete, el Bruno cuatro, la Colomba era una guagua —Ián no para de hablar— Te clavaste una espina en el dedo, ¿te acordás? Te dolía un montón, pero no querías que nadie más te la quitara porque teníamos que usar una aguja y te iba a doler más. Hasta que yo te agarré la mano, te di un beso y te prometí que te iba a sacar la espina. Te dije que iba a doler un poquito, pero que eso no era nada comparado con el dolor que sentías ahora. Iba a ser un dolor pasajero y después, alivio. Me creíste. Te saqué la espina con una aguja delgadita, lloraste un poco y se te pasó cuando te abracé. Te abracé y sentí que quería hacer eso para siempre.
— Yo lo sentí también —tartamudea Gaspar.
— Lo que quiero decir es que... sí, va a ser difícil al principio. Pero el dolor que podés sentir en ese momento se va a pasar rápido y después, te vas a aliviar del dolor que sientes ahora. Yo sé que lo sentís. Yo te puedo leer. Querés hacer esto. Me querés a mí.
— Por supuesto que te quiero, Ián. Quiero hacerlo, quiero hacerlo contigo.
— Te prometo que cuando terminemos, te voy a abrazar muy fuerte.
Gaspar sonríe, calentito entremedio de los brazos de su hermano.
— Okay, pero cúmplelo.
* *
Ián puede sentir cuando queda poco, porque Gaspar huele distinto, se ve distinto, camina distinto, piensa distinto. No se da cuenta de cómo contonea las caderas para llamarlo, ni de cómo sus pupilas se dilatan al estar frente a él. En la casa los demás lo notan. Manuel (Pa) anda diciendo que tienen que encerrar al Gaspi o algo así y Marcos ofrece llevarlo a alguna clínica para que esté seguro, pero Pa se niega en lo absoluto y le pregunta a Papá si acaso cree que él no es capaz de cuidar al hijo que parió. Es una discusión bien absurda e Ián espera con paciencia a que termine.
Después, Gaspar anda decaído. No come mucho, a pesar de que los papás le dan más de todo, pero todo a él le provoca náuseas y mareos y migrañas horribles. Ián fantasea a veces. Se da, tímidamente, el lujo de imaginar. Gaspar es joven aún, pero es bonito y si lo viera con el vientre hinchado, Ián no cree que sería capaz de permitirle salir de la cama. Follarían todos los días y le pondría las manos en la panza y se maravillaría de la vida nueva que está creciendo adentro de su hermano y se asombraría al saber que él ayudó a crear esa persona chica que nada en el interior.
Ián sabe que follar a su hermano, durante su celo, significa unión, significa compromiso y significa embarazo. Las tres cosas en una. Una triada indivisible que viene con el permiso de penetrar su cuerpo y él quiere las tres. Ninguna merece ser dejada de lado, todas valen lo mismo e Ián se muere de ganas de que las cosas sucedan.
Los papás no se dan cuenta, pero Ián cree que el Bruno sospecha. Bruno y la Colomba son betas, inmunes al celo y a los cambios en el olor de su hermano y eso está bien. Ián solo busca el momento preciso en el que convencer a sus papás acerca de Gaspar. Y se lo imagina todo. Un viaje sorpresa, asuntos de trabajo, familia, ni idea, cualquier cosa. Cualquier cosa que le permita tener la casa para él y tener a Gaspar abierto para él.
Lo está mirando fijamente, mientras Gaspar cruza a su habitación. Entonces se pone de pie y lo sigue, como un león hambriento.
* *
— ¿Creís que alguien se haya dado cuenta? —le pregunta Gaspar una noche e Ián siente que su guata se tensa y reaparece el mismo sentimiento cruel y lacerante de sus años de adolescencia.
— ¿Dado cuenta de qué? —prefiere el rodeo.
— Ián —Gaspar voltea la cabeza para mirarlo, pero sus ojos están fijos en algo más— De todo esto. De lo nuestro. ¿Creís que los papás sepan? ¿O el Bruno y la Colomba?
— Nah —después de un rato de silencio, Ián carraspea— Somos cuidadosos.
Afuera pasa un auto, parsimoniosamente.
— Gaspi.
— ¿Mmm?
Pero Ián no puede decir nada más. Gaspar se gira para mirarlo a la cara, para poner sus manos debajo de sus axilas. Enredan las piernas y comparten el mismo aire y juntan sus frentes e Ián cierra los ojos instantes, aunque sabe que los propios ojos verdes de Gaspar no se alejan de su cara ni de él entero.
— Y si supieran —susurra, abriendo los ojos. — ¿Qué harías?
— La última vez que hablamos sobre esto, terminamos jurando nunca más —la punta de la nariz de Gaspar se toca con la de él e Ián sonríe, débil y tristón— ¿No va a pasar ahora lo mismo?
— Definitivamente no.
Gaspar se ríe.
— A veces me pongo a pensar que podríamos irnos. A cualquier parte, en realidad, tení tu título, podí trabajar, yo igual puedo trabajar y no sería tan difícil. Podríamos comprar una casa, ser felices... en alguna parte donde nadie nos conozca.
Ián le ve fijamente.
— Pero después todo eso me deprime.
— ¿Por qué?
— Porque no quiero tener que esconderme para siempre.
— Lo sé. Yo tampoco.
— ¿Y cuando pase, Ián? ¿Cómo le vamos a explicar a los papás?
— Es que tenemos que irnos antes de eso.
Lo ve parpadear muchas veces y su sorpresa le contagia a él la misma incertidumbre.
— ¿A dónde?
— Dejé amigos en Buenos Aires, podemos quedarnos unos días con alguno hasta que arrendemos algo y tengo plata ahorrada, no nos vamos a morir de hambre.
— Ya, pero no me refiero a eso. O sea, lo entiendo. Ok. Te creo, pero... ¿y después? ¿Cómo borramos nuestro olor? ¿Cómo hacemos que nadie sepa? —entonces el silencio— Ián, te estoy hablando. Ián.
— No sé. No tengo idea. No hay forma. Cuando te anude vas a oler como yo, ¿no es suficiente?
— ¿Y el apellido? ¿Los nombres? Todo.
— Gaspar, si no querés hacer esto...
— Tú sabí que no es eso. Yo te quiero, pero no puedo no hacerme preguntas. No hay nada normal entre nosotros.
Ián chasquea la lengua.
— El amor es normal.
Al final, Gaspar se da la vuelta. Se queda de espaldas y mira al techo por minutos e Ián está demasiado solo y demasiado herido como para pedirle una palabra. Sus respiraciones rompen el silencio denso de la noche; no se tocan, no se huelen, son dos extraños en la misma cama, escondiéndose de quien pudiera atraparlos. Ián lo contempla, se acurruca en el recodo de su cuello y le da un beso largo en el lugar en que se prometió enterrarle los dientes, marcarlo como suyo para el resto de sus días.
— Si hacemos esto... significa que va a ser para siempre, ¿o no? —pregunta Gaspar, pero sigue sin verlo—
— No necesitamos hacerlo para que sea para siempre. Ya lo es.
* *
— Marcos, saca al Ián de acá —Manuel suena preocupadísimo, pero Ián no puede notar eso. Todo lo que atrae y nubla sus sentidos es el olor de Gaspar y sus quejidos que logra oír a través de la puerta. Cierra los ojos con disimulo y finge de nuevo. Le sonríe a su Pa, le sonríe a su Papá, les sonríe a todos allá adentro.
— Pa, no me afecta. Déjame ayudarte.
Manuel cierra la puerta con llave y por fuera.
— No —le contesta entre dientes y Marcos le pone una mano sobre el hombro.
— Déjalo, tu Pa se pone así siempre cuando el Gaspi está en celo. No quiere que nadie le haga nada.
— Soy su hermano.
— Y yo soy su papá y mírame, me tengo que ir igual.
Ián aspira con disimulo, saborea el olor a fruta y a dulce. Cierra los ojos y asiente una y otra vez.
— Acompáñame a dejar a la Colomba y al Bruno —propone Marcos entonces, agarrando su chaqueta y las llaves de la camioneta. Ián da una miradita insistente y ansiosa hacia la escalera que le permitiría llegar hasta Gaspar y montarlo días y noches.
— ¿A dónde dijiste que van, Papá?
— A Valdivia.
— Sí, lo olvidé. Perdón. ¿Vuelven la próxima semana?
— En catorce días. Imagínate como está tu Pa.
Le sacó eso una sonrisa a Ián, mientras cruza el umbral.
— ¡Coco, Bruno, vamos!
— Oye Ián —dice el Bruno, bajando la escalera de la mano de la Colomba— ¿Por qué no te quedaste aquí ayudando a Pa?
— Ser un alfa no es tan bacán como vos creés, Brunito —se mofa. Marcos espera hasta que los cuatro están en el patio y cierra la puerta. Al partir en la camioneta, Ián mira la ventana de la habitación de Gaspar fijamente, hasta que es solo un manchón borroso en el camino.
* *
Ián espera en el suelo, sentado en frente de la puerta del cuarto de Gaspar. No hay mucho ruido y a veces logra oír la voz de Pa, cantando una canción de cuna. La casa está tan vacía. Le pican las manos, apoya la cabeza en la pared, suspira varias veces, pero el aire se le va igual. Su erección está cubierta con un polerón de colores; inmiscuye su mano, lentamente, se masajea encima, las piernas le tiemblan.
— Bajen a tomar once —grita de repente Marcos, desde el primer piso y entonces Ián nota una oportunidad para acercarse a la pieza y tocar la puerta que lo divide cruelmente de su hermano.
— Ya vamos — grita de vuelta. Se pone de pie, da zancadas, sus manos recorren la puerta café y se come el aire, presiona la frente y tiene ganas de llorar. Lo necesita desesperadamente. — Pa. A tomar once.
No hay respuesta.
— Pa.
Cuando Manuel sale, Ián intenta tener alguna imagen de Gaspar, rendido, jadeante, necesitado y caliente pero no puede porque no se atreve a mirar cuando tiene los ojos acusadores de su Pa encima.
— Déjalo dormir —es una advertencia, un poco una amenaza, es algo crítico. Ián siente vergüenza por primera vez de estar en frente de los ojos de su Pa y baja la escalera primero, se acomoda en una de las sillas y no puede fingir ser normal ni sentirse normal cuando Marcos le dice, riendo, que se quite ese polerón ridículo de la cintura.
* *
Sucede cuando se cumplen dos días del viaje de la Colomba y de Bruno.
Reciben una llamada durante la mañana, antes de irse al trabajo. Manuel está haciendo el desayuno, Marcos se está acomodando la corbata. Ián contesta y cuando escucha la voz de la mujer por el teléfono le duele la guata.
Hay tantas cosas que siente en ese momento y no puede decidir bien cuál lo domina. Tiene tantas ganas de llorar.
Pa, grita pronto. Pa, la Colomba. Manuel corre a su lado y Marcos se asoma al living. Ián está viendo al piso con fijeza, pero Marcos lo hace mirarlo a la cara y los dos observan a Manuel con el ceño fruncido.
— La Colomba —murmura Manuel, todo como una sola palabra— Le duele la guata, tiene fiebre, la llevaron a un hospital y tiene apendicitis, la van a operar. Vomitó toda la noche. Marcos, vámonos ahora. Tienen que tener nuestra autorización para operarla. Dios mío, Dios mío.
Ián es una estatua alrededor de las caminatas de sus papás. Ellos agarran mochilas, otras cosas, las llaves, los celulares, y él no hace nada, demasiado confundido como para decir: ojalá la Coco esté bien. Significa entonces que sucederá, piensa después. Va a pasar ahora. Y mira la escalera con la barbilla temblorosa. Marcos grita algo y abre la puerta de un tirón, después corre al portón y saca la camioneta e Ián da pasos suaves y pequeños hasta que está en el umbral. Manuel pasa a su lado. Ián cierra los ojos.
— Te confío al Gaspar, Ián. Cuídalo.
Ián no lo mira. La camioneta parte rumbo al sur. Se acerca para cerrar el portón, después entra a casa, cierra la puerta y apoya su espalda por segundos.
Entonces corre escaleras arriba.
* *
— Gaspar, abrime. Se fueron. Abrime.
Ián oye un gemido angustioso y frota sus caderas contra la puerta.
— No puedo —esa es la voz de Gaspar— Pa cerró por fuera.
— No, no lo hizo. Abrime, por favor, abrime.
La tele del living es el único sonido que Ián puede escuchar y luego están los pasos de su hermano, a ras de la alfombra color musgo.
— Gaspi, apurate.
Ián ha pensado en la primera cosa que hará cuando se encuentre cara a cara con su hermano en celo. Lo va a empujar a la cama, le va a quitar la ropa si es que la tiene y se va a colar entre sus piernas. Lo ha estado imaginando cada noche. Sin embargo, en ese momento, cuando Gaspar abre la puerta y lo mira a los ojos y su olor le golpea el cuerpo y se le cuela adentro, todos esos pensamientos se hacen aire y no queda en él ningún otro deseo más que abrazarlo hasta que sus aromas se mezclen.
Y eso es lo que hace.
* *
Tu olor, Ián susurra en su oído, tu olor, tu olor, mientras lo desviste con mucha suavidad. Le quita primero su polerón de piyama, siente la humedad de su bóxer rozando sus muslos. El flujo transparente de Gaspar recorre sus piernas; Ián se atreve a tomarlo con la punta de su dedo y se lo lleva a la boca y Gaspar gime despacio, con los ojos perdidos y las manos inquietas.
Quiere desvestirlo también, sentirlo cerca. Ián se desabrocha su camisa botón por botón y la lanza al piso así que Gaspar se siente con todo el derecho de tocarlo, de deslizar sus palmas calientes por el pecho, por sus pezones erectos y su estómago duro. Ián le come la boca, le enreda los dedos en el pelo y luego deja que sus manos viajen por su espalda y su cintura y sus caderas hasta sus muslos, pero no le toca ahí, donde arde y donde necesita ser tocado y Gaspar se queja contra sus labios, chilla como el omega lleno de calor que es.
— Te quiero coger.
A Gaspar se la ha olvidado cómo hablar.
Ián lo empuja hasta la cama, con movimientos torpes y débiles y se hace un espacio entre sus piernas y Gaspar nunca pensó que un alfa pudiera ser tan suave, tan paciente. Le da besos por todo el pecho, succiona sus pezones rosados, pasa sus dientes en su cuello blanco, pero no lo muerde y llega por fin a sus muslos, a su entrepierna hinchada y le deja un beso por aquí y por allá y él separa sus piernas más y le da todo el espacio del mundo. Ián niega con la cabeza.
— Date la vuelta, dale.
Gaspar sabe ese comando, lo conoce a la perfección.
El lubricante natural que escurre desde su entrada rosada es como un afrodisiaco caliente. Ián quita el calzoncillo n***o y empuja los labios, desliza la lengua, le chupa los muslos machados y baja con cuidado, extiende sus glúteos níveos, suaves y lame hasta que se cansa. El flujo no cesa, porque Gaspar no contiene su voz ni la corriente que se dilata por su cuerpo completo. Se ha desarmado en la cama, pidiendo más con quejidos que Ián guarda en su memoria. Cuando él sube otra vez, besando su columna, sus hombros, su nuca, Gaspar levanta la cola e Ián se acomoda encima; su pecho contra su espalda, sus manos sobre las manos de Gaspar, sus piernas sobre sus piernas.
Hablan de muchas cosas entonces, Ián le da un beso detrás de la oreja, embistiendo con cuidado contra la entrada de su hermano, pero sin penetrar, sin ir más allá, disfrutando, con malicia, de la humedad que aparece y lo mancha también. Se le escapa sin querer incluso una carcajada chiquitita.
— ¿De qué te reís? —Gaspar se las arregla para preguntar.
— Separa las piernas.
Su dedo juguetea alrededor, tanteando. No fue profundo y no avisó, pero Gaspar se quejó de todas formas, con sus rizos cayendo por su cara enrojecida.
— ¿Te gustan mis dedos ahí?
— Sí —dice apenas— Se siente raro... no es suficiente. Dale más adentro, me duele ahí.
— ¿Dónde? —Ián empujó sus dedos hacia adelante— Decime, ¿dónde te gusta?
— Ahí —chilló Gaspar— Ahí. Ay, ¿estái metiendo otro?
— ¿Te gusta?
— No sé. Se siente raro.
— ¿Y eso es bueno?
— Dale —Gaspar agachó la espalda al fin y mantuvo su pelvis arriba, intacta para su hermano— Me gustan tus dedos ahí, no sé, pero dale.
— Estás tan apretado —suspira Ián, besándole otra vez, justo allí donde termina su columna. No puede parar de besarlo— ¿Nunca te tocaste antes, aquí?
Gaspar se ríe despacito.
— No. Te estaba esperando.
— Buena respuesta.
* *
— Métemela —Gaspar se extiende por toda la cama, con los brazos temblorosos moviéndose por encima de su cabeza y entre las sábanas sucias y húmedas. Abre las piernas lo más que puede, sin quitarle a Ián los ojos de encima y el contacto entre ellos dice más que mil palabras sueltas.
— Repítelo —demanda Ián, apoyando las palmas sobre la cama y su olor solo le hace a Gaspar empujarse contra lo que sea. Ián puede ver el lubricante transparente cayendo desde su entrada virgen hasta la alfombra en el piso.
— Métemela.
— ¿Modales?
— Por favor.
Ián ronroneó, inclinándose encima. Gaspar lo capturó al instante, envolviéndole las piernas en la espalda e Ián jadeó, sintiéndose a punto de explotar. La punta de su pene tocó la entrada húmeda de su hermano menor y quiso empujar, hundirse en él y no salir más. Apoyó entonces las rodillas en la cama también y se agachó para darle un beso que Gaspar contestó con cariño, pero con torpeza. Su nariz recorrió entonces el perfil de Gaspar, su cuello y su pecho y luego volvió hasta sus ojos y ambos se miraron, incapaces de romper el contacto.
— Decilo —suelta de repente Ián, luego de besarle el dorso de la mano. Gaspar parpadea muchas veces— Te estoy dando esto... Decímelo.
— Te amo. Te amo. —repitió Gaspar, perdido en todas las sensaciones.
Ián bajó la cabeza y le besó en los labios, sus caderas moviéndose hacia adelante probando la resistencia del cuerpo del omega que tenía su misma sangre y ahora su mismo olor y pronto su marca encima. Sintió el bálsamo pegajoso y suave envolver su m*****o grueso y las paredes que, contraídas, le apretaban su paso y vocalizó una o larga, agitando las pestañas rápidamente porque estar adentro de su hermano chico se sentía justo como lo soñó.
Lo absorbía el calor de la succión constante del laberinto de su hermano y adoraba los gritos que, agudos y expectantes, le hacían saber que las cosas estaban bien, que esto era lo esperado y que Gaspar lo necesitaba, que estaba reconfortado y maravillado de tenerlo metido adentro. Pero eso no era lo más fantástico de todo. La sensación excitante y apabulladora de estar en su hermano y salir luego y seguir así por segundos, minutos, no habría sido nada sin el contacto inquebrantable y firme de sus miradas esmeraldinas.
Porque Gaspar no lo dejaba de mirar nunca y, con la boca abierta, le apretaba la cintura, le rasguñaba la espalda con las uñas. Entre medio se besaban, se rozaban las narices, se olían. Podrían haber tenido sexo un día cualquiera, borrachos después de una fiesta de adolescentes revoltosos. Podrían haber cedido a la tentación y a la pasión mucho antes y podrían haberse unido de cualquier forma, del gusto que poseyera primero sus cuerpos solo con el fin de amarse rápido. La cercanía, la mirada, el roce de sus pieles, la soledad de la casa y el celo eran las causas de este encuentro precioso.
Ián puede ver cada mueca en la cara de su hermano; puede notar cómo frunce el ceño y muestra los dientes cuando él se mueve en círculos o como cierra los ojos cuando le roza la próstata sin descanso. Le pregunta entonces, ¿te duele? Aunque sabe que no es así y Gaspar sonríe, embelesado y excitado, en algún lugar más allá, y niega con la cabeza y busca otro beso e Ián no se hace de rogar, se lo da feliz. No hay nada más en su cabeza. Solo piensa en Gaspar y en su cuello y en cómo lo ordeña en cada embestida.
Cuando puede sentirlo, aprieta con sus dedos las sábanas de la cama. Lo embiste profundamente, cadenciosamente, palpando por dentro y le asalta el pensamiento gustoso de lo que significa quedarse pegado a su hermano por el tiempo que sea. Gaspar tiene lágrimas en los ojos, pero Ián no pregunta por qué. El instinto le hace llevar la boca a su cuello, le hace lamerlo hasta dejar un chupón rosado. El cuerpo de Gaspar se contrae alrededor de su pene e Ián lo hace, eufórico mientras descarga chorros de semen en su interior caliente. Le muerde encima, duro y sin cuidado, hasta que le quita sangre y lo escucha aullar y se bebe la misma sangre manchándose los labios. Es un sueño y no tiene ganas de despertar. Después lame con cuidado, le calma el dolor, pero Gaspar pide sus labios inmediatamente y él no se siente capaz ya de negarle nada.
* *
Gaspar intentó acomodarse sin suerte e Ián se rió. Estaba exhausto, pegajoso y apestaba a alfa en todos lados y no había nada mejor que eso. Tenía su nudo adentro, lo tenía pegado a él profundamente. Inmóvil y quieto, pintando sus paredes estrechas. Podía mirarlo a la cara porque no habían podido separarse más. Recostados de costado en la cama, viéndose a los ojos, respirando el mismo aire viciado en el pequeño espacio que hacía que sus narices no se tocaran. Gaspar ronroneó un millón de veces, con las piernas temblorosas y dormidas, aún enredadas en la espalda de su hermano. No habían hablado y, sin embargo, no tenían en la cara nada más que sonrisas.
— ¿Te gustó? —preguntó Ián rompiendo el mutismo y entonces fue el turno de Gaspar de reír. Estaban sudados, húmedos y tibios.
— Quiero hacerlo cada día de mi vida —le respondió juguetón. Sintió las manos de su hermano sobre su pelo, luego en su mejilla y se acunó ahí, permitiendo que la vibración de su garganta la oyera todo el mundo.
— Te amo —Ián susurró sobre sus labios y a Gaspar no le quedó otra que besarlo. Lentamente, conmocionado por sentir la boca de su hermano encima y su pene hinchado dentro. No podían moverse estando pegados, pero era la sensación más única y más dulce del mundo. Adoraba Gaspar la forma en la que ahora le pertenecía a Ián y le hacía doler la guata la idea de que Ián ahora era solamente suyo.
* *
Cuando su nudo se deshinchó, Ián se retiró con cuidado. Lentamente, permitiéndole a Gaspar un vacío menos doloroso y haciéndole consciente al mismo tiempo del tamaño del pene que había tenido dentro. Centímetro a centímetro, del abandono no hubo más prueba que un sonido húmedo hasta que se percató él de una cosa curiosa: un hilillo de semen blanco que se deslizaba con parsimonia por el muslo izquierdo de Gaspar. Ián bajó y llevó con la punta de su dedo el hilito de semen dentro de su hermano otra vez y después dejó un beso sonoro encima. La entrada de Gaspar, floja y empapada, había pasado a tomar un color más oscuro.
— Estabai mal —Gaspar dice de pronto, con la cara enterrada en la almohada. Ián avanza de nuevo hacia arriba, como un gato y lo acorrala con las manos aferradas a la sábana. No puede parar de besarlo. Presiona sus labios en su hombro y luego en su cuello, justo donde lo marcó, y lo olfatea, reconociendo su nuevo olor, ese que dice que ya no es su hermano, sino su omega. — Dijiste que me iba a doler. No me dolió.
— Me di cuenta —responde bromeando y luego se va haciendo espacio tras él, dejando que Gaspar se acomode cerca, hasta que encajan justo y ahí lo abraza, tal como se lo prometió.
— Deberíai llamar para saber cómo está la Colomba —opina Gaspar.
— Más rato, ¿sí? Vamos a necesitar otra ronda.
Ián no puede ver la sonrisa de Gaspar, pero sí puede bajar sus manos hasta ponerlas sobre su vientre. Presiona un poquito y cierra los ojos y se promete mantenerse así hasta que el calor de su omega lo llame otra vez.
* *
— No, me siento un poco mareado, pero nada grave. Debe ser porque no he comido mucho.
Ián sostiene el brazo de Gaspar, mientras empacan intentando ser veloces.
— ¿Seguro?
— Sí, no te preocupí. Tenemos que irnos luego.
— Facu me va a prestar una cabañita que tienen sus viejos para vacacionar, en Buenos Aires. Ahí nos podemos quedar hasta que compremos los pasajes. —Ián agarra los bluejeans y los mete en el bolso más grande. Gaspar toma sus camisas y un par de poleras y luego pesca sus calcetas y su ropa interior y las echa en una bolsita.
— No sé qué llevarme de acá —menciona melancólico—
— Yo me voy a llevar la cosa que más quiero de esta casa.
— ¿Qué cosa? —Gaspar pregunta parpadeando.
— Vos, loco.
Y le da un beso, chiquitito pero duradero y a Gaspar no le queda otra que sonreír de nuevo.
Cuando tienen todas las cosas empacadas y los bolsos en las espaldas, bajan las escaleras corriendo. Ián abre la puerta y sale primero, pero Gaspar se queda mirando la casa por un rato más.
— Apúrate —grita Ián.
Gaspar aparece al rato, con la mirada media perdida.
— Le dejé una carta a los papás y a los chiquillos.
— Gaspi, no te podés arrepentir ahora.
— No estoy arrepentido. —responde Gaspar y lo mira de vuelta. Se quedan viendo los dos fijamente, parados juntos. Gaspar le pasó la mano por la cara, delineando el contorno de sus pómulos con sutileza y le sonrió muy, muy suavemente. Se inclinó, se alzó de puntas y le dio un beso. Afuera no hacía calor y las nubes presagiaban una lluvia pronta. Se decidió al final Gaspar por abrazarlo, descansando su cabeza en la clavícula de su alfa e Ián ha aprendido, con el paso de sus años juntos, a ser débil a él. Gaspar siente sus labios en su pelo, pero no se separan.
— No te podés arrepentir —dice Ián y es una súplica que Gaspar lamenta.
— No estoy arrepentido —repite él— Lo que llevo adentro me dice que nunca voy a estar arrepentido.