08 - Mónica

1423 Words
Ya estábamos en casa, finalmente. Sitney ya se había quedado dormida en mi cama, envuelta en las sábanas con su respiración suave y tranquila. Sin embargo, yo no podía conciliar el sueño. El peso de todo lo que había sucedido en la noche seguía rondando en mi mente, y la tensión en mi cuerpo no me dejaba descansar. Me levanté con cuidado de no hacer ruido y salí de mi habitación. Caminé hacia la cocina, buscando algo que pudiera calmar la ansiedad que sentía. Cuando entré, vi a Ai, mi hermanita, sentada frente a la mesa, comiendo con tal voracidad que parecía que no había probado comida en días. Su pequeña cara estaba cubierta de salsa, y sus ojos brillaban con una mezcla de satisfacción y cansancio. —Hola —dije suavemente, para no asustarla. Ella dio un respingo y me miró con sorpresa. Le sonreí, intentando hacerla sentir más tranquila. —Me asu...sta...ste —balbuceó con la boca llena, y no pude evitar reírme al verla tan adorable en su pequeño caos de pasta y salsa. Me acerqué a la nevera, saqué una botella de agua fría y la abrí. Me di un sorbo largo, aprovechando el silencio y el momento para despejar mi mente un poco. —¿Por qué estás tan escondida, como ladrón? —le pregunté, intentando adivinar qué hacía a esa hora en la cocina a solas. No esperaba una respuesta honesta, pero había algo en su expresión que me dijo que me sorprendería. Tomé otro trago de agua mientras esperaba. —Mamá me tiene a dieta para poder entrar en ese tutu blanco para la presentación que habrá del Lago de los Cisnes —se quejó ella, su tono de voz lleno de frustración. Tragué de golpe el agua para no ahogarme por la sorpresa, no podía creer lo que acababa de escuchar. Una sonrisa involuntaria apareció en mi rostro al imaginarla en ese escenario, luciendo su tutu blanco, completamente inocente en medio de todo ese mundo adulto. —Muero de hambre —dijo Ai, como si fuera la peor tragedia del mundo. No pude evitar reír mientras la miraba seguir comiendo a una velocidad impresionante. —Come lo que quieras… —le dije, dejé la botella en el buro y me acerqué a ella. Vi su mejilla llena de salsa y, con un gesto suave, le limpié la cara. El contacto me pareció tan natural, tan familiar, pero al mismo tiempo me hizo sentir una tristeza que no podía explicar. Mi hermana había tenido que crecer demasiado rápido, y no quería que las circunstancias le robaran su niñez. —Lamento que tengas que pasar por eso también, pero te prometo que pronto te daré una vida normal y la vivirás a tu manera —le dije, intentando transmitirle toda la certeza que llevaba en mi interior. Ella me miró, con esos ojos grandes y sinceros, y sonrió. Trago lo que tenía en la boca, al parecer completamente relajada por mi promesa. —No te preocupes, cuando ese día llegue, será el fin del mundo —comentó en tono de broma, con una sonrisa que dejaba ver sus pequeños dientes. Me hizo reír, pero también me tocó el corazón. A veces, en su inocencia, ella no se daba cuenta de lo que realmente estaba pasando, pero lo comprendía en algún lugar profundo de su ser. —Cuando tengas la edad, te llevaré a mi lugar favorito… —le dije mientras acariciaba su cabello alborotado, la sensación de sus suaves rizos en mis dedos me reconfortó. Me permitió un momento de paz en medio de toda la locura. —Ahora disfruta y no dejes la luz prendida, ¿vale? —le recordé con tono juguetón, y ella asintió rápidamente, sin dejar de comer. Me retiré de la cocina, la botella de agua aún en la mano, y me dirigí hacia el jardín. La noche estaba silenciosa, y la luz de las estrellas parecía casi irreal en el vasto cielo de Nueva York. Me quedé allí, parada bajo el firmamento, sin prisa por hacer nada. Miraba las estrellas, intentando ordenar mis pensamientos, mientras el frío aire nocturno acariciaba mi rostro. Suspiré profundamente, sintiendo cómo la presión en mi pecho aumentaba. Tenía tanto que hacer, tantas promesas por cumplir, pero en ese instante, la única certeza que tenía era que las cosas no podían seguir siendo como antes. Sabía que tenía que cambiar el rumbo, no solo para mí, sino para Ai, para Sitney y para todos los que dependían de mí. —Lo prometo, sí que lo haré… —murmuré en voz baja, como si el universo pudiera escucharme. Me lo repetí una y otra vez, con más fuerza cada vez, porque era lo único que podía hacer. Lo prometí, y no pensaba fallar. Sabía que, aunque el camino sería difícil, no descansaría hasta que todo lo que había planeado se hiciera realidad. Me quedé allí un momento más, mirando las estrellas, sintiendo que cada una de ellas me recordaba a alguien, a algo. Y entonces, dejé atrás la quietud de la noche, tomé una última bocanada de aire fresco y salí de ahí, con la firme determinación de hacer todo lo necesario para que las promesas que había hecho no se quedaran en palabras. (...) Durante el día, regresé a mi cuarto, sintiendo que la rutina se me hacía cada vez más pesada. Me metí directamente al baño, buscando un poco de calma en la soledad del agua caliente. El vapor me envolvía, y por un momento, olvidé todo lo que pasaba fuera de esas cuatro paredes. Solo pensaba en el ajetreo de la mañana, en las palabras de mi nana y en cómo todo parecía estar sucediendo demasiado rápido. Pero necesitaba ese respiro, ese instante de desconexión. Salí del baño envuelta en una toalla, dejando que el agua se deslizara por mi piel. El frío del aire contrastaba con el calor que aún conservaba mi cuerpo. Me dirigí al closet y, como siempre, me demoré un poco más de lo planeado en decidir qué ponerme. Opté por algo sencillo, pero que me hiciera sentir cómoda. Elegí una camisa negra de manga larga. Era completamente suelta, lo que me gustaba porque no me restringía los movimientos. Al final de las mangas, tenía una cinta que me permitía ajustarla un poco, no quería que la camisa fuera tan holgada. Me llegaba justo por encima del ombligo y tenía un cuello redondo, sin pretensiones. Decidí que el look necesitaba algo más, así que busqué un short de cuero brillante, de un color plateado con n***o, que me pareció perfecto para completar el conjunto. Para darle un toque de elegancia, me puse unas botas altas negras que llegaban justo por encima de la rodilla, con tacón de cinco centímetros. Me sentía lista para enfrentar el día. Salí del cuarto y, al llegar a la cocina, vi a mi nana riendo mientras lavaba los platos que Ai había dejado sucios en la madrugada. El sonido de su risa me hizo sonreír automáticamente. Aunque siempre estaba tan ocupada, ella encontraba tiempo para hacer que todo pareciera más ligero. —Buenos días, nana —saludé, acercándome a ella. —Buenos días, mi niña —respondió con una sonrisa cálida, sin dejar de lavar los platos que aún quedaban en el lavabo. —La niña Ai de nuevo comió tarde… —comentó, mirando un plato con nostalgia. —Supongo —dije, mientras me acercaba y comenzaba a secar los platos. Sabía que Ai siempre se saltaba las horas de comida, pero no podía evitar reírme cuando mi nana lo mencionaba con ese tono tan cariñoso. —¿Qué tal sus hijos, nana? —le pregunté, queriendo saber más sobre ellos. Ella me pasó un plato mientras suspiraba, algo triste. Siempre hablaba de ellos con tanto orgullo, pero a veces también se notaba que los extrañaba mucho. —Estudiando fuera aún —dijo, con un suspiro más profundo—. Nelson sigue en Londres estudiando marketing, y Jonathan está en África, estudiando medicina… —una sonrisa se dibujó en su rostro, pero rápidamente desapareció—. Estoy tan orgullosa de mis hijos, pero los echo de menos más de lo que te imaginas. Dejé el plato en el buro y el trapo en la mesa, sin saber qué decir. Sabía lo mucho que significaban sus hijos para ella, lo mucho que había trabajado por ellos, y cómo su ausencia siempre la pesaba. —Pronto los verás, nana —le dije con calma, dándole un pequeño consuelo.
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