—Maldición... —soltó una pequeña queja, su voz rasposa como si estuviera agotado, mientras sus facciones se contraían en una mueca de dolor. Su cabello cenizo estaba completamente revuelto, la señal de que la noche había sido más que agitada. Sus ojos, aunque ligeramente entrecerrados, intentaban enfocarse, pero algo en su mirada me decía que aún no había terminado de aterrizar en la realidad. —En la mesa de noche están las aspirinas —dije de manera natural, tratando de mantener mi tono lo más neutral posible, aunque mi corazón latía a mil por hora. No podía evitarlo. Era como si cada segundo, cada respiración que él tomaba de forma irregular, estuviera afectando mi propia estabilidad. Me crucé de brazos, como si esa barrera entre nosotros pudiera ayudarme a calmar los latidos acelerados

