Capítulo 8 No te perdono

1334 Words
P.O.V. Beatrice Toda la noche me la he pasado llorando debido a lo que me hizo esa bestia; después de huir de él me encerré en la primera habitación que encontré, le puse seguro a la puerta y me desplomé sobre la cama. Cuando los rayos del sol entraron por la ventana, me levanté como pude, entrando al baño, preparándome la tina y metiéndome a bañar para calmar mis músculos adoloridos y llenos de hematomas. Con la esponja me tallé la piel, limpiando toda impureza y rastros que me haya dejado ese hombre. Aseando más mi parte que está algo adolorida, lo que le agradezco a Dios es no ser virgen si no me hubiera dolido más que esa bestia se robara algo tan preciado. Después de pasar como media hora limpiándome, salí, me puse una ropa cómoda que encontré en mi ropero; sin embargo, no sé de quién sea y me senté en el sofá que está cerca de la ventana, sintiendo como los rayos del sol calientan mi piel. Vuelvo a recordar lo que me pasó y no puedo evitar dejar salir una lágrima. Cuando un pensamiento ha venido a mi mente… —¿Ese hombre se vino dentro de mí? —preguntó en voz alta y me puse a hacer memoria, intentando recordar si he sentido algún líquido extraño salir de mí. No recuerdo haber visto algo así, pero con susto salgo de la habitación buscando mis maletas; ahí traigo todo lo necesario para no embarazarme de ese hombre. Bajo las escaleras con prisa y con cuidado de no encontrarme a Estéfano. Estoy por dirigirme a la cocina. —Buenos días, señora Salazar —oigo la voz de alguien a mi espalda. Me giro intentando verme lo más tranquilo posible, y mis ojos se encuentran con una mujer mayor que tiene el cabello agarrado en una bolita en la cabeza. Con un uniforme de color n***o. —Hola, buenos días —saludo amablemente. —¿Quiere que le sirva el desayuno en el comedor? —me preguntó la mujer, sosteniendo una libreta en sus manos. —¿Sí, pero primero necesito que me diga donde están mis maletas? —indagó para saber donde están mis pertenencias. —Sus cosas están arriba en su habitación —señaló la mujer hacia las escaleras. Dejándome confundida, porque ¿entonces en la habitación que dormí de quién era y la ropa que traigo de quién es? —¿Entonces en la habitación que estaba de quién era? —le preguntó temerosa de saber la respuesta. —Era la habitación del señor Estéfano —dijo la mujer y entonces volteó a ver mi ropa, dándome cuenta de que me he puesto la ropa de la bestia. —¿Cuál es mi habitación? —preguntó con una sonrisa forzada. —La de usted es la puerta frente a la del señor Estéfano. —Gracias —le agradezco y me regreso dirigiéndome hacia las escaleras. —¿Le sirvo la comida? —Si en un momento regreso —confirmó y subió las escaleras con rapidez. Hasta estar frente a la habitación de ese hombre, miro la puerta con disgusto y entró a mi habitación. Que es un poco más pequeña que en la que pase la noche… La otra tenía vista al mar y la mía tiene vista a la alberca. Ignoré todo eso buscando mi malestar, que estaba al lado del clóset. Tiro una de ellas al piso, abriéndola, urge en el interior hasta encontrar una pequeña caja, saco la diminuta píldora y me la como sin nada. Es muy pequeña para que no pueda comérmela sin agua… Seguido, sacó un lindo vestido de playa. Mientras me quito la ropa, veo en mi cintura unos cuantos moretones. La rabia e impotencia vuelven a invadir mi cuerpo al no poder defenderme de esa canalla. Decido no pensar más en eso y solo termino de vestirme y veo la ropa de Estéfano en el piso. La agarró en mis manos, llevándola hasta el cesto de basura. Al terminar, vuelvo a salir, bajando de nuevo hasta encontrarme de nuevo a la mujer de la que hace un momento estábamos hablando. —Venga, la llevaré al comedor —me dijo la mujer caminando frente a mí. Pasamos por un pasillo bastante amplio y muy lujoso. Hay cuadros muy abstractos, jarrones de porcelana con rosas frescas y algunas decoraciones de oro. Hasta que salen por una puerta a un pequeño balcón con vista al mar. Tome asiento, señora —le dice la mujer jalándome la silla y abriendo mi plato. —¿Disculpe, no me has dicho tu nombre? —indagó. —Mi nombre es Francisca Olmos, pero puede decirme señora Olmos, y soy el ama de llaves del señor Estéfano y estaré encantada de ayudarla con lo que pueda —se presentó la mujer. —Gracias, señora Olmos, ¿dónde está… mi esposo? —finjo interés para no llamar la atención. —No lo sé, señora, salió desde la noche y no ha regresado —me informa. —Gracias, puede retirarte —digo y la mujer asiente con la cabeza, dejándome sola. Tomo los cubiertos para cortar el filete que hay en mi plato mientras disfruto de la bella vista. Cuando iba a mitad de mi plato, escuché unos pasos aproximarse por el pasillo. Levantó la vista y mis ojos se encontraron con los ojos azul grisáceo de ese español. Me doy cuenta de que lleva el mismo traje de ayer, pero desacomodado. Noto una expresión cansada, con ojeras bajo los ojos. Da unos pasos acercándose a la mesa, sentándose en una silla al lado de la mía y rápido siento el fuerte olor a humo y alcohol. Causando que la comida que había comido empiece a revolverse en mi estómago. —Buenos días —me saludó y el olor fue mucho más repulsivo. —Buenos días —contestó, una vez fría y sin ganas. —¿Cómo dormiste? —preguntó mirándome a los ojos. —¿Cómo crees después de todo lo que me hiciste anoche?—le reprochó con rabia. —Hablando de eso lo siento mucho y espero que me des una oportunidad para enmendar mi error —declaró poniendo su mano sobre la mía. Ese gesto únicamente me enfurece más. Aparté mi mano de la de él, levantándome de la mesa. —¡Cómo me pides que te perdone, después de abusar de mí, crees que con tan solo pedir disculpas se me olvidará ese terrible momento y que de la nada me enamoraré de ti! —grite llena de rabia. —Lo sé, entiendo que no actúe bien, pero quiero que empecemos de nuevo y que nuestro matrimonio crezca —mencionó Estéfano. —No puedo, pero solamente te diré algo: nada de esto será un matrimonio real; ante tu familia y la mía fingiré que nos la llevamos bien. Sin embargo, al estar aquí, cada quien llevará su vida a su modo. Durmiendo en habitaciones separadas —le dejé claro. —¿Y qué crees que voy a hacer con mis necesidades? —preguntó él con algo de rabia. Noto que no está conforme con lo que le acabo de decir. —Puedes tener miles de mujeres con las que puedes pasar la noche —le dije decidida. —Pero yo no estoy de acuerdo a que tú tengas otros hombres —expresó mirándome con rabia. —Yo no necesito ningún hombre; todos son unos perros mentirosos. Así que espero que ni te atrevas a meterte a mi habitación en la noche; dormiré con un cuchillo si es necesario —dije—. Ahora únicamente tengo que esperar a ver si no tengo un bebé tuyo, producto del terrible acto que me hiciste y me voy, porque solo tener cercas me causa asco —fue lo último que le dije y me di media vuelta. —No logré venirme —me dijo antes de que saliera por la puerta. No le contesté y únicamente me fui…
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