A contratiempo capítulo 6

3171 Words
— ¿Y si te beso? Martín sonríe cómplice, y cierra los ojos. Los labios del chileno se mueven desde su boca hasta su cuello, luego se detiene y se da el tiempo de desabotonarle la camisa negra hasta que cae por sus hombros. La piel de Argentina se estremece con el repentino contraste de temperatura y lo único que hace es pegar un suspiro, pero no le dice nada, quiere seguir manteniendo el mismo aire incógnito. Sólo para fastidiar a Manuel. Chile deja que su boca se abra y estimula los pezones rosados de su vecino, luego sus hombros, y pasa las palmas por el pecho firme y bronceado. — ¿No? ¿Martín? Por respuesta oye un ronroneo, que le hace creer a Chile que su amante de medianoche es similar a los gatos, igual que su mirada, esos ojos resurgen en la oscuridad, fríos y solitarios, maliciosos, algo Martín desea ganar, porque le tiene de rodillas y Manuel siente que sus manos están atadas, tan incapaz de siquiera hacerle cambiar de opinión. — Tenés tu tiempo. Frunce el ceño. Eso no es lo que el chileno desea escuchar. — ¿Y si... si te pruebo? — No es un sacrificio para vos. Las manos de Manuel se van hasta el pantalón de Argentina, directamente al broche y el cierre. Quita el botón del ojal, silenciosamente baja la cremallera y se encuentra con algo que le es tan familiar y conocido. Traga saliva, casi nervioso sin sentido; no debería. — Sabí que sí... Martín por fin se digna y suelta una risita burlona. Manuel levanta los ojos y parpadea sorprendido y enojado. — ¿Qué? ¿De qué te reí? — De que parece que no te gustara, Manu. Si lo hacés todo el tiempo, te gusta. No podés decir que no. — Para de decir esa wea, weón, te juro que si lo repetí de nuevo me voy de esta mierda. — No te conviene —advierte Martín.- — A ti tampoco te conviene. Se quedan en silencio los dos. Manuel traga saliva y eso es lo único que rompe el ambiente tenso. Se lame los labios delicadamente y se preocupada de hacer que su argentino cierre los ojos y la boca y marcar con la lengua cada rincón recorrido para que Martín alcance el cielo. Y él mismo se siente tan humillado, porque los gemidos que resuenan en la habitación le hacen perder la consciencia de que hace esto solo por el bien de su país; le hacen imaginar que la voz de Argentina es la de un gitano cantor sentado en alguna esquina y aunque desee decirle que suena vulgar, no puede. Porque sabe que Martín siempre será para él la elegancia de una noche en Bariloche, o de un baile silencioso en una habitación oscura, en donde nadie los interrumpe y están así, como ahora, todavía encadenados pero luchando por desatarse. Porque sabe que Argentina tiene razón, y eso duele tanto, tanto dentro. ¿Y qué más puede hacer? Ha decidido convencer a Martín con lo que sabe que no puede rechazar. Y con lo que está seguro que ambos van a disfrutar. — No, Manu... — Martu —murmura suavemente. Se pone de pie solo para bajarse los pantalones y la ropa interior, se los quita y los deja tirados en cualquier lugar del cuarto, eso no importa ahora. Argentina sonríe de manera felina y solamente recibe el cuerpo delgado de su vecino cuando Manuel abre las piernas y se sienta sobre él, rodeándole el cuello y dejando que Martín le acomode para que forme parte de su propio cuerpo, de su piel; porque quiere ser el instrumento y permitir que el argentino sea el músico que alcance cada una de sus cuerdas nerviosas, para hacerlo llegar hasta un lugar que no recuerda desde hace mucho. — Eh, chilenito —oye que le dicen de pronto. Manuel parpadea y tiene frente a él los ojos verdes oscuros por la lujuria. Martín le muerde el labio, le quita un gemido necesitado. Quiere que le posea ahora y rápido— Ya sabés, te quedan seis meses... Andá a ver vos cómo me convences. No puede hacer más que romper su voz cuando parece que la Cordillera de Los Andes ha caído y no existe ninguna barrera en absoluto entre ellos. Le duele, pero no dice nada, sólo cierra los ojos y se deja ir entre los movimientos de Argentina; Es lamentable, pero sabe que ya no trabaja mejilla a mejilla con su vecino y que ahora está haciendo lo posible por evitar que sus relaciones caigan en un pozo del que probablemente no salgan por un buen tiempo. Manuel entiende, sin embargo no puede comprender cómo es que Martín lo ha olvidado. Entonces tiene que volver a convencerlo de que se necesitan dos para bailar este tango. Ma es el mejor del mundo, le sonríe siempre, lo abraza siempre, salen juntos al parque y cantan cuando están aburridos. Ma le da un poco cuando tiene hambre y también antes de que se vaya al jardín oa veces solo están mirando la tele y él le dice "¡Ma!" y Ma sabe todo, porque lo conoce como a la palma de su mano. Diego no puede entender por qué Ma ya no le hace la comida, ni lo viste en la mañana ni por qué hay otro hombre durmiendo en la cama que era de él y de Ma. La Tita le dice que Ma está durmiendo, solo que durmiendo fuera de casa y por un tiempo largo, en un lugar llamado "hospital". Diego frunce el ceño y se pone a pensar que eso no es posible porque Ma siempre duerme en casa y siempre va por él al jardín y hasta a veces pasan a comer un completo allá en el local de la esquina. La Tita dice que Manuel (que es como todos los demás llaman a Ma) tiene que ponerse bien, pero Diego nunca logra comprender de qué es lo que tiene que ponerse bien. Tampoco entiende por qué el hombre rubio está ahí en casa. Así que trata de mirarlo lo menos posible, aunque es muy difícil porque él está siempre y le da el desayuno, pero no sabe cocinar como Ma y no huele como Ma, aunque huele bien y Diego se siente raro porque nunca le ha gustado el olor. de otra persona que no sea Ma solo porque son Ma y él contra el mundo. Todos llaman Martín al hombre rubio y Diego también lo hace. Martín está más cómodo con él diciéndole Papá o eso le dijo la última vez que él lo llamó. Pero Diego no entiende qué es un papá así que intenta no decirle nada. A veces Martín (Papá) se pone a jugar con Merengue, que es el conejito que él y Ma adoptaron y Diego se pone un poco celoso porque Merengue solo los quiere a él ya Ma y tiene miedo de que de pronto Merengue también quiera a Martín. . Otras veces, Martín mira la televisión sentado en el sillón, justo en el lado que Ma ocupa y Diego infla los cachetes y se va a su cuarto, se tira sobre la cama y aplasta la cara en la almohada y cuando se despierta siempre tiene las mejillas todas mojadas. Entonces Martín lo levanta y le lava la cara y lo arropa para dormir, pero Diego no puede dormir porque no le han cantado su canción. Martín no sabe cuál es su canción. Tienen algunos días malos. Aunque para Diego todos los días son malos desde que Martín llegó a casa porque cuando Martín llegó a casa Ma desapareció. Algunos días Martín lo reta porque no quiere comer la comida y Diego patalea y chilla y hace un escándalo y Martín le da la espalda y dice cosas que él no puede entender. La Tita llega y arregla las cosas, pero Diego no quiere nada así que corre hasta su pieza chiquitita. Allá la Tita lo sigue y le dice si es que acaso le ha preguntado a Martín qué piensa sobre las jirafas. Porque Diego ama las jirafas igual que Ma. Entonces Diego sacude la cabeza. Esos días malos, Diego quiere un poco más que nada en el mundo. Más que nada, nada, nada en el mundo. Se da vueltas alrededor del departamento hasta que Martín lo detiene y le pregunta qué pasa. Algunas veces, Diego le pregunta avergonzado si es que puede darle un poco, pero Martín nunca entiende, así que entones él le señala el pecho y le cuenta entre susurros que la izquierda siempre está más cremosa. Martín niega con la cabeza, aunque le trae de vuelta un vaso con leche fría que nunca sabe igual que Ma. El peor día de todos fue un martes. Martín se durmió temprano y lo acostó a él temprano y entonces despertó cuando todo estaba oscuro y silencioso porque tuvo un mal sueño y llamó muchas veces Ma, Ma, Ma pero Ma nunca vino ni tampoco vino Martín. La pieza es lo más cerca que Diego tiene de Ma así que se va a ella y la puerta está cerrada. Diego empuja y golpea diciendo Ma, pero Martín no abre ni contesta nada. El peor día, Diego se acurruca fuera de la puerta de la pieza que es de él y de Ma y se duerme ahí, como una bolita repitiendo Ma, Ma. Diego no sabe que adentro Martín nunca cierra los ojos. Pero otros son días buenos. Otros días, Diego está jugando y Martín lo lleva al parque y pueden los dos correr por el pasto atrás de una pelota. Martín le dice lo bueno que es y Diego le contesta que él será el mejor futbolista del mundo. Martín le pregunta ¿Mejor que Alexis Sánchez? Y Diego responde: ¡Ma dice que yo soy mejor que Alexis! Y los dos se ríen y casi pueden pasar como un papá y un hijo (aunque lo son desde siempre y desde siempre no lo han sido). Otros días buenos, Diego es curioso. Espera hasta que Martín se sienta en el piso y saca a Merengue de su jaula y él se sienta al lado y toma a Merengue y lo pone sobre sus piernas y el pelo de Merengue es siempre suave y blanco y Diego apoya su mejilla ahí. Esos días, Diego le pregunta: ¿quién eres tú? Como si lo hubiera olvidado. Martín le responde que él es su papá y Diego nunca entiende completamente. ¿Pero dónde estabas? Pregunta al final cuando entiende más o menos qué es ser un papá (que según Martín es ser una Ma, pero no como Ma sino como él, como Martín) y Martín responde que las cosas son difíciles porque esas son cosas de grandes. Pero Diego argumenta inmediatamente que él ya es grande porque tiene tres años y hace reír a Martín. Cuando se duermen en la noche, Martín le da un beso en la frente y le susurra un perdón (pero no todos los días, si no cuando es un día que solo ellos conocen, así como el secreto de los aros rotos de la Tita que solo él y Ma saben). Diego le pregunta por qué, Martín siempre contesta lo mismo. Perdón por tardar tanto. Un día, Diego se queda dormido en la pieza y Martín no tiene el corazón para alejarlo de él. Eso es lo que le contesta en la mañana cuando Diego se despierta y ve que está en la pieza que huele como él y como Ma y ahora un poquito como Martín y pregunta qué está haciendo ahí. Entonces Martín dice que ese día pueden quedarse en casa todo el tiempo y ver dibujitos. Mientras ven la tele, Diego suelta ¿qué le pasó a Ma? Pero Martín no dice nada. Entonces Diego insiste y abre la boca ¿Ma no va a volver más? Martín niega con la cabeza y lo mira a los ojos. Diego tiene los ojos verdes y el pelo café y sus ojos son del mismo color que los de Martín y eso es medio raro, entonces a veces piensa él que él es un poquito de Ma y un poquito de Martín y Martín siempre le dice que así es, porque él es su papá. ¿Pero Ma va a volver? Pregunta de nuevo y Martín le sonríe. Ma va a volver. ¿Y cuando Ma vuelva tú te vas a ir? El único ruido que hay en la pieza es la voz de una osita chillona y aguda. Martín niega con la cabeza otra vez. Cuando Manuel vuelva, yo me voy a quedar. Diego le quita los ojos de encima, mira a la televisión. Entonces se le ocurre decir algo: Ma dice que somos él y yo contra el mundo. Martín sonríe, ahora siempre sonríe. Bueno, se atreve a farfullar, ahora seremos tres contra el mundo. La Tita viene muchas veces, viene tantas veces que Diego ha olvidado que a veces se va. Trae cosas ricas para comer, toman once y después él se va a la cama a dormir con el beso de su Tita en la mejilla. Él no lo puede oír, pero una de esas veces, la última vez, la Tita le cuenta a Martín con la voz titubeante, con la voz rasposa y la nariz congestionada, que Ma ha despertado. Esa noche, Diego siente a Ma más cerca que nunca. Al día siguiente, Martín le dice que este es el día. Diego agarra su mochila y su peluche y le dice adiós a Merengue y toma la mano de Martín. Martín no le dice nada, no importa cuantas veces Diego pregunte a dónde van, nunca hay una explicación, ni una respuesta ni una razón, no hay nada. Cruzan un lugar blanco entero con gente que se mueve aquí y allá y Diego reconoce vagamente que a veces Ma lo lleva a lugares así cuando le duele la garganta o tiene moco. Martín lo guía a un pasillo donde están la Tita y el Tata y Diego le da un beso en la mejilla a los dos y aguanta que ellos le besuquen de vuelta. Señalan muchas veces la puerta clarita que Diego no puede dejar de mirar. En un momento, Martín se pone en cuclillas y le toma los bracitos y Diego baja la mirada hasta que sus ojos están clavados los unos contra el otro. Martín le da un abrazo, Martín nunca le había dado un abrazo en todo este tiempo que ha sido larguísimo. Le susurra "Ma está detrás de esa puerta". Diego tiene un montón de emociones que no entiende bien. Tiene miedo, está feliz, quiere ver a Ma, quiere sentir su olor, quiere que le dé un poco. Martín lo tiene de los hombros mientras entra a la habitación y Diego mira al suelo todo el tiempo hasta que Ma dice su nombre y esa es su voz, su voz, su voz. Son solo segundos que tarda Diego en llegar a los brazos abiertos de Ma. Ma abraza suave, siempre ha abrazado suave solo que ahora más suave que antes. Diego le pregunta dónde ha estado todo este tiempo, Ma responde que ha estado dormido por mucho rato, pero que ahora está más despierto que nunca y van a volver a casa y Diego quiere eso más que cualquier cosa. Martín sale de la habitación y Diego se sienta al lado de Ma, mirando su cara pálida y delgada. Ma le saca los cabellos de los ojos y le pregunta ¿Cómo te ha tratado el Papá? Diego aprieta los labios. No se sabe mi canción, le contesta. Uhm, pero tal vez yo podría cantarla por él. Juega a la pelota, Diego se atreve a decir. ¿Te acuerdas cuando una vez me preguntaste de dónde habías aprendido a jugar tan bien a la pelota? Diego asiente suavemente. Manuel lo mira con profundidad. Lo sacaste de tu papá, le responde. Y Diego solo se mantiene en silencio. ¿Deberíamos quedarnos con él? Pregunta Manuel, con la voz suavecita. Se demoró mucho, pero volvió, agrega. Quiere arreglar las cosas. Diego es el espejo de Martín, lo ha sido toda la vida. Sus ojos, su boca, su nariz, son nada más que el recuerdo permanente y apabullante de la cara que Manuel no pudo olvidar nunca. Ese día, Diego no hace más que sonreír, acurrucándose en el pecho de Ma. Ma es puro corazón, papá igual. Martín está afuera del cuarto, apoyado contra la pared, los ojos fijos arriba, las memorias quemándole el pecho y el corazón latiéndole al ritmo de sus pensamientos sobre Manuel, sobre el hijo que es de ellos dos, sobre su amor eterno. No oye nada ni ve nada, pero es como si pudiera saberlo todo. ¿No ha tenido nunca la sensación de estar viviendo una situación ya vivida? Aquel día, Manuel no podía entender por qué se sentía así de triste. Era como si unas manos invisibles le rodearan el cuello y presionaran poquito a poco hasta quitarle el aire y robarle los suspiros. Era como si al inclinar la cabeza y levantar la mirada, una boca roja fuese su eterno verdugo, dueña de las peores intenciones y ladrona de sus más íntimos deseos, como si le castigara por rechazar su líbido y voltear la cabeza y hacer que el cabello choque con sus mejillas. Siempre. No había estado tan melancólico desde hace días. Se había tragado la pena y distraído las emociones con libros llenos de fantasía que se parecían a la vida real. Pero esa mañana, sentía como si hubiese perdido algo muy preciado y a la vez, olvidado lo que era. Como una historia nunca escuchada. O una canción jamás cantada. A veces, Manuel extrañaba a alguien que ni siquiera conocía. Y curvaba la cabecita hasta que su nariz enrojecía por la sangre afluida. Entonces se quedaba mirando el retrato arriba de su mesita de noche. Una fotografía suya con un chico indescifrable. Le gustan sus ojos verdes como los árboles que adornan su jardín y sus cabellos rubios parecidos a la piel de su cantarina avecilla. A Manuel le gustaría por fin recordar quién era él y por qué le está sosteniendo. Cree que eso podría ayudarle a traer las memorias esquivas de vuelta a su mente. Tal vez sería capaz de entender qué se siente amar. Porque alguna vez amó. Y también fue amado. A veces desearía volver a ser lo que una vez fue. A veces. Pero después se da cuenta de que algunos días simplemente se siente triste sin saber por qué. Se da cuenta de que ha perdido algo valioso pero que ni siquiera puede recordar qué es. Y enrollado entre las sábanas de su cama que huelen a perfume que no es suyo, que echa de menos a alguien que jamás en su vida conoció.
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