Mi señor presidente capítulo 1

2678 Words
Del empresariado a la Casa Rosada, sos uno más del montón, le dijeron, sos igual que Macri, sos como Menem, venís a destrozar el país, más de lo que ya está. Eso fue al principio, cuando recién la gente estaba sabiendo que Martín Hernández Duhau, el hijo del dueño de muchas de las empresas más reconocidas y más influyentes en la propia Argentina, era nombrado el presidenciable oficial de la Unión Republicana. Entonces todos los que acostumbraban la vieja política de años de gobierno kirchnerista sentían que Martín venía a demoler todos los cimientos que por tanto tiempo los que juraron trabajar en base a las necesidades de la clase obrera del país habían sentado en la Argentina. Martín Hernández era un empresario reconocido. Siendo su padre dueño de varias empresas líderes en áreas tan variadas como la minería, la agricultura, los alimentos y la industria, todos esperaban de él que se convirtiera en una especie de hombre de hierro casi como Margaret Thatcher. Pero Martín era más que eso. Y lo fue demostrando poco a poco durante el tiempo que tuvo para hacer la campaña que le llevaría a ocupar el sillón de la Casa Rosada. Martín tenía buenos asesores, pero eso hubiera sido nada si es que su cabeza no lo acompañara. Era un tipo inteligente como pocos. Un alfa de sonrisa petulante y de pelo rubio y ojos verdes que terminaban de coronar un rostro interesante, uno que detallaba la finura para los negocios y pronto descubrirían que brillantez para la política. Porque Martín entendió y entendió bien cómo iban las cosas en su país. Entendió bien quién era y cuál era la gente que estaba detrás de él. Y Martín era un hombre acomodado y conservador como era todavía toda la aristocracia en Argentina. Pero con un corazón gigante que aparecían cuando era necesario y cuando él mismo se daba cuenta de que con él podía manejar la situación a su favor. Como alfa con una buena posición social, se había casado joven; pero aquí venía su distinción, que le hizo dar el primer paso, aún sin conocerlo, al cariño de la gente que finalmente le daría su voto: no se había casado con una omega linda y rica de su misma clase, Martín se había casado con un omega cuya nacionalidad provocaba reacciones divididas allá en su país. Martín lo conoció cuando fue de vacaciones a Reñaca, un verano caluroso y seco en Chile que se imponía dentro de las temperaturas altas y agotadoras que venían haciéndose paso desde Noviembre. Allá donde solo se juntaba con argentinos, en un team de veraneo halló a este omega, delgado, un poco bajo y de ojos grandes, con una cara que le robó el corazón. Era precioso como pocos que él había visto allá en su país. Pero este omega a quién le sacó el nombre entre coqueteo y coqueteo y que deslizaría por siempre con dulzura desde sus labios, Manuel, no era rico como él, no era de la clase de él, ni siquiera era un burgués. Era un muchacho joven, que aunque estudiaba en la Católica no pasaba nunca por cuico y hasta a veces se le salía ese tonito que denotaba que era de allá del sur de la capital. Pero Martín lo adoró. Fue en contra de todos por esa relación y eso fue lo primero que hizo que la gente allá en la Argentina empezara a conocer su nombre como el heredero rebelde del grupo Hernández. Su papá dijo que era joven y que no conocía mucho y que este nene de cara bonita no era tonto y nada más le seguía por la plata, pero a Martín le dio lo mismo y no paró hasta que consiguió anudar al omega cuando se hundieron profundamente en el calor sofocante del celo. Aunque Martín era un alfa conservador, y a pesar de su jueguito loco, él era consciente de ello. Cuando marcó a Manuel, decidió un par de cosas. Lo dejaría terminar su carrera, pero no ejercer. Necesitaba un omega que estuviera a su lado siendo el pilar que lo sostuviera durante todos los líos que las empresas de su padre causaran. Y quería una familia, también. Así que se puso más que feliz cuando Manuel le contó un día que andaba decaído y enfermo y que todo le daba asco y que casi se cae de la cama cuando intentó levantarse en la mañana. Se casaron dos meses después de que Manuel diera a luz a un niño tan lindo, al que llamaron Gastón. Una guagua de pelo rubio y rulos y ojos celestes preciosos, que era el retrato de su abuelo y ahí Facundo, el papá de Martín, tuvo que admitir que tenía un nieto y empezó a quererlo porque mirarlo a él era como mirarse al espejo. De ahí Martín no se detuvo. Manuel terminó su carrera con Gastón a cuestas y Martín se lo llevó a vivir con él a Buenos Aires. Le encantaba la forma en la que todo le sorprendía, en la que consideraba todo nuevo, único e inexplorado. Pero también le encantaba pasar el día entre sus piernas y no corrió mucho tiempo hasta que Martín pudo oler en Manuel un nuevo embarazo. Llegó Ema, rubia y con sus mismos ojos. Dos años después nacería Agustina, también de pelito claro, también de ojitos verdes, con esas trenzas monísimas que le hacía Manuel cuando la peinaba, y al final, el último parto que Martín le juró a Manuel que tendría que vivir: el de los mellizos; del mayor Benjamín (un niño idéntico a Manuel) y de la menor Sofía (con ese cabello de ondas y esos grandes iris verdes). Eran niñitos preciosos y Martín un hombre en sus treinta que tenía todo lo que había deseado. Un omega que le diera hijos y que se quedara en casa esperándolo luego del trabajo, una racha increíble de buena suerte en cada uno de los negocios de sus empresas y las cada vez más intensas apariciones en la televisión argentina y en los eventos de la socialité. Así se fue irguiendo en él un personaje que encantó cada vez más a la población. Hasta un reality hizo en un canal, donde buscaba a quién pudiera tomar un cargo importante en una de sus empresas. Ahí la gente se fue encariñando más con este alfa guapo y su linda familia, sus nenes dulces y hasta los perros que tenían en la casa (que era una de esas casas que solo poca gente en el país puede tener). Pero no todos estuvieron tan contentos cuando Martín finalmente se proclamó como presidenciable del partido de derecha Unión Republicana. En parte porque un empresario más en el poder vendría a repetir todo lo que había hecho Macri, en parte porque ya había una base sólida luego de tantos años de kirchnerismo en el país. Su aventón a la política fue inesperada y controversial y no dejó indiferente a nadie. Martín fue dándose cuenta de las pequeñas cosas que iban molestando a los argentinos, de las cosas que iban sucediendo en el país, de las cosas que se iban dando de tanto en tanto. Se dio cuenta de que la delincuencia estaba acechando las buenas costumbres, que la corrupción estaba tocando fondo, que la inmigración no era percibida de tan buena manera para los obreros, que creían que estos que venían de otros países llegaban a quitarles el trabajo. ¡Que basta de neoliberalismo descontrolado! Que las industrias nacionales estaban yendo hacia abajo. Martín nunca fue un alfa tonto y aunque tenía muy buenos asesores, estos solo llegaron a asegurarle la táctica que él tenía pensada desde el tiempo en el que deseaba hacerse un espacio en la política. Un día se dijo: yo voy a ser el presidente de Argentina. Se lo dijo a Manuel cuando estaban comiendo con los niños en el gran salón comedor de la casa. Manuel masticó lentamente sus papas y después frunció el ceño. Martín le dio una sonrisa no más. - ¿En serio? –le había preguntado el omega. Martín miró hacia abajo para servirse un poco más de comida y después asintió con la cabeza muchas veces. Porque Martín adoraba a Manuel por una razón. Manuel nunca le negaba nada. (Por eso tenían cinco hijos) - Te apoyo –susurró entonces el chileno y Martín se dijo que para adelante. Y no desaprovechó la oportunidad. Se hizo más conocido aún con una frase indignante: Argentina para los argentinos. Dijo que era suficiente de inmigrantes que no saben más que robar trabajo e incrementar las ilegalidades en las calles. Culpó a un enemigo externo. Aunque medio interno porque ya habían llegado para quedarse. Los culpó a ellos. Nada en particular contra los inmigrantes, contra los paraguayos y los bolivianos, que llegaron a ser su frontis en todas las arremetidas, pero Martín sabía que todo lo que hacía era ganarse la simpatía de ese hombre argentino blanco de clase baja que veía que las administraciones que iban pasando por su país no hacían nada más que echarlo para atrás. Argentina para los argentinos y de repente este lemita que fue acompañado por el singular: "Volvamos a hacer grande a la Argentina" levantaron multitudes frenéticas que pedían que alguien como Martín Hernández los gobernara por los próximos cuatro años. Por la próxima eternidad. Porque estaban seguros que Martín Hernández era el único alfa indicado para sacar a su país del conjunto de perversiones en las que había caído. Ahora, no faltaron los que criticaron que el discurso de Martín no era más que una palabrería populista del mismo tipo de los Kirchner. Dijeron que se aprovechaba de las debilidades de la sociedad y que creía ser el salvador de una tierra que estaba colapsando. Fue cuando proclamaron a Dolores Bagley, una alfa que venía del mismo sitio de Martín y que Martín no consideró competencia en el momento en que la gente más reacia a la política empezó a decir que eran la misma mierda con distinto nombre. Bagley le ganaba por nada en las encuestas y Martín esperaba que todavía estuviera ese grupo de personas que temen votar por él y entonces dicen, políticamente, que votarán por Dolores, porque en realidad están seguros de que Martín dice la verdad y de que, sea como se sea, es sincero y honesto y eso en una sociedad llena de hipocresía y mentiras se agradece un montón. Pero el discurso contra los inmigrantes de Martín llegó a un tope cuando, durante un debate donde estaba Bagley y los otros dos hombres que iban en la carrera por el sillón presidencial, un periodista le preguntó que si acaso sentía el mismo repudio por su omega chileno, como demostraba hacerlo con paraguayos y bolivianos. Martín miró a Manuel sentado al frente dentro del público. Le sonrió a él y después le sonrió al resto de la gente que estaba alrededor y también al periodista. Con una voz vanidosa y ronca dijo estas palabras: - Yo me casé con un omega chileno, es verdad. Pero me casé con un omega precioso, que me dio hijos preciosos, que estudió en la mejor universidad de Chile, que es un ejemplo para el resto de los omegas de su país y de este país. Ah, y por si se me olvidaba... mi omega chileno es un inmigrante legal. Estalló en llamas ese día el debate. Y por más días ardió la polémica en los diarios y en los noticieros. Martín se ganó el enfado de muchos inmigrantes y los aplausos de ese sector de la Argentina que se veía por fin representada en un candidato que decía la verdad. El día de las elecciones, Martín ocupó uno de sus hoteles más modestos para esperar los resultados. Tenía bien cogida la mano de su omega, que soltaba cuando alguna de las nenas pedía que la cargasen. El mayor de sus hijos, Gastón, conversaba con un par de sus asesores preguntando los resultados de las encuestas, cómo iba el conteo de votos, cuál era la verdadera chance de su papá de ganar. Martín lo adoraba. Adoraba a Gastón porque pensaba como él y era como él y a sus trece años era tan inteligente, tan inteligente como él cuando era un adolescente. Ese día le pellizcó la mejilla y le dio un abrazo. - Quedate tranquilo, Gastón. Tu papá se va a convertir en el presidente de este país. Y así fue. Cuando Martín da su discurso, luego de que por fin todos proclaman que ha ganado, lleva a sus hijos y a su omega y a su papá y a su mamá y a su hermana y a sus sobrinos y a su cuñado y a sus primos, los lleva a todos y larga una promesa que al tiempo sería una de las cosas más reconocidas de su paso por la Casa Rosada. - Yo seré el mejor presidente que la Argentina entera haya conocido en toda su historia independiente. Mucha gente todavía piensa que eso es así. Esa noche, Martín se queda por muchas horas de la madrugada conversando con toda la gente que lo apoyó, agradeciendo y celebrando. Manda a Manuel y a los niños con el chofer hasta la casa y le promete que llegará más tarde. No se emborracha pero bebe hasta que se siente un poco mareado y luego rechaza cualquier trago que le sirvan de más. Siente que esto hay que celebrarlo con lo que más desea en el momento. Su chofer lo lleva a casa, mientras Martín le dice que nunca se va a olvidar de estas cosas y que ni se le ocurra pensar por un momento que ahora que es el presidente de Argentina va a obviarlo. Si a él siempre se le ha dado bien ser bueno con los empleados, si él es tan abierto de mente. Andrés lo deja en su casa, le guarda el auto, y pide un taxi. Martín entra a casa, sube las escaleras al segundo piso y abre la puerta. Manuel está durmiendo pero no tanto porque abre los ojos de inmediato lo ve aparecer en el umbral. Hay una sonrisa suave sobre su cara que es siempre así cuando lo mira a él y Martín lo sabe. Camina hacia la cama mientras ve que Manuel se incorpora en ella. Martín está chocando su nariz con la de su omega cuando le susurra muy bajito: - Soy el presidente de este país. Y vos sos mi primer omega. Lo vio reírse y tuvo que reírse con él también. - Sabi' que ese título suena muy raro. No soy tu primer omega. ¡Nunca! - Bueno, no el primero –suelta Martín, acercándose cada vez más- Pero el único. Cuando atrapa sus labios puede oler cómo Manuel se humedece y eso lo excita mucho más. Su noche es una noche de celebración entre las sábanas, con las almohadas húmedas, con las ventanas entre abiertas y las cortinas flotando por el viento que entra a la habitación. Martín no puede querer otra cosa más que esto, que pasar la vida entremedio de las piernas de su omega, que tener por toda la eternidad sus manos suaves agarrándole el cabello. Al día siguiente, Martín se despierta primero y ve lo inocente que luce Manuel con el brillo del sol que se cuela entre las cortinas, y se ríe despacio ante la imagen de la noche pasada. El primer omega de la nación está durmiendo a su lado, al lado de él, que es el presidente de Argentina. Tiene treinta y cuatro años y el mando de uno de los países más importantes en Latinoamérica. El amanecer le indica que este es su primer día como presidente electo de Argentina. Todo lo que alguna vez quiso, se cumplió. Y se da cuenta de la sabiduría de sus decisiones. No despierta a Manuel para decirle algo. Solamente se acuesta otra vez, con los brazos tras la cabeza. No puede esperar a que lo llamen "Señor Presidente".
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