Es toda una mujer

1013 Words
CAPITULO 7.  Es toda una mujer Enrre  Ya queda menos de un año para salir de aquí y aún no sé qué voy a hacer. Dos años han pasado desde que llegué al cuartel; los permisos para visitar a la familia son más frecuentes, ya que no tengo que esperar tres meses. Aquí no me va mal; con lo que me han pagado, lo he ahorrado. Cada centavo. Pienso invertirlo y duplicarlo. Mariela Me llegó de pronto el pensamiento. ¿Qué será de ella? —me pregunté. ¿Por qué de pronto todo cambió si entre ella y yo estaba bien? Es que ni siquiera volvió a la casa. Irse así, sin despedirse, sin que nadie se diera cuenta, fue totalmente extraño. ¿Por qué nunca pude hablar con ella? ¿Qué hay de cierto en que estaba ocupada con sus estudios? No insistí más, pues tampoco sabía por qué lo hacía. Viajé toda la noche y ya me encuentro en la ciudad. Otro autobús, otro destino, pero más corto, y esta vez no me dirigí a mi casa. Llegué a casa donde se encuentra mi hija y su madre, Mirian. No tenemos una relación como debe ser; tener un hogar, una familia, eso debió ser desde que salió embarazada. Lo único que le di —le ofrecí— fue un nombre, un apellido, nada más. Sí. De vez en cuando estoy aquí; de hecho, me quedo una noche, dormimos juntos y luego me voy. Hoy no tengo ganas de quedarme. —Solo les traigo dinero —le notifiqué mientras tenía a la pequeña Karol sobre mi regazo. —¿No piensas quedarte esta vez? —preguntó, mirándome a los ojos con su mirada triste. Muevo la cabeza de un lado a otro, negando. —No —dije firme. Ella asintió sin decir nada más. Le entregué el dinero y, seguido, me puse de pie. Me despido, le dejo un beso a Karol en la frente, prometiendo que la próxima vez estaré por más tiempo con ella. —Volveré pronto, lo prometo. Salgo sin mirar atrás; tomé el taxi que ya me esperaba y que me llevaría de vuelta. A pesar de que estaba de extremo a extremo, no me sentía cansado. El camino lo sentí más rápido de lo normal. Había llegado a casa después del mediodía; traía demasiada hambre. Nadie se había dado cuenta de mi llegada; al parecer, todos estaban en la parte trasera de la casa o tal vez en la cocina. Dejé mis cosas en mi habitación; me da tiempo de tomar un baño ligero, me pongo ropa cómoda y me dispongo a salir. Menos mal que estamos en un pueblo tranquilo y no en la ciudad; si no, ya estaría desvalijada la propiedad —pensé. Mientras me movía por la casa, un sonido familiar me detuvo en seco. Era una voz suave y angelical que, en cualquier lugar, podría reconocer. Me sorprendí al darme cuenta de que era Mariela. La dulzura de su tono me llenó de una mezcla de nostalgia y anhelo. De repente, el apetito que había sentido momentos antes se desvaneció. La incertidumbre me invadió; dudaba si debía entrar en la cocina o esperar a encontrarme con ella de manera casual. Sin embargo, lo que no tenía duda era que me alegraba saber que estaba en el mismo lugar que yo. Me quedé parado, escuchando su risa y el murmullo de la conversación que mantenía con alguien más. La idea de verla nuevamente me llenó de emoción, pero también de nerviosismo. Recordé los momentos compartidos, las risas y las complicidades, y me pregunté si todo eso aún existía entre nosotros. Tomé una respiración profunda y decidí que no podía quedarme ahí, escondido. Con un paso firme, me dirigí hacia la cocina, listo para enfrentar lo que viniera. Al asomarme, vi que era su madre, quien parecía disfrutar de una conversación llena de risas y recuerdos. Justo en ese momento, ella me visualizó, pero yo hice una señal con la mano pidiéndole que mantuviera silencio. La tensión en el aire era palpable. Mi corazón latía con fuerza mientras decidía cómo actuar. Sin pensarlo dos veces, decidí acercarme por la parte de atrás de Mariela. Rodeé su cuerpo con un fuerte abrazo, sorprendiéndo la inmediatamente. La impresión la dejó congelada, y por un instante, el tiempo pareció detenerse. Su reacción fue de sorpresa total; su cuerpo se tensó antes de que la calidez de mi abrazo la envolviera. Sentí su respiración entrecortada, y su fragancia, familiar y reconfortante, me llenó de recuerdos. La conexión que había creído perdida se reavivó en ese instante, y ambos quedamos atrapados en un abrazo que parecía durar una eternidad. Mariela giró lentamente su cabeza hacia mí, sus ojos grandes, no se como interpretar su mirada pero no era la misma Mariela de hace dos años atrás. la sonrisa se borró del rostro, sustituyendo la por una más seriedad —¿Eres tú? —susurró, como si temiera que fuera un sueño del que pudiera despertar en cualquier momento. —Sí, soy yo —respondí con una sonrisa, sintiendo cómo la tensión se desvanecía entre nosotros. mi madre, aún en la cocina, observaba la escena con una expresión de sorpresa y satisfacción, como si hubiera estado esperando este momento. —No puedo creer que estés aquí —dijo Mariela, liberando se lentamente de mi abrazo, pero aún manteniendo mis manos entre las suyas. —He estado pensando en ti —admití, sintiendo que las palabras salían de mi corazón sin filtro. —No sabía si alguna vez volvería a verte. Ella sonrió como si se esforzada y en ese instante, el mundo exterior desapareció. La conversación que había mantenido con mi madre se desvaneció, y todo lo que importaba era nosotros dos. La risa de mi madre resonó en la cocina, interrumpiendo nuestro momento. Sabía que había mucho que hablar, y que este reencuentro era solo el inicio de una nueva etapa entre nosotros. Mariela, está hermosa, diferente, ya no es la niña de hace dos años, es toda una mujer
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