A contratiempo capítulo 12

4991 Words
Martín le receta unas vitaminas porque está demasiado flaco y le dice que para la próxima ecografía va a mirar sus pechos porque todavía están muy pequeños y muy planos y si sigue así, tal vez significa que no va a tener leche para amamantar a los mellizos. Como les prometió, les regala dos imágenes, que son las primeras fotos de sus hijos. Se despiden de Martín con un apretón de manos y, cuando están afuera, Gaspar ve a Ián guardar su foto de los mellizos en su billetera. Después lo siente rodear su cintura y esconder su cara en su cuello ya él no le queda más que abrazarlo, que envolverlo, que amarlo. - Gaspar tenía la comida hecha para cuando él llegó, pero sigue hablando demasiado sobre Martín e Ián no puede no sentirse medio celoso y medio molesto. Sin embargo, no le dice nada y, en cambio, aprovecha de quitarse la ropa de trabajo con mucha lentitud. Ha pensado algunas cosas, desde el llanto de Gaspar y desde la noticia de los mellizos. Ha reflexionado sobre la vida de ellos ahora. Su alrededor es una habitación que solo tiene un baño propio y un espacio para una tele y un sofá. El armario es muy pequeño y no hay lugar para una cuna. Gaspar dijo que odiaba esta pieza y, de cierto modo, Ián la odia también. No es suya ni huele a ellos, no es casa ni es hogar. Cuando mira la guatita de Gaspar, que casi no se nota bajo su camiseta de piyama, piensa en la casa en Santiago, en el patio verde y en los árboles del antejardín. — ¿Tú creí que se parece al papá? Lo encuentro igual. Más encima es argentino. No sé cómo sentirme sobre eso... — De parecerse, se parece —concede Ián, desnudo desde la cintura hacia arriba— No es tan guapo como el Papá, de todas las formas. No puede ver la sonrisa de Gaspar porque se ha quedado mirando hacia la ventana. Hoy el cielo está más oscuro. — Bueno, obviamente el papá es mucho más guapo. Pero el doctor también es mío. Y no es tan viejo, tiene 42 por lo que leí. —¿42? Podría ser tu papá. —Podría, pero no lo es. La sonrisa de Gaspar no desaparece nunca e Ián frunce el ceño, un poco cabreado con su buen humor. Puede oír sus pasos suaves, moviéndose cerca como él sabe no más. Las manos de su omega se sienten de pronto sobre sus hombros y luego se deslizan lentamente por su espalda y vuelven a subir, entonces Ián puede percibir el aliento caliente de Gaspar cerca de su oído y se permite cerrar los ojos, solo unos instantes. Un cosquilleo agradable que sube por su nuca, que se queda ahí, es el presagio del rumbo. Date la vuelta, susurra Gaspar e Ián ronronea, complacido. Sus miradas se encuentran, crudas y expectantes, con la luz de la pieza prendida y con la tele sonando a borbotones. — ¿Qué tenés en la cabeza? —pregunta Ián, pero antes de que llegue una respuesta, los besos de Gaspar, cortitos, dulces, se pasan por su pecho lampiño y desnudo, después por su estómago y luego hacen un camino desde su ombligo hasta sus pantalones abrochados. Ián suspira. El botón desaparece. Su bóxer se desliza con suavidad hasta sus muslos. Los labios de Gaspar parecen ingenuos, cándidos e inocentes e Ián se derrite por la herida que ha causado en su pureza. Hay siempre sobre él un sentimiento oscuro y ardiente. — A ti —responde Gaspar, dándole otro beso en su pene despierto. —Te tengo siempre a ti. En todos los lados. El cielo debe ser así. Sus manos entremedio de sus rulos castaños, sus ojos siempre fijos en su cara y en sus expresiones... Verdes ambos e Ián se imagina, fugazmente, ¿van a tener los mellizos los ojos verdes, como nosotros? Pero después sonríe y niega y mira a Gaspar y echa la cabeza hacia atrás. La única imagen sensata que necesita en su mente para toda la vida es esa que le da su omega, de rodillas en el suelo, con su pene erecto dentro de la boca, con sus labios manchados y con todo rasgo de inocencia perdido. - Gaspar está durmiendo con los brazos inclinados, con el pelo revuelto en la almohada y con la boca cerrada. Suspira muy despacio y no hace ni un ruido. La sábana blanca le cubre hasta las costillas, hace un poco de frío y sus pezones se ven duros y palpitantes e Ián puede comprobarlo cuando le toca con la punta de su dedo. Lo ha estado admirando desde hace tiempo, maravillado de sus labios, de la forma de su nariz, de sus largas pestañas y oscuras. Su cuello delgado y sus clavículas son objeto de dolor y de pasión. Ián no puede obviar la marca justo ahí, esa que le dice que Gaspar es suyo nada más. Y su guatita, cubierta por la sábana, es una prueba latente y viva. Ián se atreve a quitar la sábana, pero muy suavemente para que Gaspar no se despierte y descubra su panza redonda, pequeña todavía para tener adentro a los mellizos. Los cuatro meses de embarazo se han ido diluyendo rápido, de la misma forma que la tristeza, la soledad y los recuerdos. Ián no puede estar en realidad seguro de que alguna vez Gaspar dejará de extrañar a la familia, a la casa, a todo lo que les era conocido. Ni siquiera sabe si él mismo podrá ser capaz algún día. El único pensamiento que le trae paz y le cubre todas las emociones mezcladas es saber que ahora mismo están formando una familia que es de ellos dos solamente. Los mellizos son una niña y un niño, el doctor Hernández se los dijo durante su última ecografía. Están sanos, los latidos de sus corazones son apabullantes y llenos de vida, pero todavía no patean e Ián se ha vuelto un poco ansioso. Es la pura emoción, en general, lo que le hace llevar las manos al vientre de su omega y apoyarlas ahí hasta sentir algo, cualquier cosa. Hoy lo hace, aunque muy mansamente. No quiere despertar a Gaspar de un sueño que necesita porque luce tan tranquilo y tan calmado. Los mellizos no se mueven y Gaspar tampoco hace ruido. Ián acerca su boca hasta el costado derecho de su guatita y le deja un beso, después se va hacia el izquierdo y le deja otro. Su mejilla puede sentir la suavidad de la piel de Gaspar y su nariz es capaz de olfatear el aroma que dice que Gaspar es suyo, que Gaspar está encinta con sus cachorros. No puede evitar dejarle otro beso en el vientre mientras le pasan los brazos alrededor del cuerpo. Gaspar se despierta al final, estirando las piernas, pestañeando como si estuviera extrañado de tenerlo ahí encima. Ián sonríe ante eso. Sin dientes, solo una mueca con sus labios. Le vuelve a besar la guatita porque sabe que Gaspar lo odia; su bufido solo hace que su sonrisa sea más efusiva, que los ojos se le pongan más brillantes. — No hagai' eso —se queja Gaspar, hundiendo su cara en la almohada. — ¿Por qué no? Me encanta tu pancita —Ián se ríe y le da un beso y otro y otro más hasta que Gaspar gruñe e intenta hacerlo a un lado. — Está llena de estrías, es asqueroso. — No tenés ninguna —Ián dice riendo. — Van a aparecer, eventualmente. — Por aquí y por aquí y por aquí... —contesta Ián, delineando con su dedo todos los lados de su barriguita, subiendo hasta su boca y callando sus quejidos iniciales con un beso. Le besa el cuello, después la mejilla, la nariz, la frente y se queda en su boca y al principio Gaspar se queja (ahora se queja siempre), pero después cede, lentamente y corresponde sus besos y corresponde sus caricias. Ián no puede ponerse encima ni tampoco pueden rozarse los pechos, ahora es complicado. Entre beso y beso, atravesando la barrera del regaloneo matutino, Gaspar le susurra "no podemos" e Ián suelta sus labios con un sonido mojado y se da cuenta de que es verdad, no pueden. Sus miradas se encuentran, pero no parpadean. A ver quién aguanta más, quién se da por vencido primero. Ián se ríe, le da un beso en la mejilla, no puede parar de besarlo en todos lados. Gaspar suspira y suspira. — No podemos —repite Gaspar, con los ojitos tristones. — Pero estoy duro —Ián responde y le saca una risa y después los dos se ríen como cabros chicos e Ián ama esto, esta complicidad que es de los dos nada más, que nunca tuvieron con nadie más y que nunca tendrían con alguien más. - Yo igual. — Ponete encima vos —se le ocurre a Ián— Así podemos. — O sea, igual en realidad no tengo muchas ganas de... — No, no es eso. ¿No te suena un numerito mágico entre el 68 y el 70? Gaspar parpadea sin entender, solo por segundos. Después de la realidad lo golpea e Ián se muere de risa con su mueca de niño chico indignado y ofendido. — ¿De verdad? — Dale, Gaspi, subite, vení. Ián lo nota moverse encima, le ayuda para que no se dañe y sienta la guatita de Gaspar rozar su propio estómago y es una impresión diferente, muy única. La sensación de tener metida su virilidad en Gaspar, en su boca o en su entrada, es siempre inesperada, demasiado efímera a veces. Ojalá podría durar horas o días, ojalá el celo viniera a ellos de nuevo. Gaspar le chupa con ternura y con cariño y él ordena su tiempo para besarle los glúteos muy suavemente, pasar su lengua por su pene una vez sola, después por sus testículos y quedarse, al final, en su entrada. Estrecha y pequeña, húmeda por la excitación. Su lengua se permite el gusto de penetrarla, algo que su pene no ha hecho desde los tres meses. — Echaba tanto de menos esto —dice, con la voz ronca y Gaspar gime, preso de las corrientes que siente por todos lados, entonces Ián sabe que es solo un acelerante, una súplica silenciosa para que no se detenga. Aprieta con sus manos los glúteos de su omega, los expande y le aprieta tanto que hasta le clava las uñas. Gaspar lanza un quejido y de repente todo se rompe. — Ián, párr. La pieza se queda en silencio. — ¿Qué pasa? ¿Te sentiste mal? ¿Te dolio? Gaspar está intacto encima. — No. Los mellizos. Se están moviendo. — ¿Están pateando? ¿De verdad? Ián espera la respuesta con los ojos abiertísimos y es como si se tardada horas. —No sé, parece. Mira, toca. Gaspar se sale de encima y se acuesta de espaldas en la cama con el ceño fruncido y los labios apretados. Le agarra la mano a Ián y se la pone sobre su guatita, pero Ián no puede sentir nada y curvar las cejas hasta que, de pronto, suceda. Un tintineo desconocido. La cosa más extraña del mundo. No son pataditas, como las hubiera imaginado; Son más bien como gusanos. Como si pusiera la mano sobre algo que vibra. Como si le hicieran cosquillas. Ián mira a Gaspar fijamente hasta que su encuentro se le hace abrumador. Se separa de él muy lento, parpadea un poquito y no puede no sonreír. No puede no sentir que esto es lo único que vale la pena. — Parece que sí, están pateando —susurra Gaspar, imitando la mueca— Se siente tan raro. Ián se agacha de nuevo contra su guatita. Obnubilado y extasiado, su corazón se golpea contra su pecho. Le da el beso que se ha estado guardando y esta vez Gaspar no hace ninguna mueca, sino que sonríe con los ojos húmedos. Hola chicos, este es Papá, Ián se atreve a susurrar directo en su piel paliducha, suave, nívea y Gaspar se ríe y le acaricia los rizos rubios e Ián se da por vencido, cerrando los ojos sobre la panza de su omega. El cielo debe ser así. — No puedo esperar a que nazcan —Ián no abre los ojos— Quiero verlos, quiero saber cómo serán, si son rubios o castaños... — Apuesto a que van a ser rubios, estoy seguro. — Y después de ellos, ¿cuántos más van a venir? Quiero muchos. No lo oye contestar. Lo siente tensarse, en cambio, debajo de su cara y de sus manos. — ¿Querí tener más hijos después de que nazcan los mellizos? —la voz de Gaspar suena extraña. — Sí —contesta Ián rápidamente— ¿Vos no? Está lloviendo afuera, Ián puede escucharlo porque Gaspar nunca responde a su pregunta. - — Yo empezaría a preocuparme por eso, pero ¿vos lo has pensado? ¿Quieres amarmantar? Gaspar se abotona la camisa azul. Se baja de la camilla y se sienta en frente de Martín otra vez, mientras lo mira teclear con la misma rapidez de cada sesión. — Eh, lo estuve viendo y en verdad no me importa mucho si no tengo leche. No sé si quiero amamantar. Además, son dos y capaz que ni siquiera me alcanza la leche. Onda, ¿uno tendría que tomar de un pecho y la otra del otro? Martín lo mira de reojo y sonríe, carcajeándose un poco. —Así es. Igual es tu decisión. Decime que no y yo no te receto las pastillas. Podés tomar mucha agua, en todo caso, para bajar la leche. Si es que la hay. Los papeles en la mochila. Enciende el celular, hay un mensaje de Ián que dice ¿cómo te fue? Pero Gaspar no le responde. Observa, en cambio, las imágenes de sus mellizos en las impresiones y sonríe con dulzura. Les da un besito rápido y luego las esconde avergonzado. — ¿Y han pensado en nombres para los bebés? —En realidad, no. — Che, ¿y por qué no vino Ián? No se ve como el tipo de alfa que dejaría a su omega encinta ir solo por la calle o por el hospital o por cualquier lado. Gaspar no sabe si reírse o no o cómo tomar ese comentario así que solo le sonríe educadamente y se pasa un mechoncito de su cabello detrás de la oreja. Su pelo le ha crecido hasta el cuello y sus rulos están desordenados por el viento de Delft. — Tenía que quedarse hasta más tarde en el trabajo. Me mandó un mensaje —le contesta, meneando el celular—. — ¿Dónde lo conociste? —Martín de pronto parece curioso— ¿Eran compañeros de colegio? — Algo así —responde él, mirando hacia otro lado. — Me llama la atención su acento, que no se le haya quitado... — Es que compartió harto también con mi papá, mi papá es argentino. — No me contaste eso —la voz de Martín es de grata sorpresa y Gaspar frunce el ceño— ¿De dónde está tu papá? — De Río n***o —Gaspar intenta ser tan parco como puede, tan preciso como sea necesario. - ¿Cómo se llama? —Marcos. Martín enarca las cejas y lo mira a los ojos. A Gaspar le gustan las pecas que tiene en su nariz y sus pestañas rubias y su pelo liso y le sonríe de vuelta, sin abrir la boca, solo haciendo una mueca de pendejo y Martín parpadea lentamente. Gaspar separa sus labios y murmura, como si fuese algo común o un hecho azaroso y divertido. — Usted se parece a mi papá. Gaspar lo oye reír. — Eso es algo curioso. Martín imprime una hoja con la fecha de la próxima ecografía y no continúa hablando de sus familias. Solo murmuran sobre el clima y sobre que el invierno parece que no va a irse nunca y Gaspar sonríe cuando Martín le cuenta que en Holanda siempre hace frío. La fecha de nacimiento de los mellizos está esperada para abril, más o menos, Martín se encoge de hombros y le dice que, en general, los niños que nacen en primavera irradian energía. Te van a cambiar la vida, agrega y Gaspar asiente lentamente. El silencio los baña por segundos. — Doctor —llama y Martín musita ¿mmm?, entonces el coraje que la falta lo saca de cualquier parte— ¿qué posibilidades hay de que yo pueda postular a una esterilización? Gaspar se siente cohibido, como si hubiera dicho la cosa más terrible del mundo, por la forma en la que Martín lo observa y por el silencio que se queda entre los dos al principio. — ¿Una esterilización? —repite y Gaspar tiene que abrazarse de hombros— ¿Ián está de acuerdo con eso? El tic tac del reloj es hiriente, frío, tenebroso. — No, él no sabe. — Yo no puedo postularte para una esterilización si es que tu alfa no lo autoriza. —Martín es preciso y está serio y Gaspar se pasa la lengua por sus labios que están secos— Además, vos no tenés razones para postular a una. Sos joven, estás sano, los bebés vienen bien... y vos e Ián van a querer más hijos, ¿cuántos años tenés, Gaspar? — Veintiuno —susurra, sintiéndose como un niño regañado. — ¡Veintiuno! —Martín levanta las manos— Aunque te postulara a una esterilización, nunca te aprobarían. Gaspar mira hacia el techo con las manos entremedio de las piernas, meneándose hacia adelante y hacia atrás. Tiene las palabras atoradas en la garganta, como si nadie debería saberlo, pero Martín tiene que, solo para entender sus razones. — Es que el otro día estábamos hablando con el Ián y él empezó a decir que quería tener más hijos después de los mellizos... —comienza a hablar entonces, casi como si estuviera en una carrera. - ¿Hurra? ¿Qué tiene eso de malo? —Que yo no quiero. A Gaspar la mirada de Martín le última más que cualquiera de las palabras que podría haber dicho. Los ojos de Martín, sorprendidos, impactados e incrédulos son los mismos que podría haberle dado Ián y que podría darle cualquier alfa por ser egoísta y por poner su bienestar sobre el de los demás. La idea lo hace querer llorar, como el revoltijo de hormonas en que se ha convertido. Niega con la cabeza y se sorbe los mocos y quiere a Ián, solamente a Ián ahí, sosteniéndolo, conteniéndolo. — OK... me parece una opción un poco revolucionaria de tu parte, pero si no quieres tener más hijos hay supresores, hay anticonceptivos, Ián puede usar condón... — Es que no es tan fácil —se queja Gaspar— Esas cosas pueden fallar igual y yo quiero asegurarme de que nunca más voy a volver a quedar esperando guagua porque si eso pasara no sería capaz de abortarlo, pero tampoco de tenerlo... es que no me puedo arriesgar. Martín se inclina hacia adelante, frunciendo el ceño. Gaspar apoya su espalda en la silla. El doctor Hernández es un beta, pero a veces parece intimidante, como un alfa. — ¿Arriesgarte? —repite. — Tengo miedo de que los mellizos no nazcan sanos. Gaspar siente que su desahogo es estéril en cuanto oye la risita de Martín. — ¿Por qué pasaría eso? Vos estás sano, Ián también, los mellizos se ven saludables, todo luce bien. — Usted no entiende —Gaspar sisea, mirando hacia otro lado. Se pone de pie con rapidez, agarrando su mochila y empujando la silla hacia adelante. Está dispuesto a irse antes de seguir soportando un interrogatorio que lo doblegará hasta decir la verdad. Ve a Martín pararse también y correr a su lado. Lo detiene con una mano en el hombro. Dice su nombre muy suavemente y Gaspar se da la vuelta, entonces ambos quedan mirándose a la cara. Martín estira su mano y Gaspar no sabe qué hacer cuando le toca la mejilla con mucha suavidad. Sus dedos no se sienten toscos, pero se sienten secos. Sus labios se abren un poquito. Martín sigue acariciándola la mejilla en círculos cuando pregunta con la voz ronca: — ¿De qué tenés miedo? ¿De que los bebés tengan tu carita de muñeca? Gaspar inhala y se aleja, dando unos pasos tiesos hacia atrás. Sin embargo, la mano de Martín se queda ahí, sobre su mejilla, impávida. — ¿Puedo hacerte unas preguntas, Gaspar? Él desvía la mirada hacia las piernas de Martín. Gaspar sabe que, si Martín quisiera hacerle algo, cualquier cosa, él no tendría cómo defenderse. — Sí —responde, sin ver otra alternativa. — ¿Tuviste un novio antes de Ián? ¿Conociste más gente antes de Ián? Gaspar frunció el ceño, sacudiendo la cabeza. -No. —Ián fue tu primer novio. —Sí. Martín se pasa la lengua por los labios y Gaspar no quiere nada más que salir de ahí. — ¿Ián también se parece a tu papá? — Doctor —suplica Gaspar al final, buscando una manera de detener la conversación y la cercanía— Prométame que no le va a contar nada de esto al Ián. Por favor. Que quede entre usted y yo. — No puedo negarle nada a un omega tan bonito como vos —Martín hace formas con sus dedos en las mejillas de Gaspar, pero Gaspar no puede cerrar los ojos y decidir alejarse, mover los hombros, los mellizos dan vueltas en su guatita. La mano de Martín se esfuma, Gaspar se aleja y agarra el picaporte, abre la puerta y antes de salir, Martín asegura que mantendrá el secreto. Le dice hasta luego y le manda saludos a Ián. Cuando Ián llega a la habitación del hostal, a las cinco y media de la tarde, Gaspar se lanza a sus brazos. No le importa si no le entiende o si su sorpresa es profunda. Había extrañado su pecho, que era el único nido que tenía ahora. Había necesitado sentir su olor y su calor y sus brazos alrededor y escudriñó su nariz en su cuello y por su cara hasta que olfatear dolía. Refregó sus mejillas en el pecho de Ián hasta que volvió a tener su aroma encima. No estaba llorando, pero las lágrimas caerían en cualquier momento, así que se negó a dejar su cuerpo incluso cuando Ián intentó alejarlo con suavidad. Abrumado por sus susurros y sus besos, Gaspar pegó un suspiro fuerte y se separó rápido, limpiando las lágrimas caídas, calientes e incesantes. — Eh, gatito —le llamó cariñosamente Ián— ¿Qué pasa? ¿Cómo están los nenes? ¿Pasó algo malo? Gaspar negó con la cabeza con furia, haciendo que su mota de rulos castaños se moviera hacia aquí y hacia allá. Ián le pasó los pulgares por las mejillas, mirándolo a los ojos, secándole el resto de lágrimas que le manchaban la carita y Gaspar le agarró la mano, dándole besos en el dorso y en la palma y en los dedos. Se abrazó a él otra vez y cerró los ojos, aspirando su olor hasta embriagarse, pero no le contestó nada. Ián le puso una mano sobre su vientre y Gaspar puso la suya encima después. Reza en su cabeza, como no lo hacía desde que dejaron su casa en Santiago. - — Cerrá los ojos, yo te guía. Ián le agarró las manos, pero Gaspar no estaba seguro dónde tomarlo o dónde sujetarse. — ¿Adónde vamos? — Sorpresa. ¡No hagas trampa! — ¿Tenemos que subir escaleras? Un peldaño, dos peldaños, luego la planitud otra vez e Ián abre una puerta y tiene que sostenerla rápido para que no se cierre antes de que Gaspar cruce, lento y fofo. — ¡Cuatro pisos! —¡Ián! —se queja Gaspar e Ián no puede evitar echarse a reír— Tengo seis meses de embarazo, ni siquiera aguanto subir los pisos de la micro. — Estoy bromeando —responde él más calmado— Es en el piso uno. — Es un edificio. —Precisamente, Einstein. Ián tiene cuidado con lo que pisan. Primero es la alfombra del vestíbulo, después, el piso flotante de los pasillos. La puerta tiene el número 1 pegado encima e Ián tomó la llave de su bolsillo luego de que Gaspar se ha apoyado en la pared. Su omega desliza las manos por toda la muralla, pero no abre los ojos e Ián lo contempla solo unos segundos antes de girar la llave dentro de la perilla. Parece que Gaspar no se da cuenta del ruido de la puerta abierta y continúa tocando con sus dedos largos y blancuchos la pared de hormigón. Ián le toma de la cintura para moverlo muy despacito y su sobresalto le da a él cosquillas. — No va a pasar nada, confía en mí —le susurra cerca de su oído y Gaspar mueve la cabeza hacia arriba y hacia abajo. — Los mellizos se están moviendo como locos. — Es que saben que esto te va a gustar. — ¿Qué es, Ián? Dos pasitos más hasta cruzar el umbral. Entonces Ián cierra la puerta y le dice a Gaspar: —Abrí los ojos. Gaspar es obediente, como un corderito. — ¿Y? ¿Te gusta? —pregunta Ián, girándose para ver la cara de su omega. El pelo de Gaspar, revuelto encima, largo y ondulado, siempre le roba la mirada. Es como una nube castaña y suave que se acerca en invierno pero que siempre es el preámbulo de una tormenta encantadora. Después están sus ojos verdes, que son la razón para que le haya apodado gatito desde su primera vez. Su nariz es una cosa extraña, respingada, pecosa y angulosa, como si la piel que la cubre fuera demasiado delgada. Al final están sus labios rojos, su boquita chiquitita que se abre sorprendida y curiosa, dejando ver sus dientes. No dice nada. Se mantiene en un silencio que le hace a Ián fruncir el ceño. Ián se toma las manos, se sacude el pelo y agarra el brazo de Gaspar, arrastrándolo alrededor, hasta que están en el centro de una habitación. No tiene muebles aún, así que parece un pasillo que un poquito más adelante, al lado derecho de la puerta, tiene varios estantes, un lavaplatos y una mesa con sillas. Una cocina americana en tonos grises y blancos. Después está la habitación completa, desocupada, al fondo se ve un ventanal que da a un jardín. A la izquierda hay una habitación. Un poco más adentro, profundo hacia la derecha hay otra, junto a un baño. Todo alrededor es de un color más claro que el gris. Gaspar parpadea suavemente e Ián espera una respuesta, una mirada, cualquier cosa. — ¿Qué es esto, Ián? — Es un departamento —contesta él, sin entender al principio. —Nuestra casa nueva. Pero Gaspar sigue intacto, como perdido y desconfiado a la vez. — Tiene dos piezas no más, pero las dos son como para matrimonio y me gusta el estilo de la cocina americana. —Ián le aprieta el brazo a Gaspar, lo hace moverse por los alrededores— Yo sé que es un poco pequeño... pero tampoco tenemos tantas cosas. Hay dos baños. Y los mellizos pueden compartir la habitación. Mirá, todas las piezas tienen ventanas que dan a la mejor parte del departamento: el patio. ¿Vamos a verlo? — Ián... Ián no lo deja hablar, lo mueve solo hasta que cruzan la ventana al final de lo que espera por ser un vivir. Hay una terraza con cerámica justo afuera y, después, una bonita extensión de pasto verde. Unas matas de hojas por aquí y por allá, un caminito de tablas hacia una puerta de reja blanca. Podría decir lo que sea y lo que sea estaría bien. — Me gustó porque tenía patio, así los mellizos pueden jugar. Sé que el patio no es tan grande como el que teníamos en la casa, pero... es bonito, ¿no? ¿Te gusta? Recién ahí Gaspar lo mira a la cara. — ¿Cómo conseguiste esto? El patio es agradable, piensa Ián de repente, podríamos tener un perro o dos. — ¿Pagando? —recurre al sarcasmo. — Ián —Gaspar lo regaña. —Bueno, obviamente pagando. Es un arriendo, Gaspar —suelta al final, cansado— pero si te gusta, podemos esperar un tiempo hasta que un banco me dé un crédito y lo compremos. Es lindo, ¿viste las piezas? Me encanta que las piezas sean grandes. El living no tanto y la cocina tampoco, pero ¿para qué más espacio? Vamos a ser cuatro... por ahora. — Es perfecto —le calla Gaspar, apoyando las manos en sus hombros. Ián agacha la cabeza y así pueden rozarse las frentes dulcemente. Cuando tienen los ojos cerrados, cuando sus manos están encima de la cara de Gaspar, Ián se permite darle un beso en la mejilla, que dure tanto que no puedan ser capaces de separarse después. —Es perfecto, de verdad. — Creí que no te iba a gustar... — ¿Por qué? Cualquier departamento es mejor que la pieza, en todo caso. Ián se ríe. Le da otro beso en la frente y se separa. — ¿Cuándo podemos venirnos a vivir aquí? — Cuando ordenemos nuestras cosas, compremos la ropita de los bebés, empaquemos nuestra ropa... — ¿Qué ropa, Ián? Con suerte tenemos un bolso. Otro besito en el pelo, en sus rulos suavescitos, Ián aspira su olor profundamente. — Estoy tan feliz de que te gustara...
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