En verdad el primer año en la Universidad había sido bien desdichado, pero no era esto porque sus notas no eran tan buenas como en el colegio o porque sus compañeros de carrera eran todos unos sacos de huevas, en realidad, era todo lamentable porque había un solo muchachito que había hecho su vida insoportable.
Martín se llamaba, Martín Hernández, estudiaba Filosofía, pero no tenía ninguna pinta de filósofo. No era un pensante, era un actor. Cuando los designaron compañeros de habitación, Manuel pensó que estaba bien, que ahora iba a poner de su parte y que si, acaso se le hacía difícil encontrar amigos en Letras, iba a tener siempre a su compañero de habitación, pero estaba tan equivocado.
Martín era todo menos su amigo. No respetaba sus horarios y se echaba en su cama cuando él no estaba en el cuarto. Se comía su comida e invitaba muchachitas cuando él estaba estudiando, ponía la música (música horrible) a todo volumen y tomaba cervezas por las noches. No es que Manuel sea un pacato, pero, por Dios, es un hombre decente.
— ¿Podí por favor dejar de comer papas fritas?
— ¡Ahora ni siquiera puedo comer! ¿Qué vas a prohibirme después, respirar? —atacó Martín.
— O por lo menos —siguió Manuel, el libro que tenía en las manos llevaba por nombre Popol Vuh— Baja la música, en verdad necesito leer esta cuestión.
— Te pasas toda la vida leyendo, vení, te ofrezco algo para tomar y comes mis papas fritas.
— ¿Terminaste de leer tus textos?
— ¿Qué textos?
Así era algunas veces, otras era todo más complicado.
— ¡Te dije que dejaras de tomar mis cosas!
— ¡Necesitaba un bolígrafo!
— ¡Cómprate tus huevadas y no tomes las mías!
- ¡Aprendé a compartir, egoísta!
Algunas hasta eran medio ridículas.
— ¿Por qué invitaste a esa mina a nuestra pieza?
— Porque también es MI pieza y hago lo que quiero, ¿qué te importa?
— Hueón, tuve que taparme con las sábanas para no ver las huevadas asquerosas que hacían.
— ¡Voyerista! ¡Y celoso!
— ¡No estoy celoso!
En realidad, sí lo estaba, un poquito.
Un día, Manuel tomó una decisión:
— Mira —Llamó su atención. Traía una huincha adhesiva amarilla en las manos-.
— ¿Para qué es eso?
— Easy. Esta huincha separará tu territorio de mi territorio. Vamos a hacer esto —y así fue, pegó la cinta desde el closet atracado a la pared que compartían hasta donde se dividían los dos veladores en los que tenían puestas unas lamparitas. Martín le miraba atentamente; quedó en el lado derecho de la cinta. Cuando Manuel terminó, hubo un suspiro sentido.
— Listo. Tú te quedas ahí donde estás y yo tampoco cruzo esta línea, entonces no vamos a tener que pelearnos otra vez. ¿Qué te parece?
— Es la idea más estúpida que tuviste, ¿y qué si quiero cruzar la línea? —dijo Martín desafiante. Manuel se sorprendió de que si quiera se atreviese a preguntar consecuencias.
— No, po. Es que no tienes que cruzarla. No, no más. Es por nuestra sana convivencia.
Martín siseó divertido. De un zancado llegó al lado de Manuel. Manuel se adelantó temiendo un ataque sorpresivo pero no fue precisamente un ataque. Martín lo empujó y Manuel cayó a la cama, sentado contra los almohadones, Martín se sentó junto a él y acercó su cara, entonces le susurró:
— Esto es lo que yo llamo una sana convivencia.
Manuel tenía que admitirlo, su filósofo compañero de cuarto tenía unos ojos y unos labios muy atractivos. Cuando quiso empujarse hacia adelante para ser él quien finalmente tocara su boca, Martín se alejó sonriente y de un tirón. Manuel pestañeó con rapidez; diría que estaba un poco frustrado y no habría mentira.
— Perdón —dijo el filósofo, con el ceño acongojado— No puedo, tengo que quedarme en mi lado de la línea.
Daniel siempre se había encargado de conducir pero Martín no sabía si era tan buena idea que viniera con él a recoger a los niños. La última vez que la Emma lo había visto lo nombró ''la madrastra de la Cenicienta'' y si bien Carlitos parecía adaptarse mejor, Martín estaba seguro de que finalmente para él Daniel siempre sería un extraño, casi como el hombre que se encargó de destruir la vida cotidiana que conocían hasta hace dos años.
Martín y Daniel habían comenzado a salir después de unos meses, luego que Manuel y él rompieron su vínculo. Eran buenos amigos y en esos tiempos en los que Martín estaba destrozado, Daniel se había erguido como un confidente y finalmente, como el omega que vendría a reemplazar la unión que solía tener con Manuel. Separarse había sido el peor dolor que había experimentado, sentir su olor desaparecer del cuerpo del hombre que había dormido con él por once años le había lastimado sin igual. Dejar de ver a sus niños todos los días significó una pena tan profunda, que le había confinado por largas semanas a su habitación; casi pierde el trabajo por eso. Pero por más increíble que fuera, Daniel le había entregado apoyo y cariño y Martín había llegado a amarlo tanto como para comprometerse con él.
Podría ser prematuro, estaba seguro de que eso quiso decirle Manuel cuando él le contó que tenía una nueva pareja. Manuel no tenía a nadie y probablemente había querido sacárselo en cara, pero no lo había hecho porque los niños estaban escuchando detrás de las puertas. Entonces le murmuró que estaba feliz por él, pero que no esperara que los niños se enamoraran de ese hombre también. Y al final, era verdad, cuando veía a Daniel, Carlitos lo saludaba con una sonrisa forzada y la Emma ni siquiera le estiraba la mano.
Pero allí estaban, conduciendo por Camino Las Flores, derecho a la casa en la que había vivido tantos años, en la que había amado tantos años, dejarla fue una tempestad. Cuando cruzaron por el círculo de casas iguales, Martín notó un auto extraño estacionado frente al portón de su casa y a los perros moviendo las colas porque ya podían sentir su olor.
— Hola, chicos, hola, ¿me extrañaron? —le dijo a los perros, metiendo la mano entremedio de la reja para poder acariciar sus orejas.
— Qué lindos tus perros —dijo Daniel, bajando del auto. Tocó el timbre por Martín y esperaron los dos a que Manuel apareciera.
— Pensé en llevármelos, pero los chicos los adoran.
— ¡Ah! ¡Hola, Martín!
Manuel venía sonriente con las llaves en la mano y Martín pensó que hace tiempo que no lo veía tan contento, que no podía oler en él ese aroma que demostraba que estaba feliz. Se preguntó si acaso había pasado algo bueno, algo extraordinario, si acaso algo les había sucedido a los niños, pero no quiso parecer uno de esos alfas preguntones que controlaban a sus ex parejas. Se supone que de ahora en adelante no debería importarle las cosas que Manuel hiciera en su vida privada. Otra vez, estaban separados.
— Hola, Manuel... -murmuró con suavidad.
— Hola —contestó Daniel. Manuel le dio la mano y los dejó pasar.
En el antejardín los perros saltaron a sus regazos y Martín los llenó de mimos, pero lo que le llamó la atención fue que los chicos no corrieran hacia él. Se volteó a mirar a Manuel, que había comenzado a charlar con Dani.
— ¿Y los chicos?
— Están adentro, están con... con un amigo.
— ¿Con un amigo? —cuestionó Martín, con el ceño fruncido.
— Sí, es que voy a salir, estaba esperando que llegaras a buscar a los niños.
Martín cruzó el umbral de la casa y lo primero que le golpeó la nariz fue el olor de otro alfa. El olor de otro alfa mezclado con el olor de sus niños y con el olor que Manuel había recuperado luego de la separación. Eso apareció de inmediato y luego fue capaz de ver a un hombre rubio de rodillas contra la alfombra al lado de la Emma y de Carlos y lo invadió una emoción rara que después reconoció como los celos, porque, ¿qué hacía un alfa desconocido arrodillado con sus niños? ¿Qué hacía un alfa desconocido en la casa de Manuel?
— Emma, Carlos.
— ¡Papito!
El hombre se dio la vuelta también y se puso de pie, con una sonrisa. La Emma corrió hacia sus piernas y Carlos se levantó perezoso. Él los beso y luego los contuvo en sus brazos, mirando fijamente al hombre rubio.
— ¡Ah! Este es Arthur, es... es un amigo. Arthur Kirkland.
— Hola —dijo el mismo, con su español rasposo y ofreciendo la mano y Martín la recibió con el ceño fruncido.
— Entonces, ¿van a quedarse en tu casa...?
— No, vamos a salir a comer afuera. Con Daniel —remarcó Martín, pero no dejó de mirar a Arthur, como si quisiera marcar el territorio, como si le dijera que estos dos omegas y estos dos betas le pertenecían a él.
— Ah, bacán. Bueno, vengan a darme un beso —dijo Manuel, estirando los brazos hacia sus niños. La Emma y Carlitos le besaron los labios y tomaron sus mochilitas, después se volvieron hacia su padre y no saludaron a Daniel.— Pórtense bien, háganle caso en todo a Martín. Los quiero mucho. Nos vemos en unos días más.
Manuel sonrió a Martín y Daniel como si esperara que se largaran y Daniel entendió el mensaje, levantó la mano para decir adiós y fue el primero en salir, teniendo cuidando con los perros. Martín le dijo a los niños que caminaran hacia el auto y Arthur corrió a despedirse de ellos. Cuando pasó por el lado de Martín, el doctor acomodó los hombros.
Estando solos, se acercó a Manuel. Manuel le veía con el mismo rostro que solía reflejar en cuanto las cosas se ponían mal y Martín tenía el derecho de cuestionarle. Cuando Martín estaba casi rozando el pecho del que fue su omega por once años, habló:
— Quién es él —preguntó de inmediato.
Manuel levantó la barbilla, desafiante.
— Un amigo, acabo de decirte.
— ¿Un amigo?
— Martín, tú ya no eres mi alfa —respondió— Y yo ya no soy tu omega. No puedes controlar lo que hago y lo que no. Arthur es un amigo y si lo que quieres saber es esto, pues no, no me he acostado con él. ¿Te acostaste tú con Daniel?
Martín se quedó callado pero le siguió viendo. En algún momento le había sostenido el brazo fuerte, cuando Manuel lo increpó, él tuvo que soltarlo.
— Adiós, Martín. Cuida a los niños.
Manuel avanzó antes y Martín se quedó allí, preguntándose si de verdad había tomado la decisión correcta hace dos años atrás.
Ha habido noches peores que ésta, sonidos más aterradores, ha visto acciones más concretas y un sinfín de situaciones más extremas, pero hay algo sobre hoy, que hace que simplemente sea distinto a todo lo que han vivido juntos, que es como si se transformaran , como si se desvanecieran para renacer en un corcel que necesita de espuela y varilla que lo excita, y no hay nada que los pueda detener ahora, la tragedia florece oscura en todo lo que tocan.
Como un sonámbulo, puede oler que no esté cerca. Como un carnívoro saldría a buscarlo entre los pisos si no supiera que lo único que debe cruzar es el pasillo que conduce a la cocina, lo haría si no le oyera hacer las cosas que él mismo ganó. El ruido se mezcla sin embargo con los gritos de los cuervos parados contra los árboles de la casa, y el cuerpo se le mueve aterrado cuando se pone de pie y mira por la ventana, parece que las catedrales se llevan el anochecer al compás de sus Réquiems.
La alfombra siempre forma una exquisita sensación con sus pies, la que no cambiaría por nada, y los grandes relojes no detuvieron sus péndulos punzantes. El problema del tiempo, sabía él un millón sobre filosofía, ¿es acaso el tiempo subjetivo? Porque le parece que el recorrido de la escalera al primer piso es un largo paraje en el que se le ha ido la noche entera.
La luz de la cocina ilumina el vidrio del ventanal que da al patio y Manuel ve el reflejo del hombre que está buscando, inclinado contra la figura de una muchacha joven. El aire es corriente que le impulsa a seguir la dirección, sin embargo, no es suficiente para despertarle la ansiedad. Llega hasta las espaldas de Martín con tanta suavidad como se levantó de la cama, y curva la cabeza, en expresiones sinceras, casi como si fuera la primera vez que lo ve haciendo esto. Martín levanta la mirada y se le dilata la nariz.
— Te parecés a un fantasma, amor. Frío y con pasos imperceptibles.
— No imperceptibles —replica suavemente— Me notaste.
—Siempre te noto.
Manuel se acerca con lo que podría haber sido una sonrisa en los tiempos en que eran médico y paciente, y en los que se suponía que él tenía a Martín como su compañero y su referencia. Por sobre su hombro curiosa con sus grandes ojos los ojos desorbitados de la chica en la silla, está encantado de ser espectador de lo que en un momento le horrorizó.
Martín se le queda viendo y no es necesario que diga algo más. Manuel toca con su dedo la punta de la nariz de la muchacha, su piel morena estaba mojada por el sudor. Arrugó la nariz, nunca le había gustado sentir la humedad de alguien más, ni siquiera la suya propia. Martín le extendió el cuchillo.
— ¿Tendré que buscar mi comida por mí mismo? —preguntó Manuel, recibiéndolo de todas maneras.
Pero Martín no contestó. La chica en la silla gimió de susto; por la forma en la que Manuel la miraba pensó en un principio que ese hombre estaba ahí para ayudarla, pero las intenciones distaban de muchas maneras, porque Manuel no dudó en enterrar el cuchillo con maestría contra su vientre maltrecho, y tampoco titubeó cuando debía profundizar. y perforar, tanta sangre se deslizó por sus brazos en ese momento; y la sangre a la luz de la luna es preciosa. Negra, como piel de mulata, ¿cómo pudo vivir tanto tiempo sin este placer, que es mayor que el que cualquier roce con Martín pudiera entregarle?
La boca abierta de la mujer le hace lanzar una miradita llena de ternura a Martín, que está mirándolo con precaución. Se sonríen apenas, cansados. El cuchillo es como una parte de la muchacha. Su llanto emerge desde las profundidades de su estómago profanado.
— Muere como los ángeles cantan —Manuel comenta y Martín se acerca a él para abrazarle de la cintura. Están actuando como si fueron dos adolescentes que ven su película favorita, enamorados por primera vez. Pero su película favorita es el asesinato y no hay nada sobre el enamoramiento. No el común, al menos. Ten cuidado con tu ropa, susurra Martín contra su oído y Manuel se estremece porque en sus manos está la vida. Él puede decidir qué hacer. Él trabaja en ello. Y opta rápidamente por la muerte. Hay vida en ella. Manuel puede sentirlo.
Me pregunto si alguna vez me harás esto a mí, pregunta, mientras Martín se lava las manos. Reposa contra el refrigerador, meditando. Las bolsas plásticas que contiene cada parte del cuerpo de la chica (qué nombre tenía... ¿Catalina?, ¿María?) están en el congelador, no eran para la cena de esta noche, pero nunca está mal prevenir. Cuando Martín se seca con un trapito blanco, Manuel le sigue hasta el salón.
— ¿Y? —pregunta. Se ve ansioso. Martín le sonríe con confianza.
— Te aplastaría contra mi boca, te tumbaría y te abriría las entrañas... para vivir dentro de vos —les brillan los ojos a ambos. Sus dedos helados se deslizan por los huesos de los pómulos de Manuel—Yo nunca te haría daño.
— ¿Porque si me mataras, no habría nunca más un Manuel?
— ¿A qué va este interrogatorio? —dice burlón, tomando distancia. Pero Manuel se niega a separarse de él esta noche.
—Por eso. Porque me necesitas.
— Siempre necesitamos a alguien que se parezca a nosotros.
— ¿Y qué va a pasar cuando te aburras de mí?
Martin piensa en eso férreamente.
— No me voy a aburrir nunca.
Manuel pestañea, sorprendido. Pero Martín se sorprende más al sentir que su cintura está enlazada por la tela suave el piyama de franela de Manuel, y le invade el espacio el perfume característico que hace a este hombre curioso tan fascinante para él. El olor a la locura. El aroma a la extrañeza. La pincelada de arrebato, el dulce aliento de pura empatía flotando por los alrededores. Manuel expele eso y más, idéntico a sí mismo, por eso ha sido cautivado. Porque años había estado esperando que alguien fuera capaz de saltar las murallas que se había construido y Manuel se presentaba ante sí con la posibilidad de una amistad, y la posibilidad de convertirse en lo perdido. Con un lenguaje antiguo, hablando a través de sus dedos. Su manera de pensar era extraña, excéntrica. No creyó jamás encontrar a alguien le entendiera tan bien. Los dedos que cuela por el cabello marrón esperan que sean suficientes para describirle todo eso.
—Sos hermoso. —murmura sin más. Han comenzado a tambalearse hacia un lado y otro con dulzura. Era el horror de un amor como el suyo.
— Nunca nadie me había dicho que soy hermoso. —Manuel le responde, con los ojos cerrados.
— Nunca nadie te había amado tanto como yo.
—Nunca de esta manera.
Perfectos y pálidos, empiezan a bailar por el salón sin premeditaciones, como herejes, a la vez que las estatuas cierran sus ojos. La habitación cambia, casi son difusos los horribles límites donde comienza uno y termina el otro, es como si danzaran entre medio de tiburones, están a punto de caer. Hermoso y terrorífico, el olor a sangre se mezcla con la particularidad del aroma que expulsa los dos; viviendo sin descanso, bailando en una oscura suspensión. El horror de nuestro amor, le susurra en la oreja y la risilla de Manuel es como si llenara el salón y golpeara en las ventanas, haciéndolas trizas. Nunca tanta sangre corrió por mis venas.