Cuando los policías finalmente rompen la puerta, sé que no les tomará demasiado tiempo cruzar al sótano.
Deducirán que estamos aquí.
Manuel no grita más, ya no tiene cadenas ni en las muñecas ni en los tobillos.
Lo liberé hace algunas horas.
Manuel está todo pálido, lleno de moretones y cicatrices. No hay camisa que cubra su pecho, sus jeans están rotos. Está sucio, su cabello es un desastre.
Manuel, te amo.
Manuel mira hacia la puerta del sótano, abierta para que ellos me atrapen.
Sé que ellos me van a atrapar.
Vivo o muerto, a quién le importa ahora.
''¿Manuel?'' llamo.
Manuel no responde. Toco la pistola en mi bolsillo.
Los ruidos en la escalera, ellos están llegando.
''Manuel, por favor'' susurró y entonces me volteo para verlo. ''Manuel, ellos nos van a separar, ellos no quieren que estemos juntos. Manuel, por favor, por favor, Manuel''.
Estoy tan asustado, tan confundido y tan excitado. Sostengo firmemente la pistola en mi mano. En un momento, no sé cuándo, la pongo en su sien. Manuel abre la boca, pero ya no puede gritar. Veo sus lágrimas rodando por sus mejillas y estoy tan acostumbrado a eso, tan acostumbrado...
''Manuel, tengo que matarte pero no quiero hacerlo. Manuel, ¿qué puedo hacer?'' Casi estoy llorando, mis dedos están justo en el gatillo. Manuel agacha la cabeza.
Están tan cerca, los escucho.
''Manuel'' grito. ''Manuel, te amo. Manuel, te amo tanto, no puedo hacerte esto. No esto. Manuel, por favor, sálvame, porque duele tanto. Manuel'' murmuro en su cabello, en su pelo opaco y marrón. Beso cada hebra, sé que no voy a ser capaz de hacer eso cuando desaparezca.
Porque está decidido y con mucho gusto lo acepto. Empujo a Manuel y ni siquiera me importa si está herido. Le he hecho daño tantas veces antes.
Coloco la pistola en el costado de mi cabeza y aprieto el gatillo.
No hay nada que lamentar. Podría decir ''perdón'' pero sé que me iré al infierno de todos modos.
Me gustaría poder llevar a Manuel conmigo, pero ese sería mi error.
La policía llega. Ven mi cadáver en el suelo cubierto de sangre.
Escuchan lamentos. Al principio no lo entienden.
Al principio yo tampoco lo entiendo.
La cara de Manuel está escondida en mi cuello. Sus manos están rodeando mi pecho.
Él está llorando porque yo morí. Está llorando por mí, porque me ama y nadie quiere perder a un ser amado.
Manuel repite ''no me dejes, no me dejes, no me dejes'' una y otra vez.
Me pongo tan feliz cuando los policías no pueden alejarlo de mi cuerpo, tan feliz cuando los veo dejar de intentarlo.
Manuel llora tan fuerte, tan fuerte, es increíble.
Él susurra en mi oído ''nos vamos a encontrar otra vez''.
Y yo estoy totalmente de acuerdo.
Santiago, Chile.
Arthur les había dicho 'ustedes no se han juntado en años, y miren, sus fans los siguen idolatrando, ¿acaso creen que no llenarán de gente cualquier lugar donde anuncie que se presentarán?' Arthur tenía razón, Arthur siempre tiene razón y la vez en que él y Martín no le hicieron caso, fallaron sin remedio.
Arthur estaba viejo, la vida agitada y sin fronteras del espectáculo le había pasado la cuenta. Manuel lo recuerda imponente y fresco, con esa cara tan especial que tenía; esa tarde, antes de comenzar el show en Santiago, aún trataba de decirles cómo pararse en el escenario, cómo mirarse, qué decir, cómo acercarse, qué demostrar, cómo tocarse...
Martín también estaba viejo, o será que Manuel se miraba al espejo y se veía la cara y todo el mundo le parecía más viejo, porque su lozanía se había ido al tacho de la basura. Martín tenía un poco de barba, pero quizás no era adrede, sino que tenía esa barba que crece por el descuido, pero su ropa no parecía descuidada y Manuel frunció el ceño ante la contradicción.
Hacía siete años que no pisaban un escenario juntos para dar un concierto completo y la vida los había cambiado a los dos, aunque muchísimo antes de que decidieran que sería el final de D.E.K.A. Manuel se había casado hace un par de meses y su mujer estaba esperando, Martín seguía soltero, pero era padre de dos niños. Así habían derrumbado toda la imagen que Arthur les había creado en la adolescencia (y de paso, por cierto, lastimar el corazón de millones de fans cuando dijeron 'no somos gays').
Pero ese lemita de 'no somos gays' se va a tierra en el momento que salen al escenario entre las luces y los gritos, porque saben que éso es lo que sus fans están esperando. Que se miren de cierta manera, que se toquen mientras cantan, que se dediquen cada verso y por qué no, que vuelvan a besarse como lo hacían cuando apenas y eran quinceañeros.
Ya no visten más sus trajes de escolares, sus pantaloncitos grises, sus camisas blancas, y sus corbatas desordenadas, aunque no sería raro que Arthur insistiera que para algún otro concierto del tour vuelvan a vestirse así. Manuel nota que la voz de Martín también ha cambiado cuando grita hacia el público:
Not gonna get us!
Solía tener la voz más aguda que él, pero el tiempo lo cambia todo.
They're not gonna get us! Not gonna get us! Not gonna get us! They're not gonna get us!
Por las pantallas aparece el video polémico y Manuel lo mira por instantes, esas caras juveniles, esos cuerpos inmaduros.
— Starting from here, let's make a promise. You and me, let's just be honest —canta, mirando a los ojos de Martín. Los fans gritan porque pueden notar que todavía existe esa conexión entre ambos. — We're gonna run, nothing can stop us, even the night that falls all around us.
— Soon there will be laughters and voices. Beyond the clouds, over the mountains —le sigue Martín, estirando la mano. Por algunos momentos Manuel lo duda, pero finalmente la estrecha entre la suya. Con solo ese contacto todos aquellos que han venido a verlos ser los de antes gimotean desesperados— We'll run away on roads that are empty. Lights from the airfield, shining upon you!
Cuando se toman la mano y la aprietan fuerte y corren por el escenario, cantan los dos juntos nothing can stop this, not, no, I love you y dejan que los fans griten que ellos no los atraparán, no los atraparán. Martín solía cantar esos they're not gonna get us, pero su voz se ha vuelto más sensible con el tiempo. Cuando vuelven a repetir la estrofa, esta vez no están corriendo y se están mirando fijamente a los ojos. Nothing can stop this, not, no, I love you cantan a coro y continúan observándose cuando los fans ayudan.
— Not gonna get us —susurra Manuel, con la voz aguda de sus días de adolescencia y así se queda, saltando de un lado a otro mientras Martín camina por el escenario con el micrófono hacia el público, incentivándolos a cantar con ellos.
— We'll run away, keep everything simple. Night will come down, our guardian angel —Manuel continúa y en la pantalla gigante detrás de ellos, el video de la canción sigue rodando. Están en ese camión grande, Martín está manejando, hay fotos de ellos cuando guaguas, está nevando y está muy frío, pero ellos tienen que escapar. Manuel se acuerda de todo.— We rush ahead, the crossroads are empty. Our spirits rise, they're not gonna get us...
Entonces Martín vuelve a mirarlo y lo sorprende:
— Mi amor por vos, always forever —Manuel se echa a reír y sus fans gritan, si es posible acaso, mucho más alto. Martín siempre fue un juguetón, siempre se sintió cómodo con esta idea de fingir que realmente estaban enamorados e iban a escapar porque nadie los entendía; después de su risa, Manuel le sonríe con ternura— Just you and me, all else is nothing. Not going back, not going back there. They don't understand, they don't understand us!
Los fans cantan Not gonna get us, not gonna get us, not gonna get us! They're not gonna get us, not gonna get us! y ellos les siguen, que nadie puede detener esto, no, no, nos amamos, ellos no nos van atrapar! No nos van a atrapar!
Lo último que se escucha en el concierto es el choque del camión contra la cámara y luego el ruido de la máquina alejándose hasta perderse.
* *
Buenos Aires, Argentina.
Arthur está contento porque llenaron el lugar en muy pocos días, pero no está tan feliz con los resultados de los conciertos. Es que tienen que acercarse más, ¡la gente creerá ese rumor de que se odian! ¡Y no es cierto! No lo es, ¿verdad? ¡Cuando canten All the things he said, van a besarse! Manuel y Martín se miraron y luego alejaron la vista rápidamente. Podían sostenerse de las manos y cantar mirándose a los ojos pero darse un beso... darse un beso es algo diferente.
En realidad, solían hacerlo en cada concierto cuando eran chicos. Tenían quince años y estaban emocionados por lo que era distinto, por lo nuevo. Manuel solo había dado un beso de piquito antes de darle un beso real a Martín, precisamente en el video clip de All the things he said. Nunca se lo dijo a Martín. Nunca se lo dijo a nadie. Y volver a recordar eso, es raro.
Pero a las once de la noche, un poco pasaditas, ellos cantan su última canción. Esta es realmente la última, esta es la despedida. Ellos dudan volver a reunirse después de terminados estos shows. En una de esas, sí. En una de esas los invitan a algún programa y cantan All about us y dejan felices a los fans que los van a ver porque pueden darse un abrazo cuando Manuel canta they don't know, they can't see... Pero nada es seguro y mejor dar por acabados estos encuentros.
Manuel está seguro que eso es lo que piensa Martín, pero no puede preguntárselo.
En la pantalla está otra vez un video, el video de esta canción, el polémico video. Empieza de a poquito la canción que alcanzó los primeros lugares en los rankings musicales mundiales y ellos abren la boca.
All the things he said, all the things he said running through my head, running through my head, running through my head! All the things he said, all the things he said running through my head, running through my head, all the things he said!
— This is not enough! —canta Manuel.
Martín lo mira y entonces sabe que es su turno y comienza, explicándole al público:
— I'm in a serious s**t, I feel totally lost, if I'm asking for help it's only because being with you has opened my eyes. Could I ever believe such a perfect surprise? —Y cuando dice eso último, acerca de la sorpresa perfecta, apunta a Manuel.
— I keep asking myself, wondering how I keep closing my eyes but I can't block you out —susurra Manuel, cantándole a Martín, preguntándole con los ojos cómo eso puede ser posible. Cómo es que no puede alejarlo de su mente.— Wanna fly to a place where is just you and me —canta, primero señalando a Martín y luego a él mismo— Nobody else so we can be free. Nobody else so we can be free!
Para cuando están repitiendo el coro, ellos toman lados distintos del escenario y cantan con desplante, con energía, como cuando eran muchachos. Cantan de todas las cosas que él dijo, se mueven de aquí para allá, le toman las manos a las fans, saludan a su público, se entretienen, pero están separados. Sabe que la gente que ha llegado a verlos está esperando ese momento.
Cuando la música viene a reemplazar la voz, durante unos segundos no dicen nada, hasta que finalmente Martín le murmura:
— ¿Te acordás de lo que hacíamos en esta parte?
El grito de los fans es instantáneo. Manuel le sonríe.
— Sí, me acuerdo.
Pero siguen en lados opuestos del escenario. Manuel da el primer paso y se acerca y Martín lo sigue. En la expectación del público y los sonidos del teclado se reúnen. Se miran como en los viejos tiempos, sin embargo aún indecisos. Manuel tiene los ojos fijos sobre los ojos verdes de Martín y no quiere admitir que la mano con la que sujeta el micrófono le tiembla. Martín también está nervioso y no sabe muy bien cómo acercarse. Da un paso hacia adelante y Manuel da otro. Cuando finalmente se agacha para dar un indicio, Manuel estira su cuerpo y es él quien lo besa.
Los gritos de los fans son inalterables. Están todos emocionados, todos felices, porque esto era lo que estaban esperando. Martín y Manuel se besan por segundos pero para todo el público es una eternidad. Cuando se separan, Manuel tiene una sonrisita tonta porque ahora le toca cantar a Martín y todavía tiene el saborcito que recuerda tan bien sobre los labios.
— And I'm all mixed up feeling cornered and rushed. They say it's my fault but I want him so much. —Manuel susurra sobre su voz 'yo también' y el público estalla otra vez. Martín vuelve a cantar pero se aguanta la risa— Wanna fly him away where the sun and the rain come in over my face, wash away all the shame...
— When they stop and stare don't worry me, porque siento por él lo que él siente por mí! —le sigue Manuel— I can try to pretend, I can try to forget but It's driving me mad, going out of my head!
El coro es lo mismo, pero esta vez están sujetos de las manos y recorren el escenario juntos. Cuando es el turno de Manuel, todavía está apretando muy fuerte la mano de Martín.
Mother, looking at me. Tell me, what do you see? Yes, I've lost my mind.
Martín lo mira. Recuerda tantas cosas. Este es el adiós final, se dice después. Si es el final...
Daddy, looking at me. Will I ever be free? Have I crossed the line?
El concierto termina y en esos momentos ellos están en sus habitaciones. Martín está ordenando su ropa y de vez en cuando revisa su celular y lo que la gente publica en las r************* acerca de su concierto. Al parecer, el beso dejó satisfechos a todos. Martín se ríe. En verdad, también le dejó satisfecho a él. Es que era natural, estar ahí y no besar a Manuel como los viejos tiempos no podía ser permitido. Eran un grupo, ellos se habían querido, habían pasado muchas cosas juntos, ¿cómo no despedirse de Manuel con el beso que era tan esperado?
Alguien golpeó a la puerta y Martín se sobresaltó un poquito. Se levantó a abrir y agachó los hombros cuando vio que se trataba de Manuel. Manuel no le pidió permiso para entrar, simplemente lo hizo.
— Si esta va a ser nuestra despedida, que sea una despedida que nunca olvidemos.
Eso fue lo último que dijo. Minutos después la puerta ya había sido cerrada.
Martín la había deseado por mucho tiempo. Cuando se enteró de que esperaban su primera guagua había tenido ganas de que en unos meses más la colega le dijera que era una nena y, sin embargo, la noticia de que tendría en los brazos un chico le había desilusionado tanto como le había alegrado, luego de imaginar que los niñitos también son bien apegados al papá. Siempre podía jugar a la pelota con él, enseñarle cosas, convertirlo en una pequeña copia suya.
Eran bien jóvenes cuando llegó Carlos; diecinueve años, veinte por ahí, y no tenían idea de las guaguas, pero Martín jamás había pensado, como lo hacían otros alfas, en ir y pagar para que alguien les quitara lo que consideraban un problema de encima. La universidad se venía arriba, sí, Manuel la había dejado, ¿y qué? Después de nueve meses tuvieron un niñito precioso. Unos días después de que nació, su omega le dijo que él no parecía tan encantado con el niño y Martín se echó a reír y le dio un beso en la boca porque eso era mentira; Adoraba a su hijo porque tenía el pelo rubio como él y porque ni lloraba por las noches y era bien tranquilo, Martín se pasaba leyendo sus libros de anatomía con Carlos recostado al lado de su cama.
Pero nada de eso podía aplacar el hecho de que había querido una nena y que lo que le nació en vez fue un varón. Esa vez que vio, después de hartos años de lejanía, a su primo Sebastián, a Luciano ya su niñita, la Simone, los tres no más, se imaginó que así podrían haber terminado él y Manuel y sin más niños. En realidad, Martín era un alfa y como tal, quería tener muchos hijos corriendo por la casa, pero se habría visto satisfecho por muchos años si es que su primogénito hubiera sido una mujer.
Manuel no había querido tener más hijos, pero nunca se lo dijo directamente. Su excusa siempre era la universidad. No todos los omegas terminan sus estudios superiores y Manuel quería demostrarles a sus padres, sobre todo, que no importaba nada que había tenido una guagua a los diecinueve; graduarse en Letras Hispánicas fue su meta durante un largo tiempo. Martín lo había respetado, pero ese encuentro con la familia de su primo, ese detalle que era Simone Da Silva, había calado hondo en él. A Manuel solo le quedó un semestre, Martín le botó el frasco de supresores al día siguiente de ese encuentro.
La Emma no había nacido hace mucho y Martín no podía dejar de cogerla en brazos durante todo el día. Era tan chiquitita y tan blanca, con su cabello rubiecito y sus ojos medio verdes, medio marrones, indescifrables todavía por su edad. Había ocupado el post natal y se había quedado en casa desde que la nena nació, ocupándose de todo, prestándole atención a todo, tomándola en brazos a cada minuto, la Emma casi nunca pasaba en su cuna o siendo cargada por su papá omega. Le daba la papa, veía la televisión con ella recargada en su pecho, la tenía sobre él en todo momento. 'Déjala tranquila' le decía Manuel a veces, sentándose a su lado y cuando quería cargar a su niña, Martín le miraba con desconfianza, bien a regañadientes se la entregaba.
La había deseado por tanto tiempo y ahí estaba, durmiendo en su cunita, en esa habitación que, ¿no era demasiado grande para ella?
— No tengo problema en que volvamos a poner la cuna en nuestra habitación, lo juro.
Manuel estaba en el umbral de la puerta del cuarto de su niñita y emocionada, porque Martín lo había notado al instante.
— Estamos en la pieza de al lado, Martín, cualquier cosa que necesite, lo vamos a saber. Dale, vamos a acostarnos. Ya acosté a Carlitos, vamos a dormir.
-Bien. Pará, déjame darle un beso.
- ¡No! —se quejó Manuel— ¡Vai' a volver a tomarla en brazos, déjala tranquila!
Martín retrocedió; La Emma se retorció despacito sobre las sábanas y suspir.
— Debes estar súper cansado.
—No importa.
—Estai'chocho.
— La quise mucho.
—Y ya estás aquí. Ven, vamos a acostarnos.
Manuel le tendió la mano y Martín la sostuvo. Apagó la luz de la habitación de la Emma, entrecerró la puerta y siguió a su omega camino a la habitación que compartían.
Ese día la Emma no había ido al colegio, y andaba en piyama, acurrucada ahí en el living de la casa con su tablet en las manos y su pelito desordenado cayéndole por las mejillas bien sonrosadas. Manuel había cancelado una clase y se había querido quedar con su niñita de puro regalón que se ponía cuando la Emma estaba enferma; Martín tenía horas más tarde en la clínica así que había resultado que los dos papás estaban en la casa ese día. Manuel le había dicho un par de veces a la niña que se fuera a su pieza porque era temprano y estaba tan fría la mañana y podía ponerse más mal de lo que ya estaba pero la Emma, con su voz gangosa y aguda había rechazado cualquier invitación de su papá para ir al segundo piso y hasta había negado el ofrecimiento exquisito que le hizo Martín de llevarle el desayuno a la cama y comer los cereales con ella.
Estaba escuchando canciones de la Violeta también, tarareando ahí, mientras Manuel se paseaba de un lado a otro, sonriente y amoroso, enternecido quizá de verla tan chiquitita y rubia. Martín se sentó entonces, un par de minutos después, a su lado y le puso la chaqueta que tenía encima de los hombros. La Emma se removió incómoda por el nuevo peso.
— Papá —dijo de repente. Martín había tenido la intención de encender el televisor, pero la voz de su hija lo distrajo y terminó pendiente de ella no más.
— ¿Qué pasa? ¿Querés algo más para comer?
— No, es que tengo una pregunta. —le contestó ella.
Martín se acomodó en el asiento y le miró a los ojos.
— ¿Qué pasa?
— ¿Cuál es la canción tuya y del papá?
La pregunta de la Emma lo pilló a Martín desprevenido. Entrecerró los ojos y le sonrió pero era una sonrisa de duda y a la vez de curiosidad.
— ¿La canción mía y de Manuel? ¿Por qué estás preguntando eso?
— Es que la Violeta tiene una canción con su pololo, ¿tú y el papá también tienen una canción?
Lo pensó un rato Martín, luego le contestó con picardía.
— Sí.
— ¿Cuál es? —preguntó la Emma, emocionada.
— Pregúntale a tu papá.
— ¡Papá! —llamó la Emma de inmediato y Manuel, el pobre, pensando que algo malo le había pasado a la niña, echó apuros desde el segundo piso y estuvo en poco tiempo allí. Miró la cara de Martín y vio su sonrisa y luego la sonrisa de la Emma y supo que algo no estaba muy bien, porque la Emma era igual a Martín y cuando los dos sonreían de ese modo, había que ser cauto.
— ¿Qué pasó? ¿Te duele más la garganta? ¿Te doy un dulce de miel?
— No, no, es que le pregunté al papá si tú y él tenían una canción porque la Violeta y su pololo tienen una canción y él me dijo que sí y que tú me dirías cuál es.
— ¿Una canción? ¿Una canción como... que nos hayamos dedicado?
La Emma movió la cabecita hacia arriba y hacia abajo con entusiasmo.
— ¿Qué cosas le andai' diciendo, Martín?
— Ella me preguntó si teníamos una canción y yo le contesté –dijo Martín, poniéndose de pie. Manuel retrocedió unos pasos cuando, finalmente, su marido se ubicó cerca de su cuerpo— Y sí tenemos una canción, ¿te acordás?
Ahí, después de unos momentos bien vagos de silencio, de expectación de la Emmita, Manuel acabó sonriendo, pero era como que quisiera y no quisiera al mismo tiempo, era media chistosa la forma en que sus labios se contraían y después su nariz se ariscaba y como que daba la impresión de que se quería reír pero estaba resistiendo a duras penas.
— Sí... sí me acuerdo —dijo, con ese tonito de voz que ocupaba cuando decía cosas maliciosas— Es una canción super bonita, Emma —le habló después a la niña.
— ¿Cuál es? —preguntó la chiquitita, dejando su tablet de lado.
En un movimiento bien rápido, Martín estiró sus brazos. Manuel dio un gritito ahogado de sorpresa, de ver finalmente envuelta su cintura en las manos de su marido. Era una sensación tan conocida, tan pura y suave, con concordancia le enredó los brazos en el cuello y esperó por lo que Martín tenía que decir. No se sorprendió de escucharlo cantar esas palabras que se sabía casi de memoria.
— Hoy le pido a mis sueños que te quiten la ropa, que conviertan en besos todos mis intentos de morderte la boca. Y aunque entiendo que tú, tú siempre tienes la última palabra en esto del amor, hoy le pido a tu ángel de la guarda que comparta, que me de valor y arrojo en la batalla pa' ganarla...
— Y es que yo no quiero pasar por tu vida como las modas...
— No se asuste, señorito, nadie le ha hablado de boda...
— ¡Mentira! —saltó Manuel hacia atrás, sorprendiendo a Martín— ¡Mentira! ¡La regalada de anillo vino muy rápido!
— ¿Tú le regalaste un anillo al papá? —preguntó la Emma con su cabecita estirada. Martín no la miró pero estaba asintiendo.
— No arruines la canción —se quejó y volvió en un ratito a cantarle en el oído— Yo tan solo quiero ser las cuatro patas de tu cama, tu guerra todas las noches, tu tregua cada mañana...
— Quiero ser tu medicina, tus silencios y tus gritos, tu ladrón, tu policía, tu jardín con enanitos. Quiero ser la escoba que en tu vida barra la tristeza...
— Quiero ser tu incertidumbre y sobre todo tu certeza. —finalizó Martín.
— ¿Esa es su canción? ¡Es muy bonita! —saltó la Emma, poniéndose de pie. La chaqueta de Martín se deslizó hasta el suelo alfombrado— ¡Yo también quiero tener una canción cuando tenga pololo!
— Ah, no —dijo Martín; Manuel estaba pasándose la lengua por los labios en espera del beso que veía venir. En realidad, nunca llegó ese beso porque Martín era un papá sobreprotector a quién no le cabía en la cabeza que algún día su nena iba a querer a alguien más (a alguien más que no fuese él o Manuel)— Novio, nunca. Además, ¿por qué piensas esas cosas? ¡Estás muy chica!
— ¡No! ¡Tengo siete! —la Emmita alegó, Manuel se apegó a los brazos del papá de su hija.
— No me importa, ¡nunca!
— Deja de molestarla...
Martín lo miró bien caprichoso, pero Manuel estaba demasiado templado como para siquiera alejarse de él.
— Oigan... —dijo la Emma, después de un ratito. Tenía las manos detrás de la espalda y se movía de aquí para allá con sus onditas rubias hacia un lado y otro— Dense un beso...
— ¡Un beso! —contestó Martín, con una sonrisa— Es que tu papá no quiere...
— ¿Quién dijo que yo no quería? —respondió Manuel.
Martín le tomó de las mejillas en un movimiento bien apurado y le besó como si él nunca pudiera haber predicho alguno de sus movimientos. Más atrás, la Emma aplaudía contenta. Cuando su marido se separó, Manuel volvió en búsqueda de sus labios por otra vez, pero entonces la Emma frunció el ceño y puso carita de asqueada y dijo: ¡iughh! ¡mucho!