La luz del sol entraba a raudales por los altos ventanales del comedor principal, tiñendo de dorado las paredes crema con molduras talladas a mano. Un aroma delicioso flotaba en el aire: pan recién horneado, frutas frescas, café humeante y mantequilla derretida. La mesa era larga, de caoba pulida, decorada con un camino de lino blanco, jarrones pequeños con flores silvestres y una vajilla de porcelana con el escudo familiar grabado en oro. Copas para jugo, café o champán según la preferencia, y cubiertos perfectamente alineados, como si cada desayuno fuera una cena de gala. Uno a uno, los familiares de Armin comenzaron a llegar. Algunos con ropa deportiva, otros aún en batas elegantes. Los gemelos Lotte y Emil aparecieron con lentes oscuros y expresiones de “tuvimos una noche salvaje, gr

