"La divinidad de Elia"

2904 Words
Fue una tarde tranquila, puesto que la joven ya no tenía la tensión en sus hombros del pago de la matrícula por lo menos de aquel mes, inclusive había recibido más de una buena propina y había atendido a dos peces gordos gracias a que, tras el resultado que tuvo al atender a Lucas Demetri, Alondra se sintió más confiada de otorgarle mesas con clientes importantes. Faltaba una hora para irse, daban las cinco de la tarde en punto, en un rato por fin podría asistir a las clases y en la noche dormiría como un bebé, estaba ansiosa por que aquello sucediera cuando fue llamada al área de recepción, se trataba de Erica, quien había terminado recién una llamada, seguramente para enviar comida o bebidas a una de las habitaciones importantes. — ¿Puedo ayudar en algo? —Preguntó Elia acomodando su vestimenta y mirándolas con una sonrisa atenta, nada podía perturbar aquella felicidad que sentía. —Me falta cambiar las servilletas de las mesas, pero les juro que he estado muy ocupada. —Se excusó en un tono de disculpa suave, Erica tenía una sonrisa extrañada en sus labios, aquello puso alerta a Elia. —No es eso. —Exclamó Alondra. —Nos acaban de llamar de una habitación importante con un muchacho consentido que viene esporádicamente, su familia es de gran prioridad para el hotel, su habitación está en el último piso, esos con los que necesitas una llave para subir en el elevador. — ¿Quieren que le hable a Gerónimo? Creo que todavía no se va. —Señaló Elia hacia aquel individuo, quien se encontraba atendiendo una mesa.  —No, reina, han pedido que vayas tú, lo que es más... han mencionado tu nombre ¿Serán amigos tuyos? —Preguntó Erica con curiosidad, Elia frunció el ceño, por supuesto que no tenía amigos en el hotel, apenas y tenía unos cuantos de la preparatoria y la universidad.  —No tengo ningún amigo aquí…—Se quedó pensando un par de minutos confundida, intentando recordar a alguien que pudiera conocerla dentro del hotel, cuando finalmente comprendió. —Oh no, sé de qué se trata esto…—Cerró los ojos con fuerza haciendo memoria. —En la mañana cuando fui por el periódico para uno de los comensales me topé con unos muchachos y me preguntaron dónde trabajo y cuál es mi nombre, por favor no me hagan subir. —Explicó y suplicó con las manos juntas sobre su pecho. — ¿Estás bromeando? —Preguntó Erica. —Siempre has querido subir a los últimos pisos, además sólo han pedido que lleves hielo con forma de cubo. — ¿Es una broma? ¿Subiré hasta allá para dejar hielo? —Preguntó con los ojos abiertos de par en par, aquello sólo disipaba más sus dudas, ¿Qué si las intenciones de aquel tipo eran malas?. —No puedo hacerlo, se veían como unos tipos fastidiosos. —Elia, cariño, odio decir esto pero decirles que no es sentenciarnos a nosotras mismas. —Suspiró Alondra con un rostro apenado. —Necesito que lleves ese hielo, pídele a Alberto que te preste uno de sus radios, si las cosas se ponen raras entonces nos hablas, además queda una hora para que salgas, si subes ahora te dejo libre en cuanto termines ese encargo. — ¿En serio? —Preguntó finalmente no muy entusiasmada, su hermana siempre le advertía de aquel tipo de personas, eran desagradables y egoístas, lo había comprobado un poco con el señor Lucas Demetri, pero nunca con personas cercanas a su edad. —Está bien, jefa. —Terminó por decir. —Esa es la actitud. —Elia respiró profundamente y asintió con la cabeza. La joven castaña caminó hacia los elevadores con los hielos que le fueron solicitados, miró fijamente su reflejo por unos segundos antes de pulsar el botón hacia el último piso, inclusive le resultaba alarmante el vértigo que le hacía sentir subir cada vez más, como si de algún modo en su interior algo le dijera, o inclusive le advirtiera que aquel era un punto sin retorno, finalmente tras respirar profundo salió, el aire que se respiraba era una combinación entre el perfume del hotel junto con alcohol y algunas sustancias. La música sonaba fuerte y las puertas de la habitación estaban abiertas de par en par, la gente entraba y salía sin problema, mientras algunos otros bailaban y se besaban en el largo pasillo. ¿Es que el piso entero estaba reservado? Caminó con cuidado buscando con sus ojos a los dos muchachos que preguntaron por ella en un principio, para de ese modo lograr evitarlo, estaba resultando con éxito pues logró dejar el hielo sobre la mesa donde se encontraban las bebidas. —Esto es increíble. —Suspiró viendo el balcón por un segundo, la vista parecía de otro mundo, nunca había subido tan alto, sentía el aire, por un momento ajena a su realidad podía sentir la calma que aquellos jóvenes con el futuro resuelto, podía respirar, cerró los ojos por un momento. — ¡Quieren que salte! —Aquel grito la despertó de su ensoñación, ahí mismo, donde veía previamente se encontraba un joven con camisa de satín y un pantalón de vestir n***o, se sostenía gracias a su equilibrio sobre la orilla del balcón, un pie delante del otro y sus manos balanceando su cuerpo. — ¡Salta, salta, salta! —El grito unísono le puso los vellos de punta a Elia, ¿Cómo podían decir eso? ¿Cómo se burlaban? ¡El tipo estaba notablemente influenciado por el consumo de alcohol o alguna droga! — ¿Salto? —Preguntó esta vez  en voz baja, se sentía culpable por la forma en la que había tratado a Remedios y se odiaba a sí mismo por alejar a todas las personas que le interesaban, merecía morir, sería más sencillo que afrontarse a sí mismo —Debería hacerlo...— Terminó por decir para sí mismo acomodándose con el cuerpo mirando a la caída libre, sus pies alineados en el pequeño espacio de concreto que sostenía el balcón. — ¡Salta! —Se burló un borracho, era él, el tipo con el que se había topado en la mañana. — ¡Anda, salta! ¡Siempre dices que lo harás! —Todos comenzaron a reír, el muchacho de rostro angelical y mirada adormilada miró desde su hombro hacia atrás, con los parpados caídos, a punto de cerrarse. — ¿Salto? —Preguntó con una mueca de tristeza en sus labios, aunque era un chiste recurrente, una búsqueda de adrenalina entre ellos, pues su diversión se había pervertido a un grado en el que ya era poco lo que los impresionaba o emocionaba, el joven realmente estaba considerándolo, sería más sencillo. De pronto ya no sonaba tanto como un chiste para él. — ¡Mierda! —Elia corrió hacia él, estaba por perder el equilibrio, su rodilla se impactó contra la misma orilla, a punto de caer ella lo tomó por el brazo, utilizando toda la fuerza de su cuerpo para hacerlo caer en el interior de la habitación, ambos cayeron, las heridas que en ella se provocaron fueron más graves, pues utilizó su cuerpo para dejarlo caer sobe ella, él era muchísimo más grande en proporciones, por lo que el impacto lo resentiría en los próximos días con moretones. — ¡Aburridos! —Gritó un tipo, todos regresaron a su entretenimiento, entre conversaciones superficiales, beber y burlas, el tema del s*****a había pasado rápidamente de moda, nada los emocionaba por demasiado tiempo. — ¿Estás completamente desquiciado? —Preguntó Elia con los ojos llorosos, temerosa por lo que pudo haber sucedido, ¿Cómo podían estar tan tranquilos todos? ¿Nadie había visto lo mismo que ella? — ¿Al menos me ayudarás a levantarme? —Preguntó, él la miró con el ceño fruncido, inquietado por su respuesta y manera de expresarse, parecía realmente preocupada... ¿Por él? —Sí. —Terminó por decir, le apenaba el grado de embriaguez en el que se encontraba, debía lucir como un completo imbécil y ella acababa de salvarle la vida, como si hubiera sido la cosa más intrascendente en su vida. —Perdón. —Le susurró levantándose mientras le extendió una mano. —No, está bien, sólo quería que te quitaras de encima. —Terminó por decir limpiando su pantalón con una mano, escondiendo en el centro de su pecho la otra. —Soy Valente. —Presentarse había sido el resultado de un profundo esfuerzo, ya que apenas podía hablar, Elia asintió y comenzó a caminar hacia la puerta, Valente tomó su mano con suavidad, ella lo miró confundida cuando notó el miedo en el rostro del joven. —Ayúdame. —Le pidió, en sus ojos la súplica era latente, Elia lo notó y parpadeando rápidamente asintió, sintió un nudo en la garganta, ¿Él quería realmente terminar con su vida? —Soy Elia. —Se presentó entonces ella acercándose a él, poniendo su hombro detrás del brazo de Valente, de ese modo le resultaba más sencillo sostenerlo, ya que era un hombre alto y pesado. —Al fondo. —Susurró con los ojos cerrados, ella asintió y caminaron hacia el interior del lugar, se trataba de una habitación por lo menos del tamaño de la mitad de la casa de Elia, con un enorme ventanal, la joven no pudo evitar fijar sus ojos en el paisaje, estaba deleitada pero al mismo tiempo asustada por Valente. —Aquí estás. —Sonrió ella acostándolo sobre la cama. —Yo tengo que irme pero estoy segura de que estás en buenas manos…—Aquello lo dijo sin sentirlo realmente, por lo poco que había visto él tenía amigos de mierda. — ¿Por qué me salvaste la vida, Elia? —Preguntó débilmente, mirándola desde la cama con los ojos casi cerrados, ella suspiró, se acercó a acostarlo con una almohada sobre su espalda y retrocedió, él la miró con seriedad. — ¿Te mandó Olimpia? —La pregunta aunque parecía sonar con indiferencia en el fondo llevaba anhelo, como si quisiera que la respuesta fuese un sí. — ¿Olimpia? —Preguntó confundida sirviendo un vaso de agua que dejó a su lado. — ¿Por qué me salvaste la vida? —Volvió a preguntar, sonaba abrumador y asustaba a Elia lo serio que podía tomarse aquello, Remedios siempre se lo decía, los “niños ricos” tienen una forma de ver la vida muy extraña, le temen a lo que no pueden comprar. Si sus sospechas eran atinadas aquel Valente temería no encontrarle precio a que le hubiese salvado la vida, y Elia odiaba la idea de verse involucrada con alguien como él por esta "en deuda". —Porque sí. —Se encogió en hombros, qué respuesta tan más difícil, decir que le había salvado la vida llevaba consigo un enorme peso con ello, Elia no quería que alguien como él pensara que le debía nada, sabía que sólo traería problemas. —Es una respuesta tan vaga...—Susurró con los ojos entrecerrados. —Te debo mi vida.  —No te sientas en deuda por algo que tú y cualquier persona hubiera hecho. —Valente bufó y negó con la cabeza.  —Evidentemente mis amigos no...—Susurró, Elia lo miró  los ojos apenada. —Sé lo que piensas pero estás equivocada, son buenas personas, sólo hemos tenido una vida de mierda.  —Permíteme diferir. —Se burló entonces la joven negando con la cabeza, él frunció el ceño. —Es decir...Tienen acceso a todo esto, lujos, hermosas vistas, oportunidades, dios, todas las oportunidades, y aún así buscan un motivo para ser infelices.  —El dinero no hace a la felicidad, Elia... No tienes idea de lo...estropeadas que están nuestras familias, pero ¿Por qué lo entenderías? —Se burló. —Eres sólo una ¿Mesera, camarera?  —Ese es su problema, el mismo que he tenido con ustedes siempre. —Elia se atrevía a ser honesta confiando en que él no recordaría nada. —Piensan que las personas son propiedades o medios para llegar a sus fines, tú me llamas "sólo una mesera", pero soy un ser humano, ganándose la vida, trabajando para pagarme mi carrera, Valente, eso no me hace menos. —Nunca dije que te hiciera menos, Elia, me he expresado mal.  — ¿Me vas a decir que ves a los ojos a los meseros cuando te atienden? ¿Me dirás que nunca le has gritado a un empleado por no saber algo o no hacer las cosas como a ti te gustan? —La pregunta había sido un golpe bajo sin siquiera haber tenido intención alguna, Remedios, había sido tan cruel con ella, estaba helado.  —Supongo que en eso tienes razón. —Suspiró finalmente, se sentía tan arrepentido, quería darle más semanas de descanso pagadas pero ya no le creería, quería dejarla renunciar pero ¿Entonces quién encontraría su cuerpo si un día decidía terminar con su vida? Cerró los ojos con fuerza sintiendo vergüenza por sí mismo. —Me recuerdas a una persona que quiero muchísimo. —Sonrió torpemente recordando en los ojos de Elia los de Remedios, eran parecidas. —Trabaja para mí, una mujer buena a la que he maltratado más de lo que se merece, en serio son parecidas... —Bien, es hora de que me vaya. —Valente abrió los ojos lentamente y la miró, tomó su mano lentamente, el tacto era como electricidad en el interior de ambos muchachos, ninguno se iba a atrever a decirlo pero lo que sentían en su interior era algo completamente nuevo y único, inexplorado en su corazón.  —…Te voy a recompensar, lo juro. —Susurró. —Te puedes quedar a la fiesta, hay bebidas…comida…y una fuente de… —Los ojos de Valente se fueron cerrando de manera errática poco a poco hasta quedarse dormido por completo. Elia suspiró y se acercó a él, ¿Cómo un rostro tan bello e inocente se había convertido en eso? Es decir, al verlo dormir parecía ser un muchacho tranquilo, ¿Tendría pensamientos suicidas? Definitivamente ello no era su problema, pero una punzada provocaba que sintiera ansiedad de creerlo capaz, parecía que nadie lo hubiese detenido. Elia se encontraba sorprendida, el tacto de Valente no la había asustado, ella sabía que normalmente si un hombre se acercaba o intentaba tocarla eso le hacía sentir repulsión todavía después de un año de todo lo que sucedió. ¿Por qué se había sentido tranquila? No era ordinario. Tomándose libertades que no le correspondían y pensando que difícilmente volvería a verlo, y más aún, si lo hacía seguramente no recordaría nada, Elia le dio un beso en la frente, se trataba de un beso protector, deseándole con todo el corazón que mejorase su vida. Apagó las luces y cerró las cortinas aun sintiendo ansiedad por dejarlo ahí solo, cerró la puerta y finalmente estaba de regreso a la fiesta, todos bailaban como si nada, le parecía increíble lo acertada que era su hermana, definitivamente ellos no eran personas normales. — ¡Miren quién llegó! —Rogelio, aquel despreciable tipo la tomó por el hombro, los músculos de Elia se tensaron inmediatamente. —Déjala en paz, Ro. —Pidió Román en voz baja. —Ven, Elia, te acompaño al elevador o ¿Te gustaría quedarte? —Aunque ella deseaba hablar no podía, se encontraba paralizada por el tacto de Rogelio. — ¡Claro que se quiere quedar! —Se burló Rogelio acercando su alcohólico aliento a ella. — ¿Verdad que sí, dulzura? —Ella desvió la mirada deseando llorar. —Oh, va a llorar, es tan linda. —Déjala sola, ven cariño, yo te acompaño. —Elia negó con la cabeza brevemente, Román hizo una mueca y se encogió en hombros. —Como quieras. —Quería gritarle que no la dejara sola con él, pero las palabras no podían salirle de los labios, se encontraba perdida en su miedo por Rogelio, por los hombres en general. — ¿Qué pasa dulzura? —Preguntó. —Te ves muy preocupada, ¿Te sirvo algo? —Por favor suéltame. —Pidió débilmente, odiaba no poder gritar, odiaba no tener la fuerza para darle un pisotón y mandarlo a la mierda. Rogelio alzó las cejas sorprendido por el rechazo. —Agradece que te estoy haciendo el favor, maldita mugrosa de mierda. —Susurró en su oído, sus labios fríos impactaron con fuerza sobre el cuello de Elia, mordiéndola a su paso. No, no otra vez, no estaba sucediendo de nuevo. — ¡No! —Gritó reaccionando, puso su mano en la entrepierna de Rogelio y presionó con fuerza hasta provocarle un gemido de dolor. — ¡Me las vas a pagar, zorra asquerosa! —Gritó con fuerza cayendo en el suelo, de nuevo todos en lugar de sorprenderse se encontraban divertidos y entretenidos por la escena, Elia salió corriendo a toda prisa, lo más lejos posible del lugar. Pulsó temblorosa el botón, incesantemente hasta que se abrió, Rogelio se aproximaba sosteniendo su m*****o con la mano por encima del dolor. — ¡Regresa aquí! —Le gritó, las puertas se cerraron y ella apoyó su cuerpo sobre una esquina del elevador, sintiéndose pequeña, con enormes deseos de desaparecer, al parecer quizá no sentía miedo de Valente porque de algún modo no eran tan diferentes.
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