—Jeffrey te manda saludos —le dije con una sonrisa traviesa, observando cómo sus mejillas se tiñeron de un carmesí profundo. Era inevitable notar el sonrojo en su rostro, y a mí no me hacía más que divertirme.
Ella sonrió tímidamente, pero rápidamente bajó la mirada, sintiendo la incomodidad de la situación.
—¿Te gusta? —le pregunté, sin poder evitar una sonrisa más amplia. Ella, aún ruborizada, asentía lentamente, como si no pudiera articular palabras.
—Es un buen chico, pero no es un buen partido... Ten cuidado —le advertí, sabiendo que, a pesar de su apariencia tranquila, Jeffrey tenía una costumbre de dejar las cosas en el aire una vez se aburría. Y no quería que Sitney cayera en esa trampa. Ella asintió, entendiendo perfectamente el mensaje.
Aunque Jeffrey era mi mejor amigo, nadie mejor que yo para saber cómo se comportaba. Usaba a las chicas solo para lo que quería, sin considerar nunca sus sentimientos, hasta dejarlas con el corazón roto. Recuerdo una vez, después de una fiesta donde nos pasamos de copas, tuvimos sexo y, sinceramente, después de eso nunca más se repitió. Quedamos en que simplemente lo olvidaríamos, pero no podía mentir: tres meses atrás, esa noche fue una mezcla de placer y descontrol, y aún hoy sé que era un dios en la cama. Pero eso no significaba que valiera la pena ponerle expectativas.
Y no es que mi vida s****l fuera precisamente tranquila, ya que también tuve sexo con Andrés en una época en la que ambos teníamos ganas mutuas. Hubo una atracción real, pero nunca fue más allá, no quisimos que fuera más allá, y nuestra amistad continuó sin complicaciones. Me gustaba esa dinámica entre los tres: si alguien de nosotros tenía ganas, simplemente nos buscábamos sin que eso significara nada serio. Solo sexo sin amor, sin ataduras, lo cual mantenía nuestra amistad intacta.
—Ahí viene Connor —dijo Sitney, sacándome de mis pensamientos. Miré hacia donde ella indicaba y, como siempre, vi a Connor besándose con María, la fácil del lugar. Sus miradas de poder y dominación no pasaron desapercibidas para mí. En cuanto nos vio, se acercó a nosotras, sonriendo con esa falsa simpatía que tanto me molestaba.
—Hola, querida —dijo ella, con su tono de voz meloso, mientras se acercaba a mí.
—Recogiendo sobras... —respondí irónicamente, sin perder mi compostura. Luego, alzando la voz, miré a todos los presentes y grité: — ¡Chicos!, Aquí el bote de reciclaje para que tiren su basura reutilizable en el —señalé a María, sin disimular la burla. Todos estallaron en risas, y no pude evitar notar cómo el rostro de María se ponía rojo de ira. Sitney se rió a carcajadas, disfrutando de la escena.
—No molestes, no tengo tiempo para perder... —le dije con una calma que contrastaba con la furia de ella. Esa calma era como un mecanismo de defensa ante las personas que, como María, buscaban constantemente hacerme quedar mal.
—¡Eres una…! —intentó bofetearme, pero paré su mano con rapidez y firmeza.
—¿Una qué? —pregunté, arqueando una ceja, fingiendo una curiosidad falsa. La situación me estaba llevando al límite, pero no iba a dejar que María o cualquiera de los presentes me humillara, menos aún delante de todos esos chismosos que se mantenían al margen de lo que estaba pasando. Con un movimiento brusco, empujé su brazo hacia un lado, de tal forma que terminó chocando contra el pecho de Connor.
—Si no quieres que tu hermosa carita plástica se ponga morada, mejor desaparece de mi vista... —le dije, manteniendo mi tono bajo pero firme. Era lo único que podía hacer sin ponerme en problemas innecesarios: marcar límites.
En ese instante, escuché una voz que me era familiar. La reconocería entre mil.
—¿Te molestan, amor? —dijo alguien detrás de mí, y una sonrisa se dibujó en mi rostro sin quererlo. Era Andrés. Sus ojos celestes brillaban con notable diversión mientras su cabello n***o contrastaba con su piel clara.
—Solo boto la basura, bebé… —respondí sin perder mi actitud, girándome hacia él. Andrés estaba allí, con las manos en los bolsillos de su pantalón y la mochila colgada del hombro derecho. Me acerqué a él, besando la comisura de sus labios, y, sin pensarlo, lo abracé. Su presencia me calmaba, y la familiaridad de su toque me hacía sentir más segura sin poder evitarlo, su musculatura era demasiado diferente a la mía. Me veía diminuta a su lado.
—¿Qué ven? —preguntó Andrés, con su tono habitual, pero ahora un tanto frío, mirando a Connor y María, quienes ya se estaban alejando, rojos de furia.
Me separé de él, dándole espacio para que se acomodara, y miré a Sitney, quien observaba la escena con una expresión confundida. No era para menos.
—Luego te cuento, vamos a clases —le dije a Sitney, notando cómo su curiosidad la estaba matando. Ella asintió sin protestar, y los tres comenzamos a caminar hacia el salón. Andrés, por suerte.
—No me habías contado que entraste —le dije a Andrés mientras caminábamos hacia la oficina para que le entregaran la llave de su casillero.
—Esta mañana me enviaron el resultado del examen —contestó él con una sonrisa, claramente emocionado—. No quería seguir perdiendo clases, Liliht —me dijo, mientras avanzábamos por el pasillo.
—¡Qué bien! —exclamé, genuinamente feliz por él. —Es un logro increíble. Te lo mereces.
—Monica, Andrés, acá soy Monica — agregué con seriedad mientras miraba de reojo a Andrés. Nos acercamos a la oficina de dirección, y la secretaria nos vio de inmediato, acercándose para entregarle la llave del casillero.
—Es por acá... —añadí, señalando el pasillo. Andrés asintió y se dirigió con rapidez hacia donde le indicaban. Al llegar a la secretaria, ella lo atendió con una sonrisa y le entregó la llave sin ningún problema.