Estábamos saliendo hacia la cafetería para almorzar, y mientras caminaba junto a Andrés y Sitney, pensaba en lo tranquila que había sido la mañana. Las clases habían sido relativamente fáciles de sobrellevar, aunque la próxima, la última del día, sería un poco más complicada. Después de eso, me dirigiría hacia la casa de Ai para sacarla un rato y darle algo que realmente necesitaba: una experiencia como una preadolescente común. Ya no podía soportar verla atrapada en ese mundo de responsabilidades que nuestros padres le imponían.
Siempre había querido que Ai tuviera una vida normal, lejos de las expectativas absurdas que tenían sobre su futuro. Ya había logrado que la sacaran de las clases de ballet, una de las cosas que más odiaba, porque nunca le permitió hacer lo que realmente le apasionaba. La habíamos dejado de lado en su trabajo como modelo, algo que también se había convertido en una carga para ella. Ahora, lo último que quería era que siguiera esas clases de idiomas. La pobre apenas podía disfrutar de sus años de adolescencia y no entendía cómo nuestros padres no se daban cuenta del daño que le estaban haciendo.
Yo lo sabía, era mi responsabilidad sacarla de ese mundo y darle la oportunidad de intentar ser una chica normal. Necesitaba vivir, ser libre, reír, divertirse sin el estrés de tener que cumplir con expectativas ajenas.
El plan era simple: que tomara las clases de dibujo que tanto deseaba y, si le gustaba, también de música. ¡Cueste lo que cueste!, Tenía que conseguirle una adolescencia como la de cualquier otra chica de su edad, sin un montón de cosas que la hicieran sentir atrapada.
— Moni —me llamó Sitney, sacándome de mis pensamientos. Me di cuenta de que había estado caminando de manera distraída, y eso solo sucedía cuando mis pensamientos se volvían pesados.
— ¿Sí? —respondí, dándole toda mi atención, agradecida de que me sacara de mi espiral de pensamientos.
— ¿Estás bien? —me preguntó Andrés, y esa mirada de preocupación me llegó al corazón. Había algo en él que me hacía sentir protegida, a pesar de que, en apariencia, todo era una fachada. Sus tatuajes resaltando en su piel clara, su mirada celeste que parecía un lago cristalino y su cabello rebelde.
Asentí, pero él, siempre atento, volvió a preguntar.
— ¿Segura? —su voz llevaba esa preocupación característica cuando sabía que realmente algo no andaba bien.
Le sonreí, intentando restarle importancia a todo lo que pensaba, pero no estaba completamente segura de que esa sonrisa fuera convincente.
— Sí, solo pensaba... —dije, dándome cuenta de que había estado tan ensimismada en mis pensamientos que ni siquiera había notado cuánto caminábamos. Sonreí un poco más para tranquilizarlo—. Vamos a comer, tengo que irme a casa pronto...
— ¿Aún saldrás con Ai? —me preguntó Sitney, siempre curiosa, siempre con la energía de alguien que nunca parece cansarse de saberlo todo.
— Sí, pero no sé a dónde llevarla —respondí, sin pensar mucho en lo que decía.
Andrés, como siempre, tenía una solución, aunque esta vez me sorprendió su propuesta.
— Llévala al parque que pusieron por la biblioteca central —dijo, mirando al frente mientras caminábamos. Yo levanté una ceja, algo sorprendida.
Él se encogió de hombros, como si la respuesta fuera lo más sencillo del mundo.
— Los juegos te dan fichas y luego puedes reclamar un premio en la taquilla principal —agregó con una sonrisa cómplice.
Sonreí ampliamente, sorprendida de que, en medio de su calma, tuviera ideas tan prácticas.
— ¡Excelente idea! —exclamé, admirando su espontaneidad. Sonrió aún más, y lo abracé sin pensarlo mucho. — Vamos, te invitaré el almuerzo por ser un genio.
Lo tomé del brazo, casi tirándolo hacia la mesa donde se compraba la comida, y le dije:
— Agarra lo que quieras, yo lo pago.
Él asintió con una sonrisa y tomó su bandeja, seguido por Sitney, que también se acercó a elegir su comida. Yo, por mi parte, tomé un yogurt de fresa, una manzana roja que me apetecía mucho, unas galletas con chispas de chocolate, jugo de piña, un sándwich vegetariano (aunque no estaba tan convencida, pero quería llevar algo ligero) y un pequeño cupcake con baño de fresas. Me gustaba lo dulce, y en días como hoy, me permitía un pequeño lujo.
Andrés, siempre más saludable que yo, tomó dos sándwiches de pollo, jugo de naranja, una manzana verde, piña en cuadros y un trozo de pastel de chocolate con glaseado de vainilla. Su elección me hizo sonreír, porque lo suyo siempre era más práctico, sin preocuparse demasiado por lo que debía ser "correcto".
Sitney, como siempre fiel a sus hábitos, eligió unas galletas dietéticas, pollo frito (no podía resistirse), jugo de limón, su usual moño de uvas y pastel de tres leches. Su comida era siempre una mezcla extraña, pero definitivamente deliciosa.
Cuando me tocó pagar, no dudé ni un segundo en cubrir el almuerzo de los tres. Después, nos dirigimos hacia nuestra mesa habitual. Sentada ahí, saqué mi teléfono y, como siempre, tenía una llamada de mi padre. Miré la pantalla, suspirando. Era evidente que no quería atenderle en ese momento. Sabía lo que me diría, las quejas, los reproches... y no era el momento ni el lugar para escuchar esas palabras. Colgué la llamada y dejé el teléfono sobre la mesa.
— ¿No atenderás? —me preguntó Andrés, al notar mi gesto. Negué con la cabeza, tratando de restarle importancia.
— Es mi padre, y no es el momento ni el lugar para atenderle una llamada —le expliqué, mordiendo mi manzana con una mezcla de irritación y cansancio. A veces, parecía que nunca lo entendería.
— ¿Por qué? —preguntó, sin dejar de masticar su manzana, su voz suave, pero llena de curiosidad.
— Siempre terminamos discutiendo —respondi, lanzando una mirada hacia Sitney, que asintió con fuerza, como si supiera exactamente lo que quería decir.
— Como dijo ella, no es el lugar para ese show —añadió Sitney con una sonrisa sarcástica. Yo reí levemente, aliviada de que al menos alguien me entendiera en esta situación.
— Ohh —dijo Andrés, con una expresión de falsa sorpresa—. Espero poder ver uno de esos shows en vivo algún día —comentó, provocando una risa generalizada.
— No digas eso, luego no los soportarás y te reirás de la cara de disgusto de Moni —bromeó Sitney, provocando que tanto ella como Andrés estallaran en carcajadas.
Yo, a pesar de todo, no pude evitar reír también aunque mis hombros estaban tensos.