Pov Maximo
Puedo reconocer a las prostitutas de alto nivel a 15 metros de distancia. Yo no compro mujeres, pero conozco a muchos hombres que lo hacen. Como advertencia, muevo la cabeza hacia Francisco. Él palidece y suelta una risa avergonzada.
—Sólo un poco de guinda en el pastel, Maximo. Vamos, hombre. Vamos a conseguirte una bebida de verdad.—Echando humo, busco a Keyla en el bar. Oigo a Francisco pedir dos tragos de Maker's Mark. Un minuto después, me pone uno delante.
—Te garantizo que después de un par de estos, el peso del mundo caerá de tus hombros.
—Mis hombros están bien,— gruño. Tiene suerte de que no lo despida ahora mismo. Necesito alejarme. Necesito llegar a ella. Todo lo que sé es su nombre de pila. Mi corazón se acelera mientras doy un paso hacia el lugar donde desapareció.
La mano de Francisco me presiona en el pecho para detenerme y yo la alejo. —Vamos, no te vayas,— levanta las manos en señal de rendición. —Tenemos que hacer que estos tipos se diviertan. Necesitamos esa propiedad.
—Me importa un carajo la propiedad y me importan un carajo ellos,—siseo esquivándolo.Hace una pausa.
—Pensé que habías dicho que harías lo que fuera necesario para sellar este trato.— He sido apasionado e inflexible en cada una de las búsquedas de mi vida — es mi forma de funcionar. Pero lo que siento por Keyla es otra cosa. La forma en que su mano se sintió en la mía, quiero sentirla de nuevo. Su tímida sonrisa, quiero besarla y devolvérsela.
Su vestido color rosa, quiero arrancarlo de su cuerpo.
—Necesito un segundo,—digo, dándome la vuelta para alejarme. El jefe del equipo de Houston se cruza en mi camino. Sus brazos rodean la cintura de dos de las acompañantes mientras el desprecio me hace apretar los puños.
—Maximo, estoy asombrado de tu hospitalidad. Realmente has planeado todo. Bebemos, hablamos de negocios y luego nos vamos a la cama con nuestras bolsas de regalos.— Mira a la acompañante a su izquierda con una sonrisa lasciva.
Miro fijamente a Francisco. Se inclina hacia mí y su voz se reduce a un susurro. —Mira, lo siento. Por favor, dales treinta minutos.
—Dijiste que íbamos a volver a la oficina después del bar. Esto no parece una maldita reunión de negocios.—Francisco suspira, frotándose las sienes. —Estos tipos pidieron específicamente mujeres.—Sacudo la cabeza con desagrado. —Si así es como quieren hacer negocios, que se jodan.
Estoy a punto de decirles que el trato se ha cancelado cuando mi teléfono suena en mi bolsillo. Francisco empieza a hablar, pero le interrumpo con una mirada mientras busco mi teléfono en el interior de la chaqueta. Es mi móvil personal, y sólo cinco personas tienen este número: mis padres, mi investigador privado, mi abogado y mi ama de llaves.
Las cinco personas a las que confío mi vida.
Por un segundo, me asusta que pueda ser mi madre con malas noticias sobre mi padre. Una reciente caída lo dejó con la cadera rota y eso lo llevó a una neumonía por estar en la cama, recuperándose. Lleva meses cayendo en picado y se encuentra en un punto intermedio entre recuperarse o rendirse y dejarse llevar por la pendiente resbaladiza.
Contraté a mi propio ejército de personal médico para recuperarlo, pero siempre contengo la respiración esperando esa temida llamada. Pero cuando levanto el teléfono, veo que es Isabella, mi abogada.
Tengo un montón de mierda legal ahora mismo, así que sé de qué se trata probablemente, pero su estrategia puede esperar unas horas. Francisco todavía no sabe nada de las falsas demandas por acoso s****l que de repente se ciernen sobre mí. No he hablado de ello con nadie más que con Isabella, con la esperanza de que podamos aplastar la mierda antes de que se haga pública.
Estar aquí, en este bar, con acompañantes —acompañantes que, al parecer, de alguna manera pagó mi empresa— no ayudará a mi causa.
—Maximo, tenemos que conseguir este acuerdo.—Francisco tiene razón. Necesito ese terreno. No hay otro lugar como este en Houston y encaja perfectamente con mis planes de expansión. Pero Keyla...
Una ráfaga de adrenalina me recorre cuando veo un destello de color lavanda en el mar de gente. Entonces mi corazón se hunde cuando no es ella. Esta chica es rubia.
He desarrollado una repentina aversión por las rubias. Sé a quién quiero. He encontrado a mi chica y no es rubia. De hecho, fue una rubia la que me la arrebató.
Francisco se inclina junto a mi oído. —No te vayas y los ofendas ahora. Hemos invertido mucho. Si la cagas, no sólo perderás tú.—Me importa un carajo. Quiero gritarlo. En vez de eso, enfurecido, me enfrento a los hombres y fuerzo una sonrisa rígida.
En cierto modo, se lo debo.
Si no fueran narcisistas tardones y puteros, que querían quedar en un puto bar, nunca habría conocido a Keyla. Respiro profundamente y me decido a terminar el asunto que tengo entre manos en el menor tiempo posible. Pero lo único en lo que pienso es en ella.
La encontraré. Aunque sea lo último que haga.