| 7 | La propuesta.

2021 Words
“El peso de una decisión puede cambiar el rumbo de un alma.” Mí padre, es el hombre más manipulador del mundo. No le tiembla la mano para hacer las cosas, es experto en hacer temer a las personas, además siempre que aparece nada bueno pasa. Ha destruido vidas sin mover un dedo y sin piedad, es uno de los hombres más peligrosos que existen y cuando digo que no es bueno estar en su presencia lo digo de verdad. A sí también ha destruido parte de la mía aunque "todo sea para bien". Soy a la única que trata con un poco de amor, lo malo es que me parezco a él y es de esperarse llevó 15 años conviviendo con él, si su forma de ser no me agrada tampoco parte de la mia. — Vaya. — Abrí de golpe la puerta, mi tío me miro y se acerco. — No estoy aquí por casualidad. —Tu padre quiere hablar contigo. — «Claro». Mi tío lo señalo con su cabeza. — Vas a saludar a la persona que te dio la vida? — Se levanto y se acerco lentamente. — No. — Baje la cabeza. — Voy a saludar a quién puede destruir mi vida. — Me acerque a él. — Que buena imagen tienes de tu padre. — Río y yo solo lo miré. Hubo un silencio y me acerque a abrazarlo,habían pasado años desde la última vez que lo abracé, una parte de mí lo extrañaba. Me ancle a él como si fuera la última vez que lo vería y olvide que había más personas ahí. — Tesoro. — Se dio la vuelta. — Él es Max, mi socio. — Volvio a su silla y señalo a Max. — Hola. — Gire hacía él. — Mucho gusto. Eris. — Extendí la mano y él la tomó. — Eris, un gusto conocerte. — Beso mi mano. Vaya. He conocido a miles de socios de mi padre y siempre he creido que para poder trabajar con él hay que ser guapo. Max es el ejemplo, es hermoso, alto, cabello castaño claro, hermosa sonrisa, pero lo que más me atrapó fueron sus ojos azul, realmente enamoraría a cualquiera. — Siéntate, tenemos que hablar. — Max señaló la silla que estaba detrás de mí. — Vamos a hablar todos o ¿solo tú y yo? — No podía quitarle los ojos de encima a Max, y aunque mi intención no era correrlo, así pareció. — No seas grosera. Ambos se quedan, hablaremos de negocios. — Se acercaron y se sentaron. — ¿Negocios? Entonces ¿qué tengo que ver? — Me acomodé y cruce mis piernas. — Llevas 4 años aquí y has hecho tu vida un carajo. — Me daba pena que Max escuchara. — Ayer casi te atrapa la policía y de haber sido así en estos momentos sería otra historia. — Primera impresión que Max se llevo de mí. — Tienes que confiar más en mí. — Quise cambiar de tema. — Jamás podrán, me enseñaste bien. — No tengo duda. — Paso su mano por su cabello. — No puedes seguir arriesgándote y arriesgado a tus siete secuaces. — ¿Siete? — Su tono de sorpresa interrumpió a mi padre apunto de leerme la cartilla. — ¿Hay más? — Sí. Somos ocho. — Quise sonar lo más natural, su mirada me puso nerviosa.— Nos llaman los ocho. — Son los de San Petersburgo. — Soltó una risita. — Sí. — Sonreí algo incomoda. — ¿Porque te sorprende? — Tu padre nunca menciono el número. — Mi padre nunca habla de mí o nosotros. — ¿Hablo de nosotros? — Mire a mi padre y mi pregunta desconcertó un poco a Max. — No importa. — Agite la cabeza y puse mis manos sobre el escritorio. — ¿Qué hago aquí? — ¿No puedo pedir ver a mi hija? — Por favor, no es por eso. — Ahora solo éramos nosotros. — Que hago aquí, la verdad. — Bien. — Se levanto. — Me he preocupado demasiado por ti. — «Mentira» — Estas olvidando la razón por la que viniste. — Se puso detrás de mí. — ¿Has averiguado algo? — Susurro. — Sí. — Gire para quedar frente a él. — Mayor inversionista en Rusia es Carlos Quintana. Hemos estado investigando un poco sobre él, es dueño de la mayoría de las plazas de esta ciudad. — Plazas que ya saquearon. — Reímos. — Basta. — Las risas le molestan y mi tío y yo lo hacemos a propósito. — Quiero que tú y tus amiguitos se nos unan. — Se sentó frente a mí. — Unirnos a ti. — Reí y corregí. — Ustedes. ¿Porque? ¿Porque nosotros? — Pregunte sorprendida y al mismo tiempo confundida. Me levante y camine a la puerta. — Son los mejores asaltando la ciudad. — Mi tío me detuvo antes de que intentara salir. — Ustedes juntos son un arma que puede funcionar perfectamente, pero tambien separados. — Me tomó del brazo y me giro. — ¿Qué quieres decir? No entiendo nada. — Yo te lo explico. — Max camino a la ventana, mi padre a una caja fuerte. — Tus amigos y tú, conocen la ciudad. Nos pueden ser de mucha ayuda. — Camino hasta donde mi padre estaba. — Ya averiguaron sobre Carlos, ahora necesitamos información, inversiones, gente y ustedes nos pueden ayudar con eso. — Además, cuando regresemos a New York no estarías lejos de ellos. — Extendió un sobre a Max y cerro al caja fuerte. — Si los ocho trabajan con nosotros estarías cerca de ellos. — Regreso a su escritorio y Max a su silla. — Espera, entonces. ¿Quieren que trabajemos para ustedes? — Asintieron. — Y ¿yo tengo que decidir? — Tengo que decidir por los ocho, algo que cambiara nuestras vidas. — No. No te dejaremos todas las decisiones. — Desvío su mirada a mi tío y a Max. — Pero ahora sí necesito hablar contigo a solas. — Ambos salieron inmediatamente de la sala. — ¿Qué pasa? — Pregunte mientras veía como se alejaban. — Tesoro, tienes que empezar a pensar en el futuro. — «Otra vez el maldito futuro». Puse los ojos en blanco y me gire. — Escucha. — Tomo mi mano. — Se que no te interesa regresar a New York, y te quieres quedar aquí con ellos. — Camine al sillón. — Hay una razón por la que debes regresar y no es un capricho mío. — Entonces ¿cuál es? — Estas por cumplir la mayoría de edad. Antes de morir tu madre. En su testamento te dejo como dueña de todas sus acciones en las empresas — «Mentira». — Es decir que al cumplir 18, tu te harás cargo de la parte de tu madre. — ¿Qué? — Respire profundamente y luego grite. — Eres un mentiroso, no te atrevas a usar a mi madre para que yo regresé. — No. — Intento acercarse pero yo di un paso atrás. — Es la verdad, jamás jugaría con algo así. — No quiero eso, y lo sabes. — Lo sé, pero esa es la voluntad de tu madre. Mira por ahora no tienes que elegir nada, solo tienes que estar consciente de lo que se viene. — Me entrego un sobre con papeles que solo tomé pero no lo abrí. — Cuando estés lista volveremos a hablar. Por ahora solo preocúpate por pensar en la propuesta. Entendí él porque mi padre insistió mucho este último año en mi regreso, es solo que es demasiado para una niña de mi edad. Tengo diecisiete años, y en menos de lo que puedo pensar, me haría cargo del 50% de las empresas, seria responsable del futuro de eso. Antes de que pudiera decir algo o pensar algo mi tío y Max entraron en la sala. — Hermano. Las cosas acaban de llegar, tienes que firmarlas. — Salieron de la sala y me quede sola con Max. — Hey! ¿Todo bien? — Note su presencia y levante la mirada. — Ay! — Di un pequeño salto hacía atrás. — Perdón. — ¿Fue tu padre?. — Dejo que me apoyara en su brazo mientras me llevaba a una silla. — Estas pálida. No sabía que podría atormentar a su propia hija. — Bueno, no soy la excepción. Pero tendré tiempo para procesar todo. — Me recargue en la silla y lo mire. — Tengo una pregunta. — Veamos si te la puedo contestar. — Se acercó un poco a mi. — ¿Hace cuánto eres socio de mi padre? — Un par de años. — Se recargo en el respaldo. — No me sorprende que no te hablará de mí. — Tampoco es que hablemos mucho. — Nos miramos. — Dudo mucho que te haya hablado de mí. — De ti habla todo el tiempo. — Eso sí que es nuevo de mi padre. — Te conocía desde hace tres años. — Levantó la mirada hacía la mía. — Me moría de ganas de conocerte, eres más hermosa de lo que me imagine. — Puso su mano en mi muslo. — Me sorprende que hable de mí. — Desvié la mirada a la mano de Max y pude ver como su cuerpo se inclinaba lentamente. — ¡Eris! ¡Max! — «Momento perfecto» — ¡Eris! — Volvió a gritar mi padre. Max se inclino devuelta y suspiro. Se levantó, extendió su mano frente a mí y la tome, al instante me jaló haciendo que me levantara del asiento, quedé a centímetros de él. Agache la cabeza y en un instante él acaricio mi mejilla, me tomo por la barbilla y la levanto, roso mis labios con su dedo pulgar haciéndome sentir una corriente, después se acerco lentamente. — Vamos a comer. — Susurro en mi oido y luego se alejo. — Vamos. — Solté un suspiro. Me quede sin moverme, mientras que Max caminaba hacía la puerta. La abrió, se quedo parado al lado de la puerta y luego giro hacía mi, señalando el pasillo. — ¿Vamos? — Camine hasta donde él estaba. Comenzamos a caminar a pasos lentos, como si no quisiéramos llegar. Me jalo hacía él por el cuello, con un dedo recorrió de la nuca a mi cintura. Cuando su dedo paso por mi espalda tuve una sensación que no había tenido, me detuve de golpe y gire hacía él, se detuvo delante de mi y luego retrocedió. Se quedó parado con la cabeza clavada en el piso tomé su mano y lo jale reduciendo el espacio que había, al mirarlo vi el azul profundo de sus ojos, él solo sonrió y se inclino, lentamente me iba acercando a él. — Tenemos que ir. — Dio un paso para atrás y me detuve en seco. — Vaya manera. — Me jalo para volver al camino. Al llegar soltó mi mano, me quede parada mientras Max caminaba a la mesa. Lo seguí con la mirada mientras pensaba en que jamas había visto a una persona tan joven trabajar con mi padre y una vez más mi tio interrumpio, es como un deporte. — Eris ¿vienes a comer? — Me tomo por la espalda y me empujo al interior. — Rosa preparo tu favorito. — Caminamos hasta la mesa, y me senté frente a Max. — No podré llevarte de vuelta a casa. — Hizo un pequeño guiño. — No te preocupes tío. Puedo pedir un taxi. — Pedir un taxi saldría demasiado caro, pero bueno necesitaba una manera de volver. — ¿Porque no te llevo yo? — Tenia la mirada clavada en la comida, me tomo por sorpresa. — No tengo mucho que hacer y además esos minutos me servirían para despejarme. — Es una excelente idea. — Me gane un viaje con Max. — Aprovecha y en el camino platiquen. Puede que la convenzas. — Se dirigió a Max. — Ya que. — La idea no me parecía tan mal.
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