16 - Mónica

1260 Words
Luego de unos minutos en el taxi, llegamos finalmente al parque. Estaba algo lejos de casa, y aunque no me importaba, me di cuenta de que el día ya había avanzado más de lo que pensaba. Bajamos del taxi y pagué al chofer. Vi cómo Ai miraba el lugar con los ojos muy abiertos, fascinada por todos los juegos mecánicos que veía a su alrededor, como si fuera la primera vez que los veía, aunque sabía que no lo era. Aún así, la emoción en su rostro era palpable. Yo me quité la gorra y me acerqué a ella, sonriendo. —¿A dónde quieres ir primero? —le pregunté, mientras la veía sonreír como si estuviera en su lugar favorito del mundo. No podía evitar disfrutar de ver su felicidad. Ella me miró emocionada y comenzó a señalar los juegos que más le llamaban la atención. —Al gusanito, luego la montaña rusa, después la paloma, también al de los aros y las pistolas —dijo rápidamente, sin dejar de mirar alrededor con los ojos brillantes—. ¡Oh, oh! También al del martillo —exclamó con entusiasmo. Reí ante su actitud y, sin pensarlo, coloqué mis manos sobre sus hombros, abrazándola suavemente. —Subiremos a todos los que quieras, y también te compraré todo lo que desees —le dije con una sonrisa confiada, sintiendo que todo lo que hacía por ella era una pequeña recompensa por ver su alegría. Ella me miró fijamente y sonrió, asintiendo. —Bien, entonces vamos —dijo, sin pensarlo más, tomando mi mano con la misma energía que la había estado mostrando desde que llegamos. Empecé a reír mientras ella me arrastraba hacia el primer juego. Nos llevó directamente al gusanito, pero cuando llegamos al borde de la fila, me detuve. —Tengo que ir a comprar los tiquets primero —le dije con calma. Ella, sin pensarlo, tomó mi mano de nuevo y, esta vez, fui yo quien la arrastró hacia la taquilla. —No te dejaré sola, vamos —le aseguré, tratando de contagiarle mi misma energía. Ella me miró con una sonrisa y asintió, como si no tuviera dudas de que íbamos a disfrutar de cada segundo del día. Nos acercamos a la taquilla, donde un hombre mayor estaba atendiendo a los demás visitantes. —¿Qué va a desear, señorita? —preguntó el vendedor, mirándonos con una ligera sonrisa curiosa. —Dos tiquets de cada uno de los juegos, por favor —le pedí, sin dudarlo. El hombre nos miró sorprendido y frunció ligeramente el ceño. —¿Todos los juegos? —preguntó, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Asentí con una sonrisa confiada. —Así es, todos —afirmé. El hombre se quedó mirando, como si dudara, y luego comenzó a moverse de un lado a otro, sacando tiquets de diferentes colores por la ventanilla. —Cada juego tiene un respectivo color. Así te será más fácil hallarlo a la hora de subir —nos explicó amablemente. Sonreí, sintiéndome agradecida por su paciencia. —¿Cuánto es? —pregunté, mientras observaba cómo organizaba los tiquets. —Cada tiquet tiene diferente precio, el más barato cuesta treinta dólares... —empezó a decir, pero lo interrumpí porque no me parecía necesario hacer cálculos. —Confiaré en usted. ¿Cuánto es en total? —le pregunté, siendo directa. El hombre me miró extraño, pero luego asintió, tecleando en su calculadora. —Son tres mil doscientos treinta dólares, señorita —dijo, mirando su pantalla mientras me entregaba los tiquets. Asentí sin pensarlo y saqué el dinero de mi bolso, entregándoselo sin dudar, aunque sabía que era mucho. —Eso es demasiado, Monica —se quejó Ai, viéndome con el ceño fruncido mientras yo pagaba. No le presté demasiada atención. Era lo que quería hacer. —Te dije que subirías a todos los juegos, no te preocupes por eso —le respondí, sonriendo mientras le daba el dinero. Ella me miró, un poco sorprendida por mi actitud, pero luego me sonrió, entendiendo lo que quería decir. —Además, es tu primera vez aquí, aprovecha que no soy generosa todo el tiempo —le dije, guiñándole un ojo mientras tomaba los tiquets. Ella rió y asintió, aceptando que tenía razón. —Entonces no importa —dijo, sonriendo más abiertamente, como si todo lo que acababa de pasar no tuviera importancia. —Muchas gracias —le dije al vendedor, guardando los tiquets en mi bolso. Él asintió sonriendo y nos despedimos mientras nos dirigíamos hacia el primer juego. Nos subimos al gusanito, pero pronto me di cuenta de que Ai estaba algo decepcionada del juego. No era lo que esperaba, así que decidimos ir rápidamente a otro. Fuimos al de los aros para acumular tiquets de premios. Luego fuimos al de disparos, al de martillo, la montaña rusa, el de vuelo, la paloma… cada juego era una nueva oportunidad para disfrutar y, claro, para acumular más tiquets. Ai no dejaba de reír, y yo, aunque cansada, disfrutaba ver cómo disfrutaba del día. Al principio, parecía que los tiquets no se agotaban, pero, poco a poco, nos dábamos cuenta de que los habíamos ido gastando con rapidez. En el tiempo de ir de un juego a otro, habíamos comido manzanas acarameladas, palomitas, helado, hot dogs y unas empanadas de queso que compramos en un puesto de comida rápida del parque. —¡Sí! —festejó Ai cuando derrapó todos los pinos en el juego de bolos. Sonreí, contenta de ver cómo la emoción la llenaba. —Mi turno —dije, y luego lancé los bolos, derrapando solo cuatro de ellos. Ai se rió con ganas al verme fallar. Los tiquets salieron del aparato y Ai tomó los de ella, mientras yo tomaba los míos. —¿Cuántos tienes ahí? —le pregunté, viendo cómo los contaba, curiosa. —Son quinientos —dijo ella, riendo mientras los echaba en la bolsa donde guardaba los suyos. —¿Y tú? —me preguntó, esperando que le respondiera. —Quinientos —respondí, con una sonrisa. Ella se echó a reír. —Suerte a la otra —se burló, juguetona. La miré con cara de falsa indignación. —¿Ahora a dónde? —pregunté, mirando alrededor. El parque ya estaba más lleno y el sol comenzaba a ponerse. —¿La rueda de la fortuna? —preguntó Ai, mirando el gran giro mecánico que se encontraba cerca de la entrada. Busqué el tiquet rosa en mi bolso, y lo encontré. Era el único que quedaba, junto con algunos lilas. —Y luego a la casa de los espejos —agregué, mostrándole los tiquets. Ella asintió entusiasmada. —Y luego a comprar más tiquets de fichas para juntar para nuestros peluches —le dije, guiñándole un ojo mientras ella reía. —Vamos entonces —dijo, tomando mi mano con determinación. Hicimos fila para la rueda de la fortuna, y luego subimos juntas. Ya era tarde, pero no me importaba. La pasábamos bien, y el tiempo parecía detenerse cuando estábamos juntas. Eran alrededor de las cinco de la tarde cuando bajamos de la rueda de la fortuna. La vista desde allí arriba había sido impresionante, pero no tuvimos mucho tiempo para disfrutarla, porque nos dirigimos rápidamente a la casa de los espejos. Al llegar, me di cuenta de que, en realidad, el parque se estaba pareciendo más a una feria que a un parque de diversiones. A pesar de eso, el ambiente seguía siendo emocionante y divertido, y sabíamos que aún nos quedaba mucho por disfrutar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD