Beltrán cruzó los brazos. Su mente operaba como la de un estratega en plena partida de ajedrez, visualizando cada movimiento, cada posible ruta de escape. El problema se entrelazaba como hilos de telaraña a su alrededor; cada camino parecía llevar al mismo desenlace fatal. Sabía que había una alta probabilidad de que fueran emboscados en un par de horas. No era una corazonada, era un cálculo basado en patrones, en la forma en que los enemigos se movilizaban. Y si no hacían algo pronto, perderían.
Sus ojos recorrieron los monitores una y otra vez. Su mente iba a toda velocidad, buscando una grieta, una oportunidad. Entonces, sin darse cuenta, un pensamiento escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo:
—Sabes que vendrá aquí, ¿verdad?
El comentario cayó como un balde de agua fría. El silencio se apoderó de la sala de inmediato.
Los soldados y estrategas presentes intercambiaron miradas de incertidumbre. No porque la idea fuera descabellada, sino porque todos temían la reacción de Simón.
Las órdenes habían sido claras: Mila debía mantenerse alejada. No podía arriesgarse a que cayera en la trampa que, muy probablemente, ya estaba tendida.
Simón, de pie junto a la mesa central, apretó la mandíbula. Cualquiera esperaría que estallara en furia, que golpeara la mesa, que gritara una orden para reforzar la seguridad. Pero no hizo nada de eso. Solo dejó escapar un pequeño gruñido contenido, casi imperceptible, pero suficiente para que todos entendieran que la posibilidad de que Mila llegara era un hecho inevitable.
Suspiró, con los ojos clavados en el mapa iluminado sobre la mesa.
— Sí. Lo sé. — respondió a regañadientes.
Las palabras fueron casi un susurro, pero cargadas de resignación.
No importaba cuántas veces le ordenara que se mantuviera alejada, Mila siempre hacía lo que quería. Era una cazadora solitaria, incapaz de quedarse de brazos cruzados cuando sabía que algo estaba mal. Desobedecía órdenes como si la autoridad no significara nada para ella, y eso lo enfurecía. Pero al mismo tiempo… esa misma actitud era lo que siempre lo había fascinado de ella.
Sin embargo, en ese momento, la admiración no tenía lugar. Solo la preocupación.
Mila era fuerte, pero esta vez estaba herida. Esta vez, el enemigo la conocía mejor que nunca, sabía de sus patrones de ataque, sabía de sus habilidades, y peor aún, conocía de su herida. Y esta vez, si ella se presentaba, no habría manera de evitar el desastre.
Simón cerró los ojos por un instante.
—Preparen las defensas —ordenó con voz grave—. Si Mila viene, no llegará sola. — añadió — posiblemente la persigan y terminemos con una lucha campal.
Mila era testaruda. No le importaban las órdenes cuando se trataba de proteger a los suyos. Y eso la hacía más peligrosa para sí misma, ella no llegaría sola si la estaban persiguiendo.
— Beltrán, ya debes irte — ordenó.
En ese instante. El sonido de su teléfono vibrando sobre la mesa interrumpió sus pensamientos, se trataba de un mensaje anónimo. Un numero desconocido, Simón dudo un momento en revisar el mensaje pero al final su curiosidad ganó.
"Corre todo lo que quieras, niña. Pero tu escudo caerá antes que tú."
Simón sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que esa amenaza era solo proveniente de su hermano mayor.
"Escudo." Hablo para sí, intuía que irían directamente a él sin importar lo que sucediera. Estaba claro que el Diablo estaba molesto. Su única salida en ese momento era movilizar a su carta ganadora, Beltrán, pese a que no conocía el mundo de la mafia, tenía habilidades únicas. Si, definitivamente el podría hacerle pelea al Diablo en la competencia por ser el nuevo heredero. Pero, para ello debía enviarlo lejos con su mejor escolta, Mila, sin embargo, la orgullosa mujer se negaría a obedecer una orden sin explicaciones como esa. Además, sabían exactamente cómo manipularla. Sabían que Mila no escaparía. Que vendría a protegerlos, aunque eso significara su muerte.
Miró a Beltrán con seriedad.
— Prepárate y lárgate. Lo peor aún no ha comenzado.
El frío aire nocturno se podía sentir entre todos, tanto enemigos como aliados podían sentir como una bruma se acercaba con el único fin de dificultar su visión. Dentro de poco los hombres del Diablo habían conseguido adueñarse de la mayor parte del territorio y su sigilosa habilidad parecía predominar a los asesinos de Simón. Aun así, estos se defendían con una voluntad férrea, arriesgándose a todo cuanto fuera posible por mantenerlos a raya. Algunos sentían como el frio intenso les quemaba la piel.
Mila por su parte sentía ese mismo frio desde hace varios minutos. Cada paso era un tormento, sus pasos parecían pesados hasta que finalmente encontró una motocicleta en buen estado. Intentó levantarla del suelo, pero la herida de bala que había logrado cerrar con vendas improvisadas volvía a abrirse con cada movimiento brusco. Su ropa estaba empapada de sangre y el sudor frío cubría su frente. No podía detenerse.
El sector norte estaba a medio kilómetro de distancia, demasiado lejos para ir caminando en su estado, por lo que en un esfuerzo consiguió enderezarla e inmediatamente encenderla para emprender su viaje a gran velocidad. No sin antes hacer una parada en uno de los edificios abandonados. Mila era una digna mano derecha, sabía que edificios tenían municiones, armamento e incluso productos de contrabando. De adueño de varias cosas y continuó con su viaje.
En tan solo unos minutos frenó para darse cuenta por el silenció que había llegado al campo de batalla. Apoyó la mano en la pared de un callejón para recuperar el aliento.
Entonces, su teléfono vibró. Lo sacó con dedos temblorosos y vio el mensaje en la pantalla.
"Corre todo lo que quieras, niña. Pero tu escudo caerá antes que tú."
El mensaje era corto, pero bastante claro. No la querían a ella, querían deshacerse de Simón. Querían destruir lo que la mantenía en pie, no podía permitirse perder más tiempo. Mila apretó los dientes y guardó el teléfono para luego dirigirse al interior de uno de los edificios abandonados, en silencio se dio cuenta que había algunos soldados del Diablo haciendo burla de sus víctimas. En otro momento, hubiera arremetido contra ellos, sin embargo, esta vez no le era permitido moverse con facilidad, con sumo cuidado se deslizó por los pasillos hasta llegar a la bodega subterránea, sabía que allí había gasolina por montones, de inmediato accionó su encendedor y salió del lugar. Entre los pasillos comenzó a notarse el humo llamando la atención de los soldados, varios se pusieron atentos a buscar pistas sobre su origen.
Mila se obligó a seguir caminando, ignorando el dolor punzante en su costado. Tenía que llegar antes que ellos a la superficie, pero el dolor le impedía avanzar, rápidamente sintió acercarse a los soldados por lo que se ocultó en una esquina oscura. Su costado ardía, su respiración era entrecortada. Los pasos de los soldados comenzaron a acercarse, tenía que atacar de lo contrario no saldría con vida
— Maldición. — murmuró tan pronto como cruzó mirada con uno de ellos.
Inmediatamente se abalanzó acertando su cuchillo en el cuello del hombre y acallándolo con su mano para que no fuera descubierta. "La cacería aún no ha terminado… y esta presa no caerá sin pelear." Pensó levantándose para luego ocultarse de nuevo pacientemente en aquel sitio. Otro se acercó buscando a su compañero cuando notó que este estaba misteriosamente parado mirando hacia la nada. Con sumo cuidado se acercó cuando notó como temblaba de miedo.
— ¿Qué te pasa? — interrogó para después quedar boquiabierto.
La escena parecía de terror cuando vio que su colega estaba enredado en lo que parecía una trampa de alambres, estos a su vez, conectados con una pistola de arnés, al principio no parecía peligroso, pero por alguna razón le daba mala espina. Con cuidado se acercó y trató de separarlo, pero solo recibió una violenta negativa.
— ¡No! — gritó desesperado — me dijo que no me moviera — explicó apenas.
— ¿Por qué? — confundido se acercó aún más para intentar soltar los cables con un cuchillo.
Mila de pronto apareció detrás de ellos. Su rostro serio invadió de un temor irracional en los dos sujetos. Para entonces el soldado había cortado uno de los cables.
— Porque si lo hacía accionara la trampa — respondió dejando helados a ambos sujetos poco antes de que el arnés se recogiera soltando todos los cables y cortando ferozmente el cuerpo de ambos soldados.