14 - Mónica

1524 Words
—¿Sabes qué es lo que me gusta de fingir ser tu novio? —preguntó Andrés, su voz tan cerca que pude sentir el calor de su aliento sobre mis labios. Sus ojos celestes se clavaron en los míos con una intensidad que me desconcertó por un segundo. Arqueé una ceja, sintiendo que algo dentro de mí se removía. ¿Qué estaba buscando exactamente con esa pregunta? —No, ¿qué es? —respondí, intentando ocultar la ligera curiosidad que se asomaba en mi tono, mientras me preparaba para escuchar lo que vendría a continuación. Andrés sonrió de una manera que me hizo pensar que ya sabía lo que provocaba en mí, como si lo tuviera todo planeado, como si cada palabra fuera calculada. Esa mirada... me hizo sentir vulnerable, pero al mismo tiempo, algo dentro de mí disfrutaba de esa sensación. —La mirada de todos los de aquí, queriendo matarme, y que te puedo besar sin ningún problema —dijo, su voz cargada de seguridad y desafío. Antes de que pudiera reaccionar, me besó de manera intensa, como si el mundo entero desapareciera por un momento. El contacto fue rápido, pero lo suficientemente fuerte como para dejarme atónita. Cuando nos separamos, una risa nerviosa escapó de mis labios. Me sentí extraña, como si una mezcla de emociones estuviera chocando dentro de mí. No quería admitirlo, pero me sentía... bien, tal vez incluso emocionada, aunque tratara de ocultarlo. —Estás buscando problemas —dije, con una media sonrisa en los labios, pero mi tono fue serio, casi como si quisiera poner límites. Pero, ¿realmente quería poner esos límites?, Mi mente estaba dividida entre la razón y la atracción que sentía por él, algo que no me gustaba reconocer. Cada vez que estaba cerca de Andrés, algo en mí se encendía, pero también sabía que no podía dejarme llevar por completo. —Si vas a pelearte con alguien, hazlo fuera de la universidad, para que no puedan sacarte de ella —dije, tratando de sonar más firme de lo que me sentía. Era como si mi racionalidad intentara salvarme de algo que, en el fondo, me estaba llamando. Andrés asintió, un destello de diversión brillando en sus ojos, mientras me soltaba lentamente. Su sonrisa me hacía sentir como si fuera una batalla que no podía ganar, aunque no entendiera bien por qué. Me miró con una mezcla de desafío y diversión. —Nos vemos —dijo, antes de dar un paso atrás, y me dirigí hacia el auto, sintiendo que su presencia me envolvía incluso en la distancia. El chofer me miraba desde el asiento delantero, y no pude evitar fruncir el ceño ante su mirada. Subí al coche y me senté, mi mente aún dando vueltas a lo que acababa de pasar. Sabía que debía ser más fría, más distante. Pero las emociones que provocaba Andrés en mí eran complicadas de manejar. No podía dejar que eso me afectara. No podía dejar que eso afectará nuestra amistad. El chofer me miró, y un leve escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿De qué me servía ser tan poderosa si todo a mi alrededor me hacía sentir tan vulnerable?, Quizá por eso me gustaba tanto mantener el control: porque era la única forma de sentir que no perdía mi poder. Me dirigí al chofer con tono glacial, mi voz como un hielo que cortaba el aire entre nosotros. —Una palabra de esto a mis padres o a cualquiera, y no solo serás despedido, sino que me aseguraré de que no consigas trabajo en ningún otro lugar. ¿Entendido, Morales? —dije, observando cada movimiento suyo. Había algo en su expresión que me decía que temía por su empleo, y eso era exactamente lo que quería. El hombre tragó en seco, su rostro pálido como si acabara de recibir una bofetada. Asintió, sin atreverse a decir palabra. —Sí, señorita —respondió, su tono vacilante. Sonreí de lado, satisfecha por la respuesta. Sabía que lo que acababa de hacer no era moralmente correcto, pero también sabía que, si alguien se atrevía a hablar, las consecuencias serían peores de lo que se imaginaba. —Perfecto. Directo a casa —pedí, manteniendo el tono firme. Sabía que ese poder venía con un precio, pero había aprendido a aceptarlo, a vivir con ello. El coche arrancó, y mientras el paisaje se deslizaba a través de la ventana, mi mente seguía ocupada en todo lo que había sucedido. Lo que Andrés me había dicho, ese beso tan inesperado, esa conexión rara que sentía con él, todo me confundía. ¿Cómo podía ser tan atractiva y tan peligrosa al mismo tiempo? Eso era lo que más me inquietaba: que cada vez más, me veía atrapada en su juego. Después de varios minutos, el coche finalmente se detuvo frente a la casa. Bajé del vehículo y me dirigí hacia la puerta principal con una determinación que trataba de esconder el caos interno que sentía. No quería ser vulnerable, pero en mi interior, todo parecía desmoronarse con cada paso que daba. Entré en la casa y fui directo a la cocina, donde encontré a Ai sentada en la isla, conversando con mi nana mientras comía algo. Todo en ese momento me pareció tan normal, tan alejado del drama que había vivido en las últimas horas. —Buenas tardes —saludé con una sonrisa. Ai me miró, y su rostro se iluminó con una pequeña sonrisa. —Gracias —dijo con suavidad, mientras me devolvía la mirada. —Ya casi estoy lista. —No hay prisa, pero si quieres apurarte, no te vendría mal —le respondí, sabiendo que mi tono sonaba más relajado de lo que realmente estaba. Quería creer que estaba todo bajo control, aunque lo cierto es que mi cabeza seguía ocupada con demasiadas cosas. —¿Cómo estás, nana? —saludé a la mujer que había sido un pilar en mi vida, siempre tan cálida y amorosa. —Muy bien, mi niña —respondió mi nana, siempre tan tranquila. —¿Y mi hermano? —pregunté. —Está en sus entrenamientos de fútbol. En unos días tiene un partido muy importante y tiene que entrenar —respondió mi nana. La noticia me hizo sonreír. Sentí un poco de orgullo por él, aunque nunca lo admitiera abiertamente, Henry siempre quiso ser un jugador profesional. Y, luego de muchas insistencias a mis padres lo dejaron inscribirse a un equipo semiprofesional, siempre y cuando ese no fuera realmente el empleo que llevaría. El era el primogénito, el heredero, ir corriendo detrás de una pelota no era algo digno de un heredero. —No me ha dicho nada el ingrato. ¿Sabes cuándo es? —dije con un tono juguetón, pero en el fondo sentía una necesidad genuina de apoyarlo en su partido. —El sábado —respondió mi nana en tono orgulloso, y miré a Ai, quien sonreía al escuchar la noticia. Esa sonrisa me recordó lo importante que era mantener un equilibrio en medio de todo lo que sucedía. —¿Me acompañarás ese día, princesa? —le pregunté, con una sonrisa traviesa. Ai asintió de inmediato, con entusiasmo. —¡Claro que sí! —dijo, llena de emoción. Reímos juntas, y me sentí un poco más ligera. Era extraño cómo en medio de tanto caos, había momentos de paz que me ayudaban a mantenerme a flote. —Bien, me voy a cambiar por algo más cómodo para que nos vayamos —dije, levantándome. Ambas asintieron, y me dirigí a mi cuarto para cambiarme. Entré a mi cuarto, y mi bolso quedó sobre la cama mientras me dirigía al clóset. No necesitaba nada formal hoy. Necesitaba estar cómoda, lista para desconectarme por unas horas del mundo que me rodeaba. Elegí una camisa blanca y un overol n***o de short, con unos zapatos blancos que combinaban bien. Acomodé la correa del overol, revisando cada detalle antes de salir del clóset. El bolso que tomé era pequeño y práctico. Un bolso n***o con correa de cadena. Metí mi teléfono y algo de dinero, ese dinero que guardaba en efectivo en mi habitación porque las tarjetas no podían ser mi sustento. Y, aunque no me gustaba admitirlo, esa era mi manera de sentirme libre. El dinero que ganaba como modelo, el que mis padres nunca supieron que tenía, y que usaba para cosas que no podían controlar. Ese dinero era mío. Lo había ganado con mi esfuerzo. Era mío por derecho. Tomé la gorra de la cama y la coloqué sobre mi cabeza antes de salir de mi cuarto. Baje las escaleras y me dirigí a la cocina. Nana me observó con una sonrisa cuando me vio con el atuendo más relajado. —Qué linda mi niña —comentó, apreciando mi sencillez. —Gracias, nana —respondí, sonriendo mientras rodeaba la isla. Abrí la nevera, saqué un yogurt y algunas fresas, y me senté a prepararme un pequeño snack. —¿Y Ai? —pregunté, notando que aún no se había presentado en la cocina. —Dijo que no tardaba —me respondió mi nana, mientras picaba las fresas en pequeños trozos, asentí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD