Capítulo 4 Debes de dejar a mi hija

1430 Words
—¡Estás loco!, papá, cómo me casaré con ese hombre que no conozco; además, recuerda que tengo mi novio Nicola —se niega Beatrice. —Terminarás con el de inmediato. —No, papá, yo amo mucho a Nicola; con él me quiero casar, no con ese desconocido —desaprueba la chica de cabello rubio. —¡Ya di mi palabra! —le grita Alonzo a su hija. —Por favor, papá —suplicó Beatrice poniéndose de rodillas frente a su papá. —Te casarás con Estéfano Salazar en una semana. Beatrice siente un fuerte nudo en la garganta, sus ojos verdes se llenan de lágrimas y rápido se pone de pie, acercándose a su mamá. —Mamá, ayúdame a conversar con mi papá que no me quiero casar con ese tipo —Beatrice le ruega a su madre que le ayude, mirándola directo a sus ojos que son del mismo tono que los de ella. La mujer mira con detenimiento a su hija, su corazón se ablanda al ver las lágrimas bajar por sus mejillas, le duele en el alma verla así, pero sus ojos se posan sobre los de su esposo que la mira con rabia y enojo. Haciendo que el sentimiento que acababa de sentir se esfume, y es que Gabriela sabe que si se atreve a contradecir a su esposo o ponerse de su lado, él la golpeará. —Hija, si tu papá cree que él es el indicado para ti, tienes que aceptar —con un profundo pesar Gabriela le da la razón a su esposo. Beatrice se siente tan mal de ver que ni su propia madre la ha apoyado, así que se traga las lágrimas que bajaban e intenta recobrar el poco recato que le queda y mira a su padre con una mirada diferente llena de odio y resentimiento. —¡Los odio a ambos! —vocea Beatrice mientras sale corriendo del lugar dando un fuerte portazo. Gabriela ve a su esposo y llena de duda y miedo se arma de valor para preguntar por qué está haciéndole esto a su hija. —¿Alonzo, porque le haces esto a la niña? El señor Bianchi, al oír la pregunta de su esposa, la ve con detenimiento. —No es una niña, ya es una mujer de 24 años y está lista para casarse —respondió—. Además, prefiero sacarle beneficio al matrimonio de nuestra hija, casándola con el Estéfano Salazar que casarla con Nicola, que es un simple guardaespaldas y no nos dará nada más que problemas al futuro… Gabriela al escuchar lo que su esposo le cuenta las dudas inundan su mente, entendiendo que todo lo hace por dinero y que sabe que al estar emparentado con esa familia tarde o temprano podrá andar en su círculo social. —Haces todo esto por beneficio económico; de seguro le debes dinero al señor Salazar y para salvar tu pellejo pones a tu hija como una moneda de cambio sin importar que salga lastimada —protestó la mujer rubia de ojos verdes, luciendo un vestido azul oscuro entubado a su cuerpo. Alonzo se enfurece al escuchar esas palabras de la boca de su esposa—. Además, dicen que Estéfano es un mal hombre; no te preocupa que nuestra hija sea la siguiente muerta; si eso pasa, créeme que nunca te lo perdonaré y te haré pagar. El Señor Bianchi se abalanza sobre su esposa, acortando los pocos centímetros que los separaban, la sujetando del cuello con fuerza y pegando su espalda a la pared. Gabriela empieza a sentir como le resulta difícil que el aire entre a sus pulmones. Los segundos se hacen eternos; la rubia ve los ojos de su esposo que están llenos de furia y ella solo teme en que quizá sea su muerte. Sus pulmones empiezan a quemar; siente como su último respiro está a punto de llegar cuando Alonzo suelta su agarre, cayendo el cuerpo de su esposa al piso como si fuera un costal de papas. — ¡Cof, cof, cof! — Gabriela tose tratando de respirar de nuevo. Alonzo no pierde de vista ninguno de sus movimientos, sintiéndose satisfecho por lo que acaba de hacer. Sonríe Ladino y es que él siente mucha satisfacción al golpear a las mujeres. —Invita a la familia más cercana, la boda será simple y procura ocultar esas marcas —fue lo último que le dijo antes de irse de la habitación, dejando a su esposa tirada en el piso respirando con dificultad. Las lágrimas bajan por las mejillas de la rubia, teniendo un fuerte dolor en su corazón al ver cómo su esposo la trata. Y es que no tiene más que aguantar a su familia; nadie la apoya; todos son de la vieja escuela donde dicen que tienes que aguantar lo que sea, así que no tiene de otra más que seguir esperando que Alonzo no la mate. Beatrice, después de salir de la habitación, corrió por los pasillos hasta llegar al jardín donde su novio está de guardia. Al tenerlo cerca se lanza en sus brazos; Nicola queda sorprendido y le hace una señal a su compañero para que los deje solos. Oye cómo su linda rubia está sollozando. —¿Qué ocurre, mi amor? —preguntó el pelinegro buscando el rostro de su novia, haciendo contacto visual con esos hermosos ojos color esmeralda. —Algo terrible —declaró Beatrice entre lágrimas. —Dime que pasa. La rubia intenta buscar las palabras correctas para decirle algo; cuando está lista, está por hablar cuando es interrumpida. —Nicola, ven, necesito hablar contigo —Alonzo se apresuró a seguir a su hija para impedir que pudiera hablar con Nicola, y es que no puede permitir que ellos hablen. —No vayas, por favor —Beatrice le ruega a su novio para que no vaya y es que ella tiene un mal presentimiento. El guardaespaldas ve a su novia rogándole que no vaya, pero su padre es su jefe y no puede negarse. —Lo siento, mi amor, tengo que ir —se disculpa Nicola alejándose de su amada. —¡Nicola! —gritó Beatrice al ver cómo el hombre que ama alejarse. Alonzo ve cómo el joven guardaespaldas se acerca a él. Ambos se alejan caminando por el pasillo de la vivienda hasta que llega a su despacho, donde a Nicola se le hace bastante extraño, pero no protesta y entra cerrándose la puerta, dejando a los hombres solos. —Siéntate —le ordenó el joven guardaespaldas. Obedeció. Entre tanto, Alonzo camina alrededor de él dedicándole una mirada fría. —¿Hice algo malo, señor? —preguntó Nicola muy impaciente. —No, pero verás que mi hija se casará pronto y necesito que me digas ¿qué es lo que quieres para irte y olvidarte de ella? Nicola se queda tan confundido; no sabe qué decir ante lo que su jefe le está diciendo y ahora entiende por qué Beatrice estaba tan alterada y lloraba desconsoladamente. Sin embargo, su amor es más grande y no tiene ni un precio para dejarla. —Me temo, señor, que no puedo aceptar eso; amo a su hija y no quiero perderla —dijo el joven guardaespaldas, negándose aceptar lo que le pide. —No te estoy dando opción, así que sé listo y dime la suma o me temo que tendrás que salir con los pies por delante —Alonzo sacó su arma colocándola en la cabeza de Nicola—. Así que sé listo, o no creo que tu madre y tu hermanita se queden sin comer. A menos que quieras poner sus vidas de por medio. Nicola traga saliva al oír lo que Alonzo le está diciendo. Pensar en el hecho de perjudicar a su mamá y a su hermanita hace que empiece a dudar. —¿Si aceptara qué condiciones hay? —Si aceptas, tendrás tu dinero, pero tendrás que irte de inmediato, te olvidarás por completo de mi hija y tendrás 24 horas para salir del país o mis hombres irán a matar a todos, incluido tú —expresó Alonzo con rabia—. ¿Tienes un minuto para pensar o te mataré en este momento? —Nicola se queda mudo, pensando en todas las posibilidades, entre ellas esta matarlo, pero sabe que no saldría vivo de todas maneras y se irían contra su familia así que no tiene muchas opciones—. El minuto ha pasado, así que despídete… —Aceptó su propuesta —declaró el joven guardaespaldas. Alonzo sonríe al escuchar que ha aceptado…
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