Sicarios capítulo 4

4959 Words
— Porque soy un alma caritativa que fue enviada a este mundo para cuidar de los demás. Logró sacarle una sonrisita roñosa. — La gente como tú y yo no damos puntada sin hilo. — Entonces no hagás preguntas si ya sabés las respuestas. Martín se puso de pie, dando la vuelta para llegar al mueble donde guardaba la comida. Abrió el compartimiento superior y sacó una caja de té, incluso todavía envuelta en ese plástico transparente; la abrió, quitó una bolsita, se devolvió, tomó la taza y le echó agua. Manuel estaba viendo fijamente los hilos del mantel cuando el rubio le puso el té en frente. No agradeció ni lo tocó. Estaba callado y molesto. En cambio, Martín tenía una gran sonrisa en la cara que Manuel malinterpretó. — Dale, búrlate, ahora que sabí lo que pasó. Y la mueca alegre se borró de su rostro. — No me burlaría de eso. Habían pasado muchas cosas y Manuel sentía los labios resecos. Bebió del té apenas un sorbito y lo dejó, inquieto y acomodándose en la silla. — ¿Y el niño? –preguntó. — Está en la otra habitación, durmiendo, supongo. — Supongo yo que entre tú y yo no pasó nada anoche. — Estabas tan ido que ni siquiera te podías mantener en pie, ¿qué te fumaste? — Nada –respondió sincero. Cayeron luego en un silencio tedioso que fue roto por la voz de Martín distorsionada por sus movimientos. — ¿Qué vas a hacer con él? — ¿Disculpa? — ¿Qué vas a hacer con el chico? — ¿Qué voy a hacer YO con el chico? Querrai' decir qué VAMOS a hacer con el niño. — A ver, dejame pensar si te escuché bien. Dijiste ''vamos''. Mirá, Manuel, yo maté al viejo ese porque es lo que Francis me mandó a hacer y por lo que me va a pagar y si te ayudé fue porque por esas casualidades de la vida vos estabas en el mismo lugar y parecías un zombie. ¡Ah! Y que el nene haya aparecido no tiene nada que ver. Si no vas a hacer algo con él decime y te acompaño a dejarlo a un orfanato o volvemos a venderlo. Ese tipo compraba niños, ¿o no? No va a ser difícil encontrar a otro igual –terminó mirándolo a los ojos, los marrones de Manuel parecían mirarle lejanos y fríos. — Pero, Martín –comenzó con voz cálida— ¿no hai pensado que ese niño estaba ahí por algo? No, si yo siempre supe, desde el momento que te conocí, que tú y yo íbamos a pasar por muchas cosas juntos –declaró, poniéndose de pie con el té en la mano— Piénsalo. ¿Cómo sería vernos a los dos con un niño? — Ah, si vos deberías estar encerrado en un psiquiátrico. –se rio el rubio, echándose en el sillón. — ¡Piensa en toda la ropa bonita que le podríamos comprar! — ¡Sí! ¡Estoy pensando en lo fácil que es criar a un niño! — ¡Admite que te estai encariñando! — ¡Tanto como me encariñé con vos! — ¡Exacto! Presa de todo sentimiento jubiloso, Manuel dejó la taza de té y la galleta a medio comer en la mesa de la cocina y se fue al living bonito a encontrarse con el rubio. Sin escrúpulos, porque así era él, se le sentó en las piernas y le enredó los brazos en el cuello. Echó medio cuerpo hacia atrás para curiosear una foto de Martín con un hombre mayor, volvió a su posición y le dejó un beso juguetón en los labios, escondiéndose luego en su cuello porque, ¡qué vergonzoso era todo esto! — Ese niñito debió pasar cosas muy feas... — Sí. — Y tú estai siendo muy desconsiderado. — Y vos sos un ejemplo de amor al prójimo. — Lo que quiero decir –siguió Manuel, acomodándose descaradamente entre sus rodillas— es que me sentiré culpable si lo dejamos solo. — Mentiroso, no te sentirías culpable. No sentirías nada. — Bueno, ya, no sentiría nada. Pero me parece entretenido tener un niño. — Y te recuerda a vos mismo. — Eso es narcisismo total. Martín pensó la propuesta por unos instantes. Últimamente su vida se estaba haciendo muy aburrida, ¿por qué no ponerle una cuota de sabor? — Va a ser como criar a un perrito –reflexionó en voz alta y Manuel le sonrió abiertamente. — ¡Me encantan los perritos! Habían quedado, finalmente, en convertir su bizarra relación en algo más serio con la llegada de un hijo. Habían quedado en ir a comprarle ropa, porque, qué linda era la ropa de niñito. Le darían almuerzo, lo llevarían al psicólogo (la suerte de que la hermana de Manuel trabajase en el hospital) y hasta podrían inscribirlo en una escuela. Las mentes tan perturbadas de Martín y Manuel no daban tregua a sus simpáticos y terroríficos pensamientos, pero el problema es que no podría pasar la noche con Martín porque Francis podría sospechar algo, y vos tenés mejor relación con Kirkland, te lo perdona todo, quedatelo vos. Solo por esta noche, susurró Manuel regañándolo, poniendo en práctica sus dotes paternales. — ¿A qué hora llegamos aquí? –preguntó el moreno, poniéndose de pie. — Ayer en la tarde, dormiste toda la noche. — ¿Y el niño igual? — No, se despertó en la noche un par de veces. Tenía pesadillas el pobrecito. — Oye, pero aquí no tení nada para comer... ¿cómo sobrevivís? –exclamó Manuel hurgueteando la despensa vacía de Martín. — ¿Saliendo a comer afuera? –respondió el otro con obviedad. — ¿Por qué no te comportai como un buen hombre de familia y vai a comprarle algo para comer a nuestro niño, mi querido Martín? –ironizó el sicario, cerrando las pequeñas puertas— En tu refrigerador está todo vencido. O O Cuando Martín salió, dejándolo a él y al niño solos en su departamento, Manuel se fue a dar una ducha. Se lavó el cabello, se lo dejó mojado, se perfumó con las colonias de Martín y se dirigió a la habitación donde el pequeño dormía. Lo miró por unos momentos desde el umbral, y luego se atrevió a dar unos pasos dentro. El niño, que tenía el sueño muy ligero, despertó sobresaltado y asustado, haciéndose a un rincón porque creía que volverían a ultrajarlo. Manuel levantó las manos en señal de paz, alejándose. — Hola. Me llamo Manuel –susurró, pero el rubiecito no contestó. — ¿Cómo te llamas tú? Ni siquiera lo miraba. — ¿Hablas español? Silencio. Inmovilidad. ¿Qué estará haciendo Arthur? — ¿Hablas español? –repitió. Hubieron pasado unos diez minutos antes de que el niño se dignara a asentir levemente con la cabeza. Manuel, que poca paciencia tenía, reprimía sus deseos sobre arrepentirse de cuidarlo. — Yo también. Me llamo Manuel, ¿y tú? El niño se miró las piernas. Estaba usando un short pequeño y holgado y estaba limpio, la refrescante sensación se sentía bien y la cama en la que dormía era cálida y olía rico. Miró a Manuel fijamente y el sicario reconoció que tenían el mismo color de ojos. Y lo más importante de todo: que miraban de igual forma. — Carlitos. — Un gusto, Carlitos. Cuando Martín llegó, encontró a Manuel cepillándole el cabello a un niño que se miraba las manos sentado tipo indio sobre las colchas azules. Enarcó una ceja, pero siguió adelante, y el pequeño no se sobresaltó con su presencia. — Se llama Carlitos –le dijo Manuel.— Carlitos, él es Martín. Él y yo vamos a ser como tus papás. Martín le dio una ojeada que decía ''estás loco'' pero la sonrisa que le regaló el niño le conmovió más que nada, y supo también él entonces que ese pequeño estaba hecho de la misma calaña que ellos y que pronto se aburriría de la misma manera. Se sentó en la cama a su lado, sacando de la bolsa un yogurt de vainilla y un paquete de galletas de chocolate, se las ofreció al niño y él las recibió contento. Manuel lo miró durante todo momento y cuando sus ojos hicieron contacto, ambos se sonrieron. — Una familia feliz –comentó Manuel, apoyando su mejilla contra el hombro de Martín. — Y al final, resulta que todos somos humanos. Algunos mediocres, otros inútiles, poquísimos brillantes, exagerados unos cuantos, derrochadores un montón y abundantes imbéciles. Pero todos somos humanos, borrachos por la idea, por esa idea minuciosa, exasperante, ¿la hai' notado? Esa idea inescrupulosa del amor, de la dicha, la pasión y la felicidad. Yo no puedo sentir amor, pero si pudiera hacerlo, estoy seguro que se me escaparía entre las manos, o se me diluiría, ¿cachai'? ¡Se iría! No me gusta que las cosas se vayan. Ni las cosas ni la gente. No me gustan los cambios, pero me aburro mucho, tengo tendencia al aburrimiento, pero te repito, odio los cambios inesperados, aunque no me importaría acceder a ellos en casos de medidas desesperadas. Siempre hay excepciones. Hay excepciones para todo dentro de este pequeño mundo que estamos viviendo. Por ejemplo, yo tengo algo que siempre será mi excepción favorita, esa regla que he roto varias veces, eso que negué, ¡lo inimaginable! Oh, querido, ¿por qué te estás riendo de mí? ¿Te molesta este soliloquio que te estoy regalando? Óyeme bien, que tengo práctica en el arte de la retórica. ¿Te conté que antes de venir yo estudiaba en la universidad? En La Chile. La Chile y la Católica me pelearon. Pero yo me fui por La Chile, y allí empecé a estudiar Licenciatura en Lenguas Hispánicas (mención literatura) ¡y te preguntarás ahora cómo llegué aquí! Por una transferencia a Cambridge, amor. Yo conocí a Arthur en un bar. ¿Sabíai que mi jefe canta? ¡Tenía una canción tan buena! Se llamaba ''s*x and Candy'' Cantaba y tocaba la guitarra. Cuando nos acostamos juntos, a veces me la canta. Yo lo vi, él me vio, atracción a primera vista, ¿cachai? Yo había matado a un vagabundo a las tres semanas de llegar a Inglaterra y no sé cómo, pero cuando Arthur me miró desde el escenario, lo supo, y yo supe que él lo supo. Salí corriendo. Pero pronto tuve hambre y pedí limosna en las cunetas, después de matar al vagabundo no quise volver a Cambridge, había un profesor que me miraba siempre como si supiera algo, pero cuando estaba mendigando Arthur se acercó y me regaló un sándwich. ¡Tan lindo que es mi jefe! No volví a la universidad, supongo que para ellos debo estar muerto. ¿Y tú? ¡Tú fuiste modelo! ¡Yo también podría haber sido modelo! ¡Oye, no te riai'! ¡Lo único que me falta es la altura! Pero podría operarme las rodillas como Messi. En todo caso, eso de las luces me encandila, no es para mí. Yo prefiero la tranquilidad. Me gusta leer. Me gusta leer porque me ayuda a entender a las personas. Yo no entiendo a las personas, ¿tú sí? ¿Puedes identificar las muecas que hacen? Yo no. No sé cuándo alguien está triste ni cuando siente dolor ni cuando está feliz. Supongo que eso me ayuda a trabajar. Pero en fin, me gusta leer y escribir. Me gusta estar solo. No sé si me voy a acostumbrar a esta nueva vida, a ti y a ese niño, pero voy a hacer mi mejor intento, porque, ¿te diste cuenta que él es como nosotros? Podríamos convertirlo en nuestro pequeño sicario. Sentiré raro cuando crezca y se aleje pero no importa, eso está bien, porque, al fin y al cabo, todos en este loco mundo estamos completamente solos. Tenía ganas de hablar esa mañana, deseos de sacar afuera todas las palabras que tenía atoradas en la garganta y que necesitaba decírselas a alguien, a cualquier persona, en desmedro de la pobre atención que solía recibir de aquel único que podría notar sus menesterosos luceros amargos siquiera cuando parecían opacados por los recuerdos. Era una de esas necesidades que catalogaba como ridículas y que usualmente se negaba a aceptar, que chocaban con su laconismo y le hacían transformarse, convertirse, cambiar lugares, aun cuando el cambio no era algo que disfrutara experimentar. Martín le miraba desde el sofá, sentado con el niño entre sus piernas, su mentón yacía entre la olorosa y suave cabellera rubia de Carlitos y sus manos le rodeaban la cintura, uniéndolo a sí mismo; le recorrían el cuerpo en forma de larvas esa sensación incómoda de lo nuevo, de lo nunca antes sentido. El día que conoció a Alfred, que el gringo se presentó ante sí con él pecho agitado y los lentes sucios, silencioso y parco como nunca, y habíale dicho todo acerca de este curioso personaje que aparecería en su vida con la misión de acabarla, llamado Manuel, la pregunta que vino con él no le había exaltado más de la cuenta. ¿Por qué estás haciendo esto? Dijo. ¿Has amado alguna vez? Contestó Alfred de vuelta. El no salió rotundo de sus labios y el americano le explicó entonces que sería incapaz de comprender la naturaleza de sus razones, porque era verdad, Martín jamás había amado, el amor era un sentimiento para él desconocido, extraño, pero no curioso. Consciente de su apariencia, sabía que había hecho que el amor floreciera en muchos, pero no había podido él experimentar de aquello siquiera una pisca, y esto no había resultado en una necesidad u otro deseo de poder conocer, sino que se había quedado más bien como la retórica, que le convencía pero no le atraía. Ahora, en una mañana medio soleada en su modesto apartamento de Londres, no libre de los desórdenes propios de su mente y su condición, no hacía más que preguntarse si acaso no había mutado en una especie de transformación imperceptible, porque aquello que se colaba repentino entre su cuerpo y se acurrucaba contra su pecho le producía montones de cosas antes desconocidas. Una era la estabilidad. Martín siempre había sido incapaz de mantener el equilibrio en su vida, y el joven Carlitos venía a ella con el poder de ser un ancla, de fijarse y conectarle a la realidad que solía olvidar. Otra era la familia. No sabía si familia era un sentimiento, pero estaba seguro de que a esto se refería su padre cuando le decía que los hombres no se unen a una mujer porque están enamorados, sino por el hecho de que concebir con ellas entrega algo más sublime, más satisfactorio: el orgullo, el ego, la virilidad se reflejaba en la capacidad de engendrar con una hembra que no lo desea necesariamente, pero que se ve obligada porque el hombre siempre será superior. Carlitos y Manuel llegaron a su vida con esa misión. Martín no había procreado, ni dado a luz, pero las circunstancias de la vida habían querido que el niño apareciera en su rutina como la dulce combinación suya y del hombre pillo que se coló en su cuerpo y jugueteó dentro de él. Recién entonces ahí llegó a entender qué eran esos gusanos que sentía movérsele por la piel: el orgullo de guiar, de moldear una vida, de influir una mente joven y fresca, de poseer, de dejar una huella para la posteridad, y si esto era lo que la gente común llamaba amor, pues estaba enamorado de Carlitos y lo quería para él. Todo para él. Quería a Manuel también para que lo criara y quería ser él el responsable de su crecimiento, de su mantención. Nunca antes había sido tres en vez de uno, y a diferencia de Manuel, el cambio le llamaba a gritos. Si esto era el amor, si esto era a lo que la gente promedio se aferraba para no sucumbir al vacío, quería amar para siempre. Le despertó de su monólogo interior el desvanecimiento del suave olor que acompañaba al niño y sintió Martín por primera vez el abandono, expuesto todo él, cayendo todo él, sintió lo que debe sentir la madre cuando alguien arranca de sus brazos al infante que ha parido. Vio las blancas y delgadas manos de Manuel sostener al niño de las axilas y cargarlo hasta que se le nublaron los ojos, hasta que nada estuvo haciendo peso entre sus rodillas. ¡La dulce, la exquisita sensación de haber tenido sobre sus piernas a su hijo y a su hombre! Antes de siquiera poder decir algo, Manuel y el niño cruzaron el umbral de la puerta y se perdieron entre las brumas inalcanzables de la luz de los pasillos. El sicario cayó en cuenta de que el efecto que deseaba desde un principio producir en Martín y en su atolondrado corazón había penetrado más profundo de lo esperado y con ello, traería consecuencias más favorables. Él se iba con el niño en brazos y Martín caía solo en la desesperación de verse navegando un mar furioso sin ancla disponible para clavar a tierra y sostenerse, al igual que una polilla atrapada en una telaraña, luchando por sobrevivir. Así tendría a Martín como su títere personal, su bonito juguete, su más íntima entretención. Carlitos como instrumento era una pieza fenomenal. Que comience el juego. — ¿Qué fue lo que te dije? Manuel bajó la cabeza como un niño al que han regañado. — Que no trajera estorbos –respondió como una máquina. — ¿Y qué hiciste? Se miró a los pies, avergonzado, en sus brazos todavía yacía Carlitos, extrañamente calmado. — Traje uno... pero jefe, ¡es tan lindo! ¿No le parece adorable? Arthur vio al niño, desconfiado, el rubiecito cruzó sus verdes orbes y por un instante, tuvo la sensación de estar mirando los mismísimos ojos del demonio. — No. — ¿Puedo quedármelo? ¡Siempre quise tener uno así! Yo voy a correr con los cuidados, lo prometo. Yo le voy a dar de comer y de tomar y yo lo voy a sacar a pasear y voy a criarlo muy bien, se lo juro, jefe, no va a molestar en nada, ¡si es tan lindo! –Manuel tomó contento la mano de Carlitos, blanca y limpia, figurando un saludo que ni el niño quería dar ni Arthur recibir. — Anda a dejarlo a un orfanato, Manuel, o esta misma noche yo voy a llevármelo –amenazó el jefe, serio. — ¡No! ¡No, jefe! ¡Deje que me lo quede! Si no va a molestar en nada... — Esta no es una guardería, aquí no cuidamos niños. No discutas y llévatelo de aquí. ¿Qué te dije? ¿Por qué te gusta tanto desobedecerme? — Pero jefe... — No, Manuel. Ya te hablé. Mañana en la mañana voy a despertarme y no quiero verlo merodeando por aquí. No quiero tener que castigarte, amor –bajó Arthur el tono a uno más dulzón, acaramelado. Tocó con soltura su mejilla— No me hagas castigarte, te quiero demasiado para ello. —Jefe... — No. Mañana no quiero verlo aquí –y dicho eso, Arthur se fue. Manuel y Carlitos intercambiaron miradas, hastiados los dos, acostumbrados a la quietud y la no relatividad, el niño hizo amagues de soltarse de su fiero abrazo y de pie en el piso se movió con rapidez de su lugar y corrió a descubrir los pasillos. Manuel no le dijo nada, lo observó con sosiego y pereza, con estoico rostro, sin seguirlo. Decidió entonces que era mejor partir a su habitación y comer algo, darse un baño, qué sé yo, tengo toda la tarde por delante, Luciano se puede encargar de los asuntos que al jefe competen. Habrían pasado un par de horas, sin Manuel ver al niño ni interesarse en su búsqueda, cuando alguien llamó a la puerta. Era algo nuevo, generalmente nadie solía buscar a cualquiera que viviese en el palacete de Arthur porque era tan exclusivo y tan de cuidado, que las masas no se atrevían a meter sus narices por allí. Los guardias encargados de la puerta principal prepararon sus armas sin recato, como si ya estuviesen condicionados acerca de los nulos tratos disponibles para las visitas. Las calibre 45, dispuestas a ser usadas, apuntaron a la puerta en un dos por tres cuando uno de los guardias la abrió. Pero la sorpresa que se llevaron fue más grande al ver que quien buscaba afuera no era un muchacho de los negocios, ni un viejo armado, o alborotadores existencialistas camino a la lucha de la libertad y el sentido de la vida, sino una guapa mujer, tan despampanante como discreta, dueña de una cabellera oscura hasta la cintura y unos labios rojos y encantadores. — Estoy buscando a Manuel. ¿Está acá? — ¿Cuál es su nombre, señorita? –preguntó un guardia, mordaz su lengua. — Catalina. Dígale que me llamo Catalina. El hombre llamó por su celular a Manuel, tras unas pocas palabras, condujo a Catalina hasta la habitación del sicario, golpeó un par de veces y solo se fue cuando vio las mejillas rojas de Manuel asomarse. Catalina no dijo nada y el moreno le sonrió como antaño, contentísimo de verla ahí. — Usted mató a María, ¿no es cierto? Manuel se le quedó mirando sin expresión. — Bueno, he matado a muchas personas. Catalina negó con la cabeza, se hizo paso a su habitación empujando a Manuel hacia el otro lado, y se sentó sobre su cama. Manuel no entendía por qué ella llegaba así, lo tocaba de esa manera y lucía tan molesta por la muerte de María. ¡Pero si era una perra! Le hizo un favor al mundo al encargarse de ella. La mujer creyó que este escuálido hombre, que le veía desde su oscilante movimiento por la habitación, derramaba sangre a cada paso que daba, y que se movía impune con las manos manchadas. Pensó, por primera vez, que deberá estar tras las rejas y no disfrutando de una pobre libertad, creyó que las injusticias de este mundo no acababan simplemente allí. Se sintió desprotegida, acompañada de un extraño, balanceándose en la cuerda floja con más posibilidades de caer que de mantenerse en la posición correcta. Manuel aguardando sus palabras era una bestia resbaladiza, un reloj de arena, una mente criminal innata. Frívola. — ¿Por qué mató a María? –preguntó la colombiana, sin mirarlo a los ojos. — ¿Por qué? ¿No es suficiente razón la manera en la que te habló? ¿Las cosas que te dijo? ¿Cómo se expresó de ti? Te hizo llorar –murmuró acaloradamente Manuel, como si la emoción fuese la principal razón de su asesinato— Yo no dejo que nadie te haga llorar, menos una perra como ella. — ¡Pues si no lo ha notado yo también soy una perra! –refunfuñó Catalina, sus oscuros ojos lucían cansados y tristes. — ¡Pero tú erí mi perra! ¡Mía, mía, mía! ¡Y a mí no me gusta que otras personas trapeen el piso con mis cosas! Además, ¿qué chucha me alegai' tanto, Catalina? Si la mina también te hacía competencia en el negocio, ¿o no? Agradéceme que la sacara del camino, ahora podí culiar con todos esos viejos tranquila. Catalina era una muchacha muy fuerte, con temple, impávida. Había aguantado los nudos comunes en la garganta por muchísimos años, sabiendo que ningún hombre valía la pena lo suficiente como para que aquellos desembocaran en lágrimas. Pero, en esta ocasión, sola como estaba, sentada entre las colchas blancas que olían al perfume característico de Manuel, sintió el escozor de los ojos y la falta de aire y luego el agua calentita deslizándose por sus mejillas. No hubiese llorado si cualquier otra persona le hubiese hablado de esa manera, no tendría importancia; Catalina lloraba porque se lo dijo Manuel. Y Manuel no podía evitarlo, pero ver a su mujer llorando le daba un gusto especial. Le conmueve, como no tienen idea, aunque en el fondo le gusta, pues se convierte él entonces en su salvación, a pesar de que haya sido su causa. Manuel le sonríe con tristeza, le abre los brazos y le incita a que recargue su pena en su pecho, pero, ¿cómo podría? Catalina niega con la cabeza, no, no, usted me hizo esto, no, quiero, ¡oh, cómo le encanta! El sicario tira de sus hombros sin importarle nada y le acaricia el cabello oscuro. Catalina se refriega los ojos con brusquedad, removiéndose incómoda, pues siente que todo su orgullo está siendo vejado. A Manuel le fascina verla llorar. Y más si es él mismo quién ha provocado su dolencia. Se puede así convertir en la salvación para la preciosa Catalina, le puede entregar todo su particular amor, vuelve a prometerle el cielo, como tantas veces, porque Manuel se alimenta de ello. Él es como un niño con un juguete. Ha encontrado el juguete perfecto y se lo va a quedar. No permitirá que nadie lo arranque de su lado. No admitirá que nadie se atreva a tocarlo, porque es suyo. Puede lastimarla, puede dañarla, puede gritarle, puede hacerla sentir miserable, pero es todo una manera de castigarla por lo malvada que ha sido, por reclamarle la muerte de María. Catalina no debería. Ella debería estar acurrucada entre sus piernas agradeciéndole. Debería estar llenándolo de sensaciones para no sentirse vacío, así como lo hace la heroína. ¡Qué carácter, que grosería la de esta mujercita! Manuel tiene ganas de regañarla. Pero no hay tiempo, nunca hay tiempo. — Deja de llorar, Cata, se te va a correr el maquillaje y no vai' a poder ir a trabajar así –murmuró él, luego de pasarle las manos por los brazos. Encogida como estaba, Catalina le daba una buena vista de su busto moreno. — Ya no quiero ir a trabajar más... ya no quiero –gimoteó la mujer, desesperada por algo que no sabía qué era. — Pero va a tener que ir no más, ¿de qué otra manera querí' ganarte la vida, si esta es la única forma que conocí'? ¡Y parece que la única forma que te gusta! –Manuel insinuó, abandonándola. La colombiana le vio partir con los ojos vidriosos, pero no se quedó en la cama, se puso de pie con rapidez y lo siguió. Se agarró firmemente de su chaqueta bajo el umbral de la puerta. — No –le rogó, como lo hacen las niñas a sus padres cuando buscan redención— No me deje. No se vaya. No me hable así, ¿quiere? No me hable de esa manera porque que usted me lo diga me hiere montones. — Entonces empieza a volver a ser la mina inteligente que me llamó la atención a la primera mirada, que ahora, Cata, con tus sueños rotos y tu palabrería escasa estás siendo una más del montón. Y así me vas a hastiar tanto... Cuando Manuel salió, se topó con Carlitos detrás de la puerta. Molesto de que el niño hubiese estado escuchando, decidió entrarlo a la habitación y presentarle a Catalina. La morena, que intentaba secarse las lágrimas en un intento desesperado de volver a ser poderosa y atractiva, no le miró al primer instante, sino que dejó que el rubiecito la inspeccionara toda y se acomodara tranquilamente en un rincón de la habitación. No tomó la palabra, consciente de que Manuel hablaría por los tres. — Como vez, Carlitos, esta buena mujer es una gran amiga mía –comenzó— Su nombre es Catalina. Es colombiana. Habla español como nosotros. Está más cerca de mí que cualquiera de las personas que has visto (Martín, Arthur), por consiguiente, ella está protegida y quiero que eso te lo grabes bien –sentenció Manuel con voz de mando. Delimitaba sus posesiones de las que el niño podría llegar a obtener— ¡Pero no todo es malo! También hay algunas cosas buenas. Así como Martín y yo somos tus papás, la Cata es como tu mamá. Arthur es como el abuelito gruñón. Acostumbrarse a él será difícil pero va a valer la pena. ¡Esta es tu nueva y bonita familia! Pero cuidado donde pongas tus ojitos, Carlitos... —Y finalmente, Manuel clavó los suyos en los idénticos del niño. El pequeño le miraba de la misma forma perdida, insinuando que lo que le dijese sería nada más que porquería inservible— que tú, yo, Martín y Catalina somos familia, y a la familia se le respeta. Apréndete esta lección y repite después de mí –murmuró con tono de profesor— ¡No mato a mi familia! Carlitos se sonrojó abruptamente. Catalina no podía creer lo que oía, y sus manos se deslizaron hasta su vientre con lentitud. Quiso nada más en ese instante que abrazar al niño y salir de allí corriendo. — No mato a mi familia –repitió el rubiecito con calma y serenidad. Un tono monótono y carente de vida parecía acompañar siempre su voz, cansada de los gritos roncos y de los quejidos impuros. Habían pasado cuatro semanas desde la llegada de Carlitos y Manuel había logrado convencer a Arthur acerca de su permanencia en el palacete. No existía entre ellos ninguna especie de relación confianzuda (entre nadie la había nunca) pero Manuel era un manipulador y se aprovechaba de esa debilidad oculta que el inglés parecía tener por él. Con un poco de ojitos, de caderas sueltas y de bocas apasionadas había conseguido tener lo que deseaba.
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