La boda.

971 Words
Papá, ¿qué hace un sacerdote aquí? —Baja la voz, Alejandro. Te pueden escuchar. —Papá, no quiero casarme por la iglesia con Ella. No puedo. —¿Y qué quieres que haga? —respondió con cansancio—. Tú te metiste en esto. —¿Sabes por qué me caso? —dijo Alejandro, apretando la mandíbula—. Esto solo va a complicar más las cosas. —Lo sé —suspiró su padre—, pero cálmate y sonríe. Ahí viene tu futura suegra. —Elizabeth, qué bella estás. —Tú también estás muy guapo —respondió ella—. Disculpa la intromisión, pero mi hija quiere hablar contigo. —¿Ahora? —Sí. Traté de convencerla, le dije que era de mala suerte, pero no entró en razón. Ve con ella. —Está bien. Con permiso. ⸻ —Ella, soy Alejandro… no debería entrar. No quiero verte antes de la boda. —Por Dios, Alejandro, pasa. —No… es de mala suerte. —Mala suerte sería casarme contigo sin aclarar todo primero. Así que entra. Suspiró y finalmente cruzó la puerta. —Guau… estás preciosa. —¿De verdad lo crees? —Por supuesto. Lo miré fijamente. —Alejandro, ¿por qué quieres casarte conmigo? Dime la verdad. Mi corazón latía con fuerza. ¿Qué hago? pensó él. ¿Le digo la verdad? No… jamás. Pero decir que la quiero no sería mentira. —Alejandro, contéstame. —Ella… no quería decirte esto, pero… —¿Pero qué? —Te amo —dijo al fin—. Sé que no hemos tenido mucho tiempo juntos, pero lo que siento es real. Te amo desde la vez que… —¿Desde cuándo? —Desde que te volví a ver en la fiesta de compromiso de nuestros hermanos. —Entonces, ¿por qué te molestó lo del sacerdote? —No es que esté molesto —respondió—. Solo me tomó por sorpresa. —¿Estás seguro? Porque si no quieres casarte por la iglesia, podemos decirle al sacerdote que se vaya. —No —dijo enseguida—. Por mí está bien. Ahora déjame esperarte abajo. ⸻ Cuando Alejandro se marchó, una sensación incómoda me recorrió el cuerpo. Calma, Ella. Todo está bien, me repetí. Me acerqué al espejo de cuerpo entero. Aún estaba nerviosa. Acomodé el velo. El vestido era corte sirena, escote corazón, color blanco hueso. El cabello recogido, con algunos mechones sueltos. Maquillaje sencillo. Miré mis manos. No tenía anillo de compromiso. Me sentí un poco tonta al pensar en eso, sabiendo que esto era más un contrato que una boda soñada. —¿Hija? —Sí, papá. —¿Estás lista? —Claro. —Lamento mucho todo esto —dijo con la voz quebrada. —No te preocupes, papá. Haría cualquier cosa para que ustedes estén bien. —Lo sé, hija… pero no es tu deber cuidarnos. Es el mío. Una lágrima resbaló por mi mejilla. La limpié rápido. —Estaré bien, papá. No quiero que se me corra el maquillaje. —Solo un año —dijo—. Si cuando termine el contrato Alejandro no te hace feliz, vuelve a casa. Prométemelo. —Te lo prometo. ⸻ La marcha nupcial comenzó a sonar. No puedo negarlo: estaba aterrada. Lo vi al final del altar y pensé que estaba a punto de casarme con un dios griego. Nunca lo había visto tan guapo. Su traje Christian Dior hecho a medida, el cabello perfectamente peinado… ¿cómo podía ser tan hermoso? Llegué hasta él. Papá tomó mi mano y, muy serio, le dijo: —Te la estoy prestando. Si quieres conservarla, cuídala muy bien. Alejandro sonrió, pero no respondió. Por un instante pensó en prometerlo… pero no pudo. —Estás muy bella —me susurró. Me sonrojé. —Tú estás… muy, muy guapo —musité. —Estamos aquí reunidos para unir en santo matrimonio a Alejandro Solís Santoro y a Ella Marie Solano Acosta. Si alguien se opone a esta unión, que hable ahora o calle para siempre. Nadie habló. —Procedan con sus votos. —Yo, Ella Marie Solano Acosta, te tomo a ti, Alejandro Solís Santoro, como mi esposo, para amarte y respetarte, serte fiel y entregarme a ti como mi único amor. —Yo, Alejandro Solís Santoro, te tomo a ti, Ella Marie Solano Acosta, como mi esposa. Te amaré y respetaré, seré fiel y te prometo que a partir de hoy no hay ni habrá otra mujer en mi vida. Intercambiamos anillos. Firmamos el acta. —Puede besar a la novia. Alejandro me tomó por la cintura y me acercó a él con suavidad. Sentí sus músculos tensarse bajo mis manos. Su beso fue cálido, delicado… y despertó algo profundo en mí. —Les presento a los esposos Solís Santoro —anunció el sacerdote. Los aplausos nos rodearon mientras caminábamos hacia la celebración. ⸻ Todos nos felicitaban. Brindamos. Yo estaba nerviosa, pensando en la noche de bodas… en todo lo que vendría después. —Toma —dijo su padre. —¿Qué es esto? —Tu regalo de bodas. Dos semanas en las Bahamas, en el Paris Hilton. —Dios, papá, no debiste. —Si quieres que la farsa sea creíble, vete de luna de miel —rió—. Aunque debo admitir que te vi muy convencido con tus votos. —Hasta yo me lo creí —respondió Alejandro riendo. —Tienen dos horas. El jet está listo. Ve a buscar a tu esposa. ⸻ —¿Bailamos? —Claro. Salimos a la pista. Muchas miradas estaban puestas en nosotros. Sentí su mano recorrer mi espalda descubierta y un escalofrío me atravesó. Me acercó más a él… y el fuego se encendió. Sin pensarlo, lo besé en medio de la pista. Y en ese instante supe que ya no había vuelta atrás.
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