—¿Qué pasa? —dijo ella, mirándome extrañada.
—La he arruinado —murmuré—. Se supone que nadie aquí debería conocerme así... Si mis padres se enteran, estaré mucho más que arruinada... —dije, y ella rió con fuerza.
—Si eso pasa, me tienes ahí. Además, era la primera vez que no te veía fingiendo... —la miré confundida—. Ahora, ¿qué te parece si nos vamos de aquí y me cuentas todo, lo que te está haciendo feliz? — agrego en tono cómplice. Sonreí y la abracé.
—Por eso eres mi mejor amiga de toda la vida —le dije, y ella rió—. Vamos a mi casa, y te cuento todo... —La tomé de la mano y salimos de la universidad hacia el estacionamiento, donde estaba su auto, para dirigirnos a mi casa.
Subimos al Lamborghini morado, y luego ella tomó rumbo a mi casa. En el camino, le conté todo.
Lo que pasó esa noche hace siete años, cómo conocí a Andrés y Jefrey, lo que hago todas las noches, quién soy realmente, que mi hermano lo sabe, lo que significa para mí tener que aparentar ser perfecta, el club, y todo lo que me hacía feliz.
Ella estaba a punto de lanzarme por la ventana del auto porque no le había contado antes, pero luego se alegró por mí. Le mencioné la fiesta de esa noche y se auto-invitó, lo que me pareció genial. Sería increíble tener a mis tres amigos juntos y que ella finalmente conociera mi verdadera forma de ser.
Llegamos a mi casa, el enorme jardín con césped bien cuidado nos recibió, las paredes son de color café y las puertas de vidrio transparente. Es de dos pisos, y los cuartos del segundo piso cuentan con un balcón que da al exterior. Frente a la casa, hay una piscina visible desde el gran ventanal del comedor, que queda a la izquierda del lugar.
Entramos y saludamos a mi nana, luego subimos a mi cuarto para empezar con los disfraces.
Pasó alrededor de una hora, y decidí ponerme el de Harley Quinn, mientras Sitney eligió uno de princesa.
—Enana —llamó mi hermano desde la puerta.
—Entra —le dije, mirando el bate que era parte de mi disfraz—. Hola —le dije cuando entró—. A ti te quería ver... Esta noche habrá una fiesta de disfraces en el club, y me gustaría que me acompañaras. La última vez que fuiste fue cuando me encontraste, y es un lugar lindo... —le dije con entusiasmo.
—Bien —sonrió.
—Ya estoy lista para maquillarnos —dijo Sitney, saliendo del clóset.
—¿Hasta que le dijiste? —se burló mi hermano. Me encogí de hombros y reí también—. Voy a buscar qué ponerme. Nos vemos...
—Gracias —le dije mientras salía del cuarto. Me volví hacia Sitney—. Bien, empecemos —le dije, y ella asintió feliz.
Ya habían pasado varias horas, el cielo se había oscurecido por completo y, en media hora, teníamos que salir al club. Mi disfraz era el que había deseado desde hace mucho: el de Harley Quinn. Había trabajado en los detalles con cuidado, quería que todo fuera perfecto. Mi cabello estaba atado en dos colas altas, sujetadas con gomas rojas, y las puntas las teñí en rosa y celeste con tintes removibles que se van con un buen lavado. La camiseta pequeña que elegí era blanca con detalles rojos, ajustada al cuerpo, y el short, aunque bastante corto, era cómodo y perfecto para la ocasión. Unas medias negras cubrían mis piernas por completo, hasta mis muslos, y llevaba unos zapatos negros con detalles blancos y un tacón bajo, práctico pero con estilo. La chaqueta de cuero era de los colores que más me gustaban: azul y rojo, y no podía faltar la gargantilla con la palabra “Puddin”, ni el infaltable bate que siempre llevaba conmigo. ¡Amo este bate!
Aproveché mi largo cabello y lo dejé suelto, solo hice las dos colas que caracterizan a Harley. Luego me tomé el tiempo para teñir un poco las puntas con colores que se pueden quitar fácilmente, lo suficiente para darle el toque que quería. Por supuesto, no olvidé el bate. Era uno de mis accesorios favoritos. No solo porque era parte del disfraz, sino porque le daba un toque de poder.
—¿Lista? —preguntó Sitney, mientras se terminaba de acomodar la tiara en la cabeza. Llevaba un vestido n***o con flores rosadas, con un escote en forma de corazón y sin mangas. La tiara que llevaba no era de plástico, era de verdad, la había comprado para ocasiones especiales. Ella se veía como una princesa moderna, y su sonrisa brillante era la prueba de lo feliz que se sentía con su elección.
—¡Sí! —respondí con entusiasmo—. Vamos a buscar a mi hermano.
Salimos del cuarto y nos dirigimos hacia el de mi hermano. Cuando llegamos a la puerta, justo cuando iba a tocar, él la abrió. Ya llevaba puesto su disfraz: una camisa blanca con una chaqueta negra de gran tamaño que le quedaba un poco grande, con un cuello altísimo al estilo de Drácula. Sus jeans negros completaban el look, pero lo que realmente me impresionó fue su maquillaje. Había resaltado sus ojos celestes con sombras negras que rodeaban completamente su mirada, dándole un aire misterioso y fascinante. Sin duda, se veía increíble.
—¡Uy, qué sexy vampiro! —le dije, mirándolo y sonriéndole de manera juguetona.
—Qué hermosa Harley Quinn —respondió él, devolviéndome la sonrisa con una mirada llena de complicidad. Sabía que ambos nos habíamos esforzado para que el disfraz fuera memorable.
—¿Nos vamos? —preguntó Sitney, impaciente, y asentí mientras la miraba con una sonrisa en el rostro.
—Iremos en mi auto —dijo mi hermano, guiándonos hacia la salida de la casa. Nos dirigimos al estacionamiento, y ahí estaba, estacionado, su impresionante Jaguar rojo. El auto siempre había sido su orgullo, y no era para menos. Su brillo rojo era inconfundible, y la elegancia del coche era evidente.
—¿No es un poco... llamativo? —comenté mientras lo observaba.
Él negó con la cabeza con una sonrisa confiada.
—Dejaremos el coche a unas calles antes de llegar al barrio. La cafetería tiene estacionamiento abierto, así que no hay problema —dijo, mientras desactivaba el seguro del coche. Después, abriendo la puerta, añadió—: Luego caminaremos hasta el club, y tú, bella Harley Quinn, nos protegerás.
Me miró con complicidad, sabiendo perfectamente lo que estaba insinuando. La verdad es que me sentía bastante confiada. Siempre había sido buena en Karate, y con ese bate... sentía que no habría nada que pudiera detenerme.
—Sé que eres la mejor en Krav Maga, y con ese bate... nada nos pasará —añadió entre risas, y yo no pude evitar reírme también.
—Ya vámonos, ¡que ya quiero llegar! —se quejó Sitney, impacientándose porque la espera se estaba haciendo más larga de lo que pensaba. Ambos reímos ante su exasperación.
Subimos al auto, y mi hermano comenzó a conducir. En el camino, hablamos de todo: de la fiesta, de lo que nos esperaba en el club, y de cómo nos habíamos preparado para la ocasión. Estábamos emocionados, y a pesar de que todo parecía estar encaminado, no pude evitar pensar que, en ese momento, las pequeñas cosas que nos hacían reír y disfrutar eran lo que más importaba. Nos detuvimos en la cafetería para dejar el auto, como él había sugerido, y luego caminamos hacia el club.
La noche prometía ser divertida, llena de música, disfraces y amigos. ¿Qué más podía pedir?