Allí estaba yo, cómodamente acurrucado en mi nido de paja, soñando con un mundo más allá del gallinero, donde cada grano es tan dorado como un nugget de pollo del mejor KFC. De repente, me despierta el frenético graznido de Crispy. A través de mis ojos semicerrados, llenos de sueño, veo luces brillantes que parpadean y rebotan en las paredes de nuestro gallinero. Nuestra humilde morada tiene un aire de discoteca sin la música de los setenta ni los pantalones de campana a la moda por un momento. Me froto los ojos y salgo para ver un vehículo grande con luces de colores en la granja. Veo a la hija del granjero, con la cara llena de lágrimas, de pie, sola, mientras el vehículo desaparece en la noche. Es una visión espeluznante. A la mañana siguiente, sale el sol y pinta el cielo de naranja

