02 - Mónica

1164 Words
Tomé aire y salté por la ventana, con la rapidez de alguien que ya no tiene nada que perder. No miré atrás. Corrí sin detenerme, sintiendo el aire frío golpear mi rostro. Las lágrimas caían sin que pudiera evitarlo. Las sentía ardientes en mis mejillas, pero no importaba. Al menos mi labial mate no se corría. Correr era lo único que me dejaba pensar en algo diferente. No pensaba en lo que estaba dejando atrás, solo en el acto de huir, en el sonido de mis propios pasos, en cómo mi corazón latía a toda velocidad, no solo por el esfuerzo, sino también por la adrenalina de la libertad. Las calles que tomé no eran familiares, pero tampoco me importaban. Era el tipo de lugar que siempre había temido, pero de alguna manera, al estar allí, me sentía más viva. Mujeres con poca ropa y hombres fumando lo que supuse era m*******a me observaban sin sorpresa. Nadie me miraba como si fuera una pieza más de la alta sociedad. Nadie me pedía que fuera perfecta. Continué caminando, no como una niña rica, sino como una más del lugar. Al menos por un rato, no tendría que preocuparme por ser esa hija perfecta que mis padres siempre habían querido. Ya no quería ser su niña, su marioneta. Ya no quería ser lo que ellos querían que fuera. De repente, me topé con un callejón. A lo lejos, dos hombres parecían estar acosando a una mujer. Sentí un nudo en el estómago, pero no me detuve. No pensaba detenerme. Al menos, no hasta que me vieron. —Pero mira qué tenemos aquí... —dijo uno de ellos con una sonrisa asquerosa. Una sensación de repulsión me recorrió, pero, extrañamente, no tenía miedo. La rabia se desbordó de mi interior. —¿Qué quiere el cerdo? —respondí, mi voz fría y cortante. Sabía lo que esperaba de mí. Estaba acostumbrada a la superioridad de los hombres, a ese juego de poder y control que siempre había visto desde lejos, pero que ahora me tocaba a mí. Me lo habían enseñado desde pequeña, aunque de manera indirecta. Mi padre siempre había sido un hombre dominante, y mi madre, aunque más sutil, también lo era. Ambos me habían criado bajo la premisa de que siempre había una jerarquía, que siempre había alguien por encima de ti. Y yo, por mucho tiempo, había aceptado mi lugar. Pero ahora ya no. —Salió peleonera —dijo el otro con una sonrisa que me resultó aún más repulsiva. No tenía miedo. No tenía miedo porque ya había aprendido a pelear, aunque mi padre se encargó de que olvidara esa parte de mí. Karate, una disciplina que había dejado atrás porque mi padre pensó que no tenía futuro en mi vida. ¿Idiomas? Eso sí tenía futuro, o al menos eso me decía él. Pero el karate me hacía sentir fuerte, libre. —Otro cerdo —dije, cansada—. Quítense de mi camino, a menos que quieran atenerse a las consecuencias. Lo dije con tal seguridad que ni yo misma me lo creí. La vida me había enseñado a ser sumisa, a no hacer ruido, a callarme. Pero en ese momento, ya no me importaba nada. Escuché una voz desde atrás, y cuando me giré, vi a dos chicos. Parecían diferentes. No pertenecían a este barrio, pero tampoco se sentían fuera de lugar. Uno de ellos me guiñó el ojo, y entendí. —Te estaba buscando y me retuvieron —le seguí el juego, sin dudar. Me pegó a su pecho con fuerza, y me besó de forma posesiva. Al principio me sorprendió, pero luego me dejé llevar. Sentí que el beso no era solo un beso, sino una forma de escapar, una forma de decir que ya no era la niña perfecta que mis padres querían que fuera. —Largo, Calajan —dijo al separarse de mí, y su tono protector me hizo sentir, por un momento, que estaba segura, que había encontrado un refugio. Los dos hombres se fueron, pero mi corazón no dejaba de latir rápido. No sabía qué pensar. ¿Me sentía aliviada? ¿Agradecida? No. Sentía una mezcla de todo. Una extraña liberación. —Lo siento —dijo el chico que me había besado, con una sonrisa avergonzada—. Era para que fuera más creíble. No sabía si creerle, pero, de alguna manera, me sentía mejor por eso. La confusión seguía en mi mente, pero al menos no era la niña perfecta que mis padres querían que fuera. —Sí, cómo no —respondí, rodando los ojos, aliviada por la risa que surgió entre nosotros. ¿Era esta la libertad? ¿Este breve momento de risa y despreocupación? No lo sabía. —Me agradas —dijo el otro chico. —Lo sé, yo también me agrado —respondí, sonriendo. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía ser yo. Nos presentamos: Andrés y Jefrey. Cuando les pregunté si conocían un lugar donde pudiera ser yo misma, sin que mis padres me controlaran, ellos me miraron como si hubiera dicho algo raro. Y en cierto modo, lo era. Yo misma me sentía rara. —¿No existe, cierto? —susurré con resignación. Mi alma estaba agotada. Todo en mí pedía descanso. Y aún así, no podía dejar de seguir buscando una salida. —Bueno… está el club Estrella Fugaz —dijo Jefrey, sin mucha emoción, como si fuera un lugar común. —Vamos, pues —respondí, sin pensarlo. Caminamos hacia el club, charlando entre bromas. Aunque no podía dejar de pensar en lo que había dejado atrás, sentí que era el primer paso hacia algo diferente. Algo que yo misma había elegido. El club Estrella Fugaz era un lugar de luces de neón y música electrónica que vibraba en cada rincón. Era ruidoso, lleno de vida, de gente que no preguntaba quién eras ni de dónde venías. Era un lugar donde nadie te juzgaba por respirar mal. Entramos al club, y aunque mi corazón seguía agitado, sentí que finalmente había encontrado algo que me pertenecía. Aquí no había etiquetas, ni expectativas, ni consejos sobre cómo ser la hija perfecta. Aquí, era solo yo. —¿Te unes? —preguntó Jefrey, ofreciéndome un marcador. Sonreí, una sonrisa más libre, más auténtica. —Encárguense ustedes. Andrés y Jefrey empezaron a pintar mi piel con tinta fluorescente. Lo sentí extraño, pero de alguna forma liberador. Era como si, al hacer esto, estuviera firmando un contrato con mi nueva vida. —Lista —dijo Jefrey, al terminar, y me miró con una sonrisa satisfecha. No quedaba ni un rincón de mi piel sin un toque de pintura. —Te toca —dijo Andrés, extendiéndome el marcador. Miré a ambos, y en ese instante supe que lo que estaba haciendo era algo más que una simple noche de escape. Era un punto de no retorno. Tomé el marcador y comencé a pintar en ellos, firmando, de alguna manera, mi libertad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD