—La próxima vez no te vistas tan extravagante —dije, cruzándome de brazos mientras la observaba de arriba abajo con una mezcla de exasperación y resignación.
Sitney tenía un gusto llamativo para vestirse, pero esta vez se había superado. Llevaba una falda negra con quiebres que se abría en suaves pliegues al moverse, con una capa de tul vaporoso que le daba volumen y terminaba justo a la mitad de sus muslos. Acompañaba su atuendo con una camisa roja de mangas largas, ceñida al cuerpo, con un pronunciado escote en V que realzaba su figura. Era el tipo de ropa que funcionaba para una salida a un club elegante o una cita romántica, pero no para el lugar al que íbamos.
Y los accesorios... Suspiré pesadamente.
Alrededor de su cuello brillaba un delicado collar de oro con la letra "S" grabada en un dije pequeño, pero lo suficiente para notarse con facilidad. En sus manos llevaba un anillo dorado con un cristal blanco que reflejaba la luz de la calle, haciéndolo ver aún más ostentoso. Sus orejas estaban adornadas con aretes de plata en forma de estrella, y en su muñeca lucía una pulsera de plata con su nombre en pequeñas letras entrelazadas. Para completar el conjunto, unos audífonos costosos, de color rojo con detalles dorados, colgaban de su cuello como si fueran un simple accesorio de moda.
Todo en ella gritaba dinero, comodidad, fragilidad.
Suspiré otra vez, intentando no soltar un comentario demasiado mordaz. No quería herirla, pero su descuido me frustraba.
—Fuera anillo, collar, aretes, pulsera y audífonos. Ahora —ordené con tono firme.
Ella parpadeó, sorprendida por mi seriedad.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste. No puedes llevar nada de eso. A donde vamos, esas cosas solo sirven para ponerte una diana en la espalda —crucé los brazos, manteniéndome firme—. No puedes llamar demasiado la atención si quieres salir viva de ahí.
Sitney frunció los labios con molestia, pero no discutió. Sabía que tenía razón. Sin decir palabra, se quitó los accesorios y los guardó en su cartera de mano dorada, otro error en su elección.
—Tampoco uses ese bolso… A leguas se nota tu facha de niña pija —murmuré con desaprobación.
Ella me miró, claramente confundida.
—¿Qué es "niña pija"?
Rodé los ojos, entre fastidiada y cansada.
—Niña fresa. Rica. Mimada —enumeré con tono seco—. Te ven así y te roban, te violan, te secuestran, le piden rescate a tu padre y, cuando se aburran de ti, te matan y dejan tu cuerpo tirado en algún callejón. Probablemente te encontrarían meses después… si es que te encuentran.
Mi voz sonó más dura de lo que pretendía, pero no estaba para endulzarle la realidad. Era mejor que lo entendiera antes de que fuera demasiado tarde.
Me crucé de brazos, sintiendo la frustración arder en mi pecho.
—¿Es que no piensas en eso, Sitney? —me quejé, observando cómo guardaba las cosas en su cartera con más cautela.
Ella bajó la mirada y suspiró.
—Dije que lo siento… La próxima vez lo tendré en cuenta.
—Más te vale —resoplé, dando media vuelta—. Porque si no, no te llevo otra vez.
Sin esperar respuesta, comencé a caminar. Escuché sus pasos apresurados siguiéndome en silencio.
El aire nocturno era fresco y olía a tierra húmeda, con un leve aroma a flores provenientes del jardín trasero. Caminamos entre los árboles, moviéndonos con facilidad por el terreno que ya conocía de memoria. Este no era el mundo de Sitney. Podía notar su incomodidad en la forma en que miraba a su alrededor con cierta tensión, seguramente preguntándose si alguien nos observaba.
Cuando llegamos al punto de encuentro, el taxi de siempre ya estaba esperándonos. Las luces delanteras iluminaron el sendero con un brillo amarillento, proyectando nuestras sombras en el suelo irregular.
El vehículo se detuvo suavemente frente a nosotras y entramos.
—Buenas noches, Liliht —saludó Nail con una leve sonrisa.
Era el mismo conductor que siempre me recogía cuando iba allá. Con el tiempo, habíamos terminado conociéndonos un poco.
Nail era un chico de veintitantos años, con cabello castaño ceniza algo despeinado, ojos marrón oscuro y piel morena curtida por el sol. Vestía una camisa oscura con las mangas arremangadas hasta los codos y un reloj plateado barato en su muñeca izquierda. Siempre tenía un aire relajado, pero su mirada reflejaba una experiencia que iba más allá de su edad.
—Buenas noches, Nail —respondí, acomodándome en el asiento mientras Sitney entraba y se sentaba a mi lado.
—¿Cómo sigue tu hermana? —pregunté con genuino interés.
Su sonrisa se amplió, iluminándole el rostro.
—Mejorándose cada vez más.
Sonreí.
—Me alegra escuchar eso.
La hermana de Nail era una chica de veintitrés años que, hace un año y medio, fue atropellada por un bus. El impacto fue tan brutal que terminó en coma inducido por el trauma cerebral. Durante meses, su familia vivió con la incertidumbre de si alguna vez despertaría. Hace diez meses, abrió los ojos. Desde entonces, había estado en rehabilitación, luchando por recuperar el control de su cuerpo.
Pensé en lo difícil que debía ser para Nail. Él trabajaba a todas horas para ayudar con los gastos médicos, llevando a pasajeros por rutas peligrosas como la nuestra, donde cualquier error podía costarle la vida. Y aun así, siempre tenía una sonrisa.
Me recosté contra el respaldo del asiento y exhalé con calma.
La noche apenas comenzaba.