PRELUDIO

3838 Words
Para Keidy, con solo ocho años, la vida era hermosa, en especial la época decembrina. Había juguetes por todas partes y su madre le obsequiaba cada cosa que pedía.  Llevaba días ojeando revistas de vestidos de princesas. Su madre, quien era costurera, le complacía con lo que pidiera. Escogió uno rosa pastel, con armador. Quería ser una auténtica princesa. Tendría un cinturón plateado con incrustaciones de piedras, sería corte A, con mangas largas de encaje. Lo usaría con las zapatillas blancas que observó en uno de los centros comerciales a los que iba con su madre. Ideó todo su atuendo en la mente. Siempre era así. Veía algo que quería y lo pedía. Sabía que solo eso bastaba para obtenerlo. Era la hermana menor, la consentida, con su hermoso cabello oscuro. Siempre lucía grandes lazos de colores llamativos y su tez morena la volvía imponente, totalmente única. Creía que lo tenía todo: una mamá que podía crearle cualquier atuendo que ella deseara, y un hermano mayor que la ayudaba con las tareas, quien además era su compañero de vida y su mejor protector. Un día fueron a un centro comercial. Keidy quería unas zapatillas nuevas que combinaran con el vestido que su mamá le había regaló el día anterior. Era rojo, de terciopelo, con un gran lazo en la espalda, absolutamente hermoso y ella en él. Para José era emocionante llevarla. Para otros adolescentes sería molesto llevar a su hermana menor de compras, pero no era su caso, por el contrario, lo disfrutaba. Gozaba peinarla, hacerle dos coletas, con grandes lazos decorando su cabeza. Al llegar, fueron directo por las zapatillas. Keidy se midió varias. Ya no le gustaban las que vio con su mamá, sino otras, doradas, aún más hermosas. José, como buen hermano, se las compró. Le gustaba verla feliz. Al salir irían de vuelta a casa, era la orden que tenían. Su mamá los estaría esperando para llevarlos a un concierto. Pasaron por la heladería que más amaba, y como siempre pidió un helado. La malcriaban al punto de ser intolerante. —Hermano, quiero helado, de ese que lleva galletas y arequipe, con chispas de colores. —Nena, ya no tenemos dinero. Cuando tengamos regresamos por el helado. ¿Te parece? Keidy se soltó abruptamente de la mano de su hermano.  —¡No! —vociferó enojada—. Lo quiero ahora. José se tocó los bolsillos.  —Nena, no tengo más dinero. —No importa, quiero helado. —Cruzó los brazos—. ¡Quiero mi helado! Enojada se acercó a la heladería. Pediría su helado. José corrió tras ella y la tomó del brazo, mientras Keidy seguía pidiendo su helado. La petición se convirtió en gritos y lágrimas. Y José terminó tirándola de un brazo mientras lloraba y gritaba. —¡Eres un tonto José! ¿Cómo te atreves a no comprarme un helado? Yo no me voy a poner esas zapatillas. ¡Échalas a la basura! Es una tontería. ¡Yo quería mi helado! José se quedó en silencio y continuó caminando mientras la arrastraba del brazo. Estaba acostumbrado a esas situaciones, ocurrían a menudo cuando no obtenía lo que quería. Sabía que al llegar a casa mamá la calmaría. Y así fue. Al llegar, Keidy corrió a los brazos de su madre. Saidy se encontraba sentada en la máquina, terminando de coser los detalles del vestido de la niña. Al ver las lágrimas de Keidy, se levantó y la alzó en brazos. —¿Qué pasó, mi princesa? ¿Por qué lloras? —¡Yo quería un helado! Y José de tonto no me lo compró. Su madre reprendió con la mirada a su hijo.  —¡José! —lo llamó.  —Aquí estoy, mamá —respondió el muchacho mientras se acercaba y le aclaraba la situación. —Mamá, las zapatillas que ella había escogido en primera instancia no le gustaron, quiso comprar otras, unas doradas más costosas, y el dinero se acabó. Se lo he explicado varias veces, pero ella no quiere entender. Solo comenzó a llorar de forma imparable. Saidy la sentó sobre sus piernas y le habló con dulzura. —Key, princesa, no llores más, escúchame. —Le sonrió con ternura—. Prometo que al salir del concierto te llevaré por helado. ¿De acuerdo?  Saidy limpiaba las lágrimas con sus manos y sentía como su corazón se partía. No le gustaba ver a su pequeña llorar. Por eso se esforzaba en darle lo mejor, cumplir cada deseo que su pequeña tuviera. Quería hacerla feliz con lo que pudiera. Saidy trabajaba cada día sin descanso. Por lo general se le hinchaban los pies por sentarse frente a la máquina de coser. En sus noches estaba José, tan maduro para su edad, esperando a su mamá despierto. Le hacía masajes en sus pies hinchados. Y mientras ella cocía, él atendía la casa, cocinaba, limpiaba, ayudaba a Keidy con sus tareas escolares, atendía las suyas y trabajaba ayudando a otros niños con sus tareas. Para él la vida era diferente. Esa noche mamá estaba en casa. Fueron al concierto de música clásica que se presentaba en el museo. Allí Keidy volvió a enamorarse del violín. Era justamente la estrategia de su mamá, porque consideraba que la niña tenía talento, creía en ella, le había regalado ya un violín que usó mientras inició clases pero al darse cuenta de la disciplina que ameritaba lo dejó. Por eso Saidy les trajo a ver un concierto, que recordara lo que puede sentir al tocar, la emoción de vestirse de n***o y diseñar con antelación cada atuendo para cada concierto, la adrenalina de tocar una pieza nueva, y el vibrar de las cuerdas del violín entre sus dedos. Al parecer funcionó la idea de Saidy porque al finalizar el concierto Keidy se acercó a su profesor pidiéndole clases de nuevo. Así era ella, determinada cuando quería algo, extrovertida y libre, hacía lo que quería cuando quería y ya. Y por eso no olvidaría lo que le habían prometido, apenas salieron del museo al terminar el concierto dijo: —¿Iremos por helado? Al escuchar la pregunta, Saidy y José rieron, sabían cuan insistente sería Keidy y no se les ocurriría decepcionarle, sino aguantarían verla llorar hasta dormirse. Así lo hizo una vez. Keidy quería un hermoso juguete color rosa, era un búho de peluche. El problema fue que al comprarlo descubrió que solo había azul y ella quería rosado. La noticia fue suficiente para procurar darle lo que pidiera, así no tendrían que escucharla llorar. Al llegar a la heladería, cada uno pidió su helado preferido. Keidy pidió uno de galletas con chispas de colores, Saidy el de ron con pasas y José uno de chocolate n***o con trozos de chocolate blanco. Se acercaron al parque que estaba dentro del centro comercial. Al terminar de comerse el helado, Keidy jugaría un rato, pero ella no esperó. Le dejó el helado y se fue a jugar. Se subió al tobogán y se lanzó. Con la adrenalina corriendo por sus cuerpos, se subió al tobogán y nadó en la enorme piscina de pelotas. Por momentos se acercaba a su mamá y comía del helado. Para Keidy eran sencillos y pequeños momentos de felicidad que se esfumaban al calor del enojo.  Pero algo sucedió. De pronto José dejó caer su helado. Su cuerpo se desplomó al suelo. Cayó golpeando su cabeza contra el suelo y comenzó a dar fuertes sacudidas. Su cuerpo se contorsionó, su espalda se arqueó, sus ojos se volvieron blancos y sus muñecas se doblaron. Estaba convulsionando. Saidy al verlo gritó, y se echó al suelo para sostener la cabeza de su hijo. Buscó rápidamente un lápiz y se lo colocó en la boca, así no se mordería la lengua. Las personas a su alrededor se acercaron para ayudar, pero ninguna sabía qué hacer. Mientras José perdía sus sentidos en el suelo, Keidy gritaba —¡Mamá. ¡Mírame, mamá! Al mirar abajo y ver la escena, bajó llorando y con miedo. Vio esa escena muchísimas veces antes, pero desde hace algunos meses no. Esos eran uno de los peores recuerdos. Ver allí a su hermano querido, quien siempre estaba para ella, ayudándole en todo, la hería. Cuando él estaba así, ¿quién estaba con él? ¿Quién lo ayudaría?   Saidy acunó a José entre sus brazos, mientras terminaba la convulsión, sintió como José se desvaneció en sus manos. Al parecer ese episodio fue más fuerte, tanto que el joven se desmayó. ¿Ahora qué haría? No estaba sola y no sabía qué hacer. Como pudo alzó a José y tomó del brazo a Keidy, que lloraba envuelta en pánico. Un hombre los vio y se ofreció a ayudarles, llevándolos hasta el hospital. Tomó a José en sus brazos y lo llevó al carro, lo acostó en la parte trasera. Saidy estaba a su lado y sostuvo la cabeza del joven sobre sus muslos, y del otro lado la niña sujetaba los pies de su hermano. Tenía tanto miedo. En su mente de niña, Keidy creía que José había muerto y fue por su culpa. Debía llorar menos, comer menos helados, ayudarle con más tareas en la casa o dormirse más temprano. Prometió internamente, que si su hermano estaba bien, ella se portaría mejor. Haría lo que fuese necesario si de eso dependía que su hermano estuviese sano. Al llegar al hospital, entraron por la puerta de emergencias. Los paramédicos, al ver que descendían al muchacho, se aproximaron a ayudarlo. Lo colocaron sobre una camilla y se lo llevaron. Saidy le agradeció a aquel hombre por ayudarles y abrazó a Keidy. La mujer contenía las lágrimas. No quería quebrarse, no allí. Era momento de ser fuerte, ambos la necesitaban, para ellos siempre sería fuerte y haría lo que fuese necesario para mantenerlos a salvo. Se sentaron en los bancos del hospital, plateados y fríos, sin saber cuándo Keidy dejó de llorar. Por primera vez mamá no la consoló, ella debió calmarse sola de alguna forma. Saidy la tomó entre sus brazos y la sentó sobre sus piernas. —Sabes, eres mi vida entera —susurró apenas audible—. Desde que naciste, mi empuje has sido tú. El seguir adelante a pesar de todas las circunstancias que se presentaran eres tú. Sabes que si fuese necesario daría mi vida por ti. Eres mi hija, naciste de mí, y jamás saldrá de mí algún mal para ti, todo lo contrario y por eso siempre te cuidaré, a ti y a tu hermano. Y si estamos juntos los tres, todo estará bien. ¿Lo sabes, cierto? —Sí, mami. —Asintió con la cabeza—. ¿De verdad crees que Prim estará bien? Esa era la forma tierna de Keidy llamar a su hermano mayor, que lo mencionara así mostraba cuan preocupada estaba por él, siendo un diminutivo de príncipe. Su mamá también lo sabía, por eso quería asegurarme que todo estaría bien, aún si ella misma no lo creía. No tuvo tiempo de responder, porque una enfermera se acercó a ella para darle noticias de José. Al verla, Saidy se levantó de prisa y la escuchó atenta.  —¿Señora Saidy Quiroja? —Sí, dígame. La mujer de ropa blanca hizo una mueca.  —¿Usted es la mamá de José Zárraga? —Sí —respondió esperanzada—. ¿Cómo esta mi hijo? La enfermera respiró profundo. Notó la preocupación en el rostro de la madre. Fue por ello que le sonrió y eso alivianó el golpe de la noticia.  —Está mejor, estable, pero aún no reacciona completamente. Es posible que se quedé un par de horas antes de que reaccione. ¿Esta de acuerdo? —Por supuesto. —Saidy apretó sus manos—. ¿Sabe que le ocasionó la convulsión? —Aún no. Debemos hacerle algunos estudios, pero estamos esperando que reaccione del todo. —La enfermera señaló el pasillo hacia la cafetería—. Le invito a tomarse un café, descansar un poco y prepararse para esperar un rato más. Creemos que todo estará bien, pero debemos esperar. Mientras tanto manténgase cerca para seguirle informando el estado de salud de su hijo. Saidy respiró tranquila después de la noticia.  —Muchas gracias por informarme —agradeció con media sonrisa. Saidy se sentó un momento y respiró profundo. Eran esos momentos en los que deseaba no estar sola. Por fuera mostraba ser tan fuerte como un roble, pero sentía que tocaba el suelo como palmera doblada por los fuertes vientos. Pasaron allí casi toda la noche. José reaccionó por completo. Le hicieron algunos exámenes médicos y los resultados debían recogerlos el siguiente día. Keidy durmió en los fríos bancos del hospital, y Saidy estuvo caminando de un lado a otro atenta a lo que su hijo necesitara. Ya a las cuatro de la mañana le dieron de alta. Saidy llamó un taxi y llegó agotada a la casa. Acostó a Keidy en su cama de princesa, llevó a José hasta su habitación y ella se dio un largo baño. Deseaba poder dormir, sin embargo, debía terminar de coser algunas prendas que tenía encargadas. No podía dejar de trabajar, especialmente cuando tenía una costosa factura de hospital sobre la mesa de la cocina. Nada era gratis, ella lo sabía muy bien. Luego se bañarse, se preparó un café, colocó algo de música y se sentó en su máquina de coser. Y como en estado automático fue sacando pieza por pieza con agilidad y rapidez. No notó cuando su hija estaba detrás mirándole. Cuando se percató de la presencia, su corazón se aceleró. Su hija parecía tener una pregunta en los labios, por eso paró un momento el trabajo y se acercó a la niña. —¿Quieres decirme algo, princesa? —Mamá, ¿y mi papá? ¿Por qué nunca lo veo? —Sus ojos no estaban soñolientos—. En el hospital había un niño que entró muy enfermo y su papá lo llevaba en brazos. Al rato avisaron que murió. Vi al hombre lanzarse en el piso a llorar mucho. ¿Yo no tengo un papá que llore por mí si muero? Saidy tragó grueso. Nunca esperó esa pregunta. Sabía que llegaría en algún momento, pero igual le tomó por sorpresa. No sabía que decir, no tenía respuestas para ello. Por supuesto que tenía un papá, todas las personas tienen uno, pero no quería arruinar su infancia contándole quien era realmente su padre, así que hizo lo peor que una madre podría hacer: mentir. Cuando no sabes manejar el dolor, a veces no queda otra opción que ocultarlo, y eso hizo Saidy. Era de valientes afrontarlo y ella no estaba lista para eso. —Princesa, claro que tienes un papá, pero el tuyo está en un viaje, pronto lo conocerás, lo prometo. —Se agachó para elevarla en brazos—. Mientras tanto, no te preocupes por eso, mejor pensemos en un nuevo vestido. ¿Quieres? Tengo algunas telas en el fondo del taller. Anda, corre, y dime cuál te gusta para hacerte algo bonito. Keidy, ante la idea de un nuevo vestido, olvidó el resto. Solo salió corriendo en busca de más telas y volvió con una amarilla de flores naranja y blancas. Quería una blusa que vio con anterioridad en una revista. Buscó también la revista y la enseñó a su mamá. ¡Qué rápido fue distraerla! Siempre funcionaba. Quizás estaba mal, pero Saidy no sabía que hacer o cómo manejar tal situación. Saidy dejó a Keidy jugando con los nuevos modelos de ropa y fue a la habitación de José. Lo encontró sentado en la cama, doblando una ropa, se le veía estable. Ella entró y se sentó en la cama junto a él. —¿Cómo te sientes, hijo? —Estoy bien, mamá. —Se tocó los lados de la cabeza—. Ya ni siquiera me duele. Estoy bien, de verdad. Estaba doblando la ropa para luego meterla en el armario. Estaba aquí tirada desde el día anterior, pero ya estaba por ir a la cocina a preparar algo de comida. El sol comenzaba a emerger en el horizonte.  —¿Keidy cómo está? —Está bien. —Ayudó a su hijo a terminar—. Diseñando más vestidos. Sabes cómo es. —¿Será que se dedicará a ser diseñadora? Saidy siempre soñó con un futuro brillante para sus hijos, así que los apoyaría en lo que decidieran ser. Mientras su futuro estuviera ligado con algo puro, honesto y que no le causara ningún año a un tercero o a ellos mismos, los apoyaría. —Ya veremos —respondió finalmente.  Se fueron juntos a la cocina y mientras Keidy jugaba, Saidy seguía cosiendo y José cocinó para todos. Preparó arepas rellenas con huevos revueltos. Hizo más café y a Keidy una traza de avena con leche. Se sentaron a la mesa y conversaron como si nada hubiese ocurrido; como si la mamá no le escondiera un temible secreto a Keidy, como si José estuviese bien, como si no hubiese una factura que pagar en la cocina, como si fueran felices. Y quizá lo eran. Aprendieron a evadir el dolor con distracciones y así ser felices de momento. Y ese día transcurrió así, cada uno en lo suyo, evadiendo a su forma lo que no podían tolerar. Ya al caer la noche, José llevó a Keidy a su habitación y se acostó un rato con ella. Le leyó un cuento, de esos que ella amaba con su vida, de princesas y príncipes, de ser rescatada y besada. Amaba esas historias utópicas.  De alguna forma eso le llevó a pensar en la pregunta que le hizo a su mamá: ¿Dónde estaba papá? ¿Dónde estaba cuando mamá trabajaba sin parar para comprar lo necesario? ¿Dónde estaba cuando Keidy tenía miedo como el día anterior? ¿Dónde estaba cuando quería que alguien la cargara en sus hombros o la consolara? José podía hacerlo pero a veces estaba en clases. ¿Dónde estaba papá cuando quería respuestas? Prefirió no preguntarle nada a Prim, sino guardar cada pregunta en su corazón. Sería respondida cuando él llegara de viaje tal como dijo su mamá. No tenían motivos para dudar de ella, ni de aquello que su madre le afirmaba. Nunca les mintió. Confiaban.  Esa noche Keidy soñaba con su príncipe azul, ese hombre valeroso que la protegería, que la acompañaría a cualquier lugar, que le tomaría de la mano al cruzar una calle peligrosa, o la abrazaría cuando tuviera frío o miedo, ese que le trataría con ternura. Vio varías películas con su mamá y sabía que necesitaba encontrar ese hombre para enamorarse y ser feliz. Keidy soñaba con uno que le regalaría chocolates sin esperarlo, que de pronto llegaría a su casa con rosas porque la extrañaba, uno que le cantaría canciones en las noches, uno para ver el amanecer y el salir de las estrellas, uno que cuando temiera pasar por un lugar la tomara de la mano transmitiéndole paz y seguridad. Soñaba con cumplir quince años y bailar el vals con él, el momento en el que su príncipe la vería a los ojos y le susurraría cuan hermosa estaba, uno que la tomara en sus brazos y la alzara a la vista de todos, finalizando con un dulce beso en los labios.  Así lo vio en las películas, y soñaba con el momento de poder vivirlo. Keidy soñaba con ser por siempre la princesa de un cuento de hadas. Y como si escuchara sus pensamientos, ante ella estaba el hombre más hermoso que hubiera imaginado. Era blanco, portaba un cabello n***o azabache, ondulado, con mechones que caigan ligeramente sobre su frente, ojos azul zafiro, manos largas con uñas limpias, mejillas sonrojadas y labios rojos y carnosos. Era realmente hermoso, cuando Keidy lo vio se colocó de pie. ¿Estaba soñando? Frotó sus ojos para aclarar la visión. —Hola, Keidy —saludó el hombre.  —Hola —tartamudeó—. ¿Quién eres? Keidy sonaba insegura. Estaba atónita, si ese hermoso príncipe hablaba quería decir que era real. —El hombre de tus sueños, princesa. Vengo por ti. Keidy se mantuvo firme, —¿Quién te envía? El hombre no pestañeaba siquiera.  —Mi señor, Nicanor —respondió el hombre—. Él me envía. —¿Y él es un rey? El hombre sonrió de lado.  —Es más que eso —susurró—. Pronto lo conocerás. Y sin previo aviso ese hermoso hombre comenzó a inquietarse, como si algo escalara su espalda. Dio vueltas alrededor de la habitación de Keidy y cayó de rodillas permitiéndole ver, como de la espalda de ese misterioso hombre, brotaban unas extrañas alas parecidas a las de un murciélago emplumado. Eran oscuras y estaban empolvadas. A medida que brotaban, rompían la piel del hombre, pero no salía sangre. Abrían la piel lentamente. Keidy lo veía doloroso, pero el hombre no emitía sonido, solo se retorcía incómodo con cada movimiento de las alas abarcando toda su espalda. Se extendieron tocando el techo. Una vez que terminaron de salir de su espalda, él se colocó de pie. Miró fijamente a los ojos de Keidy con esos hermosos ojos zafiro, y sonrió pero no se vio. No era dulce, sino algo macabra. Lo extraño fue que Keidy no tenía miedo, estaba impresionada y expectante ante lo que estaba viendo. Quería saber más. —¿Cómo te llamas? El hombre se enderezó, la sonrisa alumbrando tu mirada.  —Puedes llamarme como quieras. El hombre fuerte se acercó a la cama de Keidy y se sentó a su lado. Tomó sus manos entre las de él. Ella notó que sus manos ardían, realmente quemaban. Quiso soltarse de él pero no pudo. Él la tomaba fuerte, se acercó tanto que podía sentir su aliento. El hombre olía a humo. Era tan extraño. La miró y le dijo: —Dime, ¿cómo me llamo? —¿Eres un ángel? —Sí así quieres verlo, pero soy tu guardián. El señor Nicanor me encargó cuidarte —Tus manos me están quemando —sollozó Keidy—. Duele mucho.  No sabía si el hombre quería hacerle daño.  —Dime mi nombre y me iré. —No lo sé. —Intentó liberarse, pero no lo logró—. ¡Mamá! El hombre sonrió macabro.  —Nadie te escuchará, Keidy —afirmó con voz gutural—. ¿Cuál es mi nombre, princesa? Pronúncialo. Eso será una señal de que estaremos siempre juntos.  Ella frunció el ceño y pronunció lo primero que se le ocurrió.  —Emiliano —susurró—. Te llamas Emiliano.  Automáticamente el hombre se alzó en el aire y bajó de golpe, pero esta vez cuando miró a Keidy, sus ojos no eran azules. En realidad no tenía ojos, sino unas pequeñas hendiduras. Sus labios eran rojos, pero sangraban. Y su sonrisa; su sonrisa heló la piel de Keidy. Y en el momento justo que ella gritó, él desapareció por completo. 
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