Manuel miró a Martín con los labios fruncidos. En el patio de la casa, el pasto estaba cubierto con hojas marrones. El agua de la piscina se agitaba al ras del viento y la puerta de la reja seguía abierta. En el rincón donde estaban de pie, Martín había hecho un agujero lo suficientemente grande como para que pudiera poner un merengue ahí adentro. Era pequeño, de todas maneras, lo suficiente como para un hámster.
— ¿Merengue se va a ir al cielo? —preguntó Sofía, apretando la mano de Manuel.
— Ah, sí. Claro que sí. Todos los hámsteres van al cielo.
— ¡Eso no es cierto! Los hámsteres no se van al cielo, ningún animal se va al cielo —replicó Ema. A su lado, Martín le tironeó la manga de su polerita gris.
— No seas mentirosa, Ema, todos los animales se van al cielo. Así como nosotros cuando morimos, si es que hemos sido buenos, vamos al cielo. Solo que todos los animales son buenos, entonces van al cielo de inmediato...
— Mentiroso —siguió la niña— Le pregunté al cura el domingo y me dijo que los animales no se van al cielo. Y él sabe más que tú, porque es un cura.
Manuel rodó los ojos, se puso en cuclillas hasta llegar a la altura de Sofía. Sofía tenía la vista gacha y su cabello adornado en dos colitas estaba húmedo por las lágrimas que había derramado no hace mucho. Tenía las manos unidas en su guatita, sobre su vestido azulino. De vez en cuando se sorbía los mocos, pero no decía ni una palabra, si no que se mantenía en silencio. Manuel echó una mirada a Martín, Martín se encogió de hombros. Agarró entonces una de las manos de Sofía y la sostuvo entre las suyas.
— Oye, Sofi, mírame —Sofía no lo hizo de inmediato, Manuel tuvo que tomarle su carita para hacer que realmente le viera con esos ojos verdes, que eran iguales a los de Martín— No le hagai' caso a la Ema, ella solo te dice eso para molestar. Merengue fue un buen hámster, solo estaba enfermito... Hicimos todo lo posible por ayudarte, pero no pudimos...
— Pero yo no quería que muriera, papá —sollozó Sofía, arrugando el entrecejo— ¿Por qué tuvo que morir? Yo lo quería mucho.
Manuel aplastó los labios, esto estaba costando mucho.
— A veces... a veces no queremos que los seres que amamos mueran. Pero es algo que tiene que pasar, Merengue estaba enfermo, no todos los enfermos mueren, pero era la hora de Merengue.
— Pero, ¿sabes qué, Sofi? —Manuel volteó la cabeza para mirar a Martín acercarse a ellos. A lo lejos, en los columpios, Benjamín y Ema se quedaron, curiosos—Merengue está feliz. En el cielo, todos son felices. Y un día vas a volver a verlo, solo hay que tener fe.
— Cuando vayamos el domingo a Misa, vamos a rezar por Merengue, ¿ya? —completó Manuel.
Sofía suspir, pero se acerc al final. Estiró los bracitos para que Martín la cargara, él lo hizo de inmediato. Manuel se les quedó mirando.
— Ema, Benja, vengan -llamó al resto de sus hijos. Los dos corrieron a él— Es hora, Benja. Puedes ocupar tu palita para echar la tierra.
Benjamín lo hizo solemnemente. Era la tarea que sus papás le habían dado ante la muerte de la mascota de su melliza. Pero Ema se quedó de brazos cruzados, mirando hacia otro lado.
— ¿Quieres tirarle un beso, Sofi? —preguntó Martín, cuando Benjamín golpeaba con la palita la tierra removida. Sofía ascendió y le lanzó con la mano un besito a su hámster, al instante, se amarró otra vez al cuello de Martín y ahí se escondió.
Manuel agarró el ramito de flores que había dejado sobre el pasto y lo colocó con mucha suavidad sobre la pequeña tumba de merengue. Después se puso de pie y observó a Ema fijamente.
— Ema —llamó— ¿vas a decir algunas palabras para Merengue?
— No —contestó la niña, a secas.
— Ema —regañó Martín.
- ¡All Right! ¡Pero no tengo nada escrito!
— No importa, solo di lo que sientes.
— Bueno, pero es un poco tonto... Merengue, llegaste a casa hace dos años. Te compramos cuando eras pequeñito, estabas hecha una bolita en el rincón de la jaula. Le gustaste a la Sofi porque eras de color blanco. A todos nos gustabas. Solo me caías mal porque me mordiste una vez, pero te perdono por eso —Manuel sonriendo muy pequeñito, Martín hizo lo mismo— Vas a hacer mucha falta, Merengue. Todos te queríamos y te vamos a echar mucho de menos. ¡Adiós Merengue!
Cuando Ema acabó, ellos se mantuvieron en silencio. Lo único oíble era el llanto suavecito de Sofía, amortiguado por la piel de Martín. Martín meció a la niña de aquí para allá, hasta que se calmó y lo único que se escuchaba era su respiración débil.
— Va a estar bien, Sofi —añadió Manuel, pero Martín negó con la cabeza y la arrimó más cerca de su pecho.— ¿Y si... y si vamos a tomar un helado, para pasar esto? Podemos mirar los juguetes, ¿te acuerdas, Sofi, de esa muñeca que te gustaba?
— ¡Quiero un helado! —saltó Benjamín de inmediato. Ema se le unió rápidamente.
— ¿Y vos, Sofi, quieres uno? -preguntó Martín.
— Mmhm -respondió la niña, muy bajito.— Papi —susurró.
- ¿What? —respondió Martín.
— ¿Podemos adoptar otro perrito?
Manuel le dio la mano a Ema ya Benjamín, llevándolos dentro de la casa. Antes de cruzar el ventanal, le guiñó el ojo a Martín. Martín lo supo de inmediato.
— Por supuesto —contestó, siguiendo a Manuel hasta el living.
— ¿En verdad te vas a ir, papá?
La pregunta de Agustina le dolió en el pecho más de lo que él creía posible.
— ¿Vas a dejarnos?
— No —se apresuró en contestar Manuel, pero no le miró a la cara, siguió quitando la ropa que estaba en sus cajones.— Tú y tus hermanos se van a quedar con Martín.
— Pero no te vamos a ver más...
— No —repitió— Cuando arreglemos las cosas nos vamos a ver, ¿ya?
Agustina no respondió. Tenía todo su pelo marrón enmarañado y miraba a Manuel con sus ojos verdes que eran como musgos, llenos de rencor. Manuel evitaba constantemente su carita, como si no quisiera tener que ver la manera en la que estaba decepcionando a su hija. Era chica y como tal, no comprendía, pero Manuel estaba seguro que esto era lo mejor. Martín y él ya no congeniaban, (¿habían congeniado alguna vez?) y la única opción que quedaba era esta. Esta era la correcta.
Agustina dio media vuelta ante los silencios de su papá y partió corriendo a los brazos de Martín, que, acongojado y silencioso, estaba enrollado en el sillón, con una mano cubriendo a Carlitos, con la otra protegiendo a Emma. Agustina atravesó el umbral y se fue a arrullar, lentamente, hasta el brazo izquierdo de su padre. Martín recién pareció notarlo y le dio una sonrisa tristísima, que Agustina respondió con el mismo gesto.
Así esperaron hasta que Manuel apareció en el living con una maleta azul y un bolso n***o. Martín lo vio solo una vez y le sostuvo la mirada tanto como Manuel consiguió tener la decencia de repetir la mueca. Era increíble cómo se habían dado las cosas, pero Martín no culpaba a Manuel o eso trataba de hacerse entender. Si Manuel estaba enamorado de otro hombre y a él ya no lo amaba más, esto era lo que vendría. Él solo sentía una lástima grandísima por los niños, por los tres hermanitos que habían adoptado hace años y que ahora veían, de la misma manera que quizá había sucedido anteriormente, romperse su familia en instantes.
Carlitos se escapó de su brazo y en un gesto que él no esperaba, se fue a arrimar a la cintura de Manuel. Martín desvió la mirada ante eso y por eso no vio que Manuel le acarició la cabeza y trató de apartarlo, con una dulzura infinita.
— Quédate —susurró el niño, pero Manuel negó con la cabeza— Por favor.
— Cuando se arregle todo, voy a venir a buscarlos, lo prometo.
Carlitos miró a Manuel hacia arriba con una pena gigante.
— ¿Ya no nos quieres? ¿Ya no quieres al papá? ¿Es por eso que te vas?
Manuel cerró los ojos.
— Te adoro. Nunca te olvides de eso, ¿ya? —Carlitos asintió con la cabeza.— Emma, Agustina, vengan.
Las niñitas apenas se pusieron de pie. Manuel fue hacia ellas y las abrazó por minutos y Martín sintió sus ojos humedecer.
— Las amo. Las quiero mucho, mucho. No se olviden de mí.
— No te olvides de nosotros —dijo Emma. Manuel le dio una caricia en la mejilla y luego se dio la vuelta, tratando de encontrar las palabras precisas que decirle a Martín pero no lo logró y una mirada profunda fue mucho más decidor que cualquier frase que él dejara salir, presa de la pena y el rencor.
Manuel tomó su maleta y su bolso y partió hacia la puerta de la casa y los niños no se movieron por minutos, pero en el instante en que sintieron el auto andar, echaron a correr los tres, llorones y despeinados, hasta el patio. Manuel vio a sus hijos en la reja y, con el último recuerdo de sus caritas, aceleró hasta perderse camino arriba.
Martín apareció caminando lentamente. Emma lloraba a borbotones y se aferró a su cintura. Agustina entró a la casa, Carlitos la siguió después. Martín quiso tomar en brazos a Emma pero la niña se separó de él hipando.
— ¿El papá ya no te quiere más? —se las arregló Emma para decir.
Martín meditó su respuesta.
— Estoy seguro que los quiere a ustedes y eso es todo lo que importa ahora.
— ¿Entonces por qué se fue, si nos quería?
Martín no halló contestación a esa pregunta
— Las niñitas estaban felices, qué bueno que Carlitos va a estar ahí para que no se sientan tan solas...
— Ellas van a estar bien —dijo Martín, y sus manos se escabulleron por debajo del sweater n***o de cuello alto que su omega llevaba encima— y nosotros estaremos mejor.
— Mmm, ¿ah, sí? ¿Esperai que tus niños se vayan al colegio y entonces sacai las garras?
— ¿Qué clase de seducción es esa?
— No tengo idea, pero vamos.
De ahí hasta la habitación que compartían, los peldaños de la escalera se les perdieron entre besos y caricias que no se habían dado desde hace un tiempo largo. Tres niños habían reducido con consideración su vida íntima y de pronto los buenos años de la adolescencia se les habían desvanecido entre los llantos de Carlitos y la universidad y hacer encajar su nueva vida de papás con este mundo raro del que ni siquiera habían sacado provecho. Después habían llegado las niñitas, ricas y amorosas, y los habían cautivado, y estaban felices, pero, no habían olvidado cómo se sentía la piel desnuda del otro incluso dentro de la locura desatada del celo o acurrucados luego de amarse. Ahora veían la oportunidad justa, las poquitas horas que los niños gastaban en su primer día de colegio.
La puerta del cuarto estaba entreabierta y Martín ayudó con un puntapié. Manuel cayo a la cama y Martin se le subió encima como si estuviese hambriento. Se besaron profundamente, desparramando la ropa de cama e intentando quitarse la suya a trompicones. El chaleco de Manuel se deslizó por la cama y Martín se quitó los zapatos con los pies. Era como un juego, cómo sus piernas cubiertas se enredaban y cómo se tocaban los cuerpos, ansiosos, Manuel bajó el cierre del sweater gris de Martín y pasó sus manos frías por la camisa delgadita que llevaban encima.
Martín dejó salir un suspiro cuando sintió cómo las manos de Manuel le quitaban el sweater y luego, juguetonas, desabrochaban cada uno de los botones de su camisa. Cuando su cuello quedó libre y su pecho al descubierto (su camisa beige había quedado olvidada sobre la bajada de cama) notó que los labios de Manuel se deslizaban, lentos y suaves, por su piel sin ropa. Era amoroso, dulce, no había ninguna necesidad de abusar de la fuerza o de la pasión cuando no existía otra razón necesaria por la que tener sexo. Siempre hacían el amor pero Martín supo que esta ocasión era diferente. Hace mucho que no estaban juntos. Pensó en eso mientras miraba a Manuel, debajo de él, deshacerse de su polera cómo podía y lanzarla al piso.
Manuel estaba acariciando sus piernas ahora descubiertas. Cuando levantó el rostro y dejó de besarlo fue que lo notó. En la repisa había una lamparita y un par de chucherías pero lo que le llamó la atención (más que nunca antes) fueron las fotos enmarcadas de sus hijos, ahí, empinándose y viéndolos a través del vidrio con una sonrisa pequeña. Había tres cuadros en esa mesita: uno donde aparecían las dos niñitas juntas, otro con Carlos en su cuarto cumpleaños y uno en el que estaban los tres chicos. Martín sonrió tontamente y sus manos pararon de tocar la cintura de Manuel.
Él se dio cuenta.
— ¿Qué pasa? —preguntó, pestañeando.
Martín lo miró por un rato, pero no dijo nada. Se levantó e hizo que Manuel le hiciera un espacio en la cama, él no lo entendió por un rato.
— ¿Qué pasó? —volvió a cuestionar.
Martín tomó el cuadro con la foto de las niñitas.
— ¡Su primer día de colegio! ¡Ya tienen cinco años! Parece que fue ayer no más que las vi por primera vez...
Manuel se acomodó, sentándose sobre las sábanas revueltas. Se cruzó de piernas y admiró junto a su marido las caras de sus hijas.
— La Emma es realmente igual a ti... en verdad las dos se parecen mucho a ti —comentó, contento— ¿Y notaste lo contestas que estaban yendo al colegio?
— Sí —rio Martín— Agus dijo que me iba a traer un dibujo, porque le pedí que se acordara de todo lo que le pasara en la escuela... ¡es tan linda!
— ¡Están tan lindas! ¡Están tan grandes! ¡Y Carlitos está igual!
— Como un buen hermano mayor, cuidando a sus hermanitas...
— Le dije que las cuidara mucho, sé que lo va a hacer.
— ¡Es un campeón! —Martín tomó la foto de su hijo y se la quedó admirando por un rato— Es mi campeón.
— Nuestro campeón —corrigió Manuel.
— ¿Sabes qué? ¡Apenas se han ido unas horas y ya los extraño mucho!
— Yo también... ¿y si vamos a buscarlos temprano al colegio?
— ¿El primer día?
— ¿Mmm...? —Manuel sugirió, mirándolo con esos ojitos grandes que eran iguales a los de Carlitos.
Martín pensó unos momentos.
— Tenés razón. Vamos.
Emma y Agustina se miraron la una a la otra cuando la profesora recibió el papelito y las llamó en voz alta. Guarden sus cosas y vayan a la inspectoría, les dijo. Las niñas no preguntaron nada y aunque sus compañeritos se les quedaron viendo, asintieron de todas maneras, guardaron sus cuadernos en sus mochilas (que tenían el mismo modelo y solo se diferenciaban en el color) y se las pusieron en las espaldas y salieron de la sala y cuando estuvieron afuera apuraron hasta la inspectoría rozándose los hombros.
La inspectora las estaba esperando allá al lado de Carlitos, que se acercó a ellas al instante.
— Ya niños, sus papás los están esperando, ¡vayan, vayan!
Martín tenía los brazos abiertos esperando a sus niñitas, que se abalanzaron sobre él. Manuel vino a acurrucar a Carlitos en sus piernas.
— ¿Cómo les fue? —preguntó Martín de inmediato.
— ¡Bien! ¡Te hice un dibujo, papá! —contesto contenta Agustina. Martín les tomó las mochilitas y se las llevó en los brazos.
— ¡Apuesto a que es el dibujo más bonito!
— ¡Yo también dibujé algo! —saltó Emma, tomando la mano de Martín.
— ¡Quiero ver los dos!
Se encaminaron hasta el auto, los cinco juntos, comentando de las horitas en clase, de cómo eran sus compañeros, si ya tenían amiguitos. Los niños se fueron en los asientos de atrás y cuando Manuel se subió para manejar, Martín preguntó para todos.
— ¿Vamos al Mc'Donalds?
Carlitos, Emma y Agustina se miraron unos a otros. Manuel sonrió cómplice.
— ¡Ya!
Son pocos los niños en el harén, Manuel es uno, él es mezcla de india con hombre. Tiene los ojos claro de su mamá y la tez blanca de ese que vino y se fue y está arrodillado contra las alfombras y los almohadones. El príncipe lo ve ahí y se queda encandilado, manda que lo preparen y esa es la primera noche en la que Manuel tiene permitido mirarlo a los ojos (pero en verdad él no puede, porque se muere de vergüenza de lo que están haciendo).
Son pocos los niños en el harén, Manuel es uno, él es mezcla de india con hombre. Tiene los ojos claro de su mamá y la tez blanca de ese que vino y se fue y está arrodillado contra las alfombras y los almohadones. El príncipe lo ve ahí y se queda encandilado, manda que lo preparen y esa es la primera noche en la que Manuel tiene permitido mirarlo a los ojos (pero en verdad él no puede, porque se muere de vergüenza de lo que están haciendo).
El príncipe se llama Martin, es hijo de Antonio, el emperador; tiene el pelo de oro y los ojos como las joyas en las manos de su padre, camina por los pasillos del palacio con la barbilla en alto y las esclavas tiemblan a sus pasos. Él no tiene un preferido todavía, y las niñas y los niños de su harén mueren por ser el elegido para siquiera pasar una noche recostados en el lecho de Su Majestad. Manuel lo mira mientras pasa detrás de sus cortinas y sus puertas y trata de no recordar pero todos los criados allá dentro le envidian por ser aquel que captó los ojos del príncipe Martín desde el momento en que apareció en el palacio.
Una noche, Luciana, la esclava negra, se va al cuarto del príncipe. Esa misma noche, los criados le tienden una trampa a Manuel. Al día siguiente Martín se lo encuentra en uno de los pasillos, le toma el rostro y frunce el ceño ante sus magulladuras.
— ¿Qué te pasó? —le cuestionó con dureza.
Manuel no contestó, sin embargo hizo una reverencia y se marchó corriendo.
Daniel es otro de los niños en el harén. Es dulce y suave y huele a coco y Martín adora su olor cuando le quita los trapos bonitos, que lleva solo por esa noche, uno por uno. En el lecho lo besa, lo mima y le entrega el mundo por horas. Pero a la mañana siguiente, cuando Daniel se va, él piensa en otros ojos y desea otro cuerpo.
Manuel ya tiene de vuelta su cara bonita y su piel blanca y está refregando las ventanas para mantener el harén limpio para Su Alteza. Aquella que dirige el harén le ha impuesto la tarea por su mal comportamiento, pero Manuel está cansado de decir una y otra vez que la culpa es de los criados. En la noche, de todas maneras, cuando comienza a ponerse la ropa de cama, la que dirige el harén le viene con la noticia de que, esta noche, el elegido es él.
Con el tiempo, él se convierte en favorito.
Él es haseki.
Es odiado en el harén y odiado por la dinastía, es odiado por todo el mundo pero amado por el único que tiene el poder de su vida. La mamá de Martín, Lovina la emperatriz, alega que es un hechicero, que cautivó a su niño a punta de brebajes y maldiciones, ¡que es un trepador y un embustero! Pero Manuel es capaz de ir contra el destino que todos ellos le han otorgado.
Manuel, el esclavo, está enamorado del príncipe y el príncipe Martín, el próximo en sucesión al trono, ha entregado su corazón a sus manos. Allá en el palacio todos hablan a sus espaldas pero Manuel sabe que sienten envidia porque él es el único que está en la cabeza de Su Majestad.
Una noche, el príncipe está acurrucado sobre el pecho de Manuel y hablan hasta que la madrugada llega.
— ¿Cómo podría volver a estar con otros? —dice Martín— Sos mi vida entera.
— Pero hay solo una cosa que yo nunca seré capaz de darle y que todas las demás que quieren entrar a su corazón sí podrían.
— ¿Qué es eso?
Manuel lo miró a los ojos y lo besó profundamente. Cuando el príncipe se separó, el esclavo susurró:
— Un Heredero.
Ellos dicen que el príncipe se debe casar y que va a hacerlo pronto, con Micaela, una hija de nobles de la provincia vecina a la capital del imperio.
Manuel llora mares cuando está en el lecho de Su Majestad.
— Me lee poemas de amor y va a casarse con ella, ¿cómo es este amor?
— No voy a casarme con ella —responde el príncipe, caprichosamente— Me voy a casar con vos.
— Eso es imposible, Martín, usted no puede...
Al silencio del príncipe, Manuel decide ponerse sus ropas y es el único que tiene el derecho de yacer y salir de la cama de Su Alteza en el momento que desee.
Micaela es nunca una novia, Martín rechaza casarse con ella. Lovina le grita a su hijo que ese niño le ha enloquecido. La supuesta noche de bodas, es otra vez la noche de Martín y de su esclavo.
Cuando la influencia de Manuel sobre el príncipe es tan grande, Lovina la emperatriz lo acorrala, pero él no es nunca más el esclavo que llegó al palacio asustado de todos y la enfrenta también.
— Mientras yo tenga el amor del príncipe, soy indestructible.
Lovina suelta carcajadas
— Eres tan desechable en el corazón de mi hijo. Mañana llegará otro esclavo que robará sus ojos y tú ya no serás haseki. Serás expulsado y volverás al lugar del que viniste, alejarás la maldición que tu llegada trajo a este palacio, ¡tu imperio del amor se terminará!
Es el tiempo de Manuel de reír. En verdad su risa es bien desdichada, es maltrecha porque Lovina así lo desea.
— Traiga millones de esclavos y esclavas, conspire contra mí las veces que quiera, esparza rumores sobre mí, ¡intente separarme del príncipe a través de la muerte! ¡Nada puede tocarme! ¡Soy Manuel Haseki y yo gobierno al lado de Su Majestad! ¡Soy el esclavo que ascendió hasta la cima del mundo! No hay fuego que pueda quemarme, ¿sabe por qué? —Manuel aguardó unos segundos y finalmente, le declaró a la emperatriz— porque yo soy el fuego.
Todos aquellos que intentaron entrometerse en el amor del príncipe Martín y de Manuel fueron arruinados. Es un hechicero, un brujo, repetía el palacio y a la muerte del padre de Martín y su ascenso al trono, el esclavo, ese que venía de los Bosques Araucanos, el hijo de una india y de un hombre, se volvió más fuerte que nunca.
El día de la coronación de Martín, Manuel proclama en el harén, para que todos los criados escuchen:
— Soy Manuel. ¡Aquel que todos aman! ¡Y aquel que todos odian! El que crea y destruye, el que da la vida ¡y la quita! Ascendí desde esclavo a la cima del mundo, caminé a través del fuego y del hielo. ¡Toda mi riqueza se basa en el amor que el Emperador y yo compartimos!