Habrá tenido en ese entonces diecisiete años y haber estado sentado en la silla más alejada del comedor, frente a la cara de su padre, porque la luz del sol se reflejaba en su vaso de vidrio y formaba una curva resplandeciente en su pálido brazo; probablemente su madre estaba llevándose la cuchara a la boca con las manos temblorosas y repitiendo para sí misma los insultos que acaba de oír salir de la boca del hombre con el que había compartido diecinueve años.
Lo recuerda muy bien porque apretó tanto los dientes contra sus labios que el sabor de la bebida se mezcló con lo metálico de su sangre y manchó hasta que su hermana le convidó una servilleta para limpiar los residuos de su boca. Por ese tiempo era aún un niño muy dependiente que necesitaba guardar las apariencias, callado e incapaz de reaccionar con agresión a las palabras ácidas de su padre, pero aquella ocasión en la que el silencio de su mamá pesó sobre sus hombros, fue la primera vez que sus impulsos no fueron simplemente por la vía de la naturaleza, sino que compartieron lugar con el raciocinio, no solo para contentar sus instintos depredadores, que rara vez llegaban cuando estaba comiendo porque si su estómago estaba lleno entonces podía descansar un rato.
No solía matar para ayudar. Él no entendía qué era ayudar. Mataba porque le gustaba, porque le hacía sentir bien, porque estaba en su naturaleza jugar a ser Dios.
Siempre hay una primera vez para todo.
Tres días después, un martes ardoroso debido a la ola de calor que azotaba Santiago, cayendo el atardecer sobre la cordillera, se despidió para siempre del único causante de las penumbras de su madre. Antes de atarlo y torturar su cuerpo robusto con pequeñas cortadas que simulaban cada una de las palabras humillantes que le había escuchado decir contra su mamá, agradeció con ironía su buen papel de proveedor, porque nunca le faltó para comer, porque nunca le faltó para vestir, porque tuvo una buena educación que le permitió llegar a la universidad gratuitamente y voltear el sistema. Mencionó también que no era su culpa no haber notado que su compadre se encerraba en su habitación y le quitaba la ropa y hacía que sus caderas dolieran, simplemente no lo advirtió y está bien, lo acepta, ya pasó. Pero lo que no puede perdonar es que se atreva a herir a su madre de esa forma; el castigo era la única opción válida.
Fue la primera vez que sintió el placer verdadero.
La PDI encontró el cadáver tiempo después, repartido por pedacitos enterrados en el cerro Panul, en un curioso puzle. Si seguían el rastro se formaba una frase que dejó a todos atolondrados: Fue un excelente proveedor.
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Existe una línea muy fina que delimita aquello que pertenece al mundo real de lo que no es más que producto de la imaginación. Se sabe que no debe confundirse, pero a menudo algunas personas tienden a borrar la delimitación que les permitiría mantener los pies en la tierra. Hay distintas razones del porqué, seguramente no acabaríamos de analizarlas porque van más allá de lo que podría conocer acerca de cada persona pero intentemos la objetividad y probémosla en el caso Matthew.
Matthew tiene veinticuatro años, un perro husky siberiano, un conejo blanco, cabello rubio y ondulado y un bonito par de ojos violetas en extinción. Podría haber sido modelo de ropa femenina, pero no se hace mucho en los orfanatos. En la calle él descubrió que era bueno embaucando gente y que le gustaba hacerlo, también fue consciente de su apariencia y declaró que podía usarla a su favor.
Como no les pasa a todos, tuvo la buena suerte, luego de pasar de mano en mano por aristócratas, traficantes y chulos, de caer en brazos de un narcotraficante francés que quedó encandilado con su belleza. No ocurre a menudo. Lo que pasa a menudo es ser asesinado por un cliente que no le pagó una mamada, pero Matthew era un angelito caído del cielo, como le gustaba llamarlo al francés y para Matthew eso estaba bien porque Francis nunca metía sus manos por entre su camisa ni le obligaba a bajarse los pantalones. En cambio, era sumamente amable y caballeroso. Lo llevó a vivir a su casa, ¡nunca más dormir en las calles! Le dio ropa bonita, lo acarreó frente a un espejo, se puso junto a él y le dijo: Mira lo hermoso que eres. Mira cómo pareces pintado por algún renacentista. Mira la perfección de tu rostro. Imagina todas las cosas que podrías lograr con solo sonreír un poco.
Matthew le sonrió al espejo.
Nos parecemos un montón, tú y yo. ¿Qué edad me dijiste que tenías, muñeco?
Diecinueve.
Cuando yo tenía diecinueve era como tú.
Apuesto a que era un joven muy guapo.
No pude heredarle esa belleza a nadie.
Matthew se volteó y le quedó mirando con el entrecejo fruncido.
Después reubicó su mirada en el espejo y se comparó con el francés.
Francis le llamaba Poppet.
Poppet se parecía a Papa.
Matthew hablaba muy bien el francés, después de todo, era canadiense.
Canadá fue una vez colonia francesa.
No eran necesarias más coincidencias.
Matthew tiene veintiún años, un departamento regalado por Francis y un conejo llamado Sponge porque es muy blanquito y peludo y dan ganas de abrazarlo todo el tiempo.
Trabaja matando gente por encargo y la vida parece sonreírle.
Su conejito duerme en sus pies y todo está tranquilo.
Tranquilo hasta que conoce a Alfred Jones.
Nunca le gustó Romeo y Julieta, era un libro tan predecible y banal. Dos muchachos cuyas familias eran enemigas se enamoran hasta la locura pero no pueden estar juntos porque es prohibido y en su desesperación, recurren al suicidio. Él prefería la acción.
Aunque nunca pensó sentirse como el protagonista de una historia así.
Alfred trabajaba para Arthur, el enemigo de su Papa.
Él no puede hacerle eso a su Papa.
Tenía que ser leal.
¿Pero cómo obviar a su corazón tan destrozado? Se negaba a creer que su amor estuviese condenado a la ruina. Era realmente feliz por primera vez. Nadie tenía el derecho de arrancarle esa felicidad. Su alma podría ser pequeña y estar lastimada, pero por Dios, era suya.
Matthew tiene veintidós años, un departamento, un conejo llamado Sponge, un husky siberiano, y está mirando a la tele acurrucado en el vientre del que puede por fin llamar su novio.
Te quiero, Alfred Jones.
Usualmente cuando las cosas van mal, se tienden a evitar, pero Matthew estaba seguro que nada iba mal con ellos. Nadie sabía. Nadie tenía por qué enterarse. Le había dicho a su Papa que era feliz porque al fin había hallado alguien que lo amaba. Francis no preguntó quién era pero le hizo una oferta: si es el indicado, puedes irte. No me debes nada. Seré feliz porque tú eres feliz.
Francis era lo más cerca que Matthew había tenido a un padre.
Un día, Alfred susurró algo a su oído y Mathew dijo sí.
(No sin reírse, esa risilla bonita que hacía que el corazón de Alfred retumbara en su pecho)
No habían hecho el amor con tanto amor hasta entonces.
Matthew tiene veinticuatro años, un departamento que comparte con Alfred, un conejo blanco llamado Sponge, un perro husky siberiano y un par de mellizos de dos años durmiendo a cada lado suyo.
Alfred es bueno y trae la leche para los niños y toma al nene, a Dennis, rubio como él y dueño de sus mismos ojos azules y lo pasea de aquí para allá en la habitación y Matthew tiene a Faloon, regalona y rechonchita contra las colchas y besa sus pies desnudos y regordetes y tan rosados que parecen pequeñas bolitas de lana y por primera vez en mucho tiempo (su vida) siente que este es su lugar y que está completo. Que aquí es a donde perteneció siempre. Que ya puede dejar de buscar.
Es tan feliz que podría llorar.
Ya en esta instancia, Matthew es incapaz de diferenciar la realidad de la fantasía y no le importa en lo absoluto porque si está viviendo en la fantasía la fantasía es maravillosa y no quiere despertar nunca más.
Tiene veinticuatro años, un novio, un perro, un conejo y dos hijos y se van a ir de Inglaterra para vivir en Dinamarca y van a ser solo los cuatro (seis con Sponge y Timmy) formando un destino en Copenhague, ¿y quién pudo imaginarlo? Ciertamente, no él.
Ya compraron los pasajes.
Hoy parten al aeropuerto.
Pero Matthew nunca llega al aeropuerto.
Matthew tenía veinticuatro años, un conejo blanco llamado Sponge, un perro husky siberiano, dos mellizos bebés, un novio americano y estaba a punto de irse a Dinamarca.
Pero nada de eso pudo ser.
Porque ahora sus cenizas recorren los vientos de su natal Ottawa.
Ni siquiera pudo decirles adiós a sus hijos.
El fuego le consumió las palabras que su garganta no alcanzó a pronunciar.
Manuel cerró su cuaderno y movió la cabeza como si se percatase de la presencia de alguien más. Dejó el lápiz en la mesa, se puso de pie y tomó la decisión de que por ahora era suficiente de su libro, podría escribir las memorias de un muerto mañana.
En su lugar, abrió la puerta y se dirigió al jardín, pero no había nadie afuera, entonces entró otra vez y subió las escaleras a la habitación de Arthur pero cambió de opinión a medio camino y se quedó sentado en el séptimo escalón. Estaba ofuscado y enrabiado por los arañazos que Carlitos le había dado ayer, no sabía qué quería, no sabía a quién quería y hoy todo el mundo estaba en su contra y dónde estaba todo el mundo.
Tenía la certeza de que Catalina no se había marchado y también la seguridad de que Carlitos no había dormido en su habitación y no era tonto como para no poder imaginar que estaban allá abajo junto a los prisioneros de Arthur. Se sintió celoso y un poco desconcertado, pero después decidió que no le importaba y bajó, se dirigió a la puerta y ahí se quedó, activando el cierre centralizado de su auto en busca de comida árabe. La comida árabe siempre le hacía sentir mejor.
Dentro del sótano, Carlitos venía de acá para allá, emocionado en todo lado por ser el ayudante de una improvisada enfermera Catalina. Catalina era una buena mujer y había falsificado la llave de la jaula quitando la original del bolsillo de Arthur con un fingido tropezón, en busca de la placidez de Carlitos; ella sabía que el niño mantenía un vínculo fuerte con Martín y cuánto había dañado su pequeño corazón el indicio de perderlo, por lo tanto, no tuvo muchas dudas al buscarse un par de vendas y gasas y alcohol y averiguar en google cómo curar una apuñalada. No tendría un título de enfermera, pero lo mejor suyo eran los sentimientos.
— Respire hondo, voy a presionar, voy a tratar de hacer que pare la hemorragia. Solo respire, respire y manténgase calmado, ¿me oyó?
— ¿Quieres que te dé la mano? Puedes apretarla si te duele.
Martín miró a Carlitos por unos momentos fijamente, tenía la vista empañada y accedió con una pequeña sonrisa.
Sus manos se juntaron y ambas estaban sudorosas y calientes, pero a ninguno pareció importarle demasiado.
— La herida se ve muy fea, uhm, debió haber destruido... bueno, no es una hemorragia tan grande, tal vez debería traer un médico...
— Si hacés eso, Arthur te mata. Seguí apretando, no es la primera vez que me pasa, no es tan grave... hacelo por debajo de la rodilla, apretá ahí.
— Pero su herida es en el muslo...
— La arteria principal está ahí.
Catalina asintió rápidamente e hizo lo que le decían. El niño, a su lado, miraba todo exquisitamente concentrado, deleitándose con el escenario que nada tenía de gozoso, las manchas rojas en el piso, las gasas sucias, el rostro pálido de su papá, las manos temblorosas de su mamá. Todo era nuevo para él excepto la sangre en las colchas, la había visto caer de entre sus piernas en reiteradas ocasiones donde simplemente había sido una muñequita desdoblada, usada y desechada, pero nunca había tenido tal significado como ahora. Apretó más la mano de Martín, acercándola a su nariz, olió un poquito, lamió salado y la acarició. Fue un momento tan íntimo que era como si hubiesen nacido para encontrarse en esto, en un lugar en particular, en una situación difícil y engorrosa, como si toda su vida anterior hubiese sido una preparación para este instante infinito.
— Carlitos –llamó Catalina— traiga la cobija. Está helado este hombre.
El rubiecito se levantó en un santiamén y obedeció, porque obedecerle a Catalina era bonito y una señal de agradecimiento eterno. Le puso la manta azul a Martín en los hombros y volvió a tomarle la mano.
La colombiana terminó de cubrir la herida y se dedicó a aplicar presión por unos cuantos minutos. Hubo silencio en el sótano y ni siquiera se oían los ronquidos de Francis. Catalina miraba con fijeza a un punto indeterminado, un poco agotada, anhelando descanso, que trajo a sus pesadas piernas cuando decidió ponerse de pie y colocar las pequeñas y blancas manos de Carlitos sobre la herida de Martín.
— Mantenga presionado.
— ¿Puedo descansar?
— Claro que sí –acarició ella el cabello del niño, quitando un par de pelitos escurridizos que arruinaban su triste mirada— pero trate de ser constante, podría buscar algo que darle de comer.
— ¡Tienes razón, no ha comido nada! ¿Tienes hambre? –le preguntó. Martín se lamió los labios antes de contestar.
— Sí. Mucha.
— Uhm, apriétate tú aquí, yo voy por algo de comer. Espero que el cejotas no esté arriba.
— ¿Quién es el cejotas? –Catalina ayudó a Carlitos a ponerse de pie y luego le cogió en brazos, caminando fuera del sótano.
— Arthur.
Cuando los dos hubieron de salir, Martín se acomodó en la vieja cama de metal cuidando su herida y miró el techo. Su mente era un atajo de palabras y signos a los que no podía encontrarles un orden natural, ni siquiera cuando lo desease.
— Qué niño más delicado. ¿Dónde lo encontraste? –dijo Francis, apoyando sus manos en los fierros helados de la jaula. No había abierto la boca en el tiempo que Catalina estuvo allí.
— Larga historia y, sinceramente, creo que no me va a alcanzar el tiempo para contarla –respondió Martín, intentaba acomodarse a duras penas sobre las penumbras metalizadas.
— Por Dios, Martín, no te vuelvas un fatalista, hay mucho que esperar –el francés prosiguió con tono inspirado— Te quiero pensando. Juguemos mientras el niño y esa preciosura morena no están. Llevamos un día acá encerrados y Arthur no se ha aparecido, ¿por qué?
— Está haciéndonos pasar un tipo de ''agonía''. Quiere que nos sintamos desesperados, que pensemos que no hay escapatoria. Nos quiere debilitar.
— Peros si fuese así tendría más vigilancia sobre la mujer y el niño y no los dejaría acercarse a nosotros.
— Ellos se esconden –contradijo Martín.
— Y Arthur no es tonto. ¿Tú crees que él no sabe que ellos están aquí abajo? ¿Qué te traen comida, que te curan la herida?
El argentino se quedó callado, hasta que finalmente abrió la boca y la voz le sonó seca.
— Entonces quiere que estén aquí.
— Muy bien. Ahora, la gran pregunta: ¿por qué?
— Porque le sirven...
— ¿Para qué?
— Una mezcla extraña. Quiere que sucumbamos al fatalismo pero nos proporciona gente...
— Sí, bien, ¿y para qué?
— Porque... porque Arthur quiere hacernos saber que tiene el control. Que esto es un tablero donde somos sus peones y él es el rey, que no hay ningún movimiento que pudiésemos hacer para decir jaque. Nos puede dar oportunidades pero por mucho que las tomemos nos llevarán siempre al mismo destino. Al final del juego, él siempre gana. –concluyó Martín. Francis esperó unos instantes para sonreír ampliamente tras su reja.
— ¡Casi había olvidado porque te había elegido: por esa bonita cabeza tuya! Exactamente. Y tienes que ser fuerte, Martín, tienes que ser capaz de controlar el dolor...
— No es la primera vez que me pasa.
— Ni va a ser la última.
— Yo puedo.
— Arthur no quiere que puedas solo. –Francis volvió a caer en la cama de hojalata que escondía el rincón apartado de su celda. Sus manos sucias y heridas se cruzaron con impaciencia entre sus muslos.— Si sobrevives estos días, porque no dudes que en cualquier momento te va a matar, va a ser gracias a él. Eso quiere. Que pienses que tiene el control de tu vida y tu muerte; pero nosotros sabemos que no es así.
— ¿Por qué no es así? –cuestionó. La sangre empezaba a coagular de a poco sobre sus gasas rosadas.
— ¿Has notado cómo te mira? ¿La manera en que ve tus fotos? ¿Cómo parece encaprichado con la sola idea de mantenerte a su lado para siempre?
— ¿El pequeño?
— No.
— No es Catalina –respondió sarcástico.
— Es quién menos quieres que sea.
— Si está insinuando que Manuel y yo tenemos una especie de relación cercana, se equivoca.
— Oh, pero Martín, no seas ingenuo. Por supuesto que lo es. Es un juego maquiavélico pero estoy seguro que pasará a más.
— ¿Ah, sí? ¿Y cómo?
— Porque te está manipulando. Te cuenta la historia del niño huérfano, hace crecer en ti la cosa rara que te sube por el pecho cuando el rubiecito te da la mano y se aprovecha de las ganancias que puede implicar. Te envuelve con todo el disfraz de la familia feliz que nunca tuviste y que en el fondo, quieres, estás por pensar que él y el niño pueden ser las personas que siempre deseaste tener a tu lado para cuidar, para proteger, para recibir cariño a cambio. Yo estoy seguro de que Manuel te ama. Estoy seguro que eres la primera cosa bonita de la que alguna vez se ha quedado prendado. Y por eso, te dejas manipular. Sabes todo, ¿no? Sabes que en el fondo lo hace porque eres como un juguete y él es egoísta como un infante, pero cedes a la manipulación como es culpa de la cebra caminar frente al león... En realidad, nada que se asemeje a un milagro podría ocurrir en este planeta y lo sabes, sin embargo, quieres creer en el milagro de que él y tú se encontraron y que tal vez, si se sostienen de las manos y pueden convertirse en una sola persona, una sola identidad, nunca volverán a separarse por el resto de sus vidas y por lo tanto, nunca vas a tener que estar solo de nuevo.
Martín sintió un cosquilleo en su garganta. Después un ardor en sus ojos. ¿Así de predecible era? ¿En realidad su cara demostraba todas esas sensaciones que le apretaron el estómago al primer suspiro? Porque Francis simplemente acaba de leerlo como a un libro.
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— Uhm, ¿quería verme? –Manuel inmiscuyó su cabeza castaña dentro de la oficina de Arthur pero sin atreverse a cruzar el umbral.
— Ven, adentro. –Acostumbrado a su obediencia, Kirkland se extrañó cuando no notó movimiento por parte de su sicario.— ¿Te pasa algo?
— Yo... me duele mucho la cabeza. ¿Quería verme? –repitió.
— Sí. Seré breve. Un par de cosas. ¿Cuándo se va a ir Catalina?
— Quiero que se vaya cuando usted finalmente decida matar a los prisioneros. Solo me siento un poco incómodo estando solo.
— Correcto. ¿Qué vas a hacer con el niño?
— Quedármelo. Siempre quise tener uno así.
Arthur asintió, recogiendo sus papeles. Luego levantó la cabeza y le sonrió con dulzura.
— ¿Me harías el honor?
— ¿Disculpe? –Manuel frunció el ceño sin entender.
— ¿Me harías este honor pasado mañana?
— No le estoy entendiendo, jefe, y me duele pensar. ¿Qué quiere?
— Pasado mañana es el gran día. Lo he decidido. Pasado mañana toda mi casa se vuelve una fiesta.
— ¿Pasado mañana va a matar a Francis?
— ¡Y no solo a él! También a todos sus sicarios. Ahora, tú, ¿me harías el honor de estar presente en ese momento?
Manuel se removió incómodo.
— Yo le dije que no quería estar ahí cuando eso pasara.
— Oh, dices muchas cosas y te entiendo, pero nada de esto podría haber ocurrido sin tu ayuda. Eres valioso para mí, Manuel, voy a tenerte siempre conmigo.
El silencio, tan conocido y juzgado.
— No quiero estar ahí.
— Catalina puede hacerte compañía si lo deseas.
— Ella no es una sádica.
— ¡Oh! ¿Pero a dónde me han dejado a mi querido psicópata sin sentimientos?
— Catalina es mi excepción. Y no soy un psicópata, soy...
— Todos debemos aceptar lo que somos, es el comienzo para aceptar al resto.
— No quiero aceptar al resto.
— Entonces empieza a prepararte para la acción, porque eso es exactamente lo que haremos.
Manuel se quedó callado observando al piso. Arthur intentó buscarle la mirada.
— ¿Está bien?
— Sí, está bien –contestó el sicario finalmente, sus ojos estaban húmedos y brillantes y a Arthur le recordó con vaguedad las dulces instancias en que el muchacho pasaba recogido entre sus piernas— Todo lo que usted diga siempre está bien.
Los ejecutivos que vuelven de sus oficinas por la noche echan una mirada larga y descarada a la joven sentada en ese bar fresco que menea su largo cabello castaño en un rizo delicado y lo acomoda sobre su hombro derecho, tapando su busto pequeño y un poco descubierto y dando una bonita imagen a su largo cuello dulce. Ellos piensan que debe ser extranjera, porque tiene una sonrisa linda y una tez especial que no es muy común en Inglaterra: no es blanca, pero no es morena ni tampoco es mestiza, su piel oscila entre el bronceo natural y el suave color del caramelo; sus ojos acompañan también para hacer de ella un híbrido interesante, completamente azules resaltan en sus cuencas oscuras y sus largas pestañas.
Todas sus fantasías obscenas y sus discursos de pobres galanes se ven deshechos cuando admiran cómo un hombre toma asiento frente a esta bella mujer, le da un beso en los labios y le toca las manos haciendo círculos en el dorso de la piel. Se largan derrotados, fingen ignorancia, se preguntan qué vio ella, reina de hermosura envidiable, en un reconocible latino. La respuesta les asombraría.
— ¿Esperaste mucho rato?
— Oh, no, el rato no importa. Si me das otro beso podría esperar por ti lo que quisieras.
Manuel sonrió y se inclinó sobre la mesa para besar otra vez los cálidos labios rojos de su hermana melliza, aspirando el aroma de su perfume floral hasta que le doliera la nariz.
— Lo que sí me preocuparía es saber la razón de tu visita urgente. No nos habíamos visto desde que llevaste al niño al hospital –comentó Tiare, limpiándose el bozo y cogiendo entre sus cuidadas manos el vaso de agua. Bebió con sus ojos azules fijos en los oscuros de su hermano.
— ¡Ah! Fue una buena tarde aquella. Digo, tú y yo conversando horas mientras Martín y Carlos estaban adentro.
— ¿Qué fue de tu amigo? El rubio que venía con el niño.
— No es mi amigo –contestó Manuel a la defensiva.
— ¿Es algo más?
— Yo no sé tener algo más con nadie.
— Oh, bueno, lo tienes conmigo desde que teníamos cuánto... ¿quince, catorce años?
— Quince.
— Quince –repite ella, su mirada deja el rostro de Manuel y se va a posicionar a la nada más al fondo— Ya van ocho años, nos vamos a ir al infierno.
Los dos se ríen. Manuel entrecierra los ojos.
— Si podemos seguir haciendo todas estas cosas, créeme, seré el primero en hacer filas en las puertas del palacio de Satán.
— Pero no viniste por un polvo, ¿o sí?
— No. Bueno, no es mi primera opción, no lo desecharé si tenemos tiempo, Tiare, pero solo quería conversar. Tú sabí, sentirme un poquito más libre. A veces estar ahí, en esa casa, con esa gente...
— Esa casa ha sido el peor y a la vez el mejor trabajo que pudiste encontrar. Digo el peor porque, mírate, te tiene acabado, pero a la vez el mejor porque te halló alguien como Arthur.
— Sí, un loco que no va a querer soltarme nunca más.
— Por Dios, ¿con qué derecho dices eso? –exclamó Tiare. El camarero se acercó consultando por la orden y ambos hermanos estuvieron de acuerdo que chips y meat eran una buena combinación para esta noche— Arthur se encaprichó porque tú le diste el poder de encapricharse y eso nada más porque tú, Manuel, fuiste quien decidió jugar y pasearse frente a él como gato en celo. ¡Y solo porque te gusta la entretención!
— Arthur me gusta. Arthur me gustó siempre. Siempre me atrajo esa dinámica del gato y el ratón, yo quería sentirme un ratón junto a él.
— Pero dejó de gustarte tanto cuando el gato te cortó la cola, ¿no es así?
— Oh, mi Tiare querida, mi dulce, dulce, Tiare. ¡Cómo logras meterme a mi mente en la manera que nadie más puede!
— Quizás eso es lo que más me gusta de ti, tu mente. Que conecte con la mía de la forma que nadie más es capaz.
— Encajamos en todos los sentidos, admítelo.
Hubo unos cinco minutos donde Manuel y Tiare admiraron sus rostros y se sumieron en un silencio que conocían desde que ambos se sentían y se palpaban dentro del vientre materno, donde no había más barrera que una pared membranosa a través de la cual sus pies se rozaban. No había relación más íntima que la suya ni tampoco una más verdadera, no había otra persona que Manuel adorara tanto como Tiare. No, por lo menos, de esa manera.
— Ha pasado un tiempo. A veces creo que deberíamos volver –dice él, bebiendo su agua. Tiare se lame los labios.
— La mamita cree que estás estudiando, cuando hablamos, me pregunta qué fecha va a caer tu titulación. Si volviéramos, ella se daría cuenta de todo.
— Por lo menos tú hiciste algo bueno con tu vida, Tiare. Eres enfermera. La mamita tiene alguien de quién sentirse orgullosa.
— Oh, Manuel, yo creo que ella lo sabe. –El mozo llegó a su mesa con ambos platos y se los entregó suavemente. Antes de empezar a comer Manuel le quitó una patata frita, la muchacha sonrió y él se la colocó en la boca. El viejo juego con el que todo había empezado— ¡Eres un nostálgico! –pero aun así accede. Su boca salada y roja caramelo manchó los labios de Manuel.
— No me culpes si tiendo a romantizar el pasado.
— ¿Algún poema escrito para mí?
— Ninguno. ¡El tiempo!
Tiare cortó un trocito de carne.
— Ella lo sabe todo. A veces pienso, que lo supo desde que nacimos.
— ¿Las madres ven a sus hijos bebés y dicen: ''este niño tiene la sangre negra. Va a ser un asesino. Voy a ser la madre de un asesino''?
— Por supuesto que no, ninguna madre quiere ver a sus crías arruinando su vida.
— Yo no arruino mi vida.
Ella masticó en silencio.
— Mamá no acepta que pensemos distinto.
— La mamita va a sufrir tanto. Por eso no quiero verla. Ella es buena. Solo ella es realmente buena conmigo. Ah, y por supuesto, tú también lo eres. –le sonríe galante.
— A veces hablo del incesto con mis compañeros de trabajo, con el psiquiatra del hospital, con algunos estudiantes de sicología y ellos llegan y critican y dan un sinfín de explicaciones y yo solo pienso ''Hey, ¿es tan malo? Si es tan malo, ¿Por qué se siente tan bien?'' No necesito otro hombre para vivir. Eres el único hombre que quiero.
— El psiquiatra diría que papá nos jodió tanto la cabeza, que te jodió tanto la cabeza que terminaste buscando esa imagen paternal en mí.
— Un sicólogo podría hacer una asociación realista entre la violación que sufriste y el hecho de que actualmente te gusten los hombres.
— Un poco de psiquiatría vaga, Tiare.
— ¿No es eso lo que hacemos?
Manuel tragó una patata.
— No es como si... solo me gustaran los hombres. Las mujeres son lindas. Me atraen las mujeres. Me atraes tú, me atrae Catalina. Yo la amo. Yo en serio, en serio la amo.
— La amas así como amas a Arthur, así como amas a Martín.
— No. Ella es distinta. Ella es pura.
— ¿Pura por qué? ¿Porque la reflejas en ti y ves tus manchas? ¿Porque es tu salvadora? ¿Porque ella es la miel en la boca del león?
— ¿Celosa?
Tiare carraspeó.
— Incómoda, más bien.
— Arthur va a matar a Francis y a Martín y a los otros cuálseansusnombres pasado mañana, pensé que tenías que saberlo.
— ¿Es eso lo que te trajo aquí? ¿Te sientes desanimado?