-Un día más, un día menos... Un día más, un día menos. - Repetía Isla una y otra vez dentro de su cabeza. Solo tenía que sobrevivir una semana más dentro de su peor pesadilla, y sería libre. O al menos, eso pensaba.
Inmediatamente después de la preparatoria decidió trabajar para reunir el resto del dinero que necesitaba para pagar la mitad de su beca universitaria. Las condiciones de trabajo eran buenas, y la paga más que suficiente, por lo que, la chica jamás hubiese sido capaz de imaginar, que, el gesto que una vez aceptó con tanta alegría, terminaría cambiándola para siempre.
El Sr Anderson era el cliente perfecto; adinerado, discreto y daba las mejores propinas. Solía frecuentar el bar del Sr Brown, el padre de Isla, siempre con una chica joven y hermosa tomada del brazo. A pesar de su popularidad entre las jóvenes del área y de su conocido matrimonio infeliz; desde los últimos meses se había fijado en la belleza sencilla y natural de Isla, ya que, su largo cabello castaño claro y sus ojos verdes como esmeraldas la hacían destacar del resto de las chicas a su alrededor.
Por esta razón, el Sr. Anderson, que, como hombre de negocios al fin, reconocía una oportunidad cuando la veía, en cuanto escuchó que la joven aplazaría su entrada a la universidad por un año, convenció a su padre para llevarla a trabajar con él.
–Nos conocemos hace años, Sr. Brown. Por eso me tomo la libertad de aconsejarlo. —dijo el Sr. Anderson. — Su hija es joven, inteligente y hermosa. ¿Considera usted justo que desperdicie aquí un año de su vida? ¿Siendo centro de las miradas de borrachos y viciosos, atrapada en las noches cual mujer de la calle?
El Sr. Brown miró hacia abajo y sacudió su cabeza con sus manos.
—¿Qué otra cosa puedo hacer? — le respondió con cierto remordimiento. El negocio no va bien, así que no puedo pagarle el resto del dinero que necesita para que estudie en la universidad de sus sueños. Intento no fallarle a Isla, de la misma forma en que fallé con su hermana, pero las cosas cada vez se tornan más difíciles por aquí. Mientras ella trabaje para mí, yo podré prescindir de una de mis camareras, y con lo que ahorre de esa forma, lograremos reunir el dinero que necesita. Además, ella no tiene experiencia, nunca la contratarían en otro lugar. Es nuestra única opción.
–Déjela en mis manos. — replicó el Sr. Anderson, con la rápida astucia que lo caracterizaba. — Puedo llevarla a trabajar conmigo. Le pagaré suficiente para que pueda reunir el inero que necesita.
–Eso es muy considerado de su parte. —dijo el padre de Isla. — Pero, ¿qué podría hacer ella dentro de su enorme empresa? Es una niña, no sabe hacer nada.
—Ja jajá. — rio el Sr Anderson.— Por lo que escucho, la más pequeña de los Brown sabe hacer lo mismo que mi secretaria, y, ¿adivina qué? Siempre he pensado que los hombres importantes deben tener al menos dos.
–Gracias, muchísimas gracias. —dijo alegre el Sr Brown. —Ven hija, y agradécele al señor Anderson. Gracias a él no tendrás que trabajar en este bar de mala muerte. Con el aprenderás cosas realmente importantes.
Isla abrazó felizmente a su padre, y le agradeció con una sonrisa al señor Anderson, luego corrió a contarle las buenas nuevas a su madre. Definitivamente la chica estaba a punto de recibir una de las lecciones más importantes de su vida, aunque, no se trataba de ninguna lección empresarial.
A la mañana siguiente, Isla se despertó temprano, aunque, siendo sinceros, apenas había podido conciliar el sueño la noche anterior, debido a las ansias tan grandes que tenía de llegar a su nuevo trabajo.
Su madre le había comprado un lindo vestido rojo para que lo usara el primer día de universidad, pero, debido al repentino cambio de los acontecimientos, le dijo que lo usara para trabajar, y le prometió que le compraría uno aún más hermoso, cuando fuese a comenzar la universidad.
Mientras se maquillaba, Isla se sentía cada vez más hermosa. Cubrió sus labios con un hermoso color carmín, que contrastaba con su piel blanca y tersa, y con sus verdes ojos, y se maquilló sutilmente, lo cual resaltó aún más, su belleza natural.
Al mirarse al espejo, se veía a si misma radiante, ya que, por alguna extraña razón, la independencia que le proporcionaría trabajar lejos de casa la hacía vibrar. Después de todo, y aunque los amaba con locura, alejarse de sus padres era uno de los objetivos de estudiar lejos.
Cuando llegó la hora de partir, su madre la acompañó hasta la parada del autobús, y permaneció allí hasta perderlo de vista. Al verla partir, sintió que su hija había crecido de un día a otro, y lloró.
Durante el trayecto, Isla pensó sobre muchas cosas, una de ellas, sobre la facilidad con que las cosas podían cambiar de la noche a la mañana, y, también, en cuanto le hubiese gustado que su hermana estuviese cerca, para ayudarla a controlar sus nervios.
Al llegar a su destino, bajó del autobús y miró todo a su alrededor; el edificio donde se situaban las oficinas del Sr Anderson, que antes le parecía enorme, ahora le parecía muy pequeño, pues ella se había hecho grande, muy grande.
Una vez estuvo parada frente a la entrada, llenó sus pulmones de aire fresco y dijo para sí misma: — Hoy nace una nueva Isla Brown.
Unos minutos después de mostrar su identificación en el lobby del primer piso, una joven se acercó a ella y se presentó:
–Hola, soy Amara. La recepcionista del Sr Anderson. Espero que dures más que las últimas tres.
–Me llamo Isla. Sí que espero durar más que las últimas tres. — tras decir esto, ambas rieron.
–No tomes a mal lo que dije. — expresó Amara. – Llevo más de un año trabajando aquí, y eres la cuarta nueva recepcionista que conozco. No es nada fácil conservar un empleo en esta empresa.
Las chicas caminaron juntas hasta el ascensor y subieron hasta el décimo piso acompañadas de un denso e incómodo silencio.
—¡Qué bonita oficina! —exclamó Isla al llegar.
–Parece más grande el primer día, como todo el edificio, dentro de poco te quedará pequeña. — señaló Amara, mientras se acercaba a su despacho. Ahora ve. le indicó El Sr Anderson te espera en su despacho.
Isla caminó hasta el despacho, se detuvo frente a la puerta, y justo antes de tocar respiró profundamente.
–Adelante. — respondió el Sr Anderson. — Pasa y toma asiento. tras decir esto, se puso de pie y le acomodó una silla, bien cerca de él.
–¿Qué te parece el lugar? — le preguntó.
–Todo lo que he visto hasta ahora me gusta. — respondió ella, con cierta ingenuidad.
–Y aún falta mucho más. –expresó el Sr Anderson, en tono misterioso.
Ella, sin comprenderlo, sonrió, pues no quería quedar como tonta en su primer día.
–El trabajo para el que fuiste contratada es muy fácil. — explicó el Sr Anderson. — Debes tomar mis recados y llamadas, gestionar mis citas con clientes potenciales y programar mi horario. Amara te enseñará y te explicará el resto. Ahora ve con ella. Nos vemos en un rato.
Después de este pequeño intercambio, Isla se acercó a Amara, quien se encargó de ensañarle con dedicación todo, absolutamente todo, lo que creía que la chica necesitaba aprender.
Los primeros meses de la vida profesional de Isla pasaron volando, en especial, gracias al apoyo que había recibido por parte de Amara, quien se había convertido en un pilar fundamental en su vida. A pesar de su áspero comienzo, las chicas llegaron a convertirse en grandes amigas y pasaban todo el día entre historias y risas.
Amara era mayor que Isla, pero, aunque la diferencia no era mucha, con solo 28 años de edad, había vivido mil vidas. Ella era una mujer delgada, con busto pequeño y anchas caderas de mujer latina; el tipo de chica que llamaba la atención de cualquiera que tuviese ojos, y se encontrase cerca de ella.
Un día, mientras hablaban, le contó que con solo 15 años abandonó de casa con un hombre mayor que sus padres no aceptaban. Después de que su relación terminara, con temor al reproche de sus padres si regresaba y sin tener a donde ir, no tuvo más remedio que vender su cuerpo por unos meses, hasta que conoció a un hombre rico que la ayudó a cambiar su vida. El hombre, según su descripción, era casi perfecto. Alto, adinerado y magnifico en la cama. Lo tenía todo, hasta una esposa.
–Inicialmente no me dijo que estaba casado. — le explicó Amara, como si tratase de justificarlo. — Cuando lo descubrí ya estaba perdidamente enamorada, dependía de él. Así que acepté permanecer en su vida y observarlo ser feliz. Unas veces con ella, y otras veces conmigo.
La historia conmovió a Isla al punto de hacerla llorar. Permaneció en silencio por unos minutos y se compadeció de su amiga:
–No le des muchas vueltas. — exclamó ingenuamente. — El día que menos lo esperes se dará cuenta de que eres todo lo que necesita. Y la dejará, y su amor será solo para ti.
—Ojalá así sea. —dijo condescendientemente Amara, quien, a pesar de haberse resignado hace mucho tiempo a su status como amante, agradeció el intento de consuelo de su amiga, a quien había comenzado a ver como una hermana menor.
—Estoy muy agradecida con la vida por haberte cruzado en mi camino. — le dijo Isla. — Desde que mi hermana se fue de casa, no he vuelto a tener a nadie con quien conversar que no sea mi madre.
Amara sonrió, y apretó con fuerzas las manos de la chica, siendo esa, su forma de decirle que también estaba muy agradecida de tenerla.
Justo en ese momento el teléfono sonó. El Sr Anderson llamó para solicitar la presencia de Isla en su despacho, quien, se levantó rápidamente y fue a su encuentro.
–¿Todo bien señor? — preguntó Isla al entrar al despacho.
–Sí, todo bien. —aclaró él mientras levantaba el teléfono para pedirle a Amara que fuese hasta su cafetería preferida a buscarle un café.
A Isla le extrañó lo que estaba sucediendo, ya que, generalmente era ella quien recogía su café y el resto de sus pedidos. Su primera idea fue que estaba en problemas, pero no recordaba haber hecho nada mal, así que, intentó relajarse.
—Siéntate junto a mí. — le dijo el Sr Anderson. — Tu y yo tenemos una conversación pendiente.
Isla se acercó lentamente y se sentó en el sofá junto a él.
– ¿Algo anda mal? — preguntó apenada.
– Efectivamente, algo anda mal. — le respondió él.
Ella bajó temerosa la mirada, pues, perder ese trabajo no era opción. Si lo hacía, su sueño de ir a la universidad, y escapar del pueblo estarían destruidos para siempre.
El Sr Anderson percibió su preocupación y la calmó diciendo:
–No te preocupes, no tiene nada que ver con el trabajo. Aquí todo está bien. El problema es conmigo. Algo anda mal dentro de mi cabeza; el problema es, que no puedo sacarte de ella.
La joven levantó rápidamente la mirada, sin lograr entender lo que estaba ocurriendo. Unos segundos después notó que el Sr Anderson había desabrochado sus pantalones y comenzaba a juguetear con su pene sin sacarlo del todo.
¡Que está pasando! - exclamó ella desconcertada.
–Relájate y déjate llevar. — le dijo mientras le desabotonada la blusa en busca de uno de sus senos.
Ella seguía sin entender. No comprendía como había ocurrido todo y a la vez se reprochaba por no pararlo. Quería detenerlo. Necesitaba detenerlo. Pero no lo hacía.
Mientras tanto, ella permaneció inmóvil. El Sr Anderson tomó su nula respuesta como si fuese consentimiento y sacó por completo su pene. La invitó a acariciarlo. Pero ella no hizo nada.
–Está bien, es tu primera vez, eres tímida, lo entiendo. — le dijo él, sin dejar de buscar sus senos. — No tenemos por qué apresurarnos.
Con su mano derecha continuó acariciando su pene, cada vez con más fuerza. Con la izquierda había logrado abrirse paso entre la blusa y el sujetador hasta alcanzar sus senos, tan suaves y firmes como miles de veces los había imaginado. Se acercó hasta ellos, y los miró detenidamente, como si quisiese hacerles una copia mental. Los pezones rosados y perfectos lo incitaron al pecado. Pensó que era el primero en verlos, en acariciarlos y en sostenerlos. Nada le daba más morbo que eso.
Isla permaneció inmóvil. Quería que todo acabara de una vez. Pero seguía paralizada. –¡Es mi culpa, es mi culpa! se castigaba en silencio mientras el Sr Anderson estrujaba sus pechos.
–¡Arrodíllate! —le dijo con fuerza. — Pero rápido, que no llego.
Ella temblorosa obedeció. Él continuó sobándole los senos; esta vez con más fuerza. Los apretó como si fuese a arrancarlos, y con la misma fuerza continuó dándose placer. Isla levantó la vista y vio su enorme pene frente a sus narices. Era grande y dejaba ver sus venas, como si estuviese a punto de estallar, quizás por tanto placer.
Finalmente, el Sr Anderson soltó sus senos y la tomó por el cabello. Ella cerró los ojos y sintió algo caliente correr por su rostro.
Cuando reunió el valor de abrirlos nuevamente pudo verlo recostado en su silla. Con una sonrisa de felicidad dibujada en sus labios.