La habitación los recibió con luz tenue y silencio acogedor. El eco de las risas aún les bailaba en la garganta mientras cerraban la puerta. Armin dejó caer su saco sobre la silla, sin decir palabra. Maroon se quitó los tacones uno por uno, con esa expresión de “ya, por fin puedo ser yo otra vez”. —¿Sabes qué es lo mejor de cenar entre porcelana, copas de cristal y cubiertos que parecen armas medievales? —dijo ella estirando los brazos. —¿Que sobreviviste sin que te arrestaran? —respondió él, soltándose la corbata. —No. Que ahora puedo hacer esto. Y lo empujó con una sonrisa traviesa hasta hacerlo caer sentado en la cama. Se subió a horcajadas sobre él, con las manos en su cuello y los labios cerca del oído. —¿Te gustó tu cena de ricos, campeón? Porque ahora te toca el postre.

