Luego de los trámites normales de migración, salgo con mi equipaje y me sorprende ver una cara conocida que lleva un cartelito con mi nombre.
«¡No me lo creo! ¿Qué está haciendo acá?»
Me quedo paralizada, hacen ya dos años que no lo veía y ahí está, hermoso como siempre, hermoso para mí y para nadie más… bueno, claro, supongo que hermoso, también, para ella.
Su sonrisa de lado, sabedor del poder que ella ejerce sobre mí, me saca de la parálisis. Doy un paso y luego otro, mis lentes oscuros esconden el brillo de mis ojos. «Mejor así», me digo, y avanzo confiada.
—Tan hermosa como siempre…
—¿Te caíste de la cama?
—No seas hija de puta, estoy sin dormir, se supone que llegabas hace seis horas, si me iba, no volvía, lo sabés.
Me reí y nos abrazamos, fuerte; sí, lo sabía, pero también me había sorprendido y lo que me volvió a sorprender fue el beso que me dio a continuación, dejó cada una de mis células vibrando.
—Mal clima, el vuelo salió cuando pudo.
—¿A dónde te llevo?
—¡No puedo creer que hayas, finalmente, aprendido a manejar!
—Olvidate, ¡eso jamás va a suceder!
—¡Sos tan inteligente para algunas cosas…! —Hice una pausa—. Entonces querrás decir a dónde te llevo yo, porque vos, evidentemente, no me vas a llevar a ninguna parte, menos mal que renté un coche.
—¡Ay, ella “rentó un coche”!, pará, boluda, te vas unos meses y ya te estás agallegando… además, verte manejar me calienta. Eso de sincronizar los cambios, con los pedales, el volante y mi pija siempre me copó.
—¡Qué hijo de puta!
—¿A dónde vamos?
—A desayunar, tengo hambre, no puedo coger con hambre, lo sabés.
—¿A dónde?
—Starbucks —sentencié.
—Tu favorito, no el mío.
—Claramente, pero la que está de visita soy yo, la que maneja soy yo, y vamos a donde yo te lleve… simple.
—Okey, dame esa valija y sacate esa chaqueta que hace un calor de cagarse afuera.
—¡Joder!
—¡No te banco así!
—Es tu problema.
—Te extrañé —tomó mi cintura y besó mi coronilla.
—Yo también, a vos y a tu pija —le dije risueña, soltándome, caminando hacia atrás y de frente a él.
Retiré las llaves y la documentación del coche que tendría durante los próximos quince días y, mientras caminábamos hacia donde me habían indicado que estaba el auto, Seba me paró en seco tomándome de la mano.
—Pasamos por unas facturas que de seguro te morís por comer y vamos a tu depto. Odio Starbucks y además…
—Además no querés que alguien te vea en la calle conmigo. Entiendo… mirá, justito ahí tenés los remises y los taxis, también podés pedir un Uber, podés irte solo, no te necesito, ni quisiera sos buen copiloto, tengo un GPS y para después tengo a mi amigo Bunny, el dildo. Gracias por haber venidoooo…
Tomé mi valija y avancé con paso largo y decidido hacia el coche azul que me aguardaba. “¿Quién se cree que es?”, pensé. Presioné el botón para desbloquear las puertas y las luces me ofrecieron un guiño.
—¡Pará, boluda! No me hagas correr que sabés que lo odio —gritó—. ¿En serio trajiste un consolador? —preguntó una vez a mi lado.
—¿Por qué no? ¿Te asombra?
—Siempre me calentó pensarte encuerada y tocándote.
—Bueno, sumale un consolador… una mezcla irresistible —rio y sacudió la cabeza como queriendo deshacerse de esa imagen.
Abrí el maletero del coche, Seba guardó la valija, mientras yo me quitaba la mochila y la chaqueta de cuero que llevaba puesta, realmente hacía calor. De la mochila saqué una musculosa y unas badanas; me quité las botas, las tiré dentro del maletero, me calcé los cómodos zapatitos y me subí al asiento del conductor; él entró callado y se ajustó el cinturón de seguridad, me quité el sweater y me puse la musculosa sin preocuparme si él estaba mirando o no, al fin y al cabo, no era la primera vez que me veía en ropa interior, o sin ella. Seba miró de reojo y se reacomodó en su asiento.