Prefacio

993 Words
La mansión Supernot era un reflejo del poder de la familia. Mármol pulido, candelabros resplandecientes y ventanales que se alzaban como si quisieran tocar el cielo de Nueva York. En su interior, cada rincón estaba diseñado con una elegancia impecable, sin una mota de polvo fuera de lugar, sin un solo detalle que no reflejara la grandeza de los Supernot. Y en lo más alto de la casa, en una de las habitaciones más amplias, Mónica Lilith estaba atrapada en su propia jaula dorada. Su habitación era enorme. El techo tenía molduras con delicadas hojas en relieve, y de él colgaba un candelabro de cristal que proyectaba destellos de luz dorada por toda la estancia. Las paredes, de un tono beige con detalles en blanco, estaban decoradas con cuadros y espejos de marcos dorados. Una enorme ventana, cubierta por cortinas de terciopelo oscuro, dejaba ver las luces de Nueva York a lo lejos, brillando como estrellas artificiales. El suelo estaba cubierto por una alfombra suave, tan mullida que hundía los pies al caminar. En una esquina, junto a una repisa llena de libros que apenas tenía tiempo de leer, se acumulaban peluches de todos los tamaños y formas. Algunos eran regalos de su infancia, otros los había elegido ella misma en los pocos momentos en los que le permitían decidir algo. Eran su refugio, los únicos testigos de su verdadera esencia en aquel mundo de normas estrictas. Su cama, una enorme estructura de madera tallada con dosel, estaba cubierta con sábanas de seda y cojines que parecían sacados de una revista de decoración. Pero, a pesar de toda su belleza, para Mónica era solo una prisión disfrazada de comodidad. Y esta noche, una vez más, estaba siendo juzgada dentro de ella. Mónica se sentaba en el borde de la cama, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Su cabello castaño oscuro caía en ondas rebeldes sobre sus hombros, y sus ojos café claro brillaban con furia contenida. No era justo. Nada de esto era justo. Frente a ella, sus padres, Mario Supernot y Anahis D’Supernot, la observaban con la misma expresión con la que un rey miraría a un súbdito que lo ha desafiado. Su padre, un hombre alto de piel clara y porte imponente, llevaba un traje oscuro sin una sola arruga. Sus ojos verdes, tan fríos como los inviernos de Nueva York, la estudiaban con paciencia calculada. Mario Supernot no era solo un empresario, era un titán. Dueño de Supernot Enterprises, su compañía dominaba la industria de la biotecnología aplicada a la seguridad. Diseñaban sistemas de reconocimiento facial, implantes tecnológicos para identificación y dispositivos de rastreo que solo la élite mundial podía costear. Gobiernos, corporaciones, figuras de poder… todos dependían de su tecnología. Y él, el arquitecto de ese imperio, no permitía fallos. Mónica era su hija. Y en su mundo, eso significaba ser impecable. —No volverás a salir sin permiso —declaró Mario con voz firme. Mónica alzó la mirada, desafiante. —No hice nada malo. —No hiciste nada que una hija de esta familia deba hacer —corrigió Anahis con un suspiro. Su postura, como siempre, era impecable. Sus ojos café oscuros reflejaban algo más que enojo: preocupación—. Te hemos dado todo, Mónica. ¿Por qué insistes en comportarte así? La niña apretó los puños sobre su falda de encaje. —Porque no soy una muñeca —susurró con rabia contenida—. No quiero ser perfecta. No quiero ser como ustedes. En un rincón de la habitación, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, Henry Supernot observaba la escena en silencio. A sus dieciséis años, Henry ya había aprendido a moverse como un adulto en el mundo de su padre. Con su cabello n***o y su piel morena, se parecía más a su madre, pero sus ojos verdes oscuros llevaban el peso de su destino. Desde pequeño, había sabido que su vida estaba escrita: él sería el heredero de Supernot Enterprises. Aprendió a leer antes que los demás niños, a manejar negocios cuando aún no tenía edad para firmar un contrato, a mantenerse firme en reuniones donde los adultos lo trataban como un futuro rey. Pero nunca le preguntaron si quería ese trono. Cada error, cada debilidad que su padre veía en su hermana, se convertía en más presión sobre sus hombros. Y mientras más Mónica se rebelaba, más lo empujaban a él a ser el hijo perfecto. No podía permitirse que Mónica les diera más razones para seguir aplastándolo. —Eres una niña —dijo al fin, su voz grave pero controlada—. No puedes irte por ahí como si el mundo te perteneciera. Mamá y papá solo están protegiéndote. Mónica se giró hacia él, con los ojos encendidos de rabia. —¿Protegiéndome? ¡Solo quieren controlarme! Igual que a ti. Henry apretó la mandíbula. —No hagas esto más difícil. —¿Difícil para quién? ¿Para mí o para ti? —Mónica se puso de pie, su pequeña figura vibrando de indignación—. ¿Te preocupa que, si me siguen vigilando, te exijan aún más? El silencio cayó sobre la habitación como una losa. Henry no respondió, pero su mirada se oscureció. Mónica conocía la verdad. Sabía que él no la reprendía porque creyera en las reglas de sus padres, sino porque, mientras más la vigilaban a ella, más aumentaba la presión sobre él. Mario Supernot dio un paso al frente, su sombra cubriéndola por completo. —No entiendes nada —declaró con frialdad—. Y hasta que lo hagas, no saldrás de esta casa. Mónica sintió un nudo en la garganta, pero no iba a llorar. No les daría ese gusto. Sus padres y su hermano podían encerrarla en aquella jaula de oro, podían rodearla de lujos y prohibiciones, pero ella nunca sería como ellos querían. Porque algún día, cuando encontrara la forma de escapar... Cuando encontrará la forma de sentirse viva y vivir.
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