—¡Que no oyes, bájame, Estéfano! —vocea mi rojita, que continúa peleando, intentando liberarse de mí, pero ahora nadie podrá ayudarle porque no la soltaré. Subí con rapidez las escaleras y, sin darme cuenta, ya estaba en el segundo piso y caminando directo hacia su habitación, arrojándola sobre su cama. —Ah —grita al sentir como la aviento y la veo con atención queriéndome lanzar sobre ella y darle una lección. —¿Qué te pasa? —me pregunta con una voz fuerte. —¡Qué me pasó!, eso debería preguntártelo a ti, ¡que acabas de meter a un hombre a mi casa! —Y eso a ti qué te importa. —¡Me importa mucho porque es mi casa y tú eres mía! —le dejó claro. —No soy tuya —responde. —¡Sí, lo eres! —gritó con fuerza. —No lo soy. Ella se levanta rápido, cruzándose de brazos frente a mí, estando

