Mi señor presidente capítulo 2

3966 Words
Manuel sonríe una vez más y se pasa la mano por el cabello, quitándose ese mechoncito café que siempre parece entrometerse en su cara paliducha. La señorita beta que le conversa tan animadamente acerca de su familia y le pregunta un montón de cosas sobre cómo se siente convertirse en el Primer Omega de la Argentina entera no deja de observarle fijamente cada acción que hace. De pronto le suelta el nombre de Gastón y Manuel se endereza en la silla, prestándole más atención. - Gastón es su hijo mayor. Lo tuviste muy joven, ambos eran muy jóvenes cuando nació. ¿Cómo es verlo crecer y crecer con él? ¿Cómo es Gastón ahora que todos hablan de él, que todos lo conocen como el hijo del presidente de este país? - Ah, Gastón está preparado para eso. Es un chico muy fuerte, mentalmente. Es muy especial y también muy inteligente. No es un chico raro. Es un niño que a su edad ya sabe lo que quiere. Y cómo no hacerlo, si toda su vida ha tenido a Martín como ejemplo. Gastón es muy independiente y muy caprichoso cuando quiere también, es un niño que está super interesado en la política, además, siempre anduvo preguntando cómo le iba a su papá en las encuestas, cuál iba a ser el discurso de ese día. –Manuel lo dice todo con un orgullo tremendo. Atrás en las pantallas del set aparecen fotos de Gastón cuando guagua y ahora más grande- Se parece harto a don Facundo, al papá de Martín, tiene los mismos ojos, pero su personalidad es idéntica a la de mi esposo. Por eso lo llamo "pequeño Martín". Cuando tenía cinco, me dijo un día que quería ser "un hombre de negocios como su papá". Es lo último que saca una sonrisa a todo el público que está ahí porque Manuel es como una extensión de Martín y si adoran a Martín, también adoran a este omega que parió a sus hijos y que se ríe de todo y parece tan inocente, tan intocable, tan ajeno a todas las polémicas. Manuel sale del estudio, luego de despedirse de la entrevistadora, de los camarógrafos y de toda las otras personas tras escena. Cuando iba apurándose hasta los rincones de grabación, sintió unas manos que le agarraban los brazos y luego ese olor que conocía tan bien. - ¿Por qué estai' aquí? El chofer me está esperando afuera. - Ah, pero, ¿ni un hola?, ni un ¿cómo estás? Le hizo dar una sonrisa, definitivamente. - ¡Marcos! –habló, deteniéndose para mirarlo. El primo de Martín se parecía a él, pero Manuel podía decir mil y una diferencias entre ambos, aunque cuando se trataba de él, no podía dejar de admitir que los dos eran buenos y luego de Martín, Marcos era el que mejor lo había recibido cuando llegó a la familia. Le dio una sonrisa, como siempre que lo veía y después tiró de su traje para que le diera un beso en la mejilla. Marcos lo hizo y se quedó un rato más cerca de él, como siempre pasaba. - Apuesto a que te mandó el Martín. ¡Le dije que me iba a llevar el chofer! - Mi primo te cuida, ¿te enojás ahora porque tu alfa te cuida? –Marcos siseó divertido y Manuel frunció el ceño, pero al instante se relajó y caminó junto a él hasta coger sus cosas y agradecer una vez más a todo el equipo del programa de televisión que lo había querido tener en su pantalla. Marcos le ayudó con el bolso y luego se dirigieron los dos hasta el auto que estaba esperándolos fuera. Apenas vio a su chofer estacionado al costado, se dirigió a disculparse por hacerlo esperar para después irse sin él. Andrés, que era un viejecito que Facundo había enviado para cuidar de su hijo y de su familia, le dio una sonrisa comprensiva y le dijo que se fuera no más. Manuel le agradeció y a cambió le dio el día libre. - Igual no me llevís a la casa, Marcos. Es un desorden. Como nos vamos a cambiar, el Martín y los niños de la mudanza andan sacando todo. Además, tengo que ir a buscar a los niños al colegio –Manuel dice todo mientras saca el celular de su mochila y busca llamar a Martín. Marcos lo mira de reojo, luego eleva su vista hasta el chofer que los conduce. - Juan, vamos a San Isidro, al Cardenal Newman. - Oye, ¿y tú cómo hai' estao'? ¿Qué onda con la María? ¡La venezolana esa con la que andabai'! Marcos le sonrió con una mueca muy pícara. - Nada, creo que en verdad no estábamos hechos el uno para el otro. No todos tenemos la suerte que tuvo mi primo de encontrarse un omega como vos. Manuel levantó la cabeza con los labios fruncidos y después le dio un golpecito en el hombro. - Contame cómo andás vos. Esto de ser el Primer Omega de la nación te debe traer emocionado, ¿no? - No... en verdad, todavía no me lo creo –Manuel miró a los ojos de Marcos y le sonrió- Marcos, tú sabí' que yo vengo de una familia pobre. Yo vivía en La Granja, una comuna super estereotipada. Por mala. Imagínate, un día me dan un trabajo de promotor para el verano, que me venía super bien porque así tenía plata para comprarme los materiales de la U, y me encuentro con un argentino que resulta ser un empresario importante acá. ¡Y de repente toda mi vida cambia! Y ahora tengo plata, tengo una casa linda... ¡ahora voy a ser el Primer Omega de este país! –abría y cerraba mucho la boca, gesticulando un montón, levantando las manos, con los ojos bien abiertos- ¿Cómo estaríai' tú si eso te pasara a ti? Bueno, tú erí un alfa... es distinto. - Abrumado. Totalmente abrumado –respondió Marcos, acomodándose en el asiento. Manuel asintió y después miró por la ventana los árboles grandes y la gente que caminaba por la calle, sin ninguna mueca en la cara pero Marcos puso, otra vez, sus ojos claros sobre él y lo observó profundamente hasta que Manuel volteó la cabeza y entonces sus rostros se encontraron. Manuel no podía estimar más a ese alfa buena onda que era la única persona que lo quería bien allá en la familia de Martín. - ¿Qué? –le preguntó, porque no dejaba de mirarlo. Marcos achinó los ojos y estiró la mano, pero al instante se contrajo y la alejó.- ¿Pasa algo? –insistió Manuel. - Nada –suspiró al fin Marcos y apoyó las manos en las rodillas- ¿Y cómo están los nenes? Vi una foto por el Face de Sofi, vestida de muñeca. - Ay, se veía tan rica, ¿o no? –al instante a Manuel se le iluminó la cara- La peiné yo. Tenía que hacer un acto en el colegio y le tocó ir de pepona, se veía tan, tan linda. Martín le sacó esa foto y después anduvo por todos los programas de farándula. Igual me da lata que los niños se hagan conocidos, igual quiero que no sientan presión y... - Y que sigan siendo niños –completó Marco y Manuel asintió con la cabeza muchas veces. - Sí, po. Oye, y tú, Marcos, ¿no hai' pensao' en tener guagua ya? O sea, no es que te diga viejo pero igual ya estai' pasando la barrera de los treinta y cinco. - Mirá, me dan ganas de tener hijos. - Apuesto a que seríai' un super papá... - Sí, pero no encuentro el omega. Todos los buenos ya están ocupados. - Es verdad. Mírame a mí. Marcos se echó a reír. Manuel dejó su celular en su bolso y aunque se quedaron conversando de nada en particular, el tiempo se le fue volando cuando al fin Juan les murmuró que ya estaban en el colegio. Manuel miró la hora en su reloj, faltaban diez minutos para que los niños salieran de clase. Le dijo a Marcos que se bajaran y que esperaran afuera; podía encontrarse con algunas de las mamás que venían a buscar a sus hijos también. Invitó a Marcos a comer un paquete de papas fritas que vendía una mujer un par de metros más allá. Le dijo "oye, déjame pagarlo yo, además tengo unas ganas de comer papas fritas, aunque no sean de esas hechas, el Martín nunca me invita a comer papas fritas y tampoco deja comer a los niños, dice que hacen mal pero shh, él no está acá". Manuel nunca pensó hacer nada para causar lo que causaba en el primo de su marido. Gastón apareció primero, después Ema y Agustina charlando y los mellizos más atrás, comiéndose las galletas que les había mandado de colación ese día. Él se alejó de Marcos y fue corriendo a ver a sus niños, pero Gastón se hizo a un lado y no le dio la mano, como el niñito grande que era. En cambio los mellizos corrieron a sus brazos y Agustina también vino a besarlo. Manuel abrazó a todos uno por uno y luego le dijo que saludaran a Marcos, pero Marcos evitaba ser tan cariñoso con los niños, para que no se notara a leguas la forma en la que quería que esos nenes hubieran sido suyos y de Manuel. -- Martín lo miró de pies a cabeza. El salón en el que estaba era el despacho principal de la empresa de alimentos que servía para organizar la burocracia de la nación que ahora encabezaba y el sillón en el que se sentaba era uno nuevo que había mandado a comprar a penas los resultados dijeron lo correcto. Las cortinas estaban amarradas en los costados y eso permitía que la luz que entraba por las ventanas hiciera brillar el pelo del muchacho parado delante de él. Era un omega y como todos los omegas, tenía una belleza suave, una cara monona, un cuerpo bonito. Martín abrió la boca, solo por instinto. Pero al instante la cerró y luego de haberlo mirado fijamente (con la intención de intimidarlo, tal vez, con la intención de hacerle saber cómo irían las cosas) se inclinó hacia adelante en su sillón y tomó entre las manos los papeles que había sobre la mesa. - A ver... aquí dice que sos paraguayo. El omega sonrió. - Daniel de Irala. Y sí, soy de Paraguay, pero yo soy un inmigrante legal. Igual que su omega. Fue el turno de Martín de sonreír. - Tengo veintinueve años, incluso estoy tramitando los papeles para obtener la nacionalidad argentina. Estudié en la Universidad Nacional de Asunción, pero también hice un curso de secretariado; me recomendaron bien, mi anterior jefe. - Sí, lo leí, pero de ahí a ser el secretario de un empresario y ser el secretario del presidente de este país hay un trecho largo –Martín susurró con los ojos entrecerrados. Se puso de pie, juntó sus manos tras su espalda, y volvió a echar una mirada a los documentos sobre la mesa. Daniel agachó la vista para tratar de notar qué estaba haciendo pero Martín obtuvo sus ojos en un indicio inesperado, aterrador. Pero Daniel no esperaba encontrar nada aterrador en él. - Estoy bien calificado. –respondió de inmediato- Y conozco la trama. Después de todo, usted es un empresario también, ¿o no? Conozco el juego. Sé lo que un empresario quiere y necesita. Martín enarcó las cejas. Estaba acostumbrado a los coqueteos suave de los y las omegas que pasaban a su lado cuando trabajaba en las empresas de su papá pero este paraguayo que aparecía aquí con la desfachatez tremenda luego de todo lo que había dicho sobre los inmigrantes, de la base con la que se formó su campaña, era más obvio que él cuando necesitaba pegarse un polvo con Manuel. Inevitablemente se rio, y Daniel que al principio enarcó las cejas al rato se rio con él. Parecía descarada la manera en que ese omega intentaba hacer todo menos tenso pero a la vez más personal, más cercano. - Y, no te voy a aburrir con la charla esa de por qué crees que sos el empleado indicado para esto. - ¿Ah, no? ¿Y por qué? - Porque me gusta tu actitud. - ¿Mi actitud? –preguntó Daniel. Martín pensó que no tenía que ser tan insinuante, porque sus ojos eran dos cavidades de fuego que le invitaban a conocerlo más. - Una forma bonita de decir que aprecio ser provocado. Daniel se inclinó hacia adelante. - Lo tendré en cuenta. - Y aparte de eso, tené en cuenta que, como debe saber todo el mundo, tengo una familia. Un omega y cinco hijos preciosos. Y los quiero un montón. - Apuesto a que también puede querer... - ¡Martín! –la puerta se abrió de improviso y Martín estiró el cuello. Marcos había entrado con un montón de papeles en las manos y le veía con esos ojos que tenía él cuando lo pillaba hablando de más con un omega que no era el suyo. Martín avanzó hacia la puerta, e hizo pasar a su primo. Le tomó las hojas que llevaba y dejándolas sobre la mesa, le preguntó qué hacía ahí. - Son los decretos que te han formulado los asesores para firmar en cuanto te instales acá. Principalmente son acerca de la inmigración y los tratados de comercio, ya sabés, todo lo que prometiste. - Gracias –habló Martín- Gracias, pero no te preocupés. Le pediré a mi secretario que los revise por mí. - ¿A tu secretario? –consultó Marcos, desviando la mirada, porque Martín le señalaba al muchacho al lado. Los dos alfas lo miraron entero de nuevo pero eso no pareció molestar a Daniel de ninguna manera. - Sí. Estás de suerte, Daniel. Estás contratado. Martín no más observó que el paraguayo le daba una sonrisa y curvaba la cabeza y después decía unas palabras de agradecimiento que él creyó falsas, falsas, falsas. Lo sacó de la sala con un dejo suave de la mano, le dijo que la secretaria de su asesor principal sería quién le indicara cómo iban a ser las cosas. El muchacho obedeció y cerró la puerta y el silencio inundó la sala, más que las miradas suspicaces de Marcos encima de él. - ¿Qué? –dijo Marín finalmente, volviendo a sentarse en su sillón. - ¿Qué te pasa a vos? Te veo y estás con ese omega. - Mirá, Marcos, nos hace bien como gobierno tener a un paraguayo aquí. Así les cerramos la boca a todas las personas que nos tildan de xenofóbicos y racistas. Un paraguayo, con todos sus papeles al día, a punto de obtener la nacionalidad argentina. Eso es táctica, ya veo por qué nunca te involucraste en política. - ¿Creés que soy tonto? Por poco estaba arrodillado en frente de vos –Marcos frunció el ceño. Martín soltó una carcajada. - Los omegas como esos hacen de todo. Vos podés meterles los dedos en el culo y van a rogar para que los cojas... pero todo por algo a cambio. - Martin, Manuel... - Nunca le fui infiel a Manuel –Martín dijo inmediatamente y el aire se volvió más tenso, más pesado.- No va a pasar ahora. Marcos se mordió el labio. - Revisá vos los papeles, Martín, no quiero que luego se escape un detalle y esto arda, más de lo que arde ahora. - Quedate tranquilo, primo. La firma es mía. Marcos salió de la sala y Martín se desparramó en su sillón. Se pasó una mano por la frente, y tomó el celular que estaba justo al lado de la pequeña lámpara y de las lapiceras azules. Marcó el número que conocía tan bien y sonrió cuando oyó la voz genuina, suave, risueña, cariñosa de Manuel. - Eh, lindo, cómo andás. - Cuando el día por fin llega, luego de haber jurado frente al Congreso, el balcón de la Casa Rosada es el nuevo lugar que lo acoge para su primer discurso como mandatario del país. Martín sale con la banda presidencial que le cubre el cuerpo de lado y de la mano de Manuel y con los niños atrás atraviesa el camino hasta las barandas y saluda efusivamente a la multitud gigantesca que está debajo, con banderas y globos y con sus gritos. Atrás, sin moverse, con las manos cruzadas cerca del estómago, está su jefa de campaña, Marcos, Facundo y Victoria, además de sus asesores y de la gente que es realmente importante cuando se trata de quiénes lo llevaron hasta donde está ahora. A pesar de que los gritos van bajando en tanto a él le pasan el micrófono, luego de hacer señas a la gente con la cara feliz, Martín traga saliva y pestañea varias veces. Manuel está unos pasos más atrás, agitando la mano de vez en cuando, al lado de él se queda Gastón y los otros niños miran a las miles de personas con los ojos bien abiertos. Al principio no puede decir algo, emocionado y consternado a la vez. Después siente la caricia de Manuel sobre su espalda, y los ojos celestes de Gastón encima de su rostro al que golpea el sol y saca voz aun cuando no sabe de a dónde. - Es difícil –empieza, apretando el micrófono fuerte entre sus manos- es difícil expresar todo lo que se siente en este momento, estando parado hoy acá. Parece que fue ayer cuando nos animamos a soñar y a creer que podemos devolverle a este país la grandeza que tuvo alguna vez. ¡Hoy es el día en que comienza la oportunidad que todos los argentinos tenemos de salir adelante! –Martín permite que una sonrisa se escape de sus labios temblorosos, porque huele el olor de su omega revoloteando cerca de él y de pronto su mano colarse entre la suya y ese apretoncito que le dio fue todo lo necesario para que se sintiera entero de nuevo, renovado y segurísimo. La gente comienza a gritar algo que él no puede entender, agitan las banderas, empuñan la mano y se ven contentos, aguerridos. Martín los contempla una vez más antes de seguir: - Argentina para los argentinos –dice, cuando nota qué es lo que las personas reunidas allá abajo tratan de gritar- Sí se pudo, sí se va a poder. ¡Esto es lo que quiero! ¡Que nos podamos expresar con libertad en la República Argentina! ¡Que podamos pensar diferente para trabajar juntos! ¡Para hacer a este país grande otra vez! Como lo dije antes, amigos, amigas, prometo a ustedes, ¡prometo a ustedes decirles siempre la verdad! ¡Mostrarles cuáles son los problemas de este país, porque sé que ustedes, el maravilloso pueblo argentino, es suficientemente capaz e inteligente de resolverlos! Gastón sonríe saludando a la gente feliz que lo mira, a él y a toda su familia. Se acerca a su hermanita menor, a la Sofía, le agarra del brazo y le hace mover la manita hacia un lado y hacia otro, cuando Martín los ve, no puede nada más que sonreír otra vez y aunque ha sonreído tanto durante este día y parece que las mejillas se le entumecen, no podría parar de hacerlo. - ¡Por eso gracias por acompañarnos! ¡Porque tenemos que seguir juntos! ¡Esta Argentina la construiremos todos juntos! ¡Y yo gobernaré para todos los argentinos! –los aplausos se hacen presentes y Martín sabe que es el momento de sopesar las reacciones. Mira a Manuel con los ojos achinados de orgullo y de satisfacción y se abstiene de darle el beso que tanto quiere directo en la mejilla-. De verdad, una vez más, quiero agradecerles que crean en ustedes mismos, porque yo estoy ahora acá porque creo en ustedes. Y necesito que ustedes también crean. Crean que son capaces de más, que somos capaces de ponernos de pie por nosotros mismos, que somos capaces de vivir por nosotros mismos. Que pueden hacer más y merecen vivir mejor. Prometí que iba a armar un gran equipo de ministros y hoy tenemos grandes ministros que están listos para empezar a trabajar. A trabajar para todos ustedes, para levantar este país. De pronto los gritos de la gente se van haciendo más y más claros y además de la felicidad y la manera en que representan cuán de acuerdo están con todo, cuán contentos están de lo que ha sucedido, cuánta fe le tienen a él, se oye un tañido del pegajoso "que baile, que baile" que se ha empezado a hacer notar desde que Martín bailara al ritmo de una cumbia pegajosa el día que los votos dijeron que él se convertiría en el próximo presidente de Argentina. Martín suelta la mano de Manuel y entre jugueteo y jugueteo mueve las suyas y contonea las caderas socarronamente. Se gana todavía más gritos de las tantas personas que han venido a presenciar su asunción, pero él estira la mano otra vez y sonríe de nuevo, negando con la cabeza. - ¡Gracias! ¡Tenemos que seguir atendiendo a los invitados de todo el mundo que han venido a sumarse a esta alegría, a esta fiesta que tenemos en la Argentina! ¡Un beso enorme, enorme para todos! ¡Los amo, amo este país, y amado a cada uno de los argentinos! ¡Y por ustedes y con ustedes vamos a construir la Argentina que soñamos! ¡Gracias, gracias, gracias! De repente empieza a sonar fuerte Gilda por los parlantes que están arriba del balcón de la Casa Rosada. No me arrepiento de este amor choca contra las paredes de todos lados y se diluye hasta el vacío donde toda la gente se mueve y canta a pesar de que el sol está en lo alto. Martín, Manuel y la jefa de campaña se despiden con la mano, mientras la música empieza a inundar todo. La gente grita no me arrepiento de este amor aunque me cueste el corazón y hay varias personas allá que sienten la canción más personal. Martín agarra la mano de Manuel y lo acerca a él y se mueven juntos en un baile cadencioso y gracioso y desordenado a la vez, y todos los que están atrás, que miraban el discurso de Martín, agitan las manos y aplauden. Ellos se mueven a través con las piernas mezcladas, con los hombros ondulados y tarareando la canción. Es todo lo que la gente quiere ver. Martín le da un beso apretado y largo a Manuel en la mejilla y después lo suelta y toma de la pequeña cinturita a su hija de al medio y Agustina de pronto es donde se juntan todas las miradas por la forma en que papá e hija se mueven mientras Gilda sigue sonando. Entre medio de la multitud, sin que nadie pudiera oírlo, un hombre frunció el ceño y bufó ante la contradicción, cuando la música no paraba de escuchase por todos lados. Dijo ¡estos chetos no saben bailar cumbia!, pero su palabrería se perdió entre los gritos de la gente. Allá arriba siguen bailando por un ratito más hasta que la letra se va por ahí donde dice que amar es un milagro y yo te amé. Martín coge en brazos a Agustina y se despide de todas las personas que hicieron posible este momento. Su familia lo sigue después hacia el interior de la Casa Rosada. Daniel está mirando desde un rincón. . . . . FIN.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD