El viento ondeaba helado, haciendo que las cortinas de la habitación de la pequeña ondearan con fuerza; Artur D'Arcy había salido con tanta prisa que olvidó cerrar la ventana... se mantuvo suspendido en el cielo observando las acciones que ocurrían dentro de la habitación de la pequeña y dulce bebé.
La mujer que entraba a la habitación, se abraso así misma a causa del viento helado que invadían la habitación de forma tan repentina, noto que fruncía el entre cejo al contemplar la ventana abierta, estaba segura de haberla cerrado en el momento en que acostó a la niña en su cuna.
Se acercó a paso lento para cerrarla, se asomo asegurándose que no hubiera nadie en la cercanía, ¿podía alguien haber entrado a la habitación de la pequeña?, no podía creer eso, ¿quien en su sano juicio escalaría hasta la ventana de una bebé?, imposible o al menos eso quería pensar.
Artur sonrió de lado, típico miedo humano, la desconfianza se apoderaban de la mujer, era claro que no estaba segura de sus acciones, se debatía entre la certeza de haber cerrado la ventana y el hecho de que alguien pudiera entrar a la habitación de su pequeña hija.
— Quizás fue el viento...— dijo para si misma, sentía un poco de miedo, algo en la habitación la incomodaba — pequeña, veamos cómo estás — se acercó hasta la cuna de su niña, inclinándose para ver a la bebé.
Se percató de que los edredones no la cubrían cómo era debido, la niña estaba despierta, para su sorpresa; enfocando la mirada de una manera extraña hacía el móvil que reposaba sobre su cabeza, le parecía escalofriante la manera en que la niña lograba enfocar la mirada con tan solo unas horas de nacida.
Contuvo un jadeo al ver un antiguo medallón colgando del móvil de su hija, llevo las manos a su boca a causa de la impresión, su corazón comenzó a latir con fuerza asustada, más aún cuando de forma repentina la ventana de abrió de golpe; como si alguien la hubiera empujado desde afuera, no pudo evitar gritar mientras tomaba a la pequeña entre sus brazos.
Artur rio... típico de las personas, asustarse ante lo desconocido, ante los actos que no tenían explicación; deseaba que la mujer supiera que su hija era especial, diferente al resto.
Ante el grito de la señora Benett su esposo e hijas subieron a toda velocidad las escaleras hasta llegar al cuarto de la recién nacida, encontraron a la mujer abrazando con fuerza a la bebé, mientras la mecía hacia adelante y hacia atrás.
— ¿Que ocurre? — indago el patriarca de la familia, preocupado por la mirada ausente de su mujer y su actitud tan peculiar, aprecia asustada, realmente aterrada.
La mujer con manos temblorosas señalo el medallón que colgaba del móvil de su pequeña hija, el hombre lo tomo sin entender de dónde había salido tal pieza tan valiosa, con solo sostenerlo entre sus manos podía notar el valor que tenía, oro y diamante; un medallón antiguo, probablemente una reliquia de alguna antigua familia... ¿cómo había llegado eso al cuarto de su hija? un escalofríos recorrió su espalda; algo peculiar estaba pasando, no lograba entender que.
— Es mejor que dejemos esto dónde estaba — aseguro para luego volver a colgar el medallón sobre el móvil de pequeña, observo a su hija con una expresión entre curiosa y aterrada, desde el momento que la niña llegó al mundo, hace unas horas; tuvo la impresión de que su hija no sería una mujer normal, ahora tenia la certeza de eso, había Sido solo un pensamiento pero ahora que observaba todo detenidamente, algo era diferente.
Podía sentir su piel erizarse, el frío calando hasta los huesos; esa noche no era para nada normal, su hija había llegado a la mundo bajo las más extrañas circunstancias, primero esa escalofriante luna roja que aparecía cada 100 años, ahora ese medallón tan extraño que aparecía sin explicación, el ambiente pesado e incómodo dentro de la habitación.
— Nadie se atreva a tocar ese medallón— señaló a la pequeña entre los brazos de su esposa — solo ella podrá hacerlo, ¿queda claro?.
Todos asintieron sin entender muy bien la petición del patriarca de la familia, no sabía explicar lo que sentía, pero algo le decía que ese medallón podría llegar a ser una gran maldición que se cernía sobre su familia y si alguien podría salvarlos sería esa pequeña bebé que había recién llegado al mundo, quizá lo que se rumoraba en las calles sería cierto, Alison Benett sería una hermosa flor destinada a marchitarse con rapidez.
No podía tener la certeza, no estaba seguro de que destino tendría que enfrentar su hija, a qué clase de peligros estaba condenada a enfrentar, pero tenía la fé que la niña logrará superar todas las dificultades que le tocará enfrentar en su vida, sabia que cuando llegará el momento Alison debía estar lista.
Mientras tanto debían hacer todo lo posible por liberarla de esa maldición, que estaba seguro que la niña cargaría a cuestas; debía hacer todo lo posible para evitar que la pequeña fuera consumida por la maldad, mantenerla en el camino del bien, libre de todo mal.
Pero algo le decía que no sería una tarea fácil, su hija tenía un destino marcado sobre si y quizás sería imposible cambiar ese destino, pero él haría todo lo que estuviera en sus manos; deseaba un gran futuro para la menor de sus hijas y ninguna maldición lo impediría, en ese momento no podía imaginar la fortuna que podría llegar a regir la vida de la pequeña. ¿Fortuna o maldición? imposible de saber, solo el tiempo podría aclarar ciertas dudas.
Mientras la familia Benett era presa del pánico, Artur D'Arcy experimentaba una satisfacción indescriptible; esa niña sería suya, esperaría el tiempo que fuera necesario, pero estaba dispuesto a hacer hasta lo imposible para conquistar ese vivo corazón, incluso renunciar a su inmortalidad si fuera posible o necesario. Nunca imagino que su vida inmortal pudiera cambiar de forma tan repentina y menos por un ser tan frágil como era esa pequeña bebé.
En ese momento no tenía ni idea de lo difícil que sería vivir al margen de la oscuridad, lo difícil que sería verla crecer de a poco mientras el se sentía consumir por dentro, pero estaba dispuesto a esperar; que ella estuviera lista para conocerlo, para formar parte de su vida, mientras tanto estaría entre las sombras, cuidando de ella sin que nadie lo supiera.
Alison Benett le daba sentido a su vida, y sería lo que ella necesitará, si necesitaba un guardian eso seria, un amigo, un protector; absolutamente todo lo que ella deseara que fuera.
Y llegado el momento haría todo lo posible para que ella lo viera con ojos de amor, ¿lo lograría?, ¿lograría conquistar el corazón del objeto de su fijación?, estaba más que seguro que apartir de ahora su vida jamás volvería a ser como antes, con la llegada de esa niña al mundo todo se había puesto de cabeza pero temia no poder controlar su obsesión por la pequeña criatura.
Temía perder el control ante un ser tan frágil y delicado, ¿cuando sería el momento adecuado para presentarse ante ella?, ¿que edad sería oportuna para ver un mundo diferente al que la sociedad marca?. Ciertamente estaba lleno de dudas, cosa muy rara en él pero se sentía bien; se sentía vivo, aunque el supiera que realmente no lo estaba.
Sonrió ante sus pensamientos, era tan extraño sentirse de a manera: vivo, con una motivación para seguir adelante, después de mucho tiempo su vida volvía a tener sentido, las ganas de existir regresaban a invadir lo, ahora todo parecía tener sentido, ese que hace tanto había olvidado.
Su corazón cargado de veneno latía con fuerza, más de la normal; tenía la certeza de que todo sería mejor a partir de ahora, sin imaginar todas las adversidades que debería enfrentar para lograr tenerla a su lado pero valdría la pena. Absolutamente todo valdría la pena solo por ella, no importaba todo lo que tuviera que hacer, su destino había Sido marcado esa noche, entralazandose con el de un mostruo dispuesto a dar hasta la vida por ella.
No sabía si verlo como una maldición para ella o como una bendición, ¿que tan malo podría ser tener a un mostruo a sus pies?, ¿que tan peligroso podría llegar a ser él?, eso era algo que ni él mismo sabía, una de las miles interrogantes a las que no tenía respuesta.
Era desconocedor de sus propios límites pero si de algo podía estar seguro era que ella viviría una vida fantástica, rodeada de los misterios más grandes de la existencia.