Mila sabía que estaba perdida. Sentía el frío del metal contra su sien, mientras la herida en su costado seguía sangrando sin control. No le quedaban muchas oportunidades. Tal vez esta sería la última.
En un impulso desesperado, decidió dar una última pelea. Giró bruscamente hacia su oponente, apuntando su arma sin un gramo de miedo.
Pero entonces, algo cambió.
El cañón que le apuntaba se desvió… y en un abrir y cerrar de ojos, tres disparos secos resonaron en la bodega.
Uno. Dos. Tres.
Los hombres cayeron como muñecos rotos. El silencio regresó, denso, sofocante.
Mila se quedó inmóvil, paralizada. Su rostro reflejaba la misma confusión que dominaba su mente.
— Baja el arma —dijo la voz, ahora más suave, más familiar… más femenina.
Reconoció esa voz al instante.
— Jane… —susurró, aliviada.
El supuesto soldado se quitó el casco. El cabello oscuro cayó en ondas desordenadas. El maquillaje, aplicado para endurecer sus rasgos, comenzaba a desdibujarse con el sudor. El uniforme masculino le ajustaba con precisión militar… pero ahora que la observaba bien, Mila lo notó todo: la curva del cuello, la expresión detrás de la máscara. Era su compañera. Su amiga. Y en ese instante, su salvadora.
— No hay tiempo para explicaciones —dijo Jane, ya revisando uno de los cuerpos—. Si nos quedamos aquí, pronto vendrán más.
Le tendió una camisa arrancada de un enemigo. Mila la tomó sin preguntar. Aún temblorosa, se la colocó y se acercó para registrar a los otros soldados. Tan pronto como se armaron con lo necesario, salieron rumbo a otro escondite.
Era una bodega de alimentos. No tenía mucho, pero serviría como refugio temporal. Una vez instaladas, Jane sacó hilo y aguja de su equipo. Con manos expertas, comenzó a coser la herida de Mila.
— Sabes que tenías órdenes —comentó sin levantar la vista—. No deberías estar aquí. Tu deber era irte con ese tipo... Beltrán.
— Agh... — se quejó del dolor — no lo haré —respondió Mila entre dientes—. Ese idiota fue el que nos metió en este problema.
— Simón te lo ordenó —aclaró Jane, firme.
— ¿Por qué lo protege tanto? —preguntó Mila, la rabia contenida en su voz—. No tiene sentido. ¿Qué podría hacer él?
Jane se detuvo un segundo antes de cortar el hilo.
— Puede que no lo parezca —dijo mientras comenzaba a vendar—, pero él tiene algo. No sé qué es... solo sé que, por alguna razón, sus decisiones siempre aciertan. Y eso, Mila... eso es muy extraño. Tanto, así como si fuera…
— Simón. — concluyó conectando instintivamente con las palabras de Jane, el silencio retornó dejándola meditar al respecto ¿realmente son tan parecidos? — Es imposible — señaló mientras se abotonaba la camisa que antes le pertenecía al soldado. Su ultimo recuerdo era de un hombre que parecía desubicado, casi como si no conociera su lugar en el mundo.
Mientras tanto, Beltrán sostenía la mirada fija en los monitores. La habitación estaba en silencio, apenas interrumpida por el zumbido de las transmisiones y el parpadeo tenue de las señales tácticas. Pero en su mente, el ruido era otro.
No dejaba de pensar en ella. Mila. La mujer ocupaba sus pensamientos recurrentes de manera poco usual, era como una dulce tortura que cada vez le obsesionaba más y más.
Desde aquel extraño encuentro con Simón, no la había vuelto a ver. Y por más que intentaba concentrarse en lo urgente —la situación militar, las rutas de escape, las zonas críticas— su pensamiento se desviaba una y otra vez hacia esa mujer que, de algún modo, le había salvado la vida.
La imagen del beso le regresaba como un aguijón. No sabía qué era lo que le incomodaba más: si la forma en que Simón la había tomado sin vacilar, como si ella fuera parte de su historia... o el hecho de que él mismo deseaba haber sido quien la besara.
Fue un impulso irracional, silencioso, imposible de explicar. Una atracción que crecía justo porque ella se mantenía distante, inaccesible, impenetrable. No era solo su belleza: era su fuerza, su mirada entrenada, ese gesto entre orgulloso y resignado que llevaba clavado en el rostro.
Él no la conocía en absoluto, era una perfecta extraña y pese a ello la deseaba como un impulso creciente que apenas podía controlar, no sabía qué significaba todo eso. Pero lo sentía. Mila despertaba un instinto que nunca había sentido, algo único y que lo embriagaba.
Entonces, el sonido metálico del dispositivo rompió el momento. Un mensaje entrante.
02:00 AM
Informe de localización – remitente: Jane.
Beltrán se incorporó al instante. Sus ojos recorrieron la pantalla con atención. El nombre de Mila destacaba entre las líneas codificadas. Estaba viva. Herida, pero con vida. Y lo peor… o lo mejor: atrapada en una zona roja.
Se acercó al mapa desplegado en la mesa central con rapidez y movió unos marcadores, comparó rutas, analizó los informes de vigilancia. La zona donde se encontraba Mila estaba en pleno centro de un anillo de control enemigo. Las patrullas del Diablo estaban reorganizándose después del último enfrentamiento, según los informes solo era cuestión de tiempo y si alguien caía ahí, no saldría sin ayuda.
Pensó en como decírselo a Simón, pero seguramente, seguía en su oficina, maniobrando tropas, diseñando estrategias más grandes. Beltrán no tenía tiempo para eso.
Él no era general ni tampoco estratega. No era nadie. Pero no estaba dispuesto a dejarla ahí, al menos no hasta que entendiera cuales eran sus opiniones con respecto a Mila.
Tomó su radio y comenzó a contactar con un pequeño grupo: soldados de confianza de Simón, los que no hacían preguntas, solo seguían cuando él tomaba la delantera. Dio las indicaciones necesarias para reunir un grupo de búsqueda. Mientras ajustaba el auricular y revisaba el estado de las municiones, una sola idea le rondaba la cabeza:
"Ese beso no fue mío… aún." — aquel comentario se sintió instintivo, como si un lunático de pronto hubiera ocupado el cuerpo de Beltrán.
Con el mapa memorizado y la decisión tomada, Beltrán desapareció del búnker sin decirle a nadie lo que estaba por hacer. Solo dejó encendida una de las pantallas con el informe abierto, por si alguien decidía seguirlo.
Pero él no esperaba que lo hicieran.
Esta vez, iba solo.