Armin siguió a la enfermera a través de un pasillo blanco y largo, con luces frías y el eco de sus propios pasos. El corazón le latía como un tambor en los oídos. Cada paso lo acercaba a una verdad que no sabía si quería escuchar. Entraron a una pequeña sala de espera reservada para familiares cercanos. Un médico joven, con la bata manchada de sangre y una mirada que ya hablaba por sí sola, lo esperaba de pie. —¿Señor Stein? —preguntó el doctor con voz suave, casi con pesar. —Dímelo. Ya —gruñó Armin, con la mandíbula tensa. El médico bajó la mirada unos segundos. —Hicimos todo lo que pudimos. Pero... Ashley no resistió. Perdió demasiada sangre. Lo sentimos mucho. Un silencio helado invadió la sala. Armin no respondió. No parpadeó. No respiró. —¿Y… la bebé? —logró decir al fin, com

