— Por lo menos el otro tenía desayuno a la habitación...
— Este tiene más que eso. Mucho más –le dijo al oído, mordisqueando juguetonamente el lóbulo de la oreja de Manuel. Su boca húmeda bajó por su cuello dulce, lamió y se quedó succionando hasta arrancarle un gemido suavecito. El sicario lo hizo a un lado con rapidez, agarrando su ropa para tirar de él en un beso apasionado. Y así estuvieron por unos segundos, hasta que Manuel se alejó de él jadeando.
— Voy al baño –musitó apenado. Martín asintió a regañadientes, dejándolo libre y asegurándole que estaría esperando, pero que no se demorara mucho, que era impaciente por naturaleza. Manuel le guiñó el ojo y entró al baño bonito lleno de cerámica y diseños árabes, cerró la puerta con pestillo y le mandó un mensaje a Arthur.
''Ready to start''
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— Cambiaste el tapiz. No me habías contado, Arthur –Alfred Jones entró al despacho de Arthur Kirkland como quién va a visitar a sus muertos, con la elegancia, el desplante, la soltura del que sabe que nada puede alterar su condición actual, a pesar de Arthur, que arrugó el entrecejo a penas le vio venir.
— No recuerdo haberte invitado –le gruñó. Pero Alfred no hizo caso y rodeó el escritorio del inglés sin importarle las silenciosas advertencias que su mirada desprendía.
— No, ¿verdad? Porque no lo hiciste.
Arthur se puso de pie.
— ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué quieres?
— El negocio ha estado en reposo en estos días... —comenzó, mirándose los dedos de las manos— No he tenido trabajo.
— Te dije que tenías prohibido entrar aquí.
— Solo Manuel. Manuel siempre fue tu favorito, ¿o no?
— Porque él me trata con respeto. Y me es fiel. Leal. Una palabra que tu inservible cerebro no conoce en lo absoluto.
— ¿Pero por qué me tratas tan mal... —y su tono de voz era seductor, era encantador, era tal cual se vieron por primera vez— cuando yo soy el único que puede evitarte un sufrimiento tan grande?
El inglés enarcó una ceja. Luego sonrió burlón.
— ¿Y qué sufrimiento sería ese?
Entonces Alfred sonrió.
— A ti no te gustaría ver a Manuel como yo vi a Matthew... ¿verdad? No... no te gustaría.
La otrora mueca expresiva e irónica de Arthur pasó de todo a nada. Pasó de ser mordaz a convertirse en una de incertidumbre. Arthur odiaba la incertidumbre cuando tenía sospechas de que no le favorecería en nada, y recordó cada palabra hablada con Manuel días antes.
— ¿Qué estás insinuado, Alfred? –le dijo con rabia— ¿Qué mierda estás insinuando?
— Yo podía sentir... yo podía sentir y tú también puedes, ¿y sabes qué? Voy a aprovecharme de eso.
— Alfred, tú...
— Adoraba a Matthew, así como tú adoras a Manuel. Y tú vas a sufrir por tu sicario, como yo sufrí por el amor de mi vida.
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Manuel se miró al espejo por última vez. Le gustaban sus ojos grandes. Grandes le servían más. Grandes eran más expresivos, grandes eran más vivarachos, grandes eran adorables y cariñosos. Cariño que él no sentía y que no había poseído nunca, pero que intentaba aparentar detrás del marrón que a la luz lucía como la miel.
Consideró que estaba listo, y guardó la navaja bajo la manga de su capuchón rojo. Se arregló un mechoncito de pelo que hacía que le picara la nariz y salió decidido a acabar con su misión. Coqueto y rebuscado, se lamió los labios listo para volver a tener en su boca a su objetivo, pero Martín no estaba por ninguna parte.
— ¿Martu? –llamó con voz dulce. Los minuteros del reloj fueron la única respuesta que obtuvo. Manuel miró confundido su alrededor, la cama recién hecha, el guardarropas cerrado, el gran espejo en la pared y el balcón.— ¿Martu, adónde estai'? –volvió a decir, pero nada otra vez.
Se aventuró a cruzar el umbral del baño y a mirar dentro del closet. No había nadie. Si esta era una broma, no le estaba divirtiendo. ¿A dónde se podría haber ido ese hijo de puta? Se acercó Manuel al balcón pequeñito que daba de cara a los cimientos del hotel. Un quinto piso.
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— ¿Qué sientes si te digo que se va a morir hoy? ¡Dime qué sientes! ¡Dime qué mierda sientes!
Arthur tragó saliva.
— ¡No eres más que un chiquillo mentiroso, un bastardo resentido, una escoria! ¡Debí matarte junto con la puta que tenías por amante! ¡Qué le hiciste a Manuel! ¡Qué le hiciste! –gruñó agarrándole de la chaqueta. Alfred se estaba riendo, pero sus mejillas estaban empapadas de lágrimas y Arthur fue incapaz de entender su dualidad.
— ¡Yo nada! ¡Martín resultó ser excelente! ¡Sí! ¡Eso es! –Gritó al ver el rostro de espanto del inglés— ¿Creíste que iba a quedarme como si nada? ¿Que te seguiría siendo fiel aun cuando arrancaste de mí lo único que en mi vida fui capaz de amar? ¡Qué poco me conoces, Arthur!
Kirkland lanzó a Alfred contra el rincón de la pared, con toda la fuerza que pudo. Se llevó la mano empuñada hasta la boca, viendo hacia nada en especial, como perdido, como flotando. No tuvo ni la mínima noción de cuándo sus ojos comenzaron a lagrimear y cuando Alfred empezó a escupirle mierda por la boca. Él solo podía pensar en Manuel. En Manuel encerrado con ése asesino que sabía todo, en Manuel siendo devorado por perros, en Manuel siendo incinerado, en Manuel siendo asesinado.
Alfred se aferró a su chaqueta fuertemente, lloriqueando como un niño pequeño.
— ¿Entiendes ahora lo que se siente? ¿¡Lo entiendes!?
— ¡Cállate!
Arthur sacó la pistola de su pantalón y no dudó en disparar directo al tobillo de Alfred, que gritó de dolor, retorciéndose en el piso, gritando constantemente: ¿entiendes ahora? ¿Entiendes ahora?
— ¡Contéstame, hijo de puta! –le chilló Arthur al teléfono, mensajeando a Manuel. He knows. He knows. Pero nada venía de vuelta. Lanzando el teléfono al piso, donde se hizo pedazos, se tapó la cara con ambas manos. Todo su cuerpo estaba en llamas. Todo su cuerpo comenzaba a fracturarse por completo. Todo él estaba incompleto.
— ¿Sientes? ¿Sientes ahora?
Y la sangre se escurrió libertina por el piso alfombrado y llegó a mancharle sus zapatos de cuero n***o.
Pero a Arthur eso ya no le importó.
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Manuel miró por el balcón, inclinándose. Nada. Ni un alma. Nada en lo absoluto.
¿A dónde se había ido? Tenía esa extraña sensación en el estómago. Esa rara amargura de que algo no va a salir como lo espera.
Entonces quiso darse la vuelta y partir.
Pero cuando hizo el esfuerzo, no pudo.
Hacían años que una pistola en la nuca no le producía semejantes calosfríos como los que sentía ahora. Años. Muchísimo tiempo. Por muchísimo tiempo no tuvo miedo de morir. Tampoco es que lo tenga ahora, simplemente se ha sorprendido.
¡Curiosísimo!
Subestimarlo. Desde el principio, su gran problema.
Oyó Manuel entonces la pistola siendo preparada y soltó un largo suspiro. Sus ojos iban seguidamente desde el cielo hasta el suelo, desde donde estaba inclinado, desde los bajos fierros hasta el suelo. Incesante. De aquí para allá, y no pensó en nada más que en lo circular de la vida.
¿Podría conocer Dubai algún día?
Se quedó meditándolo.
Por lo menos hasta que oyó la voz cantarina de Martín susurrarle al oído:
— Fue un placer conocerte, Manu.
Y le fue imposible no sonreír.
¡Siempre supo que no podía ser la única persona en el mundo que se aburría!
—La oreja de Wang Yao. Cumplí con mi parte.
—Y yo con la mía. El dinero está depositado y tienes una comisión, querido, solo porque te encargaste del perro faldero de mon chérie Arthur. ¿Te gusta, Martín, el sabor de la venganza? Hay pocas cosas que conozco que saben tan bien como ella.
Martín sonríe y se bota en el sillón. Le pesa el cuerpo y la cabeza y está inquieto y juguetón. Tiene unas ganas de echar a correr, que a veces se mezclan con sus deseos casi incontrolables de volver a ser vestido, ser peinado, ser maquillado, fotografiado, adorado. Se siente como un gato encerrado en una caja, así de atrapado. Así de libre, de igual manera, pero Martín era un hombre de emociones y si Francis no le daba lo que necesitaba pronto, estaba seguro de que las cosas no irían tan bien.
— El suicidio cuenta como encargarme de él, ¿no?
Francis pestañó sorprendido.
— ¿Se suicidó? ¿Cómo?
— Cayó balcón abajo. Le tenia la pistola en la nuca. Se impulsó y se tiró.
— ¿Se tiró? –El francés dejó su copa de vino tinto sobre la mesa, pero no le ofreció a Martín— Un cobarde. Aunque no me sorprende, viniendo de Arthur... Crea un nido de cobardes.
— ¿Por qué tanto odio contra Kirkland? –preguntó con interés.
Francis sonriendo con melancolía.
— Tú llegaste después y te elegí para que vinieras a reemplazar el lugar que Arthur quedó. Toda mi esperanza está puesta en ti, Martín. No has hecho ahora más que darme alegrías.
— ¡Qué labios, Francis! Pero no me contestes. ¿Qué te hizo Arthur?
— Mató a mi hijo.
Ese era un dato que Martín no conocía. Y se vio tentado a acomodarse en el sillón y verle curiosamente con las cejas fruncidas.
— ¿Tu hijo? ¿Tenías un hijo?
—No de sangre, Martín, no. En mis treinta y siete años no he tenido el privilegio de engendrar, pero sí lo he logrado de corazón. Ahí está mi diferencia con ese perro de Kirkland. Que Arthur se haya aprovechado y haya arrancado de mí lo que más pude cuidar, lo que más pude querer, es imperdonable. Me hizo sentir vulnerable. Me hizo sentir solo. Así que ahora yo voy a ser su ruina. Y a través de ti, y de todos mis muchachos, lo lograré. ¡Perfecto, ya diste el primer paso! Mataste al único sicario que le seguía siendo fiel. ¡Y de qué manera! ¡Tan inteligente! ¿Cómo lo supiste, ah? ¿Cómo supiste que te estaba engañando?
—Era obvio. Y la vez que nos quedamos juntos en el motel, cuando desperté lo vi arriba mío, apretándome el cuello. Creyó que no lo noté, que no me di cuenta cómo botaba la navaja. –Murmuró explicativo. — Que el coqueteo tan evidente no era porque yo le había gustado, que todo lo había preparado antes. Manuel era un hombre obvio. Muy, muy obvio. –terminó con una leve mueca alegre, pero no le dijo jamás a su jefe que Alfred había sido el artífice de su frustrado intento de homicidio.
oh
oh
Seis meses habían pasado y Arthur se dio cuenta de que era como si le faltara algo. Seis meses raros, solitarios, acompañados de hienas que no sabían hacer más que pedir y entorpecer su trabajo. Si él solo tuviera un enemigo más grande que su apatía, podría asumir que lo que faltaba en su vida era Manuel. Sus intrépidos y mordaces comentarios, sus quejidos gustosos cuando debía hacer lo que se le daba mejor, simplemente las miradas silenciosas que le entregaba los días en que estaban juntos, callados, fundidos en el calor y el olor fino de los muebles, la privilegiada, la placentera estancia que ahora se hacía humo en sus recuerdos. Poquito a poco, se iba olvidando hasta de la voz de Manuel, ronca y suavecita a la vez, susurrando contra su oído, su aliento, ese sabor a cigarro que le invadía la boca y le consumía entero, era como si hasta su cuerpo completo. se perfumara del olor al palillo cancerígeno, ese aroma que se desprendía de él y que lo iba dejando con lentitud.
Echaba de menos a su sicario, lo extrañaba en todos los sentidos. No se sintió culpable de su suicidio, pero admite que lo dejó pasar. Tal vez, si lo hubiera escuchado, si hubiera prestado un poco más de atención a lo que Manuel le dijo las cosas iban de otra manera. No tendría el dinero por matar a Wang Yao de todas maneras, porque sabía él ya que Francis y su sicario gozaban de él, pero en este preciso momento no se sentiría tan solo.
Arthur era un hombre que se deprimía fácilmente y que mojaba su lengua con alcohol cada vez que la melancolía venía a él como olas, inundándolo todo, y ésta no era diferente. Anduvo pronto tambaleándose dentro de su exquisito salón, aferrándose de los sillones, cayendo al suelo, suspirando, quejándose, respirando hondamente y dejándolo ir.
¡Su negocio estaba cayendo en la ruina! Los hermanos Vargas nunca habían sido más ineficientes, Alfred estaba condenado en una jaula que se encontraba en su subterráneo, encadenado, sucio y harapiento, y Arthur no esperaba nada más que se muriera de hambre, porque la comida que le daba una vez al día. y que consistía en una pasta tan escasa como aceitosa, no sería nunca adecuada para nutrir aquel cuerpo que fue un día esplendoroso. Roderich de pronto desobedecía sus órdenes y Luciano parecía estar en un mundo diferente, ¡y para qué hablar de los otros, de cuyos nombres ni se acordaba! Kiku era la excepción, al menos podía confiarle algunas tareas a él. Pero luego, nada. Aquel próspero empleo que le ofreció una vez las más grandes riquezas, caía hoy deplorado a su fin.
Con los sentimientos atolondrados, Arthur se recostó en su sillón, abrazándose las piernas y escondiendo la cabeza en las rodillas. Todo su entorno daba vueltas a su alrededor. Se le subían las náuseas por la garganta, se le entumía el cuerpo, le faltaba el aire. El corazón le latía más lento de lo que recordaba y tenía sueño. Pobre de Arthur, tan desganado estaba que las fuerzas no le daban ni para alcanzar el vaso de cristal que yacía en la alfombra. Y menos estuvo dispuesto a ponerse de pie cuando oyó que tocaban en su puerta.
— ¡No estoy para nadie! –gritó sintiendo cómo se le enredaba la lengua y se le desparramaban las babas por el mentón.
Pero volvieron a insistir. Arthur maldijo al cielo y golpeando fuertemente con su puño el costado del sofá; en un vago intento por levantarse rodó el suelo abajo. Se sentía deplorable, ultrajado, casi agonizante. Quería dinero, quería emoción, quería todo de nuevo, quería ser el dueño de quienes le dieran el placer de acabar con cada uno de sus enemigos, quería ser glorificado, quería ser alabado, quería lavarse la cara, quitarse la ropa sucia y ser el inglés, el caballero inglés que con prestación demostraba ser el líder del crimen a guante blanco. Elegante, fino, buenmozo, británico, ¡esa facha que tienen los británicos! Arthur quiere volver a ser eso, ya ser más. Él quiere ser el caballero que conmovió a Londres entero al salir absuelto por un doble homicidio y una redada, el que fingó honestidad, inocencia ante las cámaras con sus bonitos ojos verdes y sus pestañas rubiecitas. El que se libró de un período largo en la cárcel y libró también a Alfred de diez años bajo prisión. Pero ahora, en este precioso instante, Arthur no es nadie. Arthur Kirkland se ha evaporado. Y Francis Bonnefoy ha tomado el control de las muertes por encargo en este lado del continente.
Y la puerta vuelve a sonar.
Esta vez Arthur quiere ir y abrirla, y se esfuerza duramente por conseguirla.
Inhala, se limpia la boca con los dedos temblorosos y vuelve a suspirar, profundo. Las piernas le parecen de lana, se tambalea y se desploma, pero sigue vigoroso, orgulloso a jalar la perilla que le separa de este curioso personaje que ha venido a molestar en sus momentos íntimos. Se sostiene de ella para mantenerse en pie, se quita los cabellos que le vuelan sobre los ojos, ya basta de mediocridad. Abra la puerta de un tirón. Y se cuestiona si todo esto que ha estado viviendo últimamente no es más que un sueño.
Porque su querido sicario está ahí, mirándolo, inexpresivo como siempre, frío como un témpano, guardando por oírle decir algo. Está sano, ni un rasguño en su cara, no hay en él rasgos de haber sido maltratado, de haber vivido en agonía, de haber huido de un tormento. Se encuentra ahí, callado, reservado y no le pide pasar. Arthur tampoco puede decir algo, lentamente atina a acercar su mano y rozarle con los nudillos el mentón. Está frío, muy frío, parece un muerto.
—Hola, jefe.
Dos palabras simples. Y los ojos de Arthur se abrieron violentamente.
Violentamente también le agarró de los hombros y lo llevó dentro. Manuel ni siquiera pudo decir algo cuando las manos de Arthur ya estaban tocando por aquí y por allá.
oh
oh
— ¿Cómo lo hiciste? Yo mismo te vi en la morgue, te vi con la cabeza rota, con los huesos rotos. Yo mismo te enterré, todos los sicarios asistieron al velorio, yo reconocí tu cuerpo, ahí, dentro del ataúd.
— Algunas cosas son mejor si se mantienen en secreto. Olvidémonos del cómo fue. Estoy aquí, jefe, y dispuesto a retomar el negocio.
— ¿En dónde estuviste todo este tiempo? –Arthur quería seguir con las preguntas. El auto dobló a la derecha y mirando por la ventana supo que faltaba muy poco para llegar al club.
— En Las Maldivas –contestó con simpleza, agachando los hombros.
Kirkland hizo una mueca que Manuel no era capaz de interpretar.
—No tienes vergüenza.
El automóvil detuvo su movimiento con una ligera sacudida y el chofer les comunicó que habían llegado. Arthur abrió la puerta, bajando con prestación. Había vuelto a ser el de antes, sonriente y altanero, el que se roba las miradas de las prostitutas que forman fila para ver si algún narcotraficante, un político o un sicario las elige para pasar la noche, de los hombres dispuestos a dar o recibir. con tal de tener la dicha de ser parte del cuerpo de Arthur Kirkland, en fin, de un montón de gentuza sedente de poder, que él ni nota ni le interesa notar.
Manuel se baja después, mirando el reloj de su muñeca. Quedó con Catalina para verso esta noche y espera que sea consecuente. Arthur le distrae cuando le ofrece el brazo, él pestañea y lo acepta, son el blanco de las miradas de todos aquellos que disfrutaron al saber que le negocio de Arthur estaba arruinado, los que ahora los miran asombrados, ardiendo en rabia, sorprendidos de que este incomprendido inglés camine junto a un muerto.
Y Arthur les sonríe, ¡hasta les hace ojitos! Cuando entra, Manuel lo suelta y busca con la mirada a Catalina. Bate las palmas contento apenas la ve, y va corriendo a su encuentro. Los que conocen el negocio y estaban segurísimos de su muerte, le ven como una aparición.
— ¡Te eché de menos! –grita echándosele al cuello. Catalina mueve su mano contra su bonito rostro, como insinuando que tantos mimos le asfixian.
— Pero si nos vimos hace una semana, ¿y no se acuerda de las nochecitas que pasamos allá en las Maldivas? ¡Todavía me duelen las caderas!
— ¡Esa boquita, mi amor! –Susurra Manuel y se aleja con lentitud.— ¿Tení trabajo hoy día?
—Toda la noche ocupada. ¿Ves a ese hombre, el que está bebiendo un whisky sentado al lado del sombrero blanco? –le señala Catalina. Manuel mira y asiente—Con él. Pagó bien. Pagó incluso por las primeras horas de mañana.
— Pero Catita, ese hueón podría ser tu abuelo –Manuel está sorprendido. Es un hombre mayor, muy mayor, su rostro está lleno de arrugas a pesar de que la prestancia que lo rodea es semejante a la de un rico. Viste de traje n***o, sus zapatos están lustrados, sus ojos celestes brillan mientras conversa con el barman. Catalina se encoge de hombros, porque Manuel tiene razón. ¿Cuánto tendrá? Unos setenta, setenta y cinco, y ella es una dulce jovencita de veintiún años. Pero lo importante es la plata. A Catalina no le importa prestarle su cuerpo una noche si a la mañana siguiente su cartera pesa más.
— ¿Pero ahora tení que ir con él o podría lesear un rato acá?
— ¿Quieres que me quede? ¿Por qué siempre hace tanto rodeo para pedir las cosas?
Manuel le sonríe. Ellos saben que la sonrisa es toda la respuesta necesaria.
Terminan moviendo sus cuerpos pegados al son de alguna cumbia perdida, bajo la luz de las brillantes esferas que rodaban sobre sus cabezas, entorno al sudor y lo cálido que se había vuelto el aire que respiraban, la estrecha diferencia entre sus rostros perlados, sus labios. que se acercaban y se retraían, buscando y perdiendo, alcanzando y abandonando, entrelazándose, separándose... ¡qué gusto era el de tenerse así, tan dulces, apetecibles! Manuel la besa y es como si no existe nada más. Y Catalina se siente una princesa. Se siente la reina del mundo. Lo abraza, lo acaricia, lo respira todo. Le gustaría a veces, vivir así, le hace pensar. ¿Y si dejo esto? ¿Y si le digo a Manuel que nos vayamos? ¿Y si le digo que lo amo? La única vez que se lo insinuó, Manuel se echó a reír. Se llama calentura, le dijo. Y a Catalina no le quedó más que sonreír tristemente.
Desde chiquita se había soñado con un príncipe.
Un príncipe que venía a buscarla en un caballo blanco.
Que la besaba y le acariciaba el cabello.
Que la iba a rescatar de toda la miseria que la ahogaba.
E iban a cabalgar juntos hasta allá, donde la línea del atardecer separaba el naranjo del n***o.
A Catalina le gustaba pensar eso.
Porque era una niñita, al fin y al cabo.
Una niñita ingenua e inocente que vendía su cuerpo al ritmo de un mojito cubano.
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oh
Sus ojos se cruzaron con otros agitados y dilatados, locos de algarabía y borrosos de lujuria. Los suyos demostraron la contrariedad y la curiosa sensación de encontrar lo increíble, lo imposible. Fue como si hasta las musas que tenía a su alrededor, aquella de cabello n***o como la noche y la otra castaña, casi rojiza a la luz, detuvieran su danza erótica y le dejaran. Lo vio a él, allí, como un muerto andante, como una aparición, como un ser del otro mundo. Lo vio cogiendo la nuca de una morena y guiñándole el ojo, como invitándolo a jugar de nuevo, molestando, presionando, notó su risa y su sarcasmo, su ironía y lo vio seguir bailando como si nada hubiera ocurrido.
Se le derrumbó todo. Martín no podía creerlo. Pues fue el testigo de su suicidio, desde arriba vio cómo la sangre se deslizaba de sus oscuros cabellos, lo miró inmóvil en el suelo, y se escabulló cuando oyó las sirenas de la policía acercándose al hotel. Francis le contó cómo Arthur miró solemnemente su tumba el día del entierro y cómo se quedó quieto y de rodillas hasta que cerróon el cementerio. Era imposible que Manuel hubiera sobrevivido a tal caída. Simplemente no existían posibilidades para que eso fuera correcto, pero sin embargo, ahí estaba, vivo como una cucaracha, arrastrándose como la víbora que era, bailando con su puta personal, besando a Arthur en la mejilla de vez en cuando. Ahí, dejándole impotente. Impresionado, estupefacto. María, la cascada negra, le rosa el pecho y le pide que le preste atención, la rojiza Victoria no se queda atrás, y es que él está como abducido. No se encuentra aquí ni tampoco allá, allá donde Manuel toca la nariz de Catalina y se aleja moviendo las caderas al ritmo de la música. Bajo el cabello rubio su cerebro no responde ninguna crítica de estas dos mujeres, pero trabaja a ritmo suficiente como para saber que es su oportunidad de arreglar ciertos asuntos con Manuel.
Y Martín no tiene ningún recato en hacerlas a un lado, porque como ahora no las desea, las deshecha, camina a paso rápido entremedio de los cuerpos sudorosos de los grandes políticos, los narcotraficantes más populares que nunca han conocido la prisión, las prostitutas caras. , los sicarios, las estrellas famosas, un montón de gente que estorba, persiguiendo con la vista el cabello marrón del sicario de Kirkland perderse lejos de la multitud.
A veces se le disipan los pasos, a veces otras personas se cruzan en su camino, pero Martín logra colarse a los interiores de ese club, donde hay habitaciones lujosas para pasar la noche y se encuentra con Manuel a punto de encender un cigarrillo, recostado. contra las paredes mostaza, que ni cuenta se ha dado de su presencia. Sorpresivamente, como lo hizo cuando posó aquella arma contra su nuca, le jala de los brazos y hace que su pobre cabecita rebote contra la fría muralla. A Manuel se le escapa un quejido que con facilidad podría ser confundido con uno de lujuria, que hace que le rueden los ojos y que su ceño relajado se compunja. Entre pestañeo y pestañeo cayó en cuenta del hombre que le aprisionaba a la pared.
— Fuiste más delicado la última vez –le susurró fingiendo pena. Sus ojos marrones van a colarse por el contorno de su nariz, su pecho y, traviesos, recorren la curvatura de su entrepierna. Se echa a reír por su propio acto, tironeando de sus brazos para tener libertad.
— ¿Cómo lo hiciste?
- ¿Qué cosa?
— Aparecer ahora. Vos te lanzaste de un quinto piso, ¿cómo mierda podrías haber sobrevivido?
- ¡Mmm! ¡Adivina, adivina! –responde él con gracia. Intenta irse, pero los dedos de Martín se clavan en sus brazos un poquito más— ¡Ah! ¡Ya! Bueno, ¡lo que pasa es que soy tan cambiante! Me tiré porque quería morir, pero cuando iba cayendo ya no quería, entonces puse todas mis fuerzas para no morir. ¡Y no morí!
— Estás enfermo –le susurró con una voz que delimitaba la repulsión y el entretenimiento.
— ¿Recién ahora te dai cuenta?
— No. Me di cuenta desde el momento en que te sentaste al lado mío y apestabas a ese perfume dulce.
— No hables mal de ese perfume, mi querido Martín –ironiza Manuel— Me lo regaló Arthur.
Entonces el rubio sonríe.
— Como el bonito perro que sos, defendiendo a su amo.
Manuel curva el rostro con lentitud, la misma expresión que dio cuando lo miró en una fotografía por primera vez. Sus ojos, siempre penetrantes y fríos, se hunden en los suyos como si fuese una máquina.
— ¿Te vas a su cama todas las noches cuando el jefe lo pide?
¡Jugando con su paciencia!
— No te queda mucho que hacer, de todas maneras...
— Hueón, en serio, yo no tengo paciencia, no juega conmigo.
— ¿Por qué? ¿Te tocó una fibra sensible?
— ¿Por qué no te mate cuando tuve oportunidad?
Martín lo soltó con brusquedad, y Manuel tocó el piso sintiéndose sucio. Las manos sudorosas de aquel hombre le abandonó pero era como si siguiesen estando allí, de cualquier forma incomodándole, se rascó el cuello, empuñó las manos, Martín echó vuelta atrás abandonándole. Manuel sintió que nunca le había dolido tanto que alguien le llamara perro.
- Simple. Porque sos débiles.
Y las palabras retumbaron entre las paredes como si alguien las hubiera tallado con profunda precisión.
No, no soy débil. Yo nunca fui débil. Se mete la mano al bolsillo y hurguetea en busca de la pistola. Ni revisa si está cargada. Le apunta a la cabeza. A ver si soy tan débil como para no atreverme. Su dedito rosa el gatillo, ¡tiene la mano tan transpirada! Como que se resbala. No puedes dispararle. Baja el arma mirándole con los ojos tristes. Nadie nunca le había dicho la verdad. La verdad duele montones.
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Catalina estaba acurrucada contra los sillones de cuero cuando él llegó y no le dijo nada.
— ¿Cata? –preguntó él, moviéndole del hombro— Oye, Cata. –y la vio llorando. Vio cómo el maquillaje n***o se deslizaba por su bonita cara. Su pulgar ayudó a disuadirlo.— ¿Por qué estai' llorando?
— Por cosas muy tontas –responde entonces ella, riendo un poquito— A veces me pongo tarada.
— No digai' eso, tú erí la mujer más inteligente que yo he conocido. De hecho, la única.
— Al parecer soy tan banal como todas.
— ¿Qué te pasó? –se sienta con ella. Catalina se remueve y se coloca entre sus piernas, sus dulces cabellos caen en el vientre de Manuel.
—Nada, Manuelito.
— La gente no llora por nada –susurra— O eso me han dicho...
— Es que me vienen esos sueños de mujercita...
— ¿Qué sueños de mujercita?
Catalina sonríe y se arrulla a sí misma.