—¿Todo anda bien? —preguntó confundido. —Sí, porque no debería —dice acercándose a mí hasta llegar a estar a pocos centímetros de mí y colocando sus manos en mi pecho. —Te recuerdo que estos días has estado evitándome como si yo fuera la peste —le recordó, mirándola con seriedad. —Ah, te refieres a eso —mencionó—. Solo estaba muy confundida y comprendí que no debía negarme a lo que es más que evidente. Sus palabras suenan como una invitación tan evidente, sonrió, y es que, desde que vi a mi linda Emma, he querido estar con ella. Sin embargo, tengo la duda de que algo pasó en estas horas; no soy tan tonto para creer en eso. No obstante, si ella quiere jugar, entonces juguemos. —¿Y a qué te refieres con evidente? —indagó con malicia, aunque dentro de mí sé qué es. —Me refiero a esto

